Capítulo 12
E ra posible que las esperanzas de Rowan de que ella y Alec se encontraran nuevamente pronto hubieran naufragado debido a esa suerte de barrera que los separaba incluso viviendo en la misma ciudad, de no ser porque el destino se había ocupado de reunirlos una vez más y en las circunstancias más inesperadas.
Alec dedicó cada hora a sus clases, a las tutorías que ofrecía y a su trabajo en la imprenta. Por un tiempo, pensó que su vida había vuelto a la normalidad luego de que la llegada de Rowan la pusiera de cabeza.
Verla en la sala de conciertos había sido una sorpresa, una agradable a pesar de intentar convencerse de que cualquier acercamiento a ella era un error. Por unos minutos, mientras hablaban a solas, había sido como si aún se hallaran en Gairloch y las diferencias entre ambos se hubieran desvanecido.
Se vio presa de su encanto, fascinado por la belleza de su rostro y esa fiera osadía que siempre había admirado en ella.
Había estado a punto de decirle lo mucho que adoraba ese valor, pero había sido lo bastante afortunado como para que el fin de ese encuentro lo obligara a callar.
Como no tuviera cuidado, algún día terminaría por decir alguna barbaridad, y entonces que el cielo lo ayudara, porque en ese momento no habría vuelta atrás y tendría que renunciar a ella para siempre.
«Lo que debo hacer —se repetía cuando su mente tomaba un camino indebido— es continuar como lo he hecho hasta entonces: estudiar y trabajar para cumplir con las metas que me he trazado, construir el futuro que soné para mí y en el que no hay lugar para Rowan».
***
—Creo que Fraser y los otros maestros se han tomado sus conferencias demasiado en serio. Creí que no te dejaría tranquilo nunca.
Alec esbozó una mueca mientras sus pasos se hundían en el barro que rodeaba las afueras de la universidad.
Hacía un buen rato que se había hecho de noche, pero había tenido que quedarse dos horas más de lo habitual porque el señor Fraser, el profesor de Retórica, le había pedido que lo ayudara a copiar el contenido del discurso que pensaba dar en la conferencia del día siguiente, a la que asistiría el primer ministro.
Disraeli ya había estado por allí una vez, a inicios de semana, para una ceremonia solemne con el director y las otras autoridades de la universidad.
Alec y otros estudiantes habían sido invitados a asistir, así que ya había tenido oportunidad de conocer al político y debía aceptar que no le había dejado una mala impresión, aunque le había parecido un hombre un tanto pomposo y muy consciente de su importancia, lo que tal vez tendría que ver con que se encontrara rodeado por otros hombres igual de arrogantes.
A partir del día siguiente, sin embargo, participaría activamente en una serie de conferencias, y por eso toda la plana docente se hallaba un poco de los nervios.
Fraser había repetido su discurso una y otra vez, hasta el grado de que Alec no solo pudo copiarlo al detalle, sino que estaba seguro de que podría citarlo de memoria.
Al fin, cuando su profesor se encontró satisfecho, pudo abandonar la universidad con Robby, que se había quedado aguardando por él en la biblioteca para que fueran juntos a la imprenta.
—Hay algo en las calles, ¿no te parece? —preguntó su amigo.
Se habían internado entre las vías empedradas, sobre las que caía una fina lluvia que también les mojaba los abrigos; pero no hacía demasiado frío, o al menos a Alec no le parecía así.
Después de pasar horas entre los claustros y, las últimas de ellas, al calor de la chimenea siempre encendida en el despacho del señor Fraser, era agradable sentir la brisa fría agitándose sobre su rostro.
—¿A qué te refieres?
—Al ambiente, el aire... No sé, como si estuviese a punto de ocurrir algo importante.
Alec entendía lo que Robby quería decir, él también podía sentirlo. La llegada del primer ministro había provocado una agitación en la ciudad que iba mucho más allá de todos esos eventos que se organizaban en las mansiones y en la universidad.
Estaba allí, en la calle, en los susurros de la gente de a pie: comerciantes y trabajadores que veían esa visita con desconfianza y que, más que halagos y saraos, lo que querían ofrecer al recién llegado eran reclamos.
—Mañana saldrá un grupo grande desde Royal Mile.
Alec recibió las palabras de su amigo con un asentimiento. Ya había oído algo acerca de eso: la primera manifestación organizada para protestar por la presencia del primer ministro en Edimburgo.
—¿Irás? —preguntó.
—Eso creo. Aunque, antes de que digas algo, seré cuidadoso, no quiero que me arresten y me expulsen de la universidad. Pero Donal estará en primera fila, ya lo sabes.
Alec cabeceó.
—Espero que, al menos, sea lo bastante sensato para no ir con Isobel.
Su amigo trastabilló con una piedra resbaladiza por la lluvia y lo miró de reojo con el ceño fruncido, algo poco habitual en él, que siempre parecía tan alegre.
—No creerás que ella estará tan loca como para querer ir —resolló.
—Claro que sí. Y no está loca ni mucho menos; está enfadada, como muchos otros, y le preocupa su país.
—Ya. Pero una protesta de este tipo puede ser peligroso para una mujer. ¿Te gustaría, acaso, que lady Rowan se viera involucrada en una?
Alec estuvo a punto de detenerse e increparlo por decir tal barbaridad, pero se lo pensó mejor y guardó silencio.
Tanto Robby como Donal parecían convencidos de la importancia de Rowan para él; había bastado con que los vieran juntos una vez para que llegaran a esa conclusión y, aunque era la absoluta verdad, él no tenía ningún interés en cimentar esa idea.
No quería a aquel par dándole tabarra con ese tema.
—Puedes intentar convencer a Isobel de que no vaya —dijo, al cabo de un rato, volviendo a lo que creía que distraería a su amigo—, pero no te hagas ilusiones de que vayas a lograrlo; es obstinada y en esto no le falta razón.
Yo que tú procuraría convencerla de que fuesen juntos, así podrás velar por ella sin que lo tome a mal.
Robby hizo un gesto indeciso; sus rizos húmedos se le pegaban a la frente, pero, al cabo de un momento, asintió, lo que llevó a Alec a suponer que seguiría su consejo.
Su interés en Isobel McFarlane era evidente desde hacía años, y casi todos quienes los conocían sabían que sus constantes discusiones encubrían esa atracción, pero era difícil asegurar qué era lo que sentía ella.
Unos años mayor que Robby y con su mal genio siempre latente, se le daba mucho mejor que a él enmascarar sus emociones, algo que Alec envidiaba; así se le haría más sencillo ocultar lo que Rowan inspiraba en él.
Acababan de atisbar la silueta del mesón en el que solían detenerse a comer, cuando Alec reparó en un ruido proveniente de un callejón a su izquierda.
Parecía una pelea, y estuvo a punto de seguir de largo porque no se trataba de nada poco habitual allí; en esa zona había trifulcas un día sí y otro también, y él procuraba no involucrarse porque había tenido algunas malas experiencias al intentar salir en defensa de alguien.
Sin embargo, algo lo impelió a detenerse y, tomando a Robby del brazo, le señaló el punto desde el que provenía el ruido con una cabezada.
Su amigo lo entendió de inmediato y, tras hacer un gesto de malestar —porque seguro que nada le apetecía menos que meterse en semejante embrollo—, asintió como el hombre leal que era y se mantuvo a su lado cuando Alec se puso en camino hacia el lugar.
«Son tres —notó Alec de inmediato— y tienen a alguien hecho un ovillo a sus pies». Le daban golpes con la punta de las botas, y uno sostenía una cuchilla mellada en una mano. Un charco de sangre le dejó muy en claro que aquello era más que una discusión de borrachos. Un robo, quizá, sino algo peor.
No se detuvo a pensar, como le había acusado, más de una vez, el reverendo Sutherland que hacía; aquella no era ocasión para charlas y, cuando sintió a Robby moverse a su lado, supo que él debía de estar considerando lo mismo.
Se libró de uno de los atacantes con un buen empujón. Era fuerte, a veces olvidaba qué tanto, lo que provocó que el hombre se pegara una buena sacudida contra un tabique, y lo dejó fuera de juego un momento para que pudiera encargarse del hombre de la cuchilla, mientras Robby iba por el otro.
Oyó un resoplido de su amigo, pero no se giró a mirar porque estaba muy ocupado esquivando a su oponente, que esgrimía su arma contra él con no poca pericia.
Alec tuvo que hacer acopio de toda su experiencia para no llevarse un buen tajo, aunque sí que sintió un corte superficial en el hombro, lo que le dolió más por el abrigo que por el escozor en la piel.
Al ver de reojo que el hombre al que había atacado primero parecía a punto de ponerse en pie, actuó con rapidez y embistió como un toro contra su oponente, que soltó la cuchilla debido a la impresión y terminó pegándose un golpe que lo dejó medio desmayado sobre los adoquines.
Luego de eso, tomó la cuchilla y la alzó en lo alto con ademán amenazante, así que el hombre que había ido a por él se detuvo de golpe y, tras vacilar solo un instante, echó a correr en dirección contraria seguido por el que Robby acababa de derribar con buenos puñetazos.
El único que quedaba era aquel al que Alec casi había desmayado, pero se veía tan desfallecido que supuso que no daría problemas, así que fue a ocuparse de su víctima, que apenas lograba respirar.
Robby, que llegó antes que él, lo tomó del hombro y, luego de señalar el charco de sangre, que parecía hacerse cada vez mayor, lo giró con mucho cuidado para verle el rostro.
Descubrir de quién se trataba robó a Alec todo el aliento, sin embargo, logró recuperarse y empezó a pensar con rapidez; tanta que le dio vueltas a la cabeza, pero no le costó mucho llegar a una conclusión.
Era una locura, no obstante, sabía exactamente lo que tenía que hacer.
***