El puente de Rowan Capítulo 12 #2
58%

Capítulo 12 #2

A Rowan le bastó con ver la cara de Morag para saber que traía malas noticias. Lo notó en su ceño más fruncido de lo habitual, en la forma en que se retorcía las manos una contra otra y, en especial, en que le temblaba un poco el labio inferior, signo inequívoco de que estaba asustada.

Y Morag casi nunca se asustaba.

Acababa de dejar el libro que estaba leyendo, una bonita reedición de Orgullo y prejuicio , de la señorita Austen, cuando oyó los pasos de la criada y esta irrumpió en su habitación, a donde se había retirado después de cenar sola porque sus padres habían asistido a una velada en casa de los Drummond.

Le había costado, pero había fingido que estaba a punto de resfriarse, así que su madre no había insistido en que los acompañara con la amenaza de que más le valía estar del todo recuperada al día siguiente.

Rowan creyó que la aguardaba una noche tranquila, pero era obvio que el universo tenía otras planes para ella.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué parece como si hubieras visto a un fantasma?

Morag se llevó un dedo a los labios para hacerla callar, se acercó a ella y susurró unas palabras a su oído que arrancaron hasta la última brizna de color a sus mejillas. Cuando logró recuperarse de la impresión, tomó a la criada del brazo con fuerza.

—Llévame con ellos —susurró también—. Ahora mismo.

***

El camino a las cocinas se le hizo eterno, pero logró aparentar una helada calma cuando se cruzó con un par de doncellas que se dirigían al fondo de la casa, donde se encontraban las habitaciones de los criados.

Dio un rodeo antes de llegar a las cocinas, hacia el cuartito donde el ama de llaves guardaba la ropa de cama. No había rastros de otros sirvientes, así que, tras intercambiar un rápido asentimiento con Morag, que apenas podía dejar de temblar, entró con un ademán resuelto.

Había un diván maltrecho en un extremo de la habitación, y allí vio a su hermano tendido, tan pálido como si apenas le quedara sangre en el cuerpo. Alec estaba arrodillado a su lado, sostenía algo contra su costado, y creyó que murmuraba algunas palabras que no logró descifrar.

—¡Charles!

Sin dudar, se arrodilló también junto al diván y posó una mano temblorosa sobre la frente de su hermano.

—¿Respira?

Rowan hizo un gesto de enfado al oír la pregunta de Morag.

—Por supuesto que respira —refunfuñó antes de dirigirse a Alec—. Morag no soporta ver sangre.

—Tal vez no debí traerlo aquí.

—No seas bobo, ¿a dónde más ibas a llevarlo? Y, por si no lo recuerdas, yo no tengo ningún problema con la sangre.

Alec esbozó la sombra de una sonrisa.

—Eso lo recuerdo muy bien —dijo—. Cuántas veces me curaste los cortes que me hacía por ir corriendo por allí.

Rowan asintió, y dio una larga y asustada mirada a la herida que Alec mantenía contenida con lo que reconoció como un trozo de la camisa de Charles.

—Pero reconozco que esto me supera por mucho —aceptó con voz débil.

Alec usó la mano libre para posarla suavemente sobre su brazo, y ella dio un respingo.

—Tu hermano tiene suerte: hice algunos cursos de medicina cuando entré a la universidad.

Me di cuenta pronto de que no es algo a lo que me gustaría dedicarme, pero aprendí cómo tratar este tipo de heridas —explicó.

Rowan estuvo a punto de llorar del alivio y apretó los dedos sobre su brazo un instante antes de cabecear—.

Voy a necesitar hilo, aguja, y mucho mucho alcohol —pidió Alec.

—Ya lo oíste, Morag. Ve a buscar todo eso tan rápido como puedas.

—Y trozos de tela limpios.

La criada pareció aliviadísima de marcharse, al menos, por un momento; tanto que ni siquiera hizo referencia a lo impropio de dejar a Alec y a Rowan a solas, solo con su hermano desmayado como carabina.

—No te voy a engañar. Nunca he tratado una herida así, pero haré lo mejor que pueda.

Rowan agradeció las palabras de Alec con una sonrisa temblorosa.

Mientras seguía sus instrucciones para acomodar, lo mejor posible, a Charles sobre el diván y le rompían los restos de camisa para dejar a la vista la herida, que había empezado a sangrar un poco menos, Alec le contó las circunstancias en las que había encontrado a su hermano.

—Pensé en llevarlo a la imprenta o a la posada en la que me hospedo, pero creí que estaría más cómodo aquí. Y, cuando Morag me abrió la puerta y dijo que tus padres estaban fuera, supuse que había hecho bien —dijo él.

—Así fue, y te lo agradezco mucho. Le has salvado la vida, tú y tu amigo lo hicieron. ¿Él está bien?

—Sí, solo se llevó una patada en la pierna, y va a quejarse por eso lo que resta del mes —bromeó Alec.

—¿Y tú? ¿Estás seguro de que ese corte no es nada grave?

Rowan miró su hombro, donde el abrigo se veía humedecido por una mancha rojiza.

—No es nada, te lo prometo —dijo él.

Ella estaba a punto de insistir, pero entonces Morag volvió y sostuvo su carga en alto.

—Solo me atreví a tomar el brandi que tu padre guarda en el comedor. No creí que notara si hay menos —indicó la criada.

Alec tomó las cosas de sus manos y, luego de estudiar la botella, asintió con aprobación.

—Servirá —dijo—. Voy a necesitar tu ayuda, Rowan, y tú, Morag, tal vez quieras mirar para otro lado, porque no creo que pueda atenderte si te desmayas.

***

—Creo que estará bien; ya no hay hemorragia y la costura se ve firme, pero van a tener que estar muy al pendiente.

Limpien la herida cada par de horas y, a la primera señal de fiebre alta, tendrán que hablar con lord y lady Gairloch y confesarlo todo porque necesitará un médico.

Estoy seguro de que ellos preferirán saberlo que ver a su hijo morir por una infección.

Rowan hizo un gesto de dolor al oír las palabras de Alec, pero agradeció que fuese tan sincero y le prometió que seguirían sus indicaciones al pie de la letra.

Luego de coser la herida de Charles, lo que llevó un tiempo y grandes cantidades de brandi que Alec hizo beber a su hermano y que también vertió sobre su piel abierta, lograron subirlo a su dormitorio.

Fue una empresa hercúlea porque, mientras Morag se aseguraba de que no había nadie cerca, Rowan tenía que guiar a Alec por el camino, consciente de que debía de ser muy difícil para él cargar con su hermano que, inconsciente como estaba, debía de pesar una barbaridad.

Pero lo lograron y lo metieron en la cama. Luego, lo dejaron al cuidado de Morag, que prometió ocuparse de él durante las primeras horas de la noche por poco que le gustaran las heridas. Rowan le tomaría la posta antes del amanecer.

Mientras acompañaba a Alec a la entrada que daba a las cocinas, que era por donde había llegado poco antes, ella le dijo que nunca podría agradecer lo que había hecho esa noche por su hermano.

—No tienes que agradecer nada, lo habría hecho por cualquiera a quien hubiera visto en una situación como esa —aseguró él, y ella supo que era sincero—. Pero me alegra haber podido ayudarlo. Nadie merece ser atacado de esa forma.

Rowan ahogó un suspiro. Habían salido y se hallaban junto a la puerta y bajo el amparo de la noche, oscura como boca de lobo.

Ni una sola estrella refulgía en lo alto, y ella no pudo menos que temblar al pensar en lo que podría haber sido de Charles si aquellos hombres lo hubieran dejado desangrándose en el callejón, o algo peor.

—¿Crees que se trató de un robo, o pudo ser algo más? ¿Charles hizo algo a esos hombres para...?

—No tengo cómo saberlo; tu hermano no dijo una palabra cuando lo saqué de allí, y luego... tampoco es que haya estado muy consciente como para charlar. —Alec respondió a su pregunta con una mueca—. Al final, todos esos hombres huyeron, pero puedo hacer algunas preguntas por ahí si eso quieres.

—Te lo agradecería mucho, pero...

—Seré discreto, no te preocupes. —Rowan cabeceó, agradecida, y se envolvió el torso con los brazos; no sabía si debido al frío o a la impresión de lo ocurrido, que empezaba a hacer mella en ella.

Sintió el roce de la mano de Alec asentada sobre la suya y abrió mucho los ojos al tiempo que buscaba su mirada, fija en ella y dotada de una calidez que le cortó el aliento—.

Métete a la cama, tienes que dormir un poco si piensas relevar a Morag luego —sugirió él—. No quieres enfermarte en serio, ¿no?

Ella sonrió sin poder evitarlo. Le había contado la mentira que le había dicho a su madre con respecto a ese incipiente resfrío a fin de quedarse en casa.

—No, no quiero —replicó ella con el mismo tono burlón que él había usado—. Tengo que cuidarlo.

—Eso es correcto. Así que anda, te prometo que me pondré en contacto contigo si averiguo algo sobre los hombres que atacaron a tu hermano.

Rowan asintió y llevó la mirada a sus manos unidas. La de él se veía enorme en comparación con la suya, y los vellos de su muñeca le acariciaron la suave piel de sus dedos cuando se liberó de su agarre muy a su pesar.

—Gracias, Alec. Creo que nunca podré decírtelo lo suficiente —murmuró ella.

Él entreabrió los labios, como si estuviera a punto de decir algo, pero en su lugar solo sacudió la cabeza de un lado a otro en señal de negación, exhaló un suave suspiro y la alentó a entrar con un gesto.

Rowan cerró la puerta tras ella y se quedó un momento allí, observándolo alejarse por un orificio en la madera.

La noche lo envolvió de golpe, ocultándolo de su vista, y solo entonces se apartó con una sensación extraña en el pecho que, estaba segura, no se debía solo a la preocupación por su hermano.