Capítulo 9
L a sutil advertencia de su hermano fue cobrando mayor sentido según se extendió la estancia de Rowan en Edimburgo, y su madre empezó a insistir cada vez más en que debía socializar con sus conocidos, en especial con sir Archibald Stewart.
Aquel hombre asistía a las veladas organizadas por lady Gairloch, y no había evento fuera de casa en el que no lo encontrara u oyera alguna alusión a él.
Era como si su madre estuviera determinada a mantenerlo, tanto como pudiera, en su campo de visión; como si quisiera que Rowan se acostumbrara a él.
Semejante esfuerzo solo podía significar algo y, cada vez que pensaba en ello, no podía menos que echarse a temblar.
Rowan siempre había creído que sus padres la querían lo suficiente para no intentar imponerle un marido.
Cuando se permitía pensar en ello, lo que hacía más bien poco porque el derrotero que tomaba su mente entonces resultaba de lo más peligroso, visto que siempre involucraba a Alec, imaginaba que ellos organizarían una bonita presentación en sociedad, que conocería a un montón de solteros elegibles y que, si alguno mostraba interés en ella, los rechazaría sistemáticamente con la mayor amabilidad.
Entonces, sin embargo, pensaba que había sido muy ingenua al suponer que sus padres habían aceptado que fuera a Edimburgo solo por concederle el capricho. Le habían tendido una trampa y ella había caído como una tonta.
Lo único que podía hacer, comprendió una vez que llegó a esa conclusión, era aguardar sin entrar en pánico y actuar según fueran dándose los acontecimientos.
Además, era lo bastante lista para saber que no contaba con los medios para hacer nada por sí misma; si, llegado el momento, debía actuar para salvarse, entonces iba a necesitar algunos aliados.
***
Rowan llegó a la elegante casa de los Sinclair justo cuando resonaban las campanadas de la catedral de St. Giles. Miró hacia el cielo y calculó que serían las doce, una hora perfecta para hacer visitas.
Le abrió un mayordomo de rostro afable y, tras mirar sobre su hombro para asegurarse de que Morag se encontraba dentro del carruaje que la había llevado hasta allí, entró con él.
Elspeth, a quien ya había avisado de su llegada unos días antes, aguardaba por ella en un bonito salón tapizado de azul que casi parecía combinar con los ojos de su anfitriona, que se levantó de inmediato al verla y fue a su encuentro para envolverla en un cálido abrazo.
Había sido una suerte que, entre tantas personas que le había presentado su madre, hubiera encontrado a esa joven mujer que no solo le había ofrecido su amistad de inmediato, sino con quien consideraba que tenía mucho en común.
Elspeth era nieta de un conde empobrecido de Norfolk que se había visto casi en la calle a la muerte de este, ya que había sido él quien se había hecho cargo de su tutela cuando sus padres habían muerto en un trágico accidente siendo ella apenas una niña.
Abrumada por las deudas, había estado a punto de caer en la desesperación, pero entonces había conocido al que era su marido, el heredero de una de las mayores fortunas de Escocia; y, como acostumbraba decir ella, había sido lo bastante afortunada para enamorarse de él, un sentimiento enteramente correspondido.
Luego de un matrimonio un tanto apresurado, habían decidido residir en Edimburgo y, aunque en un principio su origen inglés había levantado algunas quejas, Elspeth era tan agradable que se había metido a la sociedad en el bolsillo.
Lo único que empañaba un poco su feliz matrimonio era el hecho de que, pese a llevar cinco años de casados, aún no había podido concebir; pero, lo mismo que hacía con todo, ella lo tomaba con serenidad y mostraba un entusiasmo indesmayable asegurando que estaba convencida de que lo haría en el momento menos pensado.
No era de extrañar que alguien con un natural tan optimista y cálido se ganara el aprecio de Rowan.
—Me alegra tanto que estés aquí. Has tenido mucha suerte, lady Kinross acaba de irse.
Rowan sonrió al advertir el tono divertido en la voz de su amiga. Lady Euphemia Kinross era, junto a su propia madre, la dama más prominente de la sociedad escocesa, pero también la más insoportable. Siempre estaba criticándolo todo y tratando de imponer su punto de vista.
—Pobre de ti —dijo tras ocupar un cómodo diván que le señaló Elspeth—. ¿Has tenido que atenderla sola?
—Mucho me temo que sí. Lachlan fue lo bastante listo para marcharse tan pronto como oyó que había llegado.
Lachlan era el marido de Elspeth, un hombre de carácter tranquilo pero firme y que estaba determinado a incrementar su patrimonio, lo que explicaba que pasara mucho tiempo fuera de casa y siempre estuviera interesado en nuevas líneas de negocio.
—Espero que no fuera demasiado malo para ti. ¿De qué se quejaba esta vez?
—Quiere organizar un baile de beneficencia, pero insiste en invitar al señor Disraeli porque, según ella, se ha enterado de que hará un viaje al condado de Fife y quiere aprovecharse de eso para cursarle una invitación formal.
Rowan arqueó una ceja al oír las palabras de su amiga. El señor Disraeli era el actual primer ministro y, también, un hombre bastante resistido entre los escoceses que veían con desagrado a un miembro del partido conservador.
—¿Y hay quienes se oponen a ello? —preguntó Rowan.
—Sí, eso parece, aunque no son muchos y, para ser sincera, no entiendo por qué. El señor Disraeli se ha mostrado siempre muy considerado con nosotros. ¿No fue acaso él quien dio ese discurso en el Parlamento con respecto a la importancia de integrar Escocia al reino?
—Bueno, sí, supongo que no se le puede cuestionar la forma en que ha abordado nuestras relaciones con Inglaterra. Además, ha tenido una gran influencia en la Universidad de Glasgow, pero no deja de ser también un...
—¿Un inglés? —comentó Elspeth con tono risueño.
Rowan hizo una mueca.
—Supongo que, para muchos, ese es el problema —reconoció.
Su amiga se encogió de hombros e hizo sonar una campanilla. Una doncella apareció de inmediato y, luego de pedir que llevara té y pastas, volvió su atención a Rowan.
—Es una pena, porque estoy de acuerdo con lady Euphemia en esto; creo que la presencia del señor Disraeli podría ser muy positiva para su evento. Atraerías muchos donativos, ¿y no es eso de lo que se trata una recaudación de fondos?
—Sí, pero sabes que la política es un tema delicado aquí.
—Aquí y en todas partes. Te aseguro que, en Londres, las cosas no son muy distintas; cuando Lachlan y yo estuvimos allí hace unos meses, tuvimos que oír largos discursos acerca de cuán poco les gusta que haya tantos escoceses separatistas.
Los dedos de Rowan tiraron de un hilo dorado suelto del diván; fue un gesto instintivo, tanto como el profundo ceño que asomó a su rostro.
—Pero es comprensible, ¿no te parece? —comentó con tono bajo.
—¿Qué?
—Que tanta gente abogue por una mayor independencia. No digo que esté del todo de acuerdo. No ahora y no con ciertos métodos —se apresuró a aclarar—, pero... eventualmente, y luego de llegar a un acuerdo razonable para todos.
Su amiga la observó con los ojos muy abiertos.
—No me digas que simpatizas con los reformistas —dijo, asombrada, en un susurro.
—No he dicho eso, sino que entiendo sus motivos. Desde que llegué a Edimburgo, he notado que las diferencias entre unos escoceses y otros es, muchas veces, abismal. ¿Puedes culparlos por pensar que, de tener un mayor control sobre nuestro destino, las cosas irían mejor?
Elspeth estaba a punto de responder cuando la doncella apareció con el servicio de té.
Su señora hizo un gesto para que lo dejara sobre una mesita auxiliar y, una vez que se marchó, se puso en pie para servirlo.
Mientras lo hacía, dirigió a Rowan algunas miradas pensativas y, cuando puso una taza en sus manos, esbozó un mohín entre divertido y reprobador.
—No imaginé que fueses tan rebelde —comentó con tono risueño antes de volver a su asiento—, aunque debí de suponerlo luego de que me contaras de tus aventuras en las Tierras Altas. ¿Cómo no serlo si ibas por allí saltando como una cabra en compañía de ese...? ¿Cómo era que se llamaba?
Rowan no respondió de inmediato. Probó el té, que estaba justo como le gustaba, puro y un tanto amargo, lo que reveló la estupenda memoria de Elspeth, a quien solo se lo había comentado una vez, y se mantuvo en silencio mientras daba vueltas a qué decir.
Le había hablado de Alec, sí. Tanta confianza le inspiraba. Fue como hacer una pequeña confesión para poner en palabras cuál había sido la verdadera razón por la que había hecho ese viaje a Edimburgo.
—Alec. Su nombre es Alec.
Las palabras asomaron a sus labios antes de que las pensara del todo.
Elspeth asintió.
—Claro, el joven granjero que vino a formarse a Edimburgo y al que ansiabas tanto ver de nuevo —asintió su amiga con un guiño travieso que luego mutó a otro más serio—.
Lamento que las cosas no salieran como lo esperabas; aún me sorprende que fuese tan desagradable contigo luego de lo mucho que te arriesgaste al ir a buscarlo a la universidad.
Rowan se mordió el labio inferior y mantuvo la mirada puesta sobre la taza; los dedos que aferraban el platito se le habían puesto pálidos por el esfuerzo de contener sus emociones.
¿Podía hablarle a Elspeth acerca de su último encuentro con Alec? Miró a su amiga de reojo; contempló sus ojos claros y amables, y la serenidad de su rostro, sin asomo de malicia, y tomó una decisión.
—Hay algo que me gustaría comentarte —dijo al fin, tragando espeso para calmarse.
Elspeth arqueó una ceja y dio un ligero asentimiento, instándola a hablar, lo que Rowan hizo casi de inmediato. No se había dado cuenta, hasta entonces, de lo mucho que necesitaba poner en palabras todo lo que tenía enquistado en el corazón.
Le habló de su excursión a la ciudad con su doncella, de cómo se había perdido al internarse en la Ciudad Vieja y de lo que habría podido ocurrirle si no la hubiera encontrado Alec.
Mencionó la imprenta, sin entrar en detalles de a quién pertenecía o qué era exactamente lo que Alec hacía allí; dudaba de que fuera buena idea hablar de la revista en la que participaba porque, luego de leer los números atrasados que él le había obsequiado, tenía claro que quienes escribían para ella simpatizaban con los reformistas.
Elspeth era una mujer de mente abierta, pero también estaba muy a gusto con su estilo de vida, así que dudaba de que fuese a aprobarlo.
Cuando terminó, bebió el resto de té que le quedaba y, para controlar sus nervios, en espera de que su amiga le diera su opinión, tomó una de las pastas que había sobre la bandeja, un bollito relleno de mermelada, y se comió la mitad de un bocado.
—Para llevar tan poco tiempo en la ciudad, te has visto involucrada en más aventuras de las que cualquiera podría imaginar.
El tono de Elspeth era difícil de descifrar; Rowan no sabía decir si reprobaba su conducta, aunque creyó detectar una levísima inflexión de respeto en su voz.
—Bueno, no pensaba precisamente en una aventura cuando decidí dar ese paseo con Nell —se defendió—. Te aseguro que fui la primera sorprendida al verme envuelta en ese enredo; no imaginé que volvería a ver a Alec en esas circunstancias.
—Pero no te desagradó, ¿cierto? Ni lo más mínimo.
Entonces sí, Rowan pudo detectar la diversión de su amiga en todo su esplendor.
—No, por supuesto que no —replicó levantando un poco el mentón en señal de desafío—. Me alegró tener la oportunidad de hablar nuevamente con él luego de habernos separado en tan malos términos.
Elspeth ahogó un suspiro y un rizo rubio se agitó sobre su frente.
—Tal vez las cosas debieron seguir así —dijo.
—¿A qué te refieres?
—A que él tenía toda la razón cuando te dijo que no era buena idea que se vieran; que son demasiado diferentes y que una amistad entre ustedes, en especial aquí, puede ser muy peligrosa para ambos.
Rowan apretó los labios y se llevó a la boca la otra mitad del bollo. El azúcar se le asentó en la lengua, lo que ayudó a disolver el regusto amargo que le habían dejado las palabras de su amiga.
—No estoy de acuerdo; no lo estaba entonces con él y tampoco lo estoy ahora contigo —dijo tajante—. Alec es... Él es uno de mis más queridos amigos, y no creo que el hecho de que ahora estemos aquí haga ninguna diferencia.
—Yo no estaría tan segura. Es más, tienes que reconocer que, si nunca hubieras venido y hubiera sido él quien volviera a Gairloch, las cosas también habrían sido distintas. Tal vez una amistad como la suya haya podido pasarse por alto mientras eran unos niños, pero ahora...
Elspeth esbozó un gesto elocuente y no hizo falta que dijera más. Rowan sabía perfectamente a qué se refería: entonces Alec era un hombre hecho y derecho, y ella, lo bastante mujer para que sus padres empezaran a forjarse ideas con respecto a con quién emparejarla.
Sin embargo, eso no hacía mayor diferencia para ella. Lo que sentía por Alec no había cambiado. Si acaso, era más profundo; un tanto distinto, sí, pero solo en el sentido de que había crecido de la misma forma en la que lo habían hecho ambos.
—No me importa lo que la gente pueda pensar; no habría venido hasta aquí si creyera que haría alguna diferencia en el trato que siempre ha habido entre Alec y yo —dijo mientras la rebeldía rezumaba en cada una de sus palabras—. Nada ni nadie cambiará nunca eso.
—¿No? Mucho me temo que estés equivocada, querida Rowan. —Su amiga respondió con su amabilidad habitual y un tinte de compasión en la mirada—. Pero eso es algo que tendrás que descubrir por ti misma.