Capítulo 15
A lec contempló la fachada de la casa de los condes de Gairloch antes de decidirse a entrar.
Se sentía al borde del ahogo en su traje de etiqueta, con la corbata con la que había estado luchando un buen rato antes de conseguir hacer un nudo impecable, algo con lo que no tenía ninguna práctica; pero se trataba de un evento formal, y nadie le habría permitido pasar de la entrada principal si se presentaba de otra forma.
«Estuve antes en esta casa», recordó mientras entregaba su invitación al mayordomo, que lo vio con desconfianza; pero solo habían sido dos o tres veces y nunca había pasado del vestíbulo.
Para él era suficiente presentar sus respetos a lord y lady Gairloch cuando estaban en Edimburgo, y solo porque así se lo pedía el reverendo Sutherland; de no haber sido por él, nunca habría pisado ese lugar.
Cuando el rector lo había llamado a su oficina, la tarde anterior, junto con otros cinco estudiantes —todos miembros del consejo de la universidad—, para entregarles las invitaciones que lord Gairloch había enviado con el fin de que se distribuyeran entre quienes las autoridades juzgaran conveniente para tener algunos representantes en esa velada tan especial, Alec había considerado seriamente negarse a recibirla o, en su defecto, tomarla y luego entregarla a cualquiera de sus compañeros que tuviera un mayor interés en asistir.
Pero entonces había pensado en Rowan y en lo que le había dicho con respecto a que no volverían a verse, a menos que fuera él quien diera algún paso para ello.
«¿Qué mejor oportunidad que esta»?, se había preguntado entonces.
Sabía que iba a arrepentirse luego, pero la idea de verla una vez más era demasiado tentadora para resistirse.
El salón principal de la casa estaba abarrotado; había tanta gente que, en parte, se sintió agradecido porque dudaba de que alguien se fijara en él.
Las paredes se hallaban cubiertas por gruesos tapices y una gran chimenea de mármol dominaba la estancia; no era tan grande como la del castillo en Gairloch, pero sí mucho más imponente.
Varios sirvientes se deslizaban por la estancia brindando bebidas, pero Alec no tomó ninguna cuando se la ofrecieron; quería estar en sus cinco sentidos para ubicar a Rowan.
Lo consiguió poco después, cuando llevaba diez minutos semioculto entre un tapiz y una pintura enorme de los condes. Al verla, se quedó sin aliento y, cuando al fin logró respirar nuevamente, no le extrañó sentir el sordo latir de su corazón contra los oídos.
Lucía hermosa, más de lo que recordaba haberla visto nunca.
Llevaba un vestido azul con el borde ribeteado de encaje y las mangas abullonadas hasta los codos; largos guantes blancos cubrían sus manos y antebrazos, pero parte de sus hombros se encontraban descubiertos y un camafeo relucía en su cuello de alabastro.
Cada vez que movía la cabeza, y Alec notó que lo hacía mucho, un mechón del apretado recogido en que llevaba el cabello oscilaba sobre su frente.
Él estuvo a punto de reír al ver cómo resoplaba con gesto impaciente cada vez que ello ocurría, pero entonces sus miradas se encontraron de un extremo a otro de la habitación, y fue incapaz de hacer nada que no fuera quedársela mirando como un bobo.
Si a Rowan la sorprendió verlo ahí, se abstuvo de demostrarlo, aunque Alec notó que trastabilló al dar un paso en su dirección; pero entonces se le acercó una mujer joven y muy guapa que le dio un cálido apretón en el brazo, y tuvo que detenerse de golpe para atenderla.
Él se quedó allí, de pie y aguardando no sabía qué.
¿Que ella fuera en su busca? ¿Reunir el valor para ser quien diera el primer paso?
Quería hacerlo, desde luego que sí, pero temió atraer la atención sobre ambos.
Se sentía como un pez fuera del agua en ese lugar, mientras toda esa gente hablaba sin parar, los sirvientes no dejaban de salir y entrar de la habitación, y la belleza de Rowan refulgía de un modo antinatural y lo cegaba casi por completo.
No podía entender cómo nadie más podía verlo.
Se habría quedado allí como un pasmarote de no haber sido porque ella se puso nuevamente en camino hacia él, y esta vez nadie pudo evitar que llegara a su lado.
El halo de su perfume se coló en su nariz con la fuerza de un tsunami, y si no se inclinó hacia ella para enterrar el rostro en su cabello fue solo porque no había perdido del todo la razón aún.
Hizo una reverencia, porque era lo que se esperaba de alguien como él ante la hija de un conde, y mantuvo la mirada fija en sus ojos, donde brillaba una chispa divertida.
—Supongo que debo de estar dando todo un espectáculo, ¿no? —dijo él sin poder evitarlo—. Creerán que me he colado.
Ella sacudió la cabeza de un lado a otro y sonrió.
—Te equivocas —aseguró—. Te prometo que, si atraes algún tipo de interés, no tiene nada que ver con el hecho de que alguien piense tal cosa. Creo que, en todo caso, se preguntarán quién eres y por qué no te habían visto antes.
—Pues tendrán que quedarse con la intriga porque no pienso hablar con nadie.
—¿Ni siquiera conmigo? —Él le dirigió una mirada que dejó en claro lo tonta que le parecía esa pregunta y, para su profundo deleite, Rowan sonrió aún más—. Entonces sí que vas a hablar conmigo.
Aquello pareció encantarle; todo rastro de la incomodidad que se había instalado entre ellos la última vez que se habían visto se esfumó, y a Alec no lo sorprendió en absoluto.
Era lo habitual para ellos: nunca podían permanecer mucho tiempo enfadados el uno con el otro.
Ese estado de familiaridad, de absoluta confianza entre ambos era su estado natural.
Había luchado tanto por intentar convencerse de que era algo que podía olvidar y entonces, junto a ella, comprendió que había sido un tonto porque era imposible.
—Hay demasiada gente aquí, ¿no quieres salir un momento?
Él parpadeó y miró en la dirección en la que Rowan señalaba con un gesto discreto: unas puertas acristaladas que, supuso, conducirían al jardín.
—¿No te meterás en problemas?
Ella esbozó una sonrisa traviesa.
—Yo siempre estoy en problemas, Alec. Pensé que ya lo sabías.
***
La banca de acero sobre la cual Rowan estaba sentada era un poco incómoda, pero a ella se le antojó tan suave y acogedora como una nube cuando se acomodó en ella, y Alec hizo otro tanto; solo los separaba un pequeño espacio.
Sabía que había sido una temeridad de su parte invitarlo a abandonar el salón para internarse entre la oscuridad de la noche hasta el jardín, pero no había podido resistirse a ese impulso. Quería hablar con él sin que toda esa gente los rodeara, siempre atenta a quien pudiera interrumpirlos.
El jardín le parecía una excelente opción y, como sus padres estaban tan entretenidos con sus invitados —entre ellos, el primer ministro, del que sin duda apenas se separarían durante el resto de la noche—, suponía que era una oportunidad que no podía desaprovechar.
No pensó en sir Archibald, que había asistido y parecía siempre al pendiente de ella; o en Elspeth, su buena amiga, de quien, en otras circunstancias, no se habría separado.
Lo único que ocupaba su mente era Alec.
Alec, tan elegante y encantador vestido de traje. Alec, que iluminaba una habitación con su sonrisa y cuyo brillo en sus ojos la atraía como un imán. Él y su voz profunda, que parecía sonar solo para ella.
—Es un bonito lugar.
Ella se giró a mirarlo y sonrió.
—No tanto como el valle de Gairloch.
—Desde luego que no. Ningún lugar de la tierra puede ser tan bello como Gairloch, pero esto no está mal —bromeó él antes de ponerse serio y mirarla con expresión preocupada—. ¿Cómo has estado? ¿Se recuperó del todo tu hermano?
Rowan suspiró.
—Físicamente sí, pero en cuanto a lo otro... No ha querido confesarme nada de lo ocurrido, pero sé que está preocupado; teme que esos hombres vuelvan a atacarlo tan pronto como ponga un pie en la calle.
—¿Le has dicho que sabes por qué lo buscan?
—No, no me he atrevido porque entonces habría tenido que confesar que hiciste esas averiguaciones para mí. No quiero que te veas perjudicado por eso.
Alec hizo una mueca.
—Te aseguro que nada relacionado con tu hermano podría perjudicarme —dijo él sin sonar arrogante, solo convencido—, pero puedes guardar el secreto si así lo prefieres. Al fin y al cabo, el problema es suyo.
—No es tan simple. No puedo dejar a mi hermano a merced de esa gente, incluso si él no quiere reconocer lo que hizo.
Charles insiste en que solo intentaron robarle y que lo golpearon porque se resistió, pero ambos sabemos que eso no es cierto.
¿Qué ocurrirá la próxima vez que vengan a por él? Podrían...
Dejó la frase en el aire porque no se atrevió a terminarla.
«Podrían matarlo», habría querido decir, pero hacerlo lo convertiría en un peligro real, y no quiso conjurar uno de sus más grandes miedos.
Alec debió de adivinar lo que pensaba porque, tras vacilar un instante, posó una mano sobre la suya. Pudo percibir su calor incluso a través de los guantes y, una vez recuperada del sobresalto, apretó sus dedos con fuerza entre los suyos y se aferró a él como a un salvavidas en medio del mar.
—Charles tendrá que enfrentarlo —murmuró él—. No tiene otra alternativa, y tal vez sea lo mejor.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque es la verdad. Él ha sido muy irresponsable durante todos estos años, ha hecho cosas...
Digamos que tiene cierta reputación en la universidad, y no precisamente por ser buen estudiante.
—La miró con una sonrisa ladeada—. Pero ahora ha ido muy lejos y, si se quiere salvar el pellejo, va a tener que tomar una decisión.
Rowan frunció el entrecejo y sacudió la cabeza de un lado a otro.
—Pero es que lo único que puede hacer es hablar con nuestro padre.
—Bueno, pues tendrá que hacerlo, y si eso provoca que lord Gairloch lo envíe a servir en la Armada... Ya sabes lo que opino de eso.
—Crees que le haría bien.
—En este momento, sin duda.