Capítulo 16
L a explosión resonó en los oídos de Alec antes de que tuviera tiempo de comprender lo que ocurría. Todo había ido bien hasta entonces, o al menos tanto como era de esperar en medio de una manifestación cuyos niveles de violencia no hacían sino escalar según avanzaba el tiempo.
La reunión, en el centro de la ciudad, había congregado a cientos de personas y, como Alec había confiado a Rowan, él se contaba entre ellas; no tanto porque así lo deseara, sino que se sentía obligado a proteger a sus amigos.
Isobel, Robby y, desde luego, Donal se encontraban entre las primeras filas, así que él hizo otro tanto, si bien su presencia provocó más extrañeza que alegría.
Pero, aunque Donal, especialmente, intentó convencerlo de que lo mejor era que saliera de allí, no le hizo el menor caso y se mantuvo a su lado con talante obstinado.
Las primeras horas transcurrieron en un ambiente tenso, pero calmado. Aunque había varios agentes del orden flanqueando a la muchedumbre, ninguno intervino entonces para dispersarlos.
Anduvieron con paso enérgico y constante hasta llegar a las inmediaciones del viejo Parlamento, y fue entonces cuando las cosas empezaron a ponerse feas.
Primero, cayó una piedra sobre la entrada; Alec estaba bastante seguro de que provenía de unas filas detrás de donde se encontraba él.
A esa roca le siguió otra y, luego otra y, por el rabillo del ojo, reconoció la figura robusta del hombre al que había ido a dejar los volantes que había encargado a la imprenta.
Su rostro furibundo se alzó sobre los demás, y él apenas tuvo tiempo de lanzar un grito para alertar a sus amigos, cuando se oyó un estallido que hizo levantar a los caballos de la policía sobre las patas traseras, sumidos en la desesperación por apartarse del ruido.
Un agente cayó al suelo, casi aplastado entre los cascos de su montura; la gente gritaba, y a la primera explosión le siguieron dos más.
De pronto, todo a su alrededor se sumió en un terrible caos y vio que, aun cuando la gente intentaba retroceder y dispersarse, era imposible porque los policías los rodeaban, y creyó atisbar a un nutrido grupo de militares surgiendo de las puertas del Parlamento.
Eran muchos, y era evidente que no iban con las mejores intenciones porque sostenían porras en lo alto y avanzaban contra la multitud con actitud violenta.
«Tal vez estuvieron allí todo el tiempo», supuso entre la bruma, que le nublaba las ideas; aguardaban a ver a qué punto llegaban las protestas y si debían intervenir.
Alec vio que Isobel intentaba abrirse paso entre la multitud y que Robby espoleaba con los codos para ayudarla. No encontró rastro de Donal, así que empujó con todas sus fuerzas entre la gente para dar con él.
Lo encontró cerca del hombre de las bombas; parecía que peleaba con él porque le había sujetado una mano contra la espalda, y había unas cuantas botellas a sus pies, iguales a las primeras que había lanzado al edificio.
Había tanta gente y estaban todos tan desesperados que a Alec le resultó muy difícil avanzar pese a que era lo bastante grande para imponerse ante los otros.
Estaba pendiente tanto de Donal, que parecía incapaz de contener al hombre, como de Isobel y de Robby, a quienes un par de policías habían apartado del resto del grupo con sus pesadas porras elevadas ante ellos.
A Alec le habría gustado ir en su ayuda, pero le pareció que la situación de Donal era más delicada; así que fue hacia él y, tras mucho esfuerzo, logró apartar al hombre, que había logrado soltarse de su agarre y entonces iba hacia él con expresión furiosa.
Con un empujón, lo tiró al suelo y rompió, con un par de firmes pisotones, las botellas con el líquido explosivo para que no tuviera oportunidad de encenderlas.
Aquello pareció enfurecerlo tanto que olvidó a Donal y fue hacia él, pero Alec lo detuvo haciendo acopio de todas sus fuerzas.
Era como un toro y echaba espuma por la boca, pero no era más grande que él, y mucho menos más ágil, así que lo contuvo sin mucho esfuerzo y logró lanzarlo al suelo con tanto ímpetu que se quedó donde estaba.
Entonces tomó a Donal por la manga de su chaqueta y tiró de él para sacarlo de allí. Al mirar sobre su hombro para buscar a Robby y a Isobel, notó que parecían haber desaparecido y elevó una silenciosa plegaria por que hubieran podido huir de la policía y por que se encontraran a salvo.
No podía ir por ellos en ese momento, solo se expondrían a que los arrestaran o a algo peor; así que tiró de Donal con todas sus fuerzas para abandonar el tumulto pese a las protestas de su amigo, que parecía aterrado por lo que pudiera haberle ocurrido a su hermana.
Al fin, lograron dejar atrás la zona más convulsa y, entre la gente dispersa que corría en todas las direcciones, se detuvieron un momento para recuperar el aire.
Alec miró a la lejanía y reconoció el fuego provocado por las explosiones, y el humo que se alzaba ante el Parlamento.
Incrédulo de que se hubiera llegado a ese punto y consciente de que, aun cuando él y su amigo entonces se encontraban aparentemente en seguro, lo cierto era que las consecuencias de aquel horror iban a tocarlos muy de cerca.
***
—... no tiene comparación con el museo de Londres, pero es cierto que no estamos tan a la zaga, ¿no lo cree, milady?
Rowan sintió sus labios tensarse cuando se vio obligada a fingir una sonrisa en señal de afirmación, muy consciente de la mirada de su madre, puesta en ella.
Se hallaban en uno de los salones de la Galería Nacional, ese edificio inaugurado, hacía poco menos de veinte años, para albergar diversas obras de arte que la Real Academia Escocesa había ido reuniendo durante el último siglo.
Construir aquel recinto había sido una labor costosa y que había llevado varios años, pero se había convertido en la joya de Edimburgo, y su majestuosa presencia en una de las más altas colinas de la ciudad dejaba siempre fascinados a los habitantes.
Aquella era una visita que Rowan se moría por hacer; había acariciado la idea de recorrer los salones de la galería desde antes de su llegada, pero nunca había imaginado que lo haría con una compañía tan poco deseada.
Aún le pesaba haber aceptado la propuesta de sir Archibald para que los escoltara a él y a su hijo durante el paseo, y ni siquiera la presencia de su madre, que había ido con ellos como carabina, o la de Elspeth, a quien habían encontrado allí al poco de llegar, había contribuido a hacer el recorrido más agradable.
Entre las atenciones del padre y la actitud displicente del hijo, sentía que caminaba sobre una cuerda floja y que, mirara para donde mirara, solo encontraría un abismo por el que corría el riesgo de caer.
—A Rowan le resulta tan encantador como a mí, sir Archibald, aunque concuerdo en que no puede compararse con el museo de Londres, ¿no es cierto, querida?
Ella ahogó un suspiro y, mirando a su madre con las pestañas veladas para que no reconociera su hastío, asintió con pesadez.
—Espero tener alguna vez la oportunidad de guiarla entre sus salas, lady Rowan. Conozco ese museo como la palma de mi mano; hay varias pinturas que mis ancestros donaron para sus salas, así que estoy muy bien considerado por sus autoridades.
A Rowan no le gustó nada lo que implicaron las palabras de sir Archibald, pero logró contener una réplica mordaz.
Parecía que era lo único que había hecho durante lo que iban del día: apretar los dientes y callar, y empezaba a hartarse de eso.
Sentía los nervios a flor de piel y sabía que aquello no se debía solo a la incomodidad que le provocaba la cercanía de ese hombre o a la presión que ejercía su madre sobre ella.
Estaba preocupada por Alec y apenas lograba concentrarse en nada que no fuera él.
La manifestación organizada para un par de días antes había escalado en una espiral de violencia sorprendente. Se había enterado de ello por los diarios que había birlado a su padre de su despacho y por los chismorreos que había oído Morag en las cocinas.
Al parecer, lo que había empezado como una protesta pacífica había terminado convertido en un pandemónium que nadie había logrado controlar hasta altas horas de la noche, y había dejado como saldo varios agentes y manifestantes heridos, aun cuando, de forma casi milagrosa, nadie había perdido la vida.
Pero se había arrestado a mucha gente, y corría la voz de que el Gobierno planeaba ser muy duro con ellos para sentar el ejemplo y evitar así que aquello se repitiera.
Rowan no había recibido noticias de Alec pese a que él le había prometido que le haría saber si se encontraba bien, y no había momento en que no pensara en él o en cómo podría enterarse de lo que le había ocurrido.
Había considerado presentarse en la imprenta el día anterior, pero Morag había amenazado con acusarla con sus padres si se acercaba a ese lugar; según la sirvienta, había pasado muy poco tiempo desde los desmanes, así que las calles estaban llenas de policías, y podría resultar sospechoso que una dama como ella se presentara en esa zona de la ciudad.
Así que había aceptado esperar un día más; solo uno, como había advertido a su criada. Si, para el final de aquel día, no tenía ninguna novedad acerca de Alec, dejaría la prudencia atrás e iría a donde fuera con tal de hallarlo y descubrir si realmente se encontraba bien.
La visita al museo de aquel día ya estaba pautada desde la velada que habían organizado en su casa, así que no había podido negarse a asistir y, además, había pensado que darle el gusto a su madre evitaría que estuviera muy al pendiente de ella, lo que le permitiría moverse con algo más de libertad de ser necesario.
El resto del paseo se le hizo eterno, pero logró mantener una expresión tranquila pese a que, la mayor parte del tiempo, lo único que deseaba era rechazar las atenciones de sir Archibald, borrar de un bofetón la expresión aburrida del hijo de este, y salir corriendo para buscar a Alec.