Capítulo 11
R owan sentía el cabello tan tirante que procuraba no mover la cabeza demasiado, lo que era un verdadero problema, ya que había tanto por mirar que le costaba muchísimo contener su curiosidad.
La sala de conciertos bullía de actividad en tanto los asistentes buscaban sus lugares y hablaban en voz baja; se percibía la emoción en el aire.
Casi todas las miradas se dirigían al palco de honor, donde el primer ministro, el señor Disraeli, ocupaba el asiento principal rodeado por algunas de las personas más influyentes de la ciudad.
—Euphemia ha podido dejar la tiara en casa, ¿no te parece, Sorcha?
Rowan mantuvo el semblante imperturbable, pero le brillaron los ojos por la diversión al mirar hacia un lado y toparse con el gesto avinagrado de la señora Drummond, que buscaba la aquiescencia de su madre y esta no la defraudó porque, tras llevar una delicada mano a su descubierto cabello exquisitamente peinado, asintió con discreto fervor.
—Es verdad —dijo con un tono más bajo que el usado por su amiga—, pero ya sabes cómo es Euphemia; jamás habría perdido la oportunidad de presumir un poco ante el señor Disraeli.
En ese aspecto, al menos, Rowan tuvo que reconocer que estaba de acuerdo con aquel par, aunque le hacía gracia que no tuvieran reparos en burlarse de quien aseguraban siempre era una de sus mejores amigas.
Sin embargo, podía entender que sus palabras estaban inspiradas por una cierta envidia que, desde luego, no tenía pensado mencionar porque su madre nunca se lo perdonaría.
La presencia del señor Disraeli, que había llegado apenas la tarde anterior, había generado una absoluta locura en Edimburgo.
Había quienes lo reprobaban, y esas eran las clases más bajas, que lo consideraban un recordatorio del yugo inglés bajo el que se hallaban.
En el caso de las más altas, su forma de verlo era muy distinta, y eso incluía a su propia familia.
Incluso, de haberlo querido, Rowan no habría podido recordar todos los eventos que se habían organizado en honor al primer ministro, pero estaba convencida de que su madre la obligaría a ir a casi todos, y aquel concierto era solo el primero.
La sala, que era el orgullo de los residentes de Edimburgo y que se hallaba en la zona más elegante de la ciudad, había sido puesta de punta en blanco para esa visita.
Las lámparas de gas iluminaban todo el recinto; un agradable aroma a cera de abejas se alzaba desde la galería, desde donde cientos de personas, que no contaban con un lugar en los palcos, podrían disfrutar del concierto.
La amiga de su madre, lady Kinross, se había aprovechado, sin ningún empacho, de la importantísima posición de su marido, que tenía un destacado lugar en el Parlamento, para convertirse en la anfitriona del señor Disraeli.
Por eso ocupaba el palco principal a su lado, lo que había alzado algunas cejas entre sus conocidos, incluida la madre de Rowan y varias otras de sus amigas, que lo consideraban un gesto poco elegante de su parte; pero Rowan estaba convencida de que, de haber podido, cualquiera de ellas habría hecho lo mismo.
Entonces, al disfrutar de su privilegiada vista, no pudo evitar pensar que, por poco que le gustara verse arrastrada de un lugar a otro, aquel no era ningún sacrificio porque gozaba tanto de la música que estaba convencida de que aquella sería una noche memorable.
Su impresión no hizo más que fortalecerse poco después cuando, al inclinarse para mirar hacia abajo, las voces de sus familiares se perdían a su alrededor igual que muchas otras, y atisbó una figura que se le antojó familiar recorriendo el pasillo que conducía a la zona izquierda de la galería.
Ese cabello, esa forma un tanto arrogante de elevar el mentón, los anchos hombros que parecían ocupar un espacio más amplio que el de los demás... «¿Será posible?», se preguntó mientras su corazón asumía un ritmo atronador que hacía eco en sus oídos.
El objeto de su interés debió de sentir su penetrante mirada, porque giró el cuello con rapidez y sus ojos se encontraron con los suyos. Rowan fue incapaz de contener la brillante sonrisa que asomó a su rostro al comprobar sus sospechas.
Alec estaba allí.
***
El susurro de Robby, que parecía incapaz de quedarse quieto en su asiento, llegó a oídos de Alec ahogado por el sonido del cuarteto de cuerdas que tocaba una conmovedora melodía en el escenario.
—Te preguntaba por qué no dejas de mirar sobre el hombro; parece que pensaras que te está siguiendo alguien —masculló, de nuevo, su amigo ante su falta de respuesta.
Alec cerró los ojos durante un par de segundos, rogando al cielo por un poco de paciencia.
Cuando el rector lo había convocado nuevamente a su oficina para entregarle unas entradas para el concierto de esa noche, había estado tentado a negarse, pero este le había repetido que esperaban contar con su presencia para representar a los estudiantes en los eventos que se habían organizado en honor al primer ministro, así que había forzado una sonrisa prometiendo que lo vería allí.
Aún recordaba las palabras de sus amigos al asegurar que debían hacer todo lo posible por mantener la paz en el plano estudiantil para evitar que las protestas que ya se habían convocado para los próximos días pudieran perjudicar a la universidad.
De modo que, tras reclutar a Robby como su acompañante, había ido allí con la esperanza de pasar un rato agradable oyendo buena música, algo para lo que casi nunca tenía oportunidad debido a sus escasos ingresos, y escabullirse lo antes posible dando por cumplida su promesa al rector.
Lo que jamás hubiera podido imaginar, y luego se habría de regañar por haber sido tan ingenuo, era que Rowan también se encontraría allí en compañía de su familia.
Por supuesto que los McLeod estarían invitados a un evento de esa categoría; eran de los residentes más importantes en Edimburgo.
Era posible que, después, también asistieran a la cena que los condes de Kinross habían organizado en su mansión y a la que, desde luego, Alec no estaba invitado.
Había sentido la mirada de Rowan fija en él durante lo que iba del concierto y, como no podía ser de otra forma, él se había vuelto a verla también, porque ¿cómo iba a hacer algo más? Buscarla, sabiendo que estaba allí, era para él tan instintivo como respirar.
—Te estaba preguntando...
—¡Ya cállate!
Sus palabras surgieron en un tono levemente más alto de lo que le habría gustado, pero al fin logró que su amigo dejara de incordiarlo, lo que fue un alivio.
Las últimas notas de un clavicordio, tan dulce como el llanto de una ninfa, resonaron en la sala y los aplausos se alzaron sin pausa durante varios minutos.
Luego, la intensidad de las luces se incrementó para marcar el intermedio, y Alec sintió que al fin podía volver a respirar.
Aunque la sensación solo duró un instante porque, atraído como por un imán, retornó a mirar en dirección a donde se hallaba Rowan y la vio ponerse en pie.
Sin pensar, porque, de haberlo hecho, jamás se le habría ocurrido semejante locura, se levantó también y, tras susurrar una excusa a Robby, se dirigió en la misma dirección por la que había desaparecido ella.
***
Rowan no podía recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido tan nerviosa por algo que estaba a punto de hacer.
Quizá había sido cuando tenía trece años y se había probado el vestido favorito de su madre a escondidas, con la mala suerte de que había roto el dobladillo al tropezarse y supo que no tenía más alternativa que confesar su falta porque no quería que culparan a una doncella en su lugar.
Entonces parecía encontrarse en una situación similar porque iba a hacer algo que sabía que su madre reprobaría y, aún peor, sería prácticamente bajo sus narices.
Tan pronto como la última nota se apagó, miró de un lado a otro y anunció que quería pasar a visitar a Elspeth Sinclair y a su esposo en su palco para tomar un refrigerio en su compañía.
Sus padres se habrían ofrecido a ir con ella, ya que valoraban enormemente esa amistad debido a la importante posición del matrimonio, pero entonces el cielo se apiadó de Rowan, y lady Kinross hizo un gesto a su madre para dar a entender que podían acercarse a compartir con el señor Disraeli.
«Al parecer —se dijo Rowan—, la condesa intenta hacerse perdonar por sus amigas».
Aunque su madre sugirió que ella los acompañara, Rowan se excusó diciendo que no quería hacer un desplante a los Sinclair y que ya sería debidamente presentada al primer ministro en la cena a la que habían sido invitados.
Aliviada al ver que todos estaban tan interesados en llegar a Disraeli como para prestarle más atención de la imprescindible, logró escabullirse entre los pasillos y descender por la escalerilla que conducía al vestíbulo.
Por suerte, su hermano no había asistido; en realidad, ni siquiera tenía idea de dónde estaba, lo que seguro le granjearía una buena reprimenda de su padre en cuanto llegara a casa.
Y tampoco se había presentado sir Archibald Stewart, gracias al cielo, lo que la libró de sus atenciones por esa noche.
El vestíbulo no se hallaba tan abarrotado como había temido; en realidad, comprobó, al mirar a los lados, que no reconocía a casi nadie allí.
La mayor parte de sus conocidos preferían ir de un palco a otro en lugar de departir con los ocupantes de las zonas más humildes del teatro, que eran quienes se encontraban en ese sitio, tomando un poco de aire antes de volver al recinto.
Reconoció la imponente figura de Alec tan pronto como dejó atrás a un grupo de gente que se agolpaba junto a un camarero con una bandeja a rebosar de copas de champán.
—Ya decía que no estaba imaginando cosas.
Rowan sonrió al oírlo. Se permitió observarlo durante todo un minuto, apreciando la forma en que el traje, aunque modesto, se ceñía a la perfección a su esbelta figura y cómo su atractivo rostro parecía iluminado por la luz de los candelabros que pendían sobre ellos.