El puente de Rowan Capítulo 17
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Capítulo 17

L a nota aguardaba por ella cuando volvió a casa.

Morag se la puso en la mano con discreción mientras le recibía las cosas y la ayudaba a quitarse el vestido de calle.

Lo normal habría sido que la criada la interrogara con respecto a cómo había ido la salida, echando pestes acerca de sir Archibald, que le resultaba tan antipático como a Rowan, pero en esa ocasión apenas abrió la boca; sus ojos, sin embargo, transmitían tantos secretos que la joven no pudo menos que ponerse nerviosa.

Al fin, cuando se encontró lejos de las miradas curiosas de su madre, logró leer la nota con el corazón acelerado por la angustia.

Era de Alec, como había supuesto, y en ella le ofrecía disculpas por no haberle escrito antes, como había prometido, para contarle que se encontraba bien.

Habían ocurrido algunas novedades, decía, y aún estaba ocupándose de ello; pero le rogaba que no se preocupara por él.

Eso fue todo: ni una promesa de verse nuevamente, ni una alusión a su último encuentro. Tan solo cumplía con la promesa de informarle que no le había ocurrido nada malo durante la manifestación.

Rowan arrugó la nota entre los dedos, sin saber qué pensar.

Primero, se sintió furiosa por la frialdad de la carta, creyó que Alec ya había dejado atrás las reservas que había mostrado cuando se habían encontrado de nuevo en la ciudad; pero luego empezó a leer entre líneas, deteniéndose en el uso de algunas palabras.

«Yo me encuentro bien», remarcó Alec. Y, sin embargo, Rowan lo conocía lo suficiente, era lo bastante perceptiva para darse cuenta de que había algo que él no le había dicho.

Alec estaba bien, pero ¿y los otros?

Mientras una idea ardía en su mente, dejó que Morag la ayudara a ponerse un vestido sencillo y bajó corriendo para dirigirse al despacho de su padre. Sabía que él no estaba allí, pero sí que lo estaría la pila de diarios que recibía cada mañana.

No había tenido tiempo para leer ninguno ese día, y tampoco el anterior porque su madre la había tenido dando tumbos de un lugar a otro; pero, preocupada por Alec como estaba, había pedido a Morag que averiguara en las cocinas.

Entonces la criada había vuelto diciendo que, según la cocinera y uno de los lacayos, las cosas se habían puesto difíciles durante la protesta.

Había habido algunos heridos, aunque ninguno de gravedad, y muchos detenidos.

Rowan había conservado la esperanza de que Alec no se encontrara en ninguno de esos grupos y, al parecer, así era, pero entonces dudaba de que realmente hubiera salido indemne de aquello.

Entró con sigilo en el despacho de su padre, solo por si había algún sirviente limpiando dentro, pero lo encontró vacío. Se dirigió al escritorio y esculcó entre los papeles hasta dar con el diario favorito del conde.

Leyó una noticia tras otra, haciendo muecas cuando se topaba con alguna que resultaba poco relevante. En la última página, al fin, como si se tratara de un hecho carente de interés, se mencionaba que habían trasladado a todos los detenidos en la última protesta a la prisión de Carlton Hill.

Su corazón dio un vuelco.

Había oído hablar de ese lugar; se decía que no solo era desolador, sino que solo se enviaba allí a la gente que el Gobierno consideraba castigar con bastante dureza.

¿Sería posible que alguno de los amigos de Alec hubiera terminado allí?

No era el caso de él, claro, porque, si no, no habría podido hacerle llegar esa nota, lo que supuso un alivio tan grande para ella que estuvo a punto de caer de rodillas.

Pero era posible que alguien sí hubiera resultado afectado.

Con el diario apretado contra su pecho, abandonó el despacho y volvió a su habitación. Escrutó la hora en el reloj, cuyo eco resonó en el vestíbulo.

¿Cómo era que, de pronto, habían ocurrido tantas cosas?

Nunca había imaginado, cuando había decidido hacer ese viaje para ver nuevamente a Alec, que todo se complicaría tanto. A los recelos de él debía sumar lo ocurrido a su hermano, y entonces también estaba el asunto de la visita del primer ministro y el descontento de la población.

Por un instante deseó ser niña otra vez y hallarse en Gairloch, en su puente, a la espera de Alec; segura de que, mientras ellos dos se encontraran juntos allí, nada podría dañarlos.

***

Alec no se sorprendió demasiado al llegar a la pensión en que se hospedaba y encontrarse con Rowan aguardando por él en el angosto recibidor que su casera mantenía impoluto y a reventar de vasijas con plantas.

El único mueble era un sofá estrecho que había visto mejores días, pero Rowan no parecía en absoluto incómoda mientras estaba allí, con las manos sobre el regazo y una inconfundible expresión de inquietud que remitió un poco al notar su presencia.

Alec se encontró dividido entre la felicidad que sintió al verla y el horror de que hubiera cometido la locura de ir en su busca. ¿De verdad podía ser ella tan indiferente a lo que los rodeaba?

—Alec, vea quién lo ha venido a visitar.

Su casera, la señora Baxter, surgió de no tenía idea dónde y señaló a Rowan con una ceja arqueada.

—Ya. Lo veo, sí.

—La señorita Brown lleva casi media hora esperando. ¿Por qué no me dijo que tenía una prima tan encantadora?

Alec apenas parpadeó antes de forzar una sonrisa y procuró no mirar a Rowan a los ojos porque entonces no habría logrado sostener la mentira.

—Apenas ha llegado del campo, señora Baxter, no había tenido oportunidad de comentarlo. Pero mi prima solo vino a saludar, ¿cierto?

—Así es. Tenía curiosidad por ver dónde se hospeda Alec, y veo que es un lugar encantador.

—Y ahora debes irte, no vaya a ser que mis tíos —dijo casi mordiendo las palabras— se angustien por ti. Te acompaño.

—Claro.

Rowan se puso de pie con ademanes rígidos, y él adivinó que era muy consciente de lo enfadado que se encontraba.

«Bien», se dijo; lo alegraba que así fuera porque les ahorraría mucho tiempo.

Luego de que Rowan se despidiera de la señora Baxter, que le dio un buen repaso con los ojillos entrecerrados, él la tomó con suavidad del brazo y tiró de ella hasta que se encontraron fuera de la casa.

—¿Qué ocurrió? ¿Te aburriste de presentarte como mi hermana? ¿Querías variar un poco?

Rowan hizo una mueca ante sus preguntas hechas con tono ácido y le dirigió una mirada airada.

—¿No crees que tu casera lo haya creído? —preguntó ella.

Alec la miró de arriba abajo antes de responder. Aunque llevaba un vestido discreto y el cabello bien cubierto bajo un sombrero sin adornos, su buena cuna era demasiado evidente para dejarla pasar.

—Ni un segundo —respondió con un suspiro—. Pero es una mujer discreta, no dirá nada. Si hubiera intentado meterte a mi habitación, entonces sí que te habría puesto de patitas en la calle, y también a mí.

—¿Y por qué iba a querer...?

Rowan pareció entenderlo solo un instante después, y Alec estuvo a punto de echarse a reír al ver cómo todo su rostro adquiría un tono sonrojado. Le resultó adorable.

—Ya lo entiendo —balbuceó ella y continuó con rapidez, como si se encontrara demasiado avergonzada como para continuar hablando de ello—. Y siento haberme presentado así, pero necesitaba hablar contigo.

—¿Y por qué no fuiste a la imprenta? Lo has hecho antes.

—Sí, pero pensé... Creí que podría haber ocurrido algo con tus amigos allí y no quise incomodar a nadie.

—Entonces, de golpe y sin apenas detenerse a respirar, Rowan le habló de su angustia de los últimos días por no saber de él; del alivio que había significado para ella recibir su nota, en la que le decía que se encontraba bien y cómo había incubado la sospecha de que, tal vez, aquella manifestación habría podido afectar a sus conocidos—.

También consideré presentarme en la universidad, pero no habría sabido dónde buscarte.

Creí que tenía más sentido aguardar aquí hasta que llegaras, porque tendrías que volver en algún momento, ¿no?

Él habría querido mantener su fachada de enfado, fingir que estaba furioso por lo que había hecho, regañarla y decirle de nuevo que no podía ir a buscarlo cuando le viniera en gana, exponiéndose de esa forma, pero estaba tan feliz de verla; sus problemas parecían hacerse más pequeños en su presencia, y supo que, si la apartaba entonces, no podría soportarlo.

La necesitaba de un modo inexplicable y, en ese instante, al menos, no se sentía lo bastante fuerte para tolerar todo lo que ocurría a solas. Si el cielo le ofrecía el regalo de tener a Rowan siquiera un momento para él, era lo bastante egoísta para tomarlo.

—¿Quieres caminar? —propuso con tono bajo—. Podemos detenernos un momento a comer algo en un lugar que conozco; te contaré todo allí.

Rowan abandonó el rictus nervioso y esbozó una amplia sonrisa que pareció ahuyentar la oscuridad que se había agolpado alrededor de Alec.

De pronto, el día le pareció más brillante y, como siempre le ocurría cuando ella estaba a su lado, se sintió más fuerte, más seguro; capaz de lograrlo todo, incluso de salir de ese terrible problema en que estaba metido.

***

—Nunca había probado un pan tan bueno. No se lo digas a la cocinera de Gairloch, pero creo que es incluso mejor que el suyo.

A falta de servilletas, Rowan se llevó un dedo a la comisura de los labios para limpiar los restos del guiso que había devorado mientras Alec hacía otro tanto con el suyo.

La había llevado a un mesón en una zona de la ciudad por la que no recordaba haber estado antes y, aunque se había sentido impresionada por las diferencias que halló con respecto al ambiente al que estaba acostumbrada, pronto se encontró de lo más a gusto.

La gente que los atendió era amable, aunque la presencia de Rowan provocó varios alzamientos de cejas entre los parroquianos, lo que la hizo sonreír solo de pensar en lo que dirían sus padres de verla allí.

Incluso Morag pegaría el grito en el cielo clamando por su reputación, pero a ella no pudo importarle menos.

Estaba con Alec, y él había dejado de verla como si le disgustara su presencia.

Por el contrario, desde que entraron, notó que parecía más tranquilo de lo que había juzgado al llegar a la pensión, como si lo embargara una silenciosa calma.

Poco después de sentarse y pedir esos platos para ambos, le confesó que no probaba bocado desde el día anterior, así que no le extrañó verlo comer con ganas. Y, para su sorpresa, ella lo hizo también.

—La comida aquí no es muy distinta a la de Gairloch, pero tienen otras cosas, supongo.

—Este guiso es delicioso. ¿Vienes con frecuencia?

—Siempre que puedo.

Era una charla un tanto vana, pero Rowan no quería empezar a interrogarlo con respecto a la ocurrido el día de las protestas; Alec le había prometido que se lo contaría y, aunque le costó mucho controlar su impaciencia, estaba determinada a no agobiarlo con sus preguntas.

Él, que pareció darse una idea de lo que pensaba, limpió los restos del plato con un trozo de pan, dio un sorbo a la cerveza un tanto tibia que les habían llevado, y se echó hacia atrás en la silla para observarla con gesto serio.

—¿En verdad quieres saber lo que pasó?

Rowan acogió su pregunta con un sencillo asentimiento y lo imitó al acomodarse un poco más sobre el asiento, atenta, y él pareció tomar su gesto como lo que era: una invitación a hablar.

Así que eso hizo: le contó absolutamente todo lo ocurrido hacía un par de días, aunque ella sospechaba que se guardó los detalles más escabrosos para no preocuparla.

—Tenemos que encontrar la forma de sacar a Robby de esta —concluyó él con la voz un poco ronca—. No puede quedarse allí, no es justo.

Ella hizo una mueca, aún aturdida por lo que había dicho, y conjuró el rostro de ese Robby, al que había visto solo una vez, cuando había ido en busca de Alec a la universidad.

Parecía un joven encantador y, por todo lo que Alec le había contado de él, era obvio que no merecía encontrarse una situación como esa.

Se le escarapeló el cuerpo de inquietud al imaginarlo en una celda; ni siquiera era capaz de concebir cómo sería la vida en un lugar de esa naturaleza.

—¿No crees posible que lo liberen pronto? —sugirió ella, a la desesperada—. Tal vez solo quieran asustarlo, igual que a los otros prisioneros, y lo dejen ir dentro de unos días.

Alec sacudió la cabeza de un lado a otro.

—No, no lo creo; no los habrían enviado a Carlton Hill si tuvieran eso en mente. Quieren hacer de ellos una especie de ejemplo de lo que le pasa a un escocés cuando se atreve a protestar contra un inglés.

Rowan percibió la rabia en su voz y, sin dudar, puso una mano sobre la suya. Su piel se sentía caliente y áspera; fue una sensación tan familiar, era para ella tan natural y necesario tocarlo, que su corazón pareció encogerse de placer.

—No importa lo que planeen, tu amigo no se quedará allí. Encontraremos la forma de sacarlo —prometió.

Alec la observó con los ojos entornados y cubrió su mano con la suya, aferrándola con fuerza.

—No puedes involucrarte en esto, Rowan; es demasiado delicado. Tu familia se volvería loca si supiera que lo piensas siquiera —advirtió.

—Ellos se volverían locos tan solo sabiendo que estoy aquí contigo —replicó ella con un mohín despreocupado—. No voy a dejarte solo en esto, Alec, de ninguna manera. Has intentado mantenerme alejada de tu mundo todo este tiempo, sin considerar que también es el mío.

—Eso no es verdad.

—¡Sí que lo es! Es mi mundo porque yo también soy escocesa, y porque me importa mi gente, aunque tú quieres hacer como si no fuera así.

—Nunca...

—Pero, sobre todo, lo es porque tú perteneces a él, y no puedes esperar que lo vea como algo ajeno. Tú y yo no formamos parte de lugares distintos, Alec, y ya va siendo hora de que te lo metas en esa cabezota tuya. A donde sea que pertenezcas, ese es mi lugar.

Tiempo después, Rowan se preguntaría qué la había llevado a decir todo aquello; qué fue lo que la había poseído para que, sin considerarlo siquiera, dejara salir sus pensamientos más profundos en un lugar como aquel y en medio de un grupo de personas que podrían oír su apasionada declaración y juzgarla como una desvergonzada.

No le importó. Solo supo que, si no lo decía, iba a arrepentirse durante toda su vida.

Alec, que había seguido sus palabras con una expresión imperturbable pese a que Rowan sintió sus manos aferrándose a la suya cada vez con más desesperación, se la quedó mirando durante lo que pareció mucho tiempo, mientras su pecho subía y bajaba a un ritmo irregular, igual que el suyo.

Estaban sentados el uno frente al otro, luego de que ella se abriera en canal ante él, y parecía como si acabaran de echar una de esas locas carreras que los habían hecho reír cuando niños.

Cuando ella creyó que él no diría nada, la sorprendió al esbozar una amplia sonrisa que la hizo temblar.

—Nuestro mundo —dijo con la emoción vibrante en su voz—. ¿Podría ser realmente nuestro?

Rowan asintió sin vacilar porque realmente lo creía y, al fin, le pareció que él lo hacía también.