El puente de Rowan Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Así que le habló de la revista de Donal y de los esporádicos artículos que había escrito para ella.

Rowan pareció fascinada con la idea, así que Alec le dio algunos números atrasados que su amigo guardaba por si quería leerlos luego, aunque dejó muy en claro que dudaba de que sus padres aprobaran su lectura.

—Es la clase de cosas que no se ven en la ciudad nueva, o al menos no de forma evidente, aunque apuesto lo que sea a que todos los sirvientes de tu casa deben de conocerla —comentó procurando no añadir ni una gota de crítica en su voz—.

Probablemente seas una de las pocas aristócratas que la han visto.

Rowan apretó los labios y le dirigió una mirada de reconvención al tiempo que doblaba el legajo que le había dado para hacerlo caber en el bolsito que llevaba.

—Dudo mucho de que eso sea cierto. Hay muchas personas que tienen interés en este tipo de publicaciones. Los reformistas, por ejemplo.

Alec arqueó una ceja.

—¿Qué sabes tú de los reformistas? —preguntó sin poder contenerse.

—Más de lo que pareces pensar. No soy una tonta, Alec; aunque haya pasado todos estos años en Gairloch, no he vivido bajo una piedra. Tal vez no sea Edimburgo, pero allí también nos llegan los diarios.

—No pretendía ofenderte, pero no es común que alguien como tú sepa de los vaivenes políticos. Creí que tu padre se ocuparía de mantenerte tan ignorante como pudiera, visto que él es, de por sí, un...

—Unionista, ya lo sé.

Aunque ella procuró fingir que la palabra no tenía mayor significado, él pudo ver un levísimo rastro de dolor en sus ojos. Era un tema delicado, sin duda, en especial para alguien con una conciencia tan sensible al sufrimiento ajeno como Rowan.

La política escocesa no conocía de puntos medios; era compleja y, la mayor parte del tiempo, muy convulsa.

Aunque estaba dominada por los liberales, estos se dividían entre los unionistas, como el padre de Rowan, que apoyaban abiertamente a los ingleses y estaban muy satisfechos de vivir bajo su yugo con el fin de asegurar los beneficios que sus rangos les procuraban; y los reformistas, que eran menos, pero que en los últimos años presionaban cada vez más a fin de obtener una mayor independencia del reino.

—Pero el que mi padre esté de acuerdo con mantenernos como parte de Inglaterra no quiere decir que no le importe su gente. —Rowan retomó la charla luego de permanecer unos instantes en un pensativo silencio—. Él... hace lo mejor que puede.

Alec lo dudaba mucho porque conocía a lord Gairloch y había sido testigo de la forma en que llevaba sus tierras.

Era justo casi siempre, sí, y nunca lo había visto abusar de sus arrendatarios o de la gente del pueblo; pero eso no quería decir que no fuera consciente de que los consideraba inferiores y, en la mayor parte de los casos, solo un instrumento para mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrado.

Pero eso no se lo dijo a Rowan, claro, porque no tenía la culpa y porque se sentía tan a gusto hablando con ella, con la misma naturalidad con la que lo habían hecho siempre, que no quiso hacer nada que lo arruinara.

Un alboroto proveniente del piso inferior lo salvó de pensar en algo más que decir y, en un minuto, oyó unos pasos que subían por las escaleras a toda velocidad, y una joven delgada y con el pelo revuelto se detuvo ante ellos.

—¡Milady! ¡Creí que...! ¡Pensé...! ¡Está bien!

Alec no necesitó que se presentara; lo cierto era que dudaba mucho de que pudiera hacerlo, visto que, luego de decir todo aquello, se echó a llorar a mares y Rowan se apresuró a ir hacia ella para calmarla.

Debía de ser la pobre de Nell.

Donal subió tras ella y, en tanto las jóvenes se ponían en antecedentes de lo que les había ocurrido luego de separarse, su amigo le explicó que el muchacho al que había enviado a buscarla la había encontrado vagando como una enajenada no muy lejos de allí.

Había estado buscando a Rowan, pero nadie le supo dar razón y se moría de miedo de volver a la casa sin ella.

Una vez que se calmó, gracias, en parte, al buen whisky de Donal, la joven insistió en que debían de regresar porque ya se había pasado por mucho la hora en que habían prometido a lady Gairloch que estarían de vuelta.

Alec se ofreció a acompañarlas hasta el límite de la ciudad nueva.

Dijo que debía ir en esa dirección, lo que solo era cierto en parte; lo que en verdad quería era asegurarse de que abandonaban la zona más peligrosa.

Lo complació que Rowan no se negara, y se pusieron en camino luego de que ambas agradecieran a Donal y al muchacho que había salido en busca de Nell.

Apenas hablaron por el camino. Mientras la doncella andaba unos pasos por detrás, ellos intercambiaron algunas frases con respecto a la imprenta y a todo aquello que Rowan había visto en la ciudad y le habían llamado la atención.

No tardaron mucho en llegar junto a los edificios modernos de la ciudad nueva, y fue allí donde se separaron. Pero, antes de que él pudiera perderse entre la multitud, Rowan lo llamó y le dirigió una brillante sonrisa que lo deslumbró.

No acordaron volver a verse, ni ella lo reprendió de nuevo por la forma en que había intentado poner distancia entre ambos. Solo hizo eso, sonreírle, y Alec decidió tomarlo como una señal de que lo había perdonado.

Solo eso.