El puente de Rowan Capítulo 8
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Capítulo 8

«¿Y ahora qué voy a hacer?», se preguntó Rowan mientras buscaba, con la mirada, algo que le resultara familiar.

Cuando salió, esa mañana, acompañada por Nell para dar un paseo, que había sido la excusa que había puesto ante su madre para que le permitiera salir cuando lo que en verdad buscaba era descansar del ambiente opresivo de la casa, nunca había imaginado que terminaría en medio de una calle oscura, totalmente perdida y con la sensación de que acababa de meterse en un enorme problema.

Todo había empezado bien.

Aunque a Morag no le hacía ninguna gracia tener a la joven doncella revoloteando a su alrededor, Nell era agradable y respetuosa, así que ya se había acostumbrado a su presencia y, cuando esta se había ofrecido a acompañar a Rowan durante su paseo, la vieja matrona parecía casi aliviada, aunque le había dado mil instrucciones con respecto al cuidado que debía tener para evitar que la joven corriera cualquier peligro.

«Y así ha sido», recordó Rowan al echar en falta la figura pequeña de Nell a su lado.

El carruaje las dejó cerca de George Street, una zona colmada de comercios elegantes, librerías, cafés e incluso clubes privados. No estaba muy lejos de casa y, por un buen rato, disfrutó de explorar entre las tiendas seguida por una vigilante Nell, que se relajó según le fue buscando conversación.

Pero entonces las cosas se torcieron.

Rowan, curiosa como era, sugirió que podrían alejarse un poco, lo que entusiasmó a la doncella en un principio porque, como le dijo en confidencia, no acostumbraba andar por esas calles tan distinguidas.

Su familia vivía en Old Town, o Ciudad Vieja, como se la conocía entre los habitantes de Edimburgo.

La mención a esa zona de la ciudad despertó la curiosidad de Rowan, así que insistió en que la doncella la llevara por allí.

Sus padres jamás le habrían permitido que asomara la nariz por semejante lugar, lo que tenía cierta gracia porque era donde se encontraba la universidad, así que no era un entorno del todo extraño para Rowan, pero eso no se lo comentó a Nell para no ponerla aún más nerviosa de lo que parecía según se iban internando cada vez más entre sus calles.

A Rowan aquella zona la dejó inmediatamente fascinada.

El casco histórico le robó la respiración, y tuvo que detenerse una y otra vez para admirar los antiguos edificios y las casitas superpuestas que se le antojaron fascinantes.

Aunque Nell le explicó que, en verdad, resultaba de lo más incómodo vivir en un lugar así porque eran minúsculos, y con frecuencia se agolpaban familias muy numerosas en ellos, lo que a Rowan le recordó que no podía ver la ciudad como si fuese un ente sin vida, puesto allí solo para su entretenimiento.

Recorrer las estrechas callejuelas, toparse con las personas que poblaban las calles con prisas, detenerse a echar una moneda a los muchos mendigos que extendían las manos en la aceras fue toda una sacudida para ella, y no pudo menos que preguntarse cómo era posible que hubiera tantísimas diferencias entre un mundo y el otro.

En Gairloch, también las había, claro; era muy consciente de ello, pero, aun así, pese a que había una fina línea entre la gente del castillo y la del pueblo, ella siempre había considerado que no eran muy distintos realmente.

Lo que afectaba a unos, muchas veces, tocaba a los otros.

Una mala cosecha, alguna enfermedad que asolara al ganado, el duro clima...

Aquí, en cambio, sentía que podría caer un tifón y llevarse a todo el mundo volando, y las personas de la ciudad nueva, su familia incluida, ni siquiera alzarían una ceja.

Tan alejados parecían estar los unos de los otros...

¿Era a eso a lo que se había referido Alec cuando había dicho que el tiempo que había pasado en Edimburgo le había enseñado que había distancias que no se podían salvar?

Habría continuado pensando en él, preguntándose qué tanta razón podría tener realmente, cuando se dio cuenta de que había dejado de ver a Nell.

Fue entonces cuando empezó el desastre.

Acababan de internarse en una calle estrecha y flanqueada por unos edificios altos de piedra que las sumían casi en la oscuridad.

No fue un movimiento gratuito; tras ellas se habían empezado a oír unas voces altas y el eco de golpes, que Nell identificó como provenientes de algún tipo de manifestación.

Según la doncella, ocurría con frecuencia y, por lo general, no daban problemas, pero la policía siempre se acercaba a dispersarlos y, a veces, las cosas se ponían un poco feas, así que la apuró para alejarse.

Fue entonces cuando aceleraron el paso para tomar distancia de la gente que iba en dirección opuesta, internándose en una calle tras otra, y Nell se quedó atrás, pero Rowan no se dio cuenta de inmediato, así que siguió avanzando con la vista al frente y una sensación desagradable asentada en el estómago.

Cuando al fin salió a la claridad del día, exhaló un suspiro de alivio, que le duró poco porque fue en ese momento cuando notó que la doncella no se hallaba a su lado.

Aguardó un momento, pero no vio ni rastro de ella; entonces consideró volver sobre sus pasos e ir en su busca, sin embargo, una oleada de gente apareció de la nada y empezó a empujarla en dirección contraria.

«¿Se unen a la protesta o vienen de ella?», se preguntó mientras forcejeaba para apartarse. Había perdido la sombrilla y el sombrero le tapaba la visión, así que se lo quitó con un gesto brusco.

Habría permanecido allí, medio aplastada entre el gentío, de no haber sido porque una mano salida de no tenía idea dónde la tomó del brazo y tiró de ella con firmeza.

No pudo ver nada con claridad, le costaba respirar; pero sí fue consciente de que quien fuera que intentaba ayudarla, si eso era lo que hacía, usaba la mano libre y parte del cuerpo para empujar a quienes le cerraban el paso.

El tiempo pareció trascurrir con mucha lentitud, pero al fin, cuando estuvo libre, en un espacio más sereno, se llevó una mano a la cara y aspiró con fuerza para llenar sus pulmones de aire. Había estado conteniendo la respiración y ni siquiera se había dado cuenta de ello.

Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron con un rostro tan familiar que estuvo a punto de echarse a llorar.

***

Si Alec hubiera abandonado la universidad solo cinco minutos después, no habría podido ayudar a Rowan.

Acababa de dejar la universidad, apurado, cuando notó el movimiento en las calles.

No le extrañó en absoluto; en esa zona se daban manifestaciones un día sí y otro también, en especial durante las últimas semanas, en que se había empezado a correr la voz de que se esperaba la visita de un grupo de parlamentarios unionistas, muy resistidos entre la gente del llano.

Alec había evitado cruzarse con esos grupos no porque no simpatizara con sus proclamas, sino porque iba con prisa.

Tenía que pasar por la pensión, dejar sus cosas y, con suerte, comer algo que le hubiera dejado su casera.

Después, pensaba adelantar un ensayo que debía entregar dentro de un par de días y, luego, tenía que dar una tutoría en Stockbridge.

De allí, lo esperaban en la imprenta, así que no iba sobrado de tiempo.

Pero entonces había reparado en la muchedumbre junto a la callejuela que daba al mercado y le pareció curioso, así que se quedó mirando un momento por si había pasado algo.

Supuso que la manifestación había atraído la atención de los agentes de policía y que estarían intentando huir, lo que comprobó cuando algunos se apartaron del grupo y corrieron en distintas direcciones; pero había otros que apenas se movían, como si no decidieran si hacer lo mismo o plantar cara a la autoridad.

Entonces, al acercarse un poco más, la vio. La habría reconocido en cualquier lugar, en cualquier momento. ¿Cómo diablos había terminado Rowan allí?

Sin detenerse a buscar una respuesta, corrió hacia el gentío, empujando con manos y codos como si hubiera perdido la razón.

Un hombretón intentó apartarlo, pero debió de ver algo en su rostro que lo hizo retroceder y, en unos cuantos segundos, su mano rodeó el delgado brazo de Rowan y tiró de ella con pocas ceremonias.

Ni siquiera la miró, no habría soportado hacerlo en ese momento; lo único que quería era sacarla de allí y ponerla a salvo, lo que consiguió luego de empujar un poco más valiéndose de su cuerpo.

Al fin, se encontraron fuera de la turba, pero Alec no se detuvo hasta cruzar una calle y, solo entonces, soltó el brazo de Rowan y se apartó para que pudiera recomponerse, porque era obvio que estaba muy consternada después de lo que acababa de pasar.

Su elegante vestido tenía un desgarrón en el ruedo, y se veía muy pálida, pero, por lo demás, parecía ilesa, lo que le arrancó un suspiro de alivio.

—¿Estás bien?

Su voz le sonó extraña, demasiado grave y temblorosa, y rogó por que ella no se diera cuenta, o entonces sabría lo asustado que estaba. Por suerte, o no, no pareció que Rowan lo notara, porque aún se veía muy perturbada por la horrible experiencia que acababa de vivir.

—Sí, yo... creo que necesito sentarme.

Solo entonces, Alec notó que se apoyaba contra un tabique tras ella y se reprendió por no haberse dado cuenta antes. Con un gesto resuelto, aunque por dentro se amonestó por lo que estaba a punto de hacer, la sujetó nuevamente del brazo y tiró de ella con suavidad.

—Apóyate en mí —pidió en un murmullo—. Te llevaré a un lugar en el que puedas reponerte.

Creyó que ella se negaría; había empezado, incluso, a sacudir la cabeza de un lado a otro. Pero, tras vacilar un instante, asintió y se dejó guiar al tiempo que dejaba reposar parte de su peso sobre el hombro de Alec, lo que estuvo a punto de hacerlo trastabillar de la impresión.

«Es tan suave, huele tan bien», se encontró pensando de forma extraña. Parecía que, de pronto, se le habían alterado todos los sentidos, y si consiguió llevarlos a ambos a su destino final fue solo porque logró usar toda su fuerza de voluntad.