El puente de Rowan Capítulo 6
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Capítulo 6

D espués de lo que solo podría considerarse como el reencuentro más desastroso que alguien podría tener con quien había sido una de las personas más importantes de su vida, Rowan no tuvo mucho tiempo para lamentarse por ello.

Se vio totalmente absorbida por el frenesí de los tejes y manejes de su madre, que, tal y como ya le había advertido, estaba decidida a presentarle a todas y cada una de las personas que, consideraba, valía la pena conocer en la ciudad.

No solo la arrastró de una reunión a otra, sino que insistió en que debía aumentar aún más el guardarropa que había ido preparando para ella.

De modo que, tras pasar toda una mañana probándose conjuntos que, estaba segura, no le alcanzaría la vida para usar, luego debía visitar a las amistades de su madre, fuese en una velada musical, un baile o una reunión para tomar el té.

«Visto cómo se han dado las cosas con Alec —pensó ella una noche en que se disponía a bajar para la cena que sus padres ofrecían a varios de sus conocidos más íntimos—, habría valido más que me quedara en Gairloch».

Por lo menos, allí no sentiría que tiraban de ella, de un lado para otro, como si fuese una marioneta. Una que tenía el corazón hecho pedazos.

—¡Rowan!

Ella, que había llegado al primer descansillo de las escaleras, giró sobre su hombro para encontrarse con su hermano Charles, que bajaba los escalones de dos en dos para reunirse con ella.

—Espera un momento —pidió él una vez que llegó hasta ella, tomando aire para recuperar el aliento—. Bajemos juntos, o mamá reñirá al que llegue segundo.

Rowan lo miró con una ceja arqueada.

—¿No tendrías que ser ese tú?

—No si llegamos juntos.

Su hermano siempre había tenido un encanto muy particular. Al atractivo exterior, con su cabello cobrizo, los ojos azules y una sonrisa arrebatadora, se le sumaba su facilidad para camelarse a casi cualquier persona con tan solo intercambiar unas cuantas frases.

Su madre se encontraba muy orgullosa de él, aunque su padre había empezado a decir que todo ese encanto no le serviría nunca de nada si no se esforzaba por educarse como debía hacerlo cualquier caballero que aspirara a ocupar el lugar que tenía destinado para él.

En cuanto a su trato con Rowan... Habían sido muy unidos de pequeños porque solo los separaban un par de años, pero se habían ido distanciando con el paso del tiempo; según Charles, había encontrado actividades y personas que le eran mucho más interesantes que su hermana pequeña.

Aun así, Rowan lo quería profundamente y, de no haberse encontrado tan deprimida por sus propios problemas, habría disfrutado mucho más de verlo.

—Creo que a mamá la sorprenderá tanto que participes en la cena que no le importaría si llegaras luego del primer plato —comentó ella haciendo un gesto para que continuaran el descenso.

Su hermano bufó y se ajustó un botón del traje.

—Se ha estado quejando de mí contigo, supongo.

—Desde luego que sí, ¿te extraña? Dice que casi nunca sabe dónde estás.

—Asisto a una universidad extremadamente exigente, hermana; eso me quita mucho tiempo. Mamá no puede esperar que me reporte con ella a cada momento del día.

Habían llegado al piso inferior y el eco de unas risas provenientes del salón donde acostumbraban reunirse antes de pasar al comedor se coló en sus oídos.

—Tenía entendido que no pasas mucho tiempo en la universidad —comentó como quien hace una mención en cuanto al clima.

—¿Otra queja de mamá?

—No, eso lo mencionó papá ayer en el desayuno; lo habrías oído también si hubieras estado allí.

Charles ahogó un gemido y se llevó una mano al cabello para alisarlo.

El gesto atrajo la atención de Rowan, que reparó en que tenía el rostro un tanto abotargado, lo que achacó a las malas noches y a su alto consumo de alcohol.

Eso no lo habían mencionado sus padres, pero Morag le había contado que lo había escuchado más de una vez en la cocina.

—Si yo fuera tú, no me preocuparía tanto por lo que tu hermano haga o deje de hacer; diría que tienes otros asuntos mucho más importantes que atender.

Las palabras de su hermano, surgidas en un tono levemente retador, hicieron que olvidara su descuidado aspecto y centrara, una vez más, su atención en lo que decía.

—¿A qué te refieres? —preguntó—. ¿Por qué clase de cosas debería preocuparme?

—¿Tú qué crees? —Rowan observó sobre su hombro antes de dirigir una mirada ceñuda a su hermano—. No me veas así, solo quiero advertirte para que no te tome por sorpresa. Me gustaría que hicieras lo mismo si las cosas fueran a la inversa —explicó Charles con la voz despejada de cinismo.

Rowan contuvo el impulso de cruzarse de brazos por temor a que el movimiento arrugara el vestido de seda lavanda que, si bien le sentaba como un guante, también la constreñía hasta el punto que le costaba respirar con normalidad.

—Si eso es cierto, agradeceré que lo digas de una vez —exigió ella.

Su hermano asintió.

—¿Sabes quiénes son los invitados de mamá esta noche?

Rowan miró una vez más en dirección a las puertas cerradas del salón, e intentó hacer memoria.

Como siempre, su madre había recitado un listado de nombres esa mañana, cuando le había dicho que aguardaban visitas para la cena, pero ella no le había prestado demasiada atención por estar pensando, otra vez, ¡cómo no! , en Alec.

—Recuerdo que mencionó a los Drummond —dijo refiriéndose a los amigos más cercanos de sus padres, que no le eran muy simpáticos—, y... ¿tal vez, los Sinclair?

Esperaba tener razón con los segundos, porque se trataba de un matrimonio joven y ella, lady Elspeth, le resultaba tan agradable que, siempre que la veía, lo pasaba muy bien.

—Sí, estarán todos ellos, pero también sir Archibald Stewart.

El ceño de Rowan se acentuó.

—¡Ah, él! —dijo sin disimular su desagrado—. Mamá me lo presentó en una velada la semana pasada.

—¿Y qué impresión te dejó?

—Ninguna que valga la pena destacar.

—Esa es una salida muy diplomática para no decir que te resulta insoportable. —Charles torció los labios—. Pero a mí no me gusta la diplomacia. Es un hombre irritante y me atrevería a decir que también peligroso, lo que hace aún más desagradables los planes de nuestros padres.

Rowan notó un matiz de advertencia en su voz que la puso en guardia.

—¿Qué quieres decir? —preguntó—. ¿Cuáles son los planes de nuestros padres?

Su hermano abrió la boca para responder, pero la puerta tras ellos se abrió de golpe. Los bañó la luz que emitían las lámparas en el interior de la habitación, y el eco de las risas y conversaciones inundó el vestíbulo.

—¡Allí están!

La voz de lady Gairloch se alzó al tiempo que el resonar de sus pasos al acercarse los obligó a mirar en su dirección.

—Estaba a punto de enviar a buscarlos —dijo ella en voz baja y con ese aire majestuoso que asumía de forma tan natural—. Vamos, hay muchas personas a las que aún no te he presentado, Rowan. Y tú, Charles, ve con tu padre; quiere comentar contigo algo que le dijo lord Drummond.

Sin aguardar respuesta, la condesa tomó a su hija del brazo con aparente suavidad, aunque Rowan pudo sentir la forma en que sus dedos se encajaron en la piel de su antebrazo.

Las palabras de su hermano resonaron en su mente, y no pudo menos que preguntarse de qué quería advertirla antes de que los interrumpieran.

***

Lo comprendió tan pronto como pasaron al comedor.

Rowan había sido presentada a tanta gente que solo podía recordar la mitad de los nombres.

Pero había algunas personas a las que conocía de otros encuentros, como los Drummond, los Sinclair y, desde luego, también sir Archibald Stewart, que había ido con su hijo de dieciocho años, un joven tan altanero como su padre y con mucho menos tacto.

Charles tenía razón al referirse a Stewart como un hombre molesto, pero era cierto que se cuidaba mucho de que se le notara; su hijo, en cambio, mantenía un aire pomposo y cortante que a ella le resultó desagradable.

Por suerte, no la sentaron a su lado, de modo que no se sintió obligada a hablar con él durante la cena; aun así, notó que el joven dirigía la mirada hacia ella reiteradamente y con un gesto calculador que no pudo menos que ponerla nerviosa.

A quien sí tuvo como acompañante fue a su padre, pero, al lado opuesto, disfrutó de la cercanía de la señora Sinclair, lo que de alguna manera compensó su desencanto.

Alternó la charla entre sir Archibald y lady Elspeth, como había insistido la dama en que la llamara desde que le había sido presentada unos días antes.

Pero, por mucho que se esforzó, no logró concentrarse del todo en lo que le decían uno y otro porque su mente aún permanecía enclavada al recuerdo de su encuentro con Alec.

«¿No habrá un instante en que deje de pensar en él?», se preguntó un tanto enfadada consigo misma por lo que juzgó una debilidad.

Cuando sirvieron los postres, sentía la cabeza palpitante y los labios tirantes de tanto sonreír.

Quería marcharse, pero sabía que no tendría la posibilidad porque su madre era una obsesa del protocolo.

De modo que no le extrañó que, tan pronto como terminaron la cena, alentara a las damas a reunirse en el salón, mientras los caballeros permanecían en el comedor.

Después de eso, se reunirían para continuar charlando y, tal vez, jugar a las cartas.

Para cuando todo terminó, bien entrada la noche, Rowan estaba a punto de echarse a gritar. Quería ir a su habitación, enterrar la cabeza en la almohada y hacer como si los últimos días no hubieran existido.

Por eso despidió con alivio a los invitados junto a sus padres.

Al notar la mirada que intercambiaron lord Gairloch y sir Archibald antes de que este último se marchara, sin embargo, y cuán satisfecha se vio su madre mientras alternaba su atención entre él y ella, no pudo menos que reafirmar su impresión de que Charles no estaba exagerando al intentar advertirla.

Iba a tener que andarse con mucho cuidado si no quería terminar apresada en la trampa que podía sentir tendiéndose sobre ella.