El puente de Rowan Capítulo 10
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Capítulo 10

A lec se detuvo ante la pesada puerta de roble que conducía a la oficina del rector y tomó una buena bocanada de aire antes de golpear con los nudillos.

Había sido una sorpresa recibir el mensaje de que la segunda autoridad de la universidad luego del director deseaba hablar con él al final de su última clase.

Sir William Thomson llevaba en el cargo casi cinco años y se decía que aquel iba a ser el último porque no pensaba presentarse a las próximas elecciones, lo que, en opinión de Alec, era una lástima porque había hecho un buen trabajo sirviendo de nexo entre las autoridades y los estudiantes.

Oyó la seca voz del rector invitándolo a pasar y, una vez dentro del despacho, se detuvo junto a la puerta hasta que sir William, que estaba sentado ante un imponente escritorio, le hizo un gesto para que ocupara una silla frente a él.

—Espero no haberlo importunado, señor McRae.

Alec sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Desde luego que no. Ya había terminado por hoy, estaba a punto de marcharme.

El hombre asintió, lo observó con sus profundos ojos azules, y Alec intentó recordar lo que sabía de aquel caballero de rostro ajado cubierto por una gruesa barba blanca.

Era irlandés, lo que a él siempre le había resultado interesante porque lo imaginaba tan poco afín a los ingleses como él.

También era extremadamente inteligente, un genio de la ciencia cuyos descubrimientos habían cambiado la forma en que se veían la física y las matemáticas.

Una vez más, se preguntó qué querría aquel extraordinario hombre de él, y este debió de ver la curiosidad en su rostro, porque le dirigió una leve sonrisa.

—Supongo que debe de haberle extrañado mi mensaje —empezó.

—Sí, señor.

—En ese caso, no lo mantendré mucho tiempo con la intriga. Habrá oído hablar de la próxima visita del señor Disraeli.

Alec entrecerró los ojos. Desde luego que había oído hablar de eso, dudaba de que hubiera una sola persona en Edimburgo que no lo hubiera hecho; la visita del primer ministro era la comidilla de la ciudad, y tanto se alzaban voces en contra como a favor.

—Lo he oído, señor —indicó Alec al darse cuenta de que el rector aguardaba una respuesta—. Entiendo que llegará la próxima semana.

—Así es. Tan pronto como haya resuelto sus asuntos en Fife, nos alegrará con su presencia.

Alec no necesitó preguntar qué tanto entusiasmaba al señor Thomson aquella noticia; su rostro revelaba una profunda emoción, y frotaba sus manos una contra la otra en un gesto vehemente.

—El primer ministro es un fiel amigo de Escocia y, como tal, es un honor que nos visite. Además, es un hombre brillante y siempre se ha mostrado partidario de la importancia de defender la educación. Sir Alexander lo admira profundamente.

A Alec le costó contener una mueca. Sir Alexander Grant era el director de la universidad y, aunque ocupaba su cargo con gran dignidad, nunca había terminado de agradarle.

Inglés y terrateniente, estaba algo apartado de la realidad escocesa; como historiador apasionado, además, vivía anclado en el pasado, y eso era evidente en algunas de las decisiones que había tomado desde que había asumido su labor.

Aun así, era el director y, como tal, era profundamente respetado allí.

De modo que lo único que Alec pudo hacer entonces fue asentir para dar a entender al señor Thomson que comprendía lo que deseaba transmitir con sus palabras: el director estaba eufórico por la visita del primer ministro y esperaba que todos en la universidad lo estuvieran también.

—Soy consciente de que hay cierta... resistencia entre algunos de nuestros estudiantes a esta visita —continuó el rector tras aclararse la garganta—. Pero es importante que entiendan que la presencia del señor Disraeli solo pretende afirmar nuestras buenas relaciones con Inglaterra.

—Comprendo.

—Aún más, no solo asistirá a varios encuentros con los habitantes más importantes de la ciudad, sino que también vendrá aquí.

Alec frunció el ceño.

—¿Aquí? ¿A la universidad? —preguntó.

—Así es. Está interesado en asistir a algunas conferencias, conocer a los maestros y, también, a los estudiantes. Quiere ver por sí mismo por qué nuestra universidad es considerada una de las mejores de Gran Bretaña.

—Uno creería que no cabe ninguna duda en ese sentido —se le escapó a Alec sin poder evitarlo.

Sus palabras parecieron agradar más que incomodar al rector, porque se envaró un poco en el asiento y cabeceó varias veces mientras sus dedos jugueteaban con una pluma de plata.

—Eso es correcto, señor McRae, pero el primer ministro es un hombre escéptico por naturaleza, así que vendrá para comprobarlo. No tengo que decirle cuán importante es que se lleve la mejor impresión posible.

—Por supuesto.

—Y para eso esperamos contar con la colaboración del cuerpo docente y, por supuesto, también de estudiantes como usted.

El ceño de Alec se acentuó.

—No entiendo cómo podría ayudar, señor.

—Es muy simple. Tiene una importante ascendencia sobre sus compañeros —indicó el rector—. Lo aprecian y respetan.

—No sé qué tanto...

—Es, además, uno de nuestros mejores estudiantes, viene de una tierra en la que no abundan las oportunidades y, sin embargo, se encuentra aquí becado.

Es, en todo sentido, el ejemplo perfecto de lo que hacemos en la universidad: formar hombres jóvenes para que ocupen cargos importantes en nuestro país.

—Alec se contuvo de responder que él no tenía ni el más mínimo interés en ocupar ningún cargo importante en el país; su ambición era mucho más modesta y no estaba centrada en escalar en sociedad, que era lo que el señor Thomson parecía creer—.

Nos gustaría que participe en las conferencias que se están organizando en consideración a la visita del señor Disraeli; el señor Fraser, su maestro de Retórica, mencionó que le gustaría contar con su asistencia, la que hemos dejado en sus manos —continuó el rector.

—El señor Fraser es muy amable, y estaré encantado de asistirlo en todo lo que crea que pueda ayudar —se apresuró a asentir Alec—. Pero no estoy seguro de...

—Se está organizando, también, una ceremonia para agradecer su presencia; habrá música, baile, excelente comida. —El señor Thomson sonrió—. Toda la plana estudiantil estará obligada a asistir, por supuesto.

—Por supuesto.

—Queremos que el clima sea el mejor mientras el señor Disraeli esté entre nosotros. Como ve, hemos planeado muchas actividades. Me complace saber que contamos con estudiantes como usted, señor McRae.

Antes de ser del todo consciente de ello, Alec se vio de pie, estrechando la mano del rector, que incluso se incorporó también para acompañarlo a la puerta mientras le palmeaba el hombro y repetía lo agradecido que estaba por su buena disposición.

Cuando se encontró fuera de la oficina, se llevó una mano a la nuca y miró al techo; se detuvo en las molduras y la pequeña claraboya que dejaba entrar un rayo de luz proveniente del sol, que debía de irradiar con fuerza, algo nada habitual en esa época del año.

«Muy poco adecuado», pensó Alec al alejarse con paso firme, atravesando los pasillos que conocía de memoria.

Considerando su estado de ánimo, se habría sentido más cómodo con un día nublado y, de ser posible, tormentoso, porque no dudaba de que era precisamente algo como eso lo que se les venía a todos encima.

***

—Tenía a Thomson por un hombre más sensato. No me extraña de Graham, que besa el suelo que pisan sus compatriotas, pero él... ¿de verdad no se hace una idea de todo lo que puede salir mal?

Alec sacudió la cabeza de un lado a otro y tomó la botella que le tendió Robby para dar un buen trago al whisky que su amigo había llevado esa noche a la imprenta.

Una vez hubo terminado con su labor, Alec se dio con la sorpresa de que Robby arribó algo más temprano para sostener una reunión con Donal a fin de ultimar detalles de la distribución de la revista de ese mes, en la que habían llegado por los pelos a incluir una editorial bastante extensa acerca de la próxima visita del primer ministro.

En favor de sus amigos, Alec podía asegurar que su postura, aunque firme, no era en absoluto belicosa; no estaban de acuerdo con la llegada de Disraeli, pero tampoco alentaban a sus lectores a asumir una actitud pendenciera.

Aún más, esgrimían el argumento de que, visto que era un hecho consumado, lo mejor que se podía hacer era encontrar la forma de dejar en claro al primer ministro las muchas demandas que la población escocesa tenía y a las que aún no encontraban respuesta; por ejemplo, la universalidad del voto masculino y la reducción de la jornada laboral.

Habían convencido a Alec de que se quedara un rato más con ellos mientras discutían el tema, y así todos terminaron subidos en la estrecha buhardilla del edificio, bebiendo y charlando hasta que Alec les contó de su reunión de aquel día con el rector Thomson.

Donal sacudía la cabeza con reprobación al oírlo, mientras que Robby parecía más bien escéptico.

—Tienes que estar de acuerdo conmigo, Alec; hacer semejante despliegue de hospitalidad solo molestará a la gente —insistió este con el rojizo cabello revuelto por todas las veces que se había pasado la mano por él—.

Y eso incluye a los estudiantes. Ya se ha corrido la voz de que las autoridades de la universidad están planeando varias actividades para agasajar a Disraeli, y te aseguro que no están nada contentos; al menos, la mayoría.

Alec asintió porque no era algo que no esperara oír.

Sentía la cabeza envuelta entre algodones, y aquello no solo se debía a la bebida.

Le había estado dando vueltas a la reunión con Thomson durante toda la tarde; incluso le había costado dar su tutoría con la seguridad habitual y estaba seguro de que había cometido más de un error mientras imprimía una biblia que había encargado una matrona por una buena suma, algo que pensaba corregir al día siguiente.

Entonces, sin embargo, solo podía pensar en lo que esa novedad significaba para él y para el resto de la ciudad. Y eso incluía a Rowan, que, al fin y al cabo, como tuvo que reconocer para sí, siempre se hallaba en sus pensamientos, en especial luego de su último encuentro.

¿Participaría ella en algunas de las fiestas que los aristócratas de la ciudad habrían de organizar para el primer ministro?

Desde luego que lo haría, pero ¿eso la haría feliz?

¿Contribuiría eso a que se diera cuenta de que ese era, finalmente, el lugar que le correspondía?

¿Todo ese boato y frivolidad le harían ver cuán distintos eran el uno del otro? , ¿lo alejados que estaban sus mundos?

«Eso es lo mejor que podría pasar», intentó convencerse. Al fin y al cabo, era de lo que estaba convencido. Entonces, se preguntó, ¿por qué le dolía tanto solo pensarlo?

—... es que una cosa no tendría por qué ir reñida con la otra, ¿no lo crees, Alec?

—Él parpadeó, al oír que Donal se dirigía a él, y se lo quedó mirando con tal cara de desconcierto que su amigo hizo una mueca—.

Debes de estar más cansado de lo que pareces —refunfuñó—.

Decía que, por mucho que los incomode todo esto a los estudiantes, no deberían de sabotear esta visita.

Odio reconocerlo, pero un primer ministro no siempre muestra interés en la educación, y sería una lástima que la universidad se viera perjudicada de alguna forma si las protestas escalan a los claustros.

Todas las demandas deberían de darse en las calles.

—No será tan sencillo —intervino Robby.

—Claro que no, la gente está enfadada, y con razón.

Pero son ustedes y otros que tengan sentido común —dijo Donal señalando de Alec al otro con un dedo nervudo— los que deberían de esforzarse por eso.

Hablen con sus compañeros, lleguen a un acuerdo, una especie de tregua.

Hizo bien Thomson al intentar reclutarte, Alec, porque si alguien puede meter un poco de razón en esas cabezotas, ese eres tú.

El aludido hizo un gesto indeciso.

—¿Quién dice que no estoy de acuerdo con todos ellos? —replicó con una entonación desafiante.

Su amigo puso los ojos en blanco.

—Puede que te moleste tanto como al resto, no lo dudo, pero eres demasiado sensato para hacer algo que ponga en riesgo a la universidad. Lo cierto es que es un rasgo de tu carácter que siempre me ha exasperado, pero ahora creo que nos será muy útil.

Alec esbozó una sonrisa torcida y se encogió de hombros.

—¿Pretendes que sea la voz de la razón mientras tú y este —dijo mientras sacudía a Robby del hombro con una mano— generan un montón de problemas?

—No exactamente, porque no tenemos ningún interés en provocar problemas, ¿verdad, Robby?

—Claro. Nosotros nos expresamos libremente y desde la revista; la pluma es más fuerte que la espada, ya lo sabes.

Alec miró de uno a otro con desconfianza, en especial a Donal.

Sabía que, por mucho que pudiera decir Robby, era un hombre juicioso y valoraba mucho el esfuerzo de sus padres para enviarlo a la universidad, así que no haría nada que pudiera perjudicarlo directamente.

Pero Donal era otra historia. Mayor e independiente como era, nunca había dejado que nada interfiriera en su necesidad de hacerse oír.

Por eso había fundado la revista, y por eso apoyaba abiertamente a los reformistas.

Era un buen hombre y buen amigo, pero también un idealista de cabo a rabo, y Alec temía que una situación como aquella sacara su vena más radical.

Se prometió hablar con Isobel para pedirle que tuviera un ojo puesto sobre su hermano a fin de evitar que se metiera en más problemas de los necesarios. No dijo nada de sus dudas entonces, sin embargo, porque no deseaba arruinar ese momento de camaradería que se había instaurado entre todos.

Bebió otro trago, se recostó sobre los codos de cara a la amplia ventana, desde la que tenía una buena vista del cielo estrellado, y exhaló un largo suspiro mientras las voces de sus amigos se alzaban en la semioscuridad.

Algo le decía que las semanas que tenían por delante les traerían muchas sorpresas y no pocos peligros, pero ya se preocuparía de eso luego.