El puente de Rowan Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Cuando al fin se encontraron en camino para regresar a casa, mantuvo su atención puesta en la calle, escrutando desde la ventanilla del carruaje con la esperanza de divisar una figura familiar, un rostro querido que le hiciera saber que no había nada por lo que debía preocuparse, que él estaba bien.

Pero no vio nada de eso y, según las ruedas del vehículo recorrían las calles humedecidas por el rocío de la tarde, algo le dijo que sus ruegos no serían escuchados.

***

Alec abría y cerraba los puños con la desesperación impresa en cada músculo de su rostro. Llevaba casi cuarenta y ocho horas en ese estado y dudaba de que eso fuera a cambiar pronto.

—Tenemos que dar con alguien que pueda ayudarnos, no podemos quedarnos de brazos cruzados.

La voz de Isobel, aguda y ansiosa como no la había oído antes, se alzó en el taller, lo que volvió a Alec al presente y a la dura realidad que debían enfrentar.

Isobel andaba de un lado a otro de la sala, esquivando maquinaria de forma casi automática; estaba tan familiarizada con el lugar que habría podido moverse sin tropezar incluso con los ojos cerrados.

Su hermano la observaba desde el banquito que ocupaba junto a una prensa; se veía tan preocupado como ella y tenía los cabellos revueltos de tanto pasarse las manos por la cabeza.

Alec permanecía un poco apartado de ellos.

Había puesto una silla junto a ventana que daba a la calle con el fin de escrutar las afueras cada tanto porque aún lo acosaba la sensación de que podrían ir a por ellos en cualquier momento.

Cuando Donal y él habían logrado alejarse de la manifestación y estaban en las inmediaciones de la imprenta, se habían topado con Isobel, que estaba presa de un ataque de nervios, así que no había podido contarles, de inmediato, lo que había ocurrido.

Recién cuando ya estaban en el local, y la joven había bebido varios vasos con agua, había logrado recuperar la voz y les había explicado todo.

«Robby se portó como un héroe», contó; se había puesto entre ella y los policías que querían apresarlos y, no tenía idea de cómo, había logrado sacarla de su campo de visión empujándola para que se perdiera entre la multitud y no pudieran detenerla.

Isobel había intentado que fuese con ella, pero eso los habría puesto a ambos en el punto de mira y, cuando al fin había reaccionado y querido ver lo que había pasado con él, había descubierto que lo tenían sujeto entre varios policías, que estos lo arrastraban como si apenas pudiera andar por su propio pie y que lo metían en uno de esos carros tirados por caballos en que trasladaban a los prisioneros.

Lo único que había atinado a hacer ella entonces fue dirigirse a la imprenta con la esperanza de que su hermano y Alec hubieran podido huir también, para relatarles lo ocurrido con Robby y encontrar, entre todos, la forma de liberarlo.

Así que allí estaban dos días después, abrumados y sintiéndose unos inútiles porque sus intentos de ayudar a su amigo habían sido del todo infructuosos.

Fue Alec quien descubrió, apenas aquel día, que habían llevado a Robby y a todas las otras personas arrestadas a la prisión de Carlton Hill, la más grande de la ciudad y adonde se solía enviar a todo tipo de criminales.

El lugar, enorme y custodiado como una fortaleza, estaba frente a la casa del gobernador, y todo un regimiento montaba guardia ante sus puertas.

—Ya se los dije, ni siquiera me dejaron entrar a verlo, aunque les expliqué que su familia se encuentra muy lejos y que era su único conocido en la ciudad.

Alec repitió lo que ya había dicho antes, y su voz le sonó hueca y agotada.

—Pero no podemos rendirnos.

Isobel se irguió en el asiento.

—Por supuesto que no vamos a rendirnos.

Donal dirigió a su hermana una mirada que, sin duda, pretendió ser tranquilizadora, pero fracasó estrepitosamente.

—¿No te dijeron nada más? Podríamos pagar una fianza, abogar por él de alguna forma; no hacía nada contra la ley. Deben de saber que no se encuentra dentro del grupo que inició el ataque.

El impresor interrogó a Alec con voz angustiada.

—Lo he intentado —respondió este—. Les dije todo eso, expliqué que Robby es un buen chico y que nunca se ha metido en problemas. Que va a la universidad y proviene de una familia respetable. No quisieron oírme, parecen decididos a mantenerlos a él y a todos los demás allí.

—Pero eso es absurdo —espetó Isobel con ojos llameantes por la rabia—. ¿Utilizarlos como una especia de ejemplo para que otra gente no se atreva a protestar nunca?

—Supongo que eso es su objetivo.

—Pero no vamos a permitirlo.

Alec ahogó un suspiro y se pasó una mano por el rostro.

Querría retroceder en el tiempo y hacer algo para que nada de eso hubiera ocurrido; que todo no fuera más que un mal sueño y despertar en el cuarto de su pensión sabiendo que todos sus amigos se encontraban a salvo.

Lo pensaba una y otra vez, y siempre llegaba a la misma conclusión: era una esperanza vana.

—Haremos algo —dijo él, sacudiéndose la desesperanza y con la determinación renaciente en sus venas—. Robby no se quedará allí; vamos a sacarlo.

—¿Cómo?

—Aún no lo sé, pero encontraré la forma. —Miró los rostros angustiados de sus amigos y asintió—. Les prometo que lo haré.