Capítulo 8 #2
Llegaron pronto y, mientras daba una rápida mirada al frente del edificio maltrecho, se dijo que la llegada de Rowan a Edimburgo había afectado su vida de tal forma que ya no sabía bien lo que hacía.
—Vamos, entra.
Dudaba de que a Donal le hiciera gracia que apareciera a media tarde con una desconocida, pero la imprenta fue el único lugar que se le ocurrió para poder llevar a Rowan para que se recuperara.
La pensión en la que se hospedaba se encontraba a la misma distancia, pero su casera jamás permitiría que entrara con una mujer, y mucho menos una como Rowan, así que no le pareció una buena opción.
La imprenta tendría que servir.
Al cruzar la puerta, los recibió el caos habitual a esas horas, porque los operarios no se marcharían hasta que dieran las cinco, y aún faltaba para eso.
El ruido de las charlas y de las máquinas en funcionamiento lo inundaban todo, y Alec agradeció que así fuera porque tenía la esperanza de no llamar demasiado la atención.
Al girarse a mirar a Rowan, notó que parecía más dueña de sí misma; había dejado de apoyarse en su brazo y mantenía una postura muy rígida, con los ojos abiertos de par en par, según iba registrando lo que veía a su alrededor.
Los hombres que trabajaban les lanzaron algunas miradas.
Eran cinco, en un rango de edades de doce a sesenta años, y todos lo conocían bien, así que asintieron en señal de saludo, pero no hicieron comentarios con respecto a su acompañante.
Y, cuando Alec se dirigió a uno para preguntar por Donal, le dijeron que se encontraba en el segundo nivel.
—¿Puedes subir escaleras? —preguntó a Rowan.
Al verla asentir, la guio hacia los maltrechos peldaños y, una vez arriba, encontró una silla para ella al tiempo que buscaba a su amigo con la mirada.
Ronal estaba inclinado ante una mesa, con una pluma en una mano y un pliego que sostenía en lo alto.
Tenía una expresión concentrada, pero, tan pronto como los vio aparecer, se los quedó observando con la boca medio abierta.
Una mirada de advertencia de Alec pareció dejarle en claro que un interrogatorio no sería bien recibido en ese momento, de modo que, en un instante, su rostro adquirió una expresión de aparente indiferencia.
—Donal, esta es lady Rowan MacLeod, una... amiga. —Se sorprendió a sí mismo presentándolos como si se encontraran en medio de una calle y no en un salón sucio, en el que reinaba el caos—. Rowan, él es Donal McFarlane, mi jefe...
—Y amigo —se apresuró a completar Donal, que se puso de pie para hacer una discreta reverencia—. Parece que le vendría bien algo que la revitalice, milady.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo, se apresuró a ir hacia un pequeño armario apartado de la maquinaria, de donde tomó una botella con apenas unos cuantos dedos de un líquido ambarino, y sirvió un poco en un vaso que acercó mucho a su cara para asegurarse de que se encontraba limpio.
—No sé si deba.
La voz de Rowan se oía un poco débil, pero su pulso fue firme cuando tomó el vaso de manos de Donal y le agradeció con una leve sonrisa.
—Es mi mejor whisky. Bueno, a decir verdad, es el único que tengo, pero le aseguro que es de los mejores que podrá encontrar en Edimburgo —la alentó él con una mirada amable.
—Bebe solo un poco, y despacio —terció Alec en voz baja—. Te aclarará la mente.
Se había puesto en cuclillas junto a la silla en un movimiento instintivo, como si aún necesitara estar sobre ella, protegiéndola; sin embargo, entonces notó la imagen que debía de dar, así que se incorporó y dio un paso hacia un lado, pero se mantuvo muy pendiente de ella mientras bebía con desconfianza.
Estuvo a punto de sonreír con ganas, al verla hacer una mueca, cuando el licor le abrasó la garganta.
Tomó el vaso de sus manos y se lo tendió a Donal sin decir una palabra, aunque su amigo le dirigió una mirada cargada de curiosidad, y él asintió suavemente para dar a entender que le explicaría todo luego.
El calor volvió al rostro de Rowan y sus ojos se vieron más alertas cuando levantó la mirada de golpe y la posó sobre él.
—Nell —dijo con un tono que resonó en el espacio—. Me he olvidado de Nell.
—¿Quién?
Rowan le explicó que se trataba de su doncella, que había salido con ella hacía un par de horas, y que había sido debido a su propia insistencia que se habían internado en esa parte de la ciudad.
Se habían separado cerca del callejón en el que la había encontrado Alec, y entonces temía que le hubiera ocurrido algo, además de que debía de estar preocupadísima por ella.
—¿Dices que su familia vive por aquí? —preguntó Alec una vez que terminó de explicarse.
—Sí, mencionó un lugar llamado... Greyfriars. Tal vez se haya perdido también.
—Eso está cerca del viejo cementerio, no muy lejos de aquí —intervino Donal—. Le aseguro que la gente que crece en un lugar como ese no es de la que se pierde así nada más, y mucho menos de los que entran en pánico. Seguro que su doncella estará bien, milady.
—Lo más seguro es que esté buscándote —comentó Alec.
Donal estuvo de acuerdo con él y sugirió enviar a uno de sus operarios para que la buscara.
Pidió a Rowan las señas de la muchacha y le aseguró que darían con ella pronto.
Si era una joven responsable, y ella aseguró que así era, no dejaría de buscarla, así que sería relativamente sencillo dar con ella.
Tras prometer que volvería pronto con noticias, se dirigió rápidamente a la primera planta y oyeron el eco de su voz dando órdenes.
—Seguro enviará a Marcus —comentó Alec una vez que se quedaron a solas—. Es el más joven y el que conoce mejor las calles; si alguien puede dar con tu Nell, ese es él.
Ella asintió y suspiró con tanta fuerza que sus hombros se sacudieron y Alec notó que le temblaban un poco las manos.
Quiso tomarlas entre las suyas, darle el calor que debía de necesitar, pero logró contener el impulso y, en su lugar, buscó un banco para ponerla frente a la silla y mirarla a los ojos.
—No se te ocurra reprenderme por haber hecho lo que hice —habló ella antes de que Alec llegara siquiera a abrir la boca—. No tenía idea de que algo como esto podría ocurrir.
—No pensaba reprenderte.
—Por supuesto que sí. Ibas a recordarme lo peligroso que es este lugar y cómo no pertenezco a él. Porque eso es lo que piensas: que no tengo nada que hacer aquí y que solo he venido a dar problemas y...
—Rowan, basta —la interrumpió Alec con un tono amable—. Lamento si te di la impresión de que censuraba que vinieras aquí, porque no es así.
—¿Entonces qué es lo que hice mal? ¿Buscarte?
Él dudó antes de responder porque sabía que lo que iba a decir los lastimaría a ambos.
—Sí. —Él continuó antes de que ella pudiera protestar—. Esto no es Gairloch, Rowan.
—Ya lo has dicho antes.
—Y es cierto. Si te quedaba alguna duda, deberías de haberla resuelto después de lo que acababas de pasar.
—Pero...
Él sacudió la cabeza de un lado a otro y ahogó un suspiro al tiempo que apoyaba los antebrazos sobre las rodillas.
De pronto, se sentía muy cansado; él, que recorría la ciudad de un punto a otro cada día y que se enorgullecía de su vitalidad y entusiasmo, se veía convertido en un ente decepcionado con el mundo cada vez que pensaba en el destino injusto que los había hecho tan distintos.
—No quiero discutir —murmuró él.
Rowan lo observó con el ceño fruncido; parecía dispuesta a contradecirlo, pero debió de ver algo en su mirada, porque asintió de mala gana y permaneció en silencio durante un par de minutos.
Hasta que, luego de dar una mirada alrededor, deteniéndose en cada punto a la vista en la caótica estancia, volvió a verlo con un gesto de curiosidad.
—¿Es esto una imprenta? —preguntó y Alec asintió—. Y ese hombre, el señor McFarlane, que tan amablemente se ofreció a ayudarnos, es tu jefe —recordó como quien intenta ordenar sus ideas.
—Así es.
—Eso quiere decir que tú trabajas aquí.
—Solo por unas horas, y al acabar el día.
Ella asintió.
—No lo mencionaste en tus cartas, aunque escribes tan poco que no es de extrañar.
Alec torció el gesto y le dirigió una mirada ceñuda, a la que Rowan respondió con un gesto altivo, como dando a entender que el hecho de que hubiera aceptado, de forma implícita, no discutir no quería decir que iba a pasar por alto su negligencia.
Así que él decidió hacer como si no lo hubiera notado.
—Llevo casi un año aquí —dijo con un tono tan conciliador como pudo—. Es un buen trabajo, y he aprendido mucho.
—¿Qué clase de libros imprimen?
—De todo un poco: libros de texto, panfletos. Donal consiguió que uno de los diarios más importantes de la ciudad imprima sus ejemplares aquí. También hacemos muchas biblias; podría recitarte los evangelios de cabo a rabo sin esforzarme.
Las comisuras de los labios de Rowan temblaron, como si hubiera estado a punto de sonreír, y Alec se lo tomó como un pequeño triunfo. Era doloroso que estuviera enfadada con él; ella no podía imaginar lo mucho que le importaba, y no pensaba decírselo.
—Parece un trabajo interesante —comentó ella con una nueva mirada alrededor—, pero ¿no es agotador para ti estudiar tanto como lo haces y, luego, venir a trabajar?
Alec se encogió de hombros.
—No mucho, es lo mínimo que puedo hacer. Muchos otros estudiantes trabajan durante sus horas libres; es bastante habitual aquí.
Él se cuidó de mencionar que también daba tutorías y que el concepto de dormir le resultaba cada vez más vago.
—¿Y escribes? —Ella se inclinó un poco hacia adelante y lo observó con atención—. Esperaría que alguien que trabaja en un lugar como este también lo hiciera.
A Alec le causó gracia que hiciera todas esas preguntas porque era muy propio de ella, que siempre había sido tan curiosa.
Y, por un momento, se permitió creer que aún se hallaban en Gairloch y que eran solo dos jóvenes que apenas pensaban en el futuro, un par de inconscientes que no tenían idea de lo diferentes que eran en verdad.