Capítulo 13
—N o quiero más de esa pestilencia, Rowan. ¿Quieres que me muera de verdad por envenenamiento?
Rowan ignoró las protestas de su hermano y se quedó de pie junto a su cama, mirándolo con el ceño tan fruncido que casi le dividía el rostro.
Él debió de ver que no estaba de humor para apreciar su ingenio, así que bebió de un trago la tisana que Morag había preparado para él y que, según la criada, tenía la virtud de prevenir infecciones, reducir dolores y, ojalá, provocar el arrepentimiento.
Habían pasado tres días desde que Alec había aparecido en la puerta arrastrando a su hermano y, desde entonces, y por obra de algún tipo de milagro, habían conseguido ocultar el asunto de sus padres.
Aunque lord Gairloch se había mostrado furioso cuando Rowan le había dicho que su primogénito había aparecido enfermo, aun cuando no parecía que fuese nada de cuidado, el conde no había hecho ningún intento por verlo.
Tan solo comentó que debía de tratarse de su mala conciencia y un exceso de alcohol, y que no quería que se presentara ante él hasta que estuviera completamente recuperado; que ya entonces le dejaría en claro todo lo que pensaba de su conducta.
Aquella salvaguarda les había permitido a Rowan y a Morag ocuparse de él y asegurarse de que no había signos de infección, al menos no grave.
Los cuidados que había indicado Alec habían hecho efecto y, aunque la herida todavía tenía un aspecto horroroso, la tarde anterior, Charles ya se mostraba plenamente consciente y hasta había comido algunos de los platillos sencillos que Morag había subido para él junto con aquel mejunje.
Con un poco de suerte, creía Rowan, su hermano podría ponerse en pie dentro de unos días.
—En lugar de quejarte por todas las molestias que nos hemos tomado por ti —dijo Rowan cruzándose de brazos—, podrías decirme quién te hizo esto y por qué. —Era la tercera vez que le hacía esa pregunta, y su reacción fue la misma que en las otras dos: torció el gesto y desvió la mirada—. Charles...
—No es nada por lo que debas preocuparte. Intentaron robarme, eso es todo. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
Rowan ignoró su tono hastiado y se sentó en el borde de la cama.
—¿Tres hombres te dejaron así solo porque querían robarte? —preguntó.
—No sabes lo que son las calles de Edimburgo por las noches, hermanita. No tienes idea de los horrores que se encuentran allí. Alec podría decírtelo.
Fue Rowan quien hizo una mueca esta vez. Le había contado a su hermano que habían sido Alec y un amigo suyo quienes habían salido en su defensa mientras lo golpeaban, lo que fue una sorpresa para él porque, según le había dicho, apenas estaba consciente aquella noche y no lo había reconocido.
Si a Charles lo incomodaba que fuese un conocido de Gairloch quien lo había tenido que salvar de semejante situación, se cuidó bien de ocultarlo.
En su lugar, se mostró casi divertido ante la idea de que fuese alguien de clase inferior quien le había salvado la vida; dijo que, de saberlo, sus padres lo encontrarían humillante.
Desde luego, Rowan no comentó que aquella no era la primera vez que veía a Alec en Edimburgo porque, aunque confiaba en su hermano la mayor parte del tiempo, no tenía idea de cómo vería él esa confesión.
En el fondo, no era menos esnob que sus padres y se refería a Alec con una condescendencia que a Rowan la ponía furiosa.
—Y si es tan peligroso andar solo de noche por la ciudad, ¿qué hacías tú corriendo ese riesgo? —insistió ella.
—Iba a reunirme con unos amigos, eso es todo. Por favor, Rowan, estoy muy agradecido de que engañaras a padre por mí, pero me estás volviendo loco con tantas preguntas. —Él esbozó una sonrisa torcida y le guiñó un ojo—. ¿Por qué mejor no bajas al salón y me subes algo para beber?
Rowan entrecerró los ojos.
—No voy a darte ni una gota de alcohol, si es a eso a lo que te refieres.
Antes de que su hermano pudiera protestar, se puso en pie, alisó el frente de su vestido, y tomó de la mesilla junto a la cama la palangana que había llevado para humedecer la frente de su hermano en los breves momentos en que detectaba algo de fiebre.
—Pero te traeré un poco de té —continuó—. Y tal vez, más tarde, te sientas mejor para intentar decime la verdad.
Sin aguardar respuesta, Rowan se marchó mientras el susurro de sus faldas resonaba tras ella.
***
Alec se quedó un momento mirando la puerta que acababa de atravesar y exhaló un largo suspiro al dejar el ruido de la taberna en la que había pasado las últimas dos horas.
Iba solo y estaba calado hasta los huesos debido al chaparrón que empezó a caer sobre él tan pronto como abandonó la protección del local, pero se sintió bastante aliviado al dejar atrás el ambiente opresivo de la taberna.
Entre eso y la sensación de que alguien intentaría apuñalarlo en cualquier momento, había pasado un rato muy desagradable, pero no podía negar que había sido, también, bastante fructífero.
Se dirigió a su alojamiento, pero antes se detuvo un momento en un bazar a cuyo dueño conocía casi desde su llegada a la ciudad.
Le pidió papel, una pluma, y escribió una breve nota que puso en manos de uno de los chiquillos que deambulaban por la calle con la promesa de unas cuantas monedas si lo entregaba en su lugar.
Después, un tanto tembloroso por el frío que le atravesaba el abrigo, se consoló pensando en que aguardaban por él una cena caliente, ropa limpia y seca y, lo más importante, en que acababa de cumplir una promesa.
***
Rowan no logró urdir una excusa para abandonar la casa sin más compañía que Morag hasta muy entrada la tarde siguiente.
Había recibido la visita de sir William durante la mañana, y había tenido que hacer acopio de toda su paciencia para no gritar por el aburrimiento y la necesidad de abandonar el salón en el que tanto ella como su madre agasajaban a los visitantes.
Por lo general, no era algo que a Rowan le molestara.
Recibir personas no era tan terrible, o al menos no todo el tiempo; fue así como había conocido a Elspeth Sinclair, por ejemplo, que se había convertido en tan buena amiga.
Y algunos otros invitados las ponían en antecedentes de lo que se cocía en la ciudad, algo que siempre era entretenido.
Pero en casos como el de sir William...
Él nunca tenía nada interesante que contar, porque solo hablaba de sí mismo; le encantaba ponerse de ejemplo con respecto al excelente terrateniente que era y cómo el país iría mucho mejor si todos fueran como él.
Rowan había notado que incluso su madre se sentía un poco disgustada por esos largos monólogos que el visitante declamaba, pero la condesa valoraba demasiado lo conveniente de su amistad como para hacer algún comentario al respecto.
Las miradas calculadoras que dirigía de uno a otro, en tanto Rowan se esforzaba por no bostezar, dejaban eso muy en claro, así como que nada la haría más feliz que aquel hombre se decidiera a formular una propuesta.
Rowan dio vueltas a esa deprimente idea durante todo el camino en carruaje hacia la imprenta en la que trabajaba Alec.
Tenía la nota que él le había enviado en el limosnero que colgaba de su muñeca; la había leído tantas veces que se la sabía de memoria.
Tenía algo importante que contarle con respecto al ataque que había sufrido su hermano, pero no creía que fuera buena idea que se presentara en su casa, así que la había alentado a que fuera ella quien lo encontrara en la imprenta aquel día en que pensaba pasar todo la jornada allí.
Era sábado y las calles se veían colmadas de gente.
Había, además, una vibración un tanto extraña en el aire que Rowan achacó a todas las actividades que se habían organizado en la ciudad por la visita del primer ministro.
Según le había contado Morag, que se había enterado de ello en las cocinas, había habido una manifestación la mañana anterior que, aun cuando no se había salido de control, había hecho estragos en las calles.
Según la criada, no había habido arrestos, porque aquello habría empañado una importante reunión que el señor Disraeli tenía pautada con los terratenientes en el salón del viejo Parlamento; pero corría la voz de que, como hubiera alguna otra, entonces no se mostrarían tan indulgentes.
Rowan ordenó al cochero que se detuviera un par de calles antes de llegar a la imprenta y ordenó a Morag que aguardara por su regreso allí, algo que esta aceptó a regañadientes y tras darle mil recomendaciones.
Encontró el lugar muy callado y supuso que aquello se debía a que los operarios descansarían los sábados, algo que halló bastante tranquilizador, porque sospechaba que lo que Alec tenía para decirle no le iba a gustar y prefería que hubiera tan pocos testigos de ello como fuera posible.
Se había puesto un vestido sencillo de un tono muy oscuro de verde, ceñido con un cinturón, y un sombrero a juego; las faldas eran estrechas, así que pudo andar entre los bancos dispersos por el primer nivel del local hasta que se encontró a los pies de la escalera que conducía al siguiente, y se detuvo allí para llamar a Alec con un tono lo bastante alto para que la oyera.
Él, que debía estar al pendiente de su llegada, asomó la cabeza por lo alto de la escalera y la invitó a subir.
—Perdona que no bajara a recibirte, pero tenía que terminar con esta tanda y no puedo dejar los tipos más tiempo del conveniente.
Rowan acogió las palabras de Alec con una sonrisa y, mientras él volvía apurado a revisar las planchas de letras con las que parecía imprimir las páginas de un grueso tomo, aprovechó para estudiarlo a placer.
Estaba en mangas de camisa, que llevaba remangadas hasta los codos, lo que con seguridad otras damas encontrarían escandaloso, pero a ella le alegró que hubieran retomado la familiaridad que le era tan natural.
Tenía el oscuro cabello revuelto, y varios mechones se le pegaban en la frente debido a la leve capa de sudor que le cubría el rostro.