Capítulo 14
«L a única forma de que podamos vernos nuevamente es que tú vengas a buscarme».
Las palabras de Rowan resonaron en la mente de Alec por días y la sumieron en la desesperación.
¿Qué esperaba ella que hiciera? ¿Que se presentara ante su puerta y preguntara por la hija de los condes de Gairloch como si nada? ¿Creía, acaso, que sus padres estarían encantados con su presencia y que lo invitarían a tomar el té?
—¡Tonterías! —masculló entre dientes.
—¿De qué tonterías hablas? Como no te refieras a ese libro que arruinaste por estar distraído...
Alec ahogó un resoplido y miró por encima de su hombro para toparse con el gesto risueño de Isobel, la hermana de Donal y su mayor pesadilla cuando se encontraba en ese estado, tan escaso de paciencia.
Acababa de dejar la imprenta y llevaba un grueso fajo de folletos que se había comprometido a entregar.
Necesitaba un poco de aire fresco, así que, cuando Donal había mencionado que había prometido llevar aquel encargo, no había dudado en ofrecerse.
Lo que no había pensado era que Isobel iría tras él, así que se la quedó mirando, mientras ella resollaba por la carrera que debió de pegar para darle el encuentro, y frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? —preguntó sin detenerse—. ¿Se le olvidó a Donal decirme algo?
—No, en absoluto; es solo que yo también voy por allí y se me ocurrió que podríamos ir juntos.
—No será porque te da miedo andar sola por las calles a esta hora.
Isobel se envaró cuan alta era, lo que en realidad no era mucho; dio una mirada a la calle, colmada de gente que iba y venía de un lado para otro; y, finalmente, al cielo sobre ellos, encapotado por unas nubes grises que auguraban una noche oscura.
—No me conoces en absoluto si piensas algo como eso —dijo con un tono algo despectivo—. Conozco esta ciudad mejor que tú.
—Ya. ¿Entonces?
—Entonces nada, solo quería caminar un poco.
—¿Conmigo?
—¿Por qué no? ¿Te molesto?
Alec no respondió. Aquello seguía sin gustarle, pero no insistió en saber qué había llevado a Isobel a ir tras él; supuso que enteraría en su momento.
Y así fue porque, cuando llegaron a la dirección que le había dado Donal, una zona descuidada al norte de la ciudad, fue Isobel quien llevó la voz cantante.
Se adelantó a tocar la puerta desastrada que tenían ante ellos y se puso de puntillas para atisbar por entre un orificio en la madera.
—¿Qué estás haciendo?
Alec la regañó con un gesto.
—Solo quiero ver si hay alguien en casa.
Alec le dirigió una mirada desconfiada; tanto interés lo ponía en alerta.
—Retrocede —advirtió—. No sabes quién va a estar al otro lado.
—No pensarás que corremos algún tipo de peligro.
—Considerando de qué van los folletos que tenemos que entregar, asumo que sí.
Isobel hizo una mueca, y sus mejillas redondeadas dotaron a su rostro de un aire travieso, lo que llevó a suponer a Alec que, en efecto, allí había gato encerrado.
Los folletos de los que hablaban eran un llamado a la siguiente manifestación que se había organizado en protesta a la presencia del primer ministro en Edimburgo.
Aunque la primera había convocado a una buena cantidad de gente, no había tenido el impacto esperado por sus organizadores, así que se había citado a otra.
Los términos impresos eran más duros, y Alec se había puesto un poco nervioso, a su pesar, cuando los había llevado al papel una vez que Donal le había dado el borrador que le habían entregado.
Se llamaba a reunirse en la plaza central de la ciudad y avanzar hacia el viejo Parlamento sin importar qué tanta resistencia ofreciera la policía.
Ningún muro debía detenerlos, rezaba la proclama, hasta que estuvieran frente al edificio en el que sabían que, un par de días después, se encontraría el señor Disraeli reunido con las personalidades más relevantes de Edimburgo.
Alec contaba las horas para que ese hombre dejara la ciudad porque, al paso que iban, aquello solo podía terminar en una desgracia. Era posible que esa manifestación fuese el pistoletazo de salida para ello.
Finalmente, se abrió la puerta y un hombre enorme de semblante adusto los recibió con un gesto una vez que Alec explicó a qué habían ido.
Los invitó a entrar, y estuvo a punto de negarse; sin embargo, Isobel se le adelantó al ir tras él, y no pudo hacer menos que seguirla.
Tal vez ella se creyera muy autosuficiente, pero lo cierto era que no conocía el mundo tan bien como creía, y Donal lo mataría si no mantenía un ojo puesto sobre su hermana en una situación así.
Cruzaron un largo pasillo que los condujo a un espacio abierto, una especie de patio deshabitado con los restos de lo que debió de haber sido un jardín en algún momento, pero entonces era solo un campillo eriazo.
No había una superficie de toda aquella área en la que no hubiera algún objeto dispuesto en un orden milimétrico que desconcertó a Alec.
Banderolas enrolladas con trozos de soga, hileras de panfletos como los que portaba Alec, botellas llenas hasta el borde de un líquido turbio y montones de palos cuidadosamente dispuestos.
Aquello no le gustó nada.
—Están preparados para lo de pasado mañana —comentó Isobel luego de observar la zona con la misma curiosidad que Alec.
El hombre que los había guiado hasta allí no respondió; en su lugar, tomó el atado que Alec llevaba en brazos y se lo llevó al pecho para inclinar la cabeza y leer, con obvia dificultad, lo que estaba impreso. Le llevó tiempo, pero al fin asintió.
—Díganle a McFarlane que está bien; mañana pasaré a dejarle el dinero —indicó con una voz ronca.
Alec e Isobel intercambiaron una rápida mirada, y él pudo notar su curiosidad bullendo con fuerza.
—¿Esperan problemas? —preguntó—. Por todas esas cosas que tienen listas, digo. ¿Creen que la policía les pondrá muchos obstáculos?
—Más les vale que no.
El hombre habló con una ferocidad que puso a Alec aún más inquieto.
—Pero, pase lo que pase, es evidente que podrán defenderse —terció Isobel—. Me alegra que así sea; esta vez podrán responder como se debe.
Alec ahogó un suspiro, y su mirada se posó sobre un objeto que llamó su atención.
Era una vasija de hierro y de forma redondeada, con una protuberancia en un extremo; aunque no intentó acercarse para examinarla con profundidad, creyó detectar en el aire un tufillo a azufre que le erizó los vellos del brazo.
—Ya nos vamos —dijo de golpe—. Le diré a Donal que está satisfecho con el trabajo y que pasará mañana a dejarle el dinero. Vamos.
Antes de que Isobel pudiera oponerse, la tomó del codo, urgiéndola a salir. Ella debió de ver la resolución en su mirada porque, aunque fue evidente que le habría gustado protestar, mantuvo los labios sellados hasta que se encontraron a un par de calles de la casa.
—Es extraordinario, ¿cierto? —preguntó ella luego de mirar sobre su hombro con los ojos muy abiertos—. Todo lo que están dispuestos a hacer para conseguir que los oigan.
—Fue por eso por lo que viniste —la acusó Alec sin dejar de andar tan rápido como le daban los pies—. Querías saber lo que planeaban.
Isobel se encogió de hombros.
—Tenía curiosidad, sí, porque sabía para quiénes eran los panfletos. Pienso asistir a la manifestación y quería saber qué es lo que planean.
—Supongo que, ahora que lo sabes, te estarás replanteando asistir.
Ella le dirigió una mirada incrédula.
—Por supuesto que no, ahora tengo todavía más ganas de estar allí —aseguró—. ¿Cómo es que no lo piensas también?
Aunque Donal había sido muy considerado al no hacer mención del hecho de que Alec no había asistido a la manifestación anterior —hecho que, después de todo, era lo que él le había aconsejado que hiciera para proteger su lugar en la universidad—, Isobel sí que se había despachado con ganas con respecto a cuán poco solidaria le parecía su conducta.
Entonces, sin duda, debía de pensar que era aún peor visto que, en lugar de emocionarse por lo que acababan de observar, se veía sinceramente preocupado.
—Podrían ocasionar mucho daño, Isobel —dijo con un tono algo más calmado—. Harán explotar cosas, mucha gente puede salir herida.
—No necesariamente tiene que ser así. Solo querrán amenazar a la policía para que no intenten detenerlos, eso es todo. No creo que tengan intención de lastimar a nadie.
—Puedes intentar convencerte de eso todo lo que quieras, pero ambos sabemos que no es verdad; uno no organiza una manifestación como esta y se presenta con ese tipo de cosas si no está dispuesto a usarlas.
—¿Y qué si lo hacen? ¿Acaso no estás de acuerdo con sus demandas?
Alec ahogó un suspiro.
—No se trata de eso —replicó—. Claro que estoy de acuerdo con lo que piden, pero no puedo hacer la vista gorda con algo como esto.
—Bueno, pues, si tanto te molesta, lo mejor será que hagas como hasta ahora y te mantengas al margen.
A él le habría encantado decir que esa era una soberana tontería.
¿Cómo diablos iba a mantenerse al margen después de todo lo que había visto?
Ella estaría allí, lo mismo que su hermano, Robby y, con seguridad, muchos otros de sus conocidos, a quienes apreciaba y no quería ver involucrados en una situación que, estaba convencido, podría derivar con rapidez en una desgracia.
«Tengo que hacer algo», pensó, aun cuando eso lo obligara a él también a ponerse en el punto de mira.
***
Rowan contempló los sombreros y bastones que el mayordomo había acomodado sobre una percha de caoba en el vestíbulo, y ahogó un suspiro.
«Tenemos visitas», dedujo. Y, al fijarse con mayor cuidado en la empuñadura de uno de esos bastones, se hizo una idea de quién se trataba.
Habría vuelto a su habitación, pero su madre la mandaría a buscar; después de todo, había sido ella quien había ordenado que bajara justo a la hora del té para reunirse con la familia en el salón. Lo que no había comentado entonces era que no estarían a solas.
Fastidiada por el mal rato que, estaba segura, aguardaba por ella, apretó los dientes, alzó el mentón y se dirigió con paso rígido hacia el salón.
—... lo que haga falta; no puede ser de otra forma.
Su padre se encontraba de pie junto a la chimenea, sostenía un vaso de cristal y asentía al tiempo que hablaba con fervor. Su esposa, lady Gairloch, lo oía muy atenta desde un sillón y alternaba la mirada de él al hombre a su lado.
Sir Archibald, por supuesto.
Debió haber supuesto que su madre no desaprovecharía la oportunidad de invitar a aquel hombre, ya que no lo habían visto desde hacía días, algo que había alegrado a Rowan, que había empezado a albergar la esperanza de que se hubiera aburrido por el poco interés que mostraba en él.
Entonces, sin embargo, cuando él se puso en pie para ir a su encuentro y notó el brillo en sus ojos, se dijo que había sido demasiado optimista.
—Rowan, nos contaba tu padre que vamos a tener que adelantar la cena en honor del señor Disraeli para mañana porque al día siguiente se espera una manifestación —anunció su madre tan pronto como la vio aparecer.
—Una bastante radical, además —acotó sir Archibald.
Él le tendió una mano, que Rowan se vio obligada a tomar, aunque fue muy cuidadosa para que no pasara de un leve roce y la soltó tan pronto como ocupó una silla cerca de donde se hallaba su padre.
—Ya veo —dijo—. Había escuchado algo al respecto, pero no sabía cuándo ocurriría. Espero que esto no provoque problemas para tus invitados, mamá.
Lo cierto era que eso le importaba más bien poco.
Lo que realmente quería era averiguar, tanto como fuera posible, algo al respecto de esa manifestación; pero sabía que, de mostrarse muy curiosa, sus padres la reprobarían.
Si enmascaraba su interés fingiendo preocupación por cuánto afectaría aquello su vida social, sin embargo, entonces tenía más posibilidades de descubrir lo que deseaba.
Y así fue, porque, tras mostrar una expresión de pesar, su madre exhaló un delicado suspiro y asintió.
—Ya he enviado unas notas a nuestros invitados; espero que todos puedan asistir pese al cambio —anunció—. Es intolerable que nos veamos afectados por un asunto tan ridículo.
—No creo que lo sea; estas personas solo intentan hacerse oír.
—¿Por medio de la violencia?
—No creo que sea mayor a la que usa la policía con ellos para reprimirlos.
Su madre abrió la boca para protestar, pero su marido se le adelantó al dirigirse a su hija con gesto frío.
—Nuestra Rowan tiene un buen corazón y se preocupa por todos —mencionó condescendiente—. Ya ve, sir Archibald, que aún le falta mucho por conocer del mundo.
El invitado sonrió y sus dientes relampaguearon en su rostro, un tanto ajado; tenía una mirada carente de emoción. A Rowan le parecía que intentaba examinarla con el mismo calculador interés que habría mostrado por un caballo que estuvieran ofreciéndole en venta.
—Lo veo, sí, y lo encuentro encantador. Una dama como lady Rowan debe conservar esa nobleza; somos nosotros, los caballeros, quienes estamos obligados a proteger a las damas de los peligros del mundo.
La condesa pareció encantada con su respuesta y dirigió a Rowan una mirada velada que dejó muy en claro cuán agradecida pensaba que debía hallarse ella por tal deferencia.
Lo cierto fue, sin embargo, que Rowan encontró la actitud del hombre absolutamente ofensiva. Ella no era ninguna niña a quien debieran proteger de los horrores del mundo; era tan capaz como cualquiera para enfrentarlos.
Pero nadie allí podía verlo.
Alec, en cambio... Él la conocía de verdad; nadie como él era consciente de todo el fuego que albergaba en su pecho.
La cena transcurrió con una lentitud que se le hizo interminable; en especial porque, al ser tan pocos en la mesa, ya que Charles aún continuaba enclaustrado en su habitación, se vio obligada a tolerar todos los avances de sir Archibald que, aunque discretos, no dejaron de resultarle insoportables.
El hombre alabó su belleza, su gracia, e insistió en que debía tocar el piano luego de la cena porque su madre le había contado que era muy buena, lo que no era del todo cierto.
Fue tan constante su acoso que, sin saber cómo, se encontró aceptando también acompañarlos a él y a su hijo a una visita a la galería nacional, algo que le habría encantado en otras circunstancias, pero que en ese momento le sonó como una sentencia de muerte.
Sir Archibald no se marchó hasta muy entrada la noche, y Rowan aprovechó su partida para fingir que estaba exhausta, ignorando el gesto complacido de su madre por lo que sin duda debía de considerar una velada que la acercaba cada vez más a conseguir sus propósitos.
Una vez en su habitación, se lanzó sobre la cama sin desvestirse, con su mirada fija en el dosel que cubría los bordes del techo.
La misma imagen volvía a su mente una y otra vez: Alec caminando a su lado por el parque, con su mano bien sujeta a su brazo y su cálida mirada fija en ella.
Una mirada que revelaba la misma desesperación que sentía ella a cada instante en que pensaba que quizá esa fuera la última vez que se verían.
Así sería, al menos, si él no hacía algo antes.