El puente de Rowan Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Lo mismo digo —bromeó ella, contenta al ver que Alec actuaba con naturalidad—. ¿Cómo es que estás aquí?

No quiso sonar tan sorprendida como realmente se sentía porque no tenía intención de ofenderlo al sugerir que aquel no era un lugar al que perteneciera, pero él no pareció tomarlo a mal.

Por el contrario, sonrió de una forma que le robó el aliento, con un tinte divertido y travieso.

Luego, le contó que había obtenido las entradas del rector de la universidad, así como lo que este le había pedido con respecto a la visita del señor Disraeli.

—Pero eso es muy bueno, ¿no? Que te consideren tanto como para pedirte tal cosa —señaló Rowan sin disimular su admiración una vez que él terminó.

Alec se encogió de hombros.

—Depende de cómo lo veas. Habrá quienes lo tomen así, otros pensarán que soy un traidor.

—¿Un traidor? Alec, solo haces lo que te han pedido las autoridades de la universidad. No podías negarte.

—Claro que podía, pero no quise hacerlo porque eso me habría metido en problemas.

—Y tú quieres evitarlos.

—Eso parece, y me pregunto por qué.

Rowan examinó su rostro y notó que parecía reprocharse a sí mismo su conducta, lo que consideró injusto. Así que, sin pensar, dio un paso hacia él y habló con mucha seriedad.

—No has hecho nada por lo que debas arrepentirte, Alec. Estás usando tu cabeza y haciendo lo mejor no solo para ti, sino también para la universidad y tus compañeros.

Él hizo una mueca.

—Eso dijo Donal —reconoció de mala gana.

—Se nota que el señor McFarlane es un hombre muy inteligente.

—A él le gusta pensarlo.

Rowan sonrió y estaba a punto de decir algo, pero un criado apareció de la nada y sostuvo una bandeja ante ellos. Tras dudar, tomó una copa y observó el gesto desconfiado con el que Alec cogía otra y se la llevaba a la nariz para oler su contenido.

—Huele peor que el whisky más malo —comentó él.

—No es cierto —lo reprendió ella—. Prueba un poco, es muy divertido.

—Una bebida no debería ser divertida.

—Sí cuando te hace cosquillas en la nariz.

Alec frunció los labios, pero dio un sorbo y, tras cabecear, hizo un gesto incierto.

—No es tan malo —reconoció a regañadientes—. He bebido cervezas peores.

—Qué magnánimo de tu parte —bromeó ella.

Rowan sentía la risa agolpándose en la garganta, no supo si debido al champán o a la alegría de estar con él; supuso que sería por ambas cosas.

—¿Cómo es que te has escapado de la vigilancia de tu madre?

La sonrisa se borró de su rostro al oír su pregunta y, tras encogerse de hombros con un falso ademán indiferente, le contó acerca de su huida y de cómo su familia y acompañantes apenas lo habían notado porque estaban demasiado entretenidos con la idea de ir a saludar al señor Disraeli.

—Parece que no soy el único al que la visita del primer ministro le ha alterado la vida —comentó Alec.

—Te aseguro que no. Nunca había visto a mis padres tan emocionados. —Ella se adelantó a continuar antes de que Alec pudiera decir algo—. ¿En verdad es tan malo?

—¿Qué?

—¿Que él esté aquí?

—¿A qué te refieres?

Rowan dudó antes de responder.

—No he sido presentada a él aún, así que no he podido hacerme una idea de su carácter, pero he leído acerca de las cosas que ha hecho, y parece que aprecia mucho al pueblo escocés. Mi padre dice que ha respaldado varias leyes que nos han favorecido, como la de la educación; esa que...

—La que hace la educación obligatoria hasta los doce años, sí. Reconozco que es una buena ley; insuficiente, pero es un avance.

—Entonces ¿por qué no aprovechar su presencia para buscar un bien para el país? —sugirió ella—. Las autoridades podrán plantear nuevas leyes; la gente de tu universidad le hablará de sus necesidades, e incluso tú...

—¿Qué pasa conmigo?

—Tú, como representante de los estudiantes...

—No soy tal cosa. Ni siquiera estoy en el consejo y no me interesa estarlo.

Ella lo ignoró.

—Si se presenta la oportunidad, podrías proponer algunos cambios que beneficien a todos.

Alec se la quedó mirando, pero no pareció enfadado por su perorata o por que intentara convencerlo de algo en lo que evidentemente no creía.

Tal vez pensara que era una ingenua al suponer que la visita del primer ministro haría alguna diferencia o que siquiera aceptaría oírlos; pero no dijo nada de eso, sino que, tras esbozar una pequeña sonrisa, sacudió la cabeza de un lado a otro con suavidad.

—No has cambiado nada, ¿cierto?

Su voz sonó tan cálida y sedosa como la miel, y Rowan se vio parpadeando con desconcierto cuando sus ojos se encontraron. Le latió el corazón muy muy rápido, y se le humedecieron las palmas de las manos bajo los guantes.

—¿En qué? —preguntó ella, a su vez, con un tono tembloroso—. ¿En qué no he cambiado?

—Me refiero a cuán idealista puedes ser, cómo esperas siempre lo mejor de los demás.

—Seguro que te parece una tontería.

—No. Es algo que siempre he admirado de ti; eres una buena persona y esperas que los demás también lo sean. No hay nada de malo en eso, Rowan; quisiera ser como tú. Es uno de los motivos por los que...

Ella no supo qué iba a decir porque entonces se oyó el sonido del gong que anunciaba el final del intermedio y, aunque le habría gustado quedarse a su lado, sabía que tenía que volver con sus padres antes de que se dieran cuenta de que había ido allí en lugar de reunirse con los Sinclair.

Seguro que Elspeth intentaría cubrirla, pero no podía aprovecharse de su amabilidad.

—Debes regresar —indicó Alec una vez que el ruido se apagó—. Y yo...

—Tú también. Espero que tu amigo Robby no se aburriera solo.

Alec hizo una mueca.

—Seguro que habrá encontrado a algún incauto a quien volver loco con su cháchara. Te escoltaría a tu palco, pero seguro que a tus padres no les haría ninguna gracia.

—A mi padre le agradas.

Él no negó ni confirmó aquello porque lo cierto era que ambos sabían que, aun cuando lord Gairloch se había mostrado muy satisfecho los últimos años debido a lo bien que le iba a Alec en la universidad, aquella satisfacción nacía más bien de su propia complacencia al considerar que él había contribuido a aquello al recomendarlo cuando el reverendo Sutherland se lo había pedido.

Hasta donde Rowan sabía, Alec y sus padres no se habían visto más que un par de veces en Edimburgo, y solo porque el religioso insistía en que el primero se presentara, al menos una vez al año, a presentarles sus respetos.

—Vamos, te acompañaré siquiera a las escaleras —se ofreció Alec con un gesto.

Ella no dudó en seguirlo, pero anduvo muy despacio para prolongar su cercanía durante unos minutos más.

El calor que él emanaba la envolvió como un abrigo cuando se internaron entre la multitud que volvía también, y se sintió conmovida por la forma en que la guiaba, como si intentara protegerla de cualquier incomodidad.

Una vez que llegaron a lo alto de la escalinata, él se detuvo y le dirigió una pequeña sonrisa.

—Aquí nos despedimos. Espero que sigas disfrutando del concierto.

Al verlo dar la vuelta para marchar, Rowan no pudo contener el impulso de llamarlo por su nombre, y él giró para mirarla con extrañeza.

—Nos veremos de nuevo, ¿no? —preguntó ella sin disimular la urgencia en su voz.

Alec se encogió de hombros.

—Quizá.

No dijo más, solo alzó una mano en señal de despedida y, en un parpadeo, se perdió entre la gente que se dirigía a la galería.

Rowan se quedó allí durante un momento más, con las manos hechas puños a los lados, mientras las determinación llameaba en su pecho.

«Nos veremos de nuevo, claro que sí», se prometió.

Pronto.