Capítulo 13 #2
Era la imagen de la vitalidad; un hombre en la flor de la vida que imponía su presencia de una forma casi abrumadora, pero que a ella le resultaba más bien tremendamente incitante.
—Listo. Ya he terminado con eso por hoy —indicó él poco después.
Rowan lo observó con curiosidad mientras él tiraba de una silla para situarla cerca de la que ella había ocupado a su llegada.
—¿Estás seguro? No quisiera entorpecer tu trabajo.
—Por supuesto que no. Te aseguro que no puedo hacer nada más mientras esa tinta no esté del todo seca, y eso lleva su tiempo.
Lo cierto es que has venido en buen momento porque me das una excelente excusa para dar el día por terminado; llevo tantas horas oliendo tinta que tengo la nariz casi obstruida.
Ella rio con suavidad y asintió.
—Me alegra poder servir de algo —dijo antes de ponerse seria de golpe—. Alec...
Él hizo un gesto para interrumpirla.
—Voy a decirte lo que averigüé acerca de tu hermano. No te preocupes, no estoy dando largas para no abordar el problema —aseguró.
—Entonces hay un problema.
—Me temo que sí. —Rowan entrelazó las manos sobre la falda y cabeceó para instarlo a continuar—. Como te había prometido, hice algunas averiguaciones entre la gente que conozco con respecto a los hombres que atacaron a tu hermano...
Alec le contó que, al principio, no había tenido mucha suerte, pero que al fin se le había ocurrido buscar a un hombre con el que había tratado una vez; aunque no quiso decir su nombre ni en qué circunstancias lo había conocido, salvo que era, entre sus contactos, quien mejor se movía en los bajos fondos.
Tras darle la descripción de los hombres que buscaba, este le dijo dónde podía encontrarlos.
—No me digas que fuiste tras ellos tú solo —se escandalizó Rowan cuando llegó a esa parte.
—No fue tan terrible como podrías pensar —la tranquilizó él—. Después de todo, no fui con ninguna intención de pelear, sino para obtener algunas respuestas y, aunque no lo creas, esta gente puede ser bastante civilizada cuando no están luchando.
—Lo dudo mucho.
—No te culpo. Lo importante es que sí que pude dar con uno de ellos y, cuando le aseguré que no pensaba delatarlo con la policía, sino que lo que quería era saber por qué habían atacado a Charles, me dio algunas respuestas.
Creo que, en el fondo, espera que yo interceda para que le pague lo que le debe.
Aunque era algo que Rowan ya sospechaba, oír a Alec confirmarlo le pegó como un puñetazo en el estómago.
—Así que se trata de dinero —murmuró.
Alec asintió con semblante de pesar. No lo dijo, pero ella supo, sin asomo de duda, que habría preferido no tener que estar explicándole todo eso.
—Sí, y es una buena suma.
—¿Cuánto?
—Quinientas libras.
Rowan se llevó una mano a la cara, atónita.
—¡¿Quinientas libras?! Eso es mucho dinero —exclamó.
—El ingreso anual de una familia bien acomodada, más o menos. No quiero ni pensar en toda la gente humilde que podría subsistir con semejante cantidad.
—Pero... cómo...
—El juego —explicó Alec con sencillez—. Parece que el hombre para el que trabajan los criminales que golpearon a tu hermano los contrató para que lo conminaran a pagar su deuda.
Es a él a quien le debe; tiene un casino en la ciudad y Charles ha pasado mucho tiempo allí últimamente, al menos hasta que le cancelaron el crédito.
—No entiendo cómo Charles pudo hacer algo como esto.
Alec se encogió de hombros.
—Los hombres como Charles son bastante fáciles de atraer a ese mundo, Rowan; juegan, ganan un poco y creen que continuarán haciéndolo siempre hasta que empiezan a perder.
Muchas veces no se trata más que de una trampa.
Este tipo de negocios son así: envuelven a sus víctimas haciéndoles creer que son invencibles y luego, cuando ya los tienen bien sujetos...
—Entiendo.
Ambos guardaron silencio durante un buen rato. Rowan se miró las manos enguantadas; su cabeza daba vueltas alrededor de lo que le había contado Alec, y maldijo la imprudencia de su hermano.
Podía sentir la mirada de Alec fija en ella, y se forzó a mantener un semblante tan sereno como pudo.
De haberse encontrado a solas, se habría echado a llorar, pero no quería parecer débil ante él; no cuando se había esforzado tanto por cumplir su promesa, corriendo incluso más peligros de los que podía imaginar.
—Rowan.
Ella alzó la mirada de golpe al oír su nombre en sus labios. Se le antojó un sonido tan dulce que, muy a su pesar, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Cómo voy a sacarlo de esta? —preguntó en un susurro quebrado.
Alec se puso en pie y fue hacia ella, y se detuvo a solo un par de pasos.
El calor que despedía envolvió a Rowan como una manta; su aroma, tan familiar, se le coló en las fosas nasales, y estuvo a punto de arrojarse sobre él porque algo le dijo que, solo tocándolo, gran parte de ese miedo que se le había asentado en el pecho se esfumaría para siempre.
—No tienes que hacerlo —musitó Alec inclinándose hacia ella—.
No sola. —Rowan sacudió la cabeza de un lado a otro sin apartar la mirada de su rostro.
De pronto, se le agolpó el aire en lo alto de la garganta y le costó respirar con normalidad, por lo que llevó una mano a su pecho.
Él debió de notarlo porque, tras suspirar, le tendió una mano con una pequeña sonrisa—.
Creo que te vendría bien tomar un poco de aire. Vamos, conozco un lugar.
***
No fue sencillo, pero Rowan consiguió convencer a Morag de que le permitiera pasear con Alec por los jardines de la calle de los príncipes, un gran parque público en el centro de la ciudad, no muy lejos de la imprenta.
Desde luego, al ser un lugar público, Rowan no podía ir a solas con él, pero se le ocurrió que la criada podría acompañarlos siempre y cuando se mantuviera a cierta distancia.
De modo que tomaron el carruaje para que los acercara al parque y, una vez allí, bajaron todos por la calle de los príncipes, recorriendo la hondonada sur, que los llevó directamente a The Mound , una colina que conectaba la parte vieja de la ciudad con la nueva.
Al mirar sobre su hombro, Rowan notó que Morag se iba retrasando y supuso que lo hacía tanto para darles un poco de intimidad como porque odiaba caminar, y la idea de pasear por un lugar como aquel sin mayor propósito debía de resultarle exasperante.
Seguro que tan pronto como llegaran a casa, le daría un buen sermón acerca de su comportamiento.
Como si le hubiera leído la mente, Alec la miró de reojo y le dirigió una sonrisa ladeada que le aceleró el pulso.
—Está enfadada, ¿cierto? —preguntó con tono ligero.
—A veces, parece que lo está siempre, pero no: solo está preocupada.
—¿Por ti?
—Y por Charles, por todos. Creo que debe de pensar que nunca debimos venir a Edimburgo.
Alec cabeceó. Andaba muy erguido y con los manos unidas tras la espalda.
Aunque su atuendo era bastante modesto y contrastaba con el de las personas con las que se cruzaban, mucho más elegantes, tenía algo que lo hacía destacar entre los demás.
Tal vez fuese su atractivo y la seguridad que emanaba pese a que, como Rowan sabía, no siempre se sentía tan confiado de sí mismo.
—¿Compartes esa opinión?
Rowan se giró a mirarlo y respondió sin vacilar.
—Por supuesto que no —aseguró—. Me alegra haber venido a pesar de..., bueno, de todo lo que no ha salido tan bien.
—¿Te refieres a tu hermano?
«Sí. Y también a ti —habría deseado decir—; a ti, que a veces pareces tan lejos de mí, y no sé cómo salvar esa distancia que nos separa».
Pero no dijo eso, solo asintió a medias y llevó la vista al frente porque Alec siempre había tenido facilidad para descubrir cuándo mentía, y odiaba la idea de que supiera lo que realmente pensaba.