Capítulo 7
—¿P or qué parece como si desearas pegar a alguien?
Alec ignoró el gesto preocupado de Isobel y tiró con fuerza de la palanca para prensar los tipos que había alineado cuidadosamente sobre el papel en el que imprimía un tratado de filosofía.
Aquel aparato era el orgullo de los McFarlane; les había costado una pequeña fortuna, así que no le extrañó del todo que, cuando estaba a punto de hacer el movimiento otra vez, Isobel le pegara un leve empujón en el hombro.
—¡Suelta eso! —exigió, tras lo cual miró sobre su hombro—. Donal, este salvaje va a destrozar la máquina.
A Alec no lo ofendió que ella se refiriera de esa forma a él; al contrario, le hizo un poco de gracia, lo que contribuyó a disminuir el mal humor que llevaba pegado al cuerpo desde su desastroso encuentro con Rowan.
Dormía poco y mal, comía con desgana lo que tuviera a mano y le costaba concentrarse en sus clases. No era de extrañar que también volcara su disgusto en el trabajo y, como era de esperar, sus amigos tendrían que notarlo tarde o temprano.
Entonces, mientras veía a Donal descender por la escalerilla desvencijada que conducía al segundo nivel, alertado por su hermana, supuso que estaba a punto de recibir un buen rapapolvo; uno que, sin duda, merecía por poner en riesgo las valiosas máquinas de la imprenta.
Pero se llevó una pequeña sorpresa al notar que Donal no parecía enfadado, sino más bien intrigado.
—¿Ya has roto algo? —preguntó al llegar a su lado.
Tenía las manos llenas de tinta, y el olor se entremezcló con las partículas de polvo que parecían danzar en aquel lugar. A Alec siempre lo había atraído esa combinación y, en ese momento, lo ayudó un tanto a calmarse.
—Estaba tirando de la palanca como si quisiera arrancarla de su lugar —comentó Isobel con una voz divertida que contradecía su ceño fruncido—. He estado a punto de saltar sobre él para detenerlo.
Alec puso los ojos en blanco y alternó la mirada de un hermano a otro, no por primera vez sorprendido de lo poco que se parecían.
Mientras que Donal era alto y esmirriado, Isobel tenía una estatura pequeña y una figura levemente regordeta; si él casi siempre sonreía con desenfado, ella lucía más bien seria y solemne.
Lo único que tenían en común eran los ojos, el cabello oscuro y el brillo inteligente en la mirada.
—Exagera —comentó Alec mientras se limpiaba las manos con un paño tan sucio que no hizo un gran trabajo—. Es esta cosa, que no baja como debería.
Donal miró la máquina que su amigo señalaba y se acercó para inspeccionarla con un rápido vistazo, con la misma atención que habría puesto a un ser vivo.
—Yo la veo perfectamente. Ocurre que hay que accionar la palanca con cuidado. No vas a conseguir que funcione como debe ser maltratándola, pensé que ya lo sabías.
—No he...
—¿Sabes lo que cuesta esa cosa, Alec? —intervino Isobel cruzándose de brazos.
Él miró a la mujer con una mueca.
—¿Cómo olvidarlo? Lo dices un día sí y otro también.
—Y parece que hago bien, visto que pareces pensar que puedes echarla a perder y que será muy fácil reemplazarla.
Aunque apenas le llegaba al hombro, Isobel podía irradiar tal autoridad que a Alec le recordaba, a veces, a su madre; que, mientras había vivido, los trataba a él y a su padrastro como si fuese un comandante que hostiga a sus tropas.
—Ya déjalo, Isobel. Seguro que no lo ha hecho con mala intención.
—Donal intervino para adelantarse a lo que fuera que Alec iba a responder, lo que sin duda no habría sido nada amable—.
He terminado de hacer la lista para los artículos de la revista del mes que viene, ¿por qué no le das una mirada?
—continuó el hombre—. Añade lo que te parezca, pero no vayas a tachar nada hasta que lo haya revisado de nuevo.
Su hermana le dirigió una mirada ceñuda, pero no protestó, y Alec supo que, por el contrario, encontraba de lo más halagador que le pidiera algo como aquello.
Aunque Isobel adoraba la imprenta tanto como su hermano, lo cierto era que no tenía una presencia tan activa como le gustaría en el negocio.
Veía los libros, escribía algunos artículos y estaba muy al pendiente de todo, pero contaba con poco tiempo libre para involucrarse tanto como quería.
Era maestra y le gustaba su trabajo, así que solo pasaba algunas horas al día por allí. La imprenta y, aún más, la revista, eran un proyecto concebido y alimentado por Donal; pero, en lo que concernía a esta última, Isobel siempre tenía algo que decir.
Así que, tras dirigir a Alec una mirada que le dejó muy en claro lo que le haría como continuara maltratando sus preciosas máquinas, se encaminó a la planta superior pisando con fuerza.
Una vez que se encontraron a solas, Alec ahogó un profundo suspiro.
—En momentos como este, comprendo por qué Robby le tiene tanto miedo—masculló.
Donal esbozó una amplia sonrisa.
—Tú también deberías tenérselo. —Rio entre dientes—. No es alguien a quien quieras hacer enfadar.
—Ya lo sé.
—Pero...
—No estaba maltratando nada.
Su amigo sacudió la cabeza de un lado a otro y le hizo un gesto para que se sentara a su lado en uno de los bancos que estaban dispuestos ante las mesas de trabajo. Como siempre, eran los únicos allí a esa hora; los operarios que trabajaban durante el día ya se habían marchado a sus casas.
—Estás un poco raro últimamente. —Donal se llevó una mano al afilado mentón y lo estudió con fijeza—. ¿De qué se trata? ¿Has reprobado algún curso?
Los amigos de Alec en Edimburgo tenían tan interiorizada su obsesión con los estudios que siempre asumían que cualquier asunto que le molestara debía de estar necesariamente relacionado con ello. Y casi nunca se equivocaban, reconoció él para sí, excepto entonces.
Miró a Donal directamente a los ojos, preguntándose si podría..., si debería contárselo. Tal vez, le procurara cierto alivio poner sus sentimientos en palabras y, si no, cuando menos exponer algo que consideraba un problema que no sabía cómo abordar.
De modo que decidió confiar en él: se lo contó.
Ya le había hablado de Gairloch y, muy al paso, también de las amistades que había hecho allí, pero nunca había profundizado en su vínculo con Rowan.
Entonces sí lo hizo. Si bien se guardó a buen recaudo lo que sentía realmente por ella, se refirió a la joven como una amistad importante a la que, entonces, no tenía idea de cómo tratar, y pensaba que lo mejor que podía hacer por ambos, especialmente por ella, era mantener tanta distancia como fuese posible.
Cuando terminó, Donal lo observó con un gesto serio poco habitual en él, y asintió pensativo.
—Ya veo —dijo—. De modo que se trata de eso. Es interesante comprobar que no eres muy distinto del resto de nosotros.
Alec frunció el ceño.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
—Que tienes sentimientos.
—¿Creías que no los tenía?
Su amigo sonrió al notar su desconcierto y sacudió la cabeza de un lado a otro con suavidad.
—Me he explicado mal —se defendió con un gesto conciliador—. Me refería, más bien, a que nunca pareces dar importancia a nada que no esté relacionado con la universidad o tus trabajos fuera de ella. Había pensado, y muchos otros lo hacen también, que te considerabas por encima de esas cosas.
—¿Esas cosas?
—Sí, como el amor.
Alec se obligó a mantenerse impávido, con los labios bien apretados y los ojos bajos. Su corazón latía muy rápido y le sudaban las manos, así que las frotó bruscamente con el lienzo sucio y no dijo una palabra.
¿Tan obvio era? Que Donal hubiera llegado a esa conclusión tan rápido lo llevó a concluir que había hecho bien al poner distancia entre él y Rowan. Si alguien como su amigo, que ni siquiera la conocía, lo había descubierto tan pronto, entonces cualquiera podría hacerlo.
—Y no solo se trata del amor; también pensé que no tenías ese tipo de prejuicios que te han llevado a rechazar a esa joven.
—Donal continuó como si se hubiera dado cuenta de su turbación y procurara evitarle el mal rato profundizando demasiado en sus sentimientos—.
Has dicho, muchas veces, que consideras que todos somos iguales y que las diferencias de clase deberían ser abolidas.
Alec torció el gesto. Sí, él decía eso con frecuencia; incluso lo había escrito en algunos de los artículos que había firmado para la revista, aunque siempre se había cuidado de rubricar con sus iniciales porque habría sido peligroso que figurara su nombre completo si el panfleto llegaba a manos de las autoridades de la universidad.
—Esto es diferente.
Su amigo arqueó una ceja al oírlo.
—¿Diferente cómo?
—En todo. Yo no soy Robby, Donal. No creo que baste con unos cuantos artículos y unas protestas para que cambien las cosas —explicó él mientras una rabia soterrada bullía en su voz—.
Sé que se logrará, pero no será mañana o el año que viene; tal vez pasen décadas hasta que todo el mundo entienda que no podemos continuar viviendo como lo hemos hecho hasta ahora.
Y estoy dispuesto a ayudar tanto como pueda para que así ocurra, pero no soy un ingenuo; no creo que viva para verlo.
Donal lo observó con una concentración que a Alec se le hizo eterna. Parecía estar estudiando cada rasgo de su rostro e incluso más allá.
—¿Y ella? —preguntó al fin—. ¿Lo ve tu amiga de la misma forma?
Alec recordó el brillo en los ojos de Rowan cuando lo había visto en el claustro, la forma en que había sonreído, la valentía de la que había hecho gala al presentarse en la universidad y estar dispuesta, incluso, a mentir para ir en su busca.
—No, no lo creo —reconoció con una mueca—. Pero tendrá que hacerlo.
—¿Y si no quiere?
—En ese caso, que Dios nos asista, porque es más terca que una mula.