Capítulo 5 #3
Rowan no supo qué le desconcertó más: que su llegada no fuera una absoluta sorpresa para él o que hablara con tal indiferencia de ello, además de acentuar lo poco importante que era en su entorno.
—Y... ¿no pensabas buscarme? —preguntó ella sin ocultar su decepción—. ¿Solo esperabas que, a lo mejor, nos cruzáramos un día por allí, como has dicho?
Alec debió de reconocer la tristeza en su voz, porque su mirada adquirió un brillo más amable, aunque mantuvo la expresión imperturbable, excepto por la tensión que pudo percibir en su barbilla.
—Me alegra verte, me alegra mucho —dijo él como si fuese algo que necesitaba dejar en claro antes de continuar—, pero no creo que haya sido buena idea que vinieras.
—Pero no sabía de qué otra forma podría verte.
Él suspiró.
—Es que de eso se trata, Rowan. —Su nombre sonó tan dulce en sus labios que fue como una caricia—. No deberíamos vernos.
Rowan abrió mucho los ojos. ¿Qué era lo que había dicho?
—¿Por qué no íbamos a vernos? —lo increpó ella alzando la voz—. Somos... somos... somos amigos.
Amigos. Aquella palabra era como un grano de arena en la inmensidad de todo lo que siempre había sentido que había entre ellos, pero fue lo único que se atrevió a decir.
—Sí, lo somos, o al menos así era en Gairloch, pero debes entender que aquí las cosas son muy distintas —dijo Alec tras mirarla fijamente durante varios segundos.
—¿Por qué iban a serlo?
—Por muchas razones. Edimburgo no es Gairloch; si no te has dado cuenta aún, lo harás pronto. Gente como tú y yo ni siquiera debería conocerse.
Ella cerró las manos sobre el regazo hasta que se le encajaron las uñas en las palmas.
—Eso es una tontería —espetó.
—Quizá, pero es también la verdad, y no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. Rowan, si algo he aprendido aquí es que hay cosas que no pueden alterarse y no tiene sentido intentarlo.
—¡¿Cómo puedes hablar de esa forma?! —Ella lo miró como si apenas lo reconociera y, en parte, así era—. ¿Cuándo te has resignado a dejar que las cosas ocurran como los demás lo decidan? Tú luchas...
—No he cambiado en eso, Rowan; no se trata de resignación, sino de sentido común. Es algo que aprendes según te haces mayor; te das cuenta de que no puedes pelear contra todo. Hay batallas por las que vale la pena luchar, pero...
Ella se puso de pie. Le dolía el corazón como si una garra invisible se lo estuviera retorciendo.
—Pero yo no soy una de ellas —lo interrumpió con un tono quebrado por el dolor—.
Es eso lo que intentas decir, ¿cierto? Has decidido que no vale la pena pelear por nosotros, por nuestra...
amistad. —Alec sostuvo su mirada y lo vio apretar los labios; luego, entreabrirlos como si quisiera decir algo y se debatiera entre hacerlo y callar.
«Se lo haré más fácil», decidió ella, sintiendo cómo la pena se entremezclaba con una ácida rabia que lo llenaba todo en su interior—.
Tienes razón, no debí haber venido. No sé en qué estaba pensando.
Quería verte y... he sido muy tonta —balbuceó antes de apartarse de él.
Echó a caminar sin tener del todo claro por dónde iba. No estaba segura de dónde había dejado a Morag con el carruaje, pero creyó reconocer un seto alto y un arbusto de rosas que la llevaron a pensar que, si seguía recto, llegaría hasta ellos.
Acababa de atravesar otro patio cuando oyó unos pasos tras ella. Supo que era Alec, pero no se detuvo; solo disminuyó el andar cuando él se puso a su altura, y se rehusó a mirarlo.
—Rowan, no he querido lastimarte, te lo prometo.
Él hablaba en voz baja, supuso que para no llamar la atención, y solo entonces se dio cuenta de que había actuado como una irresponsable.
¿En qué estaba pensando al fingir ser su hermana, pasearse en su compañía por el claustro y, luego, atravesar el patio como una desquiciada a la vista de medio mundo?
Si su madre se enteraba...
Al fin, divisó la elegante figura del carruaje con el escudo de armas de su familia, y contempló el rostro lívido de rabia de Morag desde el interior.
La criada tenía medio cuerpo fuera del vehículo y, aunque no movió un músculo al verla aparecer, su mirada dejó muy en claro que más le valía entrar para que pudiera regañarla como se merecía.
—No quiero hablar más contigo. —Rowan mordió las palabras, aun sin mirarlo—. Te ruego que me perdones por haber venido sin avisar. No volverá a ocurrir.
Tras decir aquello, subió al carruaje, antes de que el cochero atinara a abrirle la puerta, se acomodó con torpeza en el asiento frente a Morag y cerró tras ella.
Hizo un gesto al sirviente para que se pusiera en camino y mantuvo la mirada obstinadamente fija en sus manos, hechas puños sobre el regazo.
Creyó que había perdido la sombrilla, pero entonces la vio tirada en el suelo del vehículo.
Mientras este se ponía en movimiento, y se alejaba por la calle empedrada, sintió que su corazón se hacía cada vez más pequeño, lo que le provocaba un intenso dolor, y ni siquiera las palabras de Morag consiguieron sacarla de ese estado.
—Él sigue allí, mirando para acá.