Capítulo 5 #2
Había dormido mal y, pese a que se había levantado tan temprano como siempre, llegó tarde a su primera clase porque había habido un accidente con unos carros en la calle aledaña a la pensión y se había detenido a ayudar a un hombre que había quedado atrapado entre las maderas retorcidas.
Era un agricultor que se dirigía al mercado para vender sus productos y que, por lo que Alec pudo inferir de sus heridas, pasaría semanas obligado a permanecer en casa hasta que se recuperara.
No quería ni imaginar lo que significaría eso para él y su familia.
Desde luego, su tardanza fue la excusa perfecta para que el señor Flint hiciera cada minuto de la clase miserable para él.
El maestro no había olvidado la atrevida contestación de Alec durante su último encuentro, así que lo atiborró a preguntas que en verdad no tenían una sola respuesta solo por el gusto de forzar una nueva discusión.
Aunque Alec fue lo bastante prudente para medir sus palabras, para cuando terminó la clase, estaba exhausto.
Luego de eso, asistió a una conferencia de un experto venido de Londres que se mostró tan condescendiente que fue un milagro que él o cualquier otro de sus compañeros escoceses, a quienes hería ese tipo de trato, no le saltara al cuello.
Se las arregló para tomar, luego, un refrigerio frugal en una banca fuera del edificio porque no le daba el tiempo para ir a la taberna que acostumbraba visitar.
Además, tenía que cuidar cada minuto porque debía irse temprano esa tarde, ya que se había comprometido a dar una tutoría a un muchacho de una familia burguesa que se estaba preparando para solicitar su ingreso a la universidad.
Aquellos trabajos, junto con el que realizaba en la imprenta, le permitían vivir; no con holgura, pero sí con cierta decencia.
Si se organizaba bien, no afectaba sus propios estudios ni lo atrasaba para graduarse; algo que, si iba según lo había planeado, ocurriría el próximo año.
Entonces... entonces sería libre y podría volcar todos sus conocimientos en el sueño que había ido construyendo en el tiempo que llevaba allí.
Entonces, en una de sus últimas clases, ahogó un largo bostezo y se frotó los ojos para asegurarse de mantenerse despierto.
El señor Fraser era una eminencia en su campo, y su asignatura, Retórica, la favorita de Alec.
Pero ese día no se sentía muy fino, así que rogó por que terminara pronto para que pudiera buscar un aula vacía en la que hacer una siesta porque, con todo lo que le faltaba llevar a cabo, dudaba de que pudiera poner la cabeza sobre su almohada hasta bien entrada la noche.
—... esto nos lleva, entonces, a una pregunta un tanto insidiosa: ¿debe el maestro ser un ejemplo moral en la comunidad o solo un transmisor del saber?
—Alec parpadeó para prestar atención a lo que decía el maestro, rogando por que no se le ocurriera pedirle que respondiera precisamente a él; pero, en su lugar, hizo algo que se le antojó incluso peor—.
No nos queda mucho tiempo, así que no les preguntaré al respecto ahora —indicó el hombre de barba bruñida y anchos hombros—.
Haremos algo mejor: quiero que me entreguen un ensayo que responda a esta pregunta según su criterio. Lo quiero para mañana.
Un coro de gemidos se alzó entre las carpetas y, al intercambiar una rápida mirada con Robby, que, como ocurría casi siempre, ocupaba el lugar a su lado, Alec no pudo menos que pensar que aquel había sido un día terrible, y eso que aún estaba lejos de terminar.
***
—No estoy viendo alucinaciones, ¿cierto?
Alec no prestó demasiada atención a las palabras de Robby, Estaba guardando sus cosas en la bolsa, tenía un libro que devolver a la biblioteca y quería revisar las notas que había tomado durante la clase. Pero un codazo de su amigo lo obligó a dejar lo que hacía y mirarlo con el ceño fruncido.
—¿Qué? —preguntó con malos modos—. ¿No ves que estoy ocupado?
Acababan de abandonar el aula y Alec hacía malabares para que no se le cayera nada, así que no le causó gracia que Robby se mostrara tan insistente.
Su amigo no pareció ofendido por el trato; más aún, no dijo una palabra, y a Alec le extrañó porque le gustaba hablar hasta por los codos.
Lo que sí hizo, y que fue más desconcertante, fue que le señaló con la cabeza un punto apartado de la salida desde el que una figura esbelta observaba en su dirección.
Cuando Alec posó su mirada en ella, sintió que su corazón se detuvo durante lo que le pareció mucho tiempo hasta que empezó a latir, nuevamente, a un ritmo antinatural.
De haber sido posible, habría jurado que amenazaba con salírsele del pecho.
—¿Quién...?
—Tengo que irme. —Alec cortó el balbuceo de su amigo—. Te veré en la clase de Masson.
Sin dar tiempo a Robby a responder, Alec apretó el mentón y se encaminó en dirección a donde se hallaba la joven, cuya sola presencia había puesto su mundo de cabeza.
Aunque hacía casi tres años que no se veían, la hubiera reconocido en cualquier parte, incluso hallándose en la semioscuridad, como era entonces. Supuso que habría intentado pasar desapercibida, pero eso hubiera sido tan difícil como querer ocultar una antorcha encendida en medio de la noche.
Lucía tan bella como siempre y, aunque vestía más formal de lo que recordaba haberla visto nunca, el brillo de sus ojos y la tenue sonrisa divertida que asomó a sus labios al observarlo acercarse le parecieron iguales a los de la primera vez que se habían visto.
Rowan.
—Por favor, dime que no te he metido en un problema por haber venido —pidió ella en voz bajita tan pronto como llegó a su altura.
Alec sacudió la cabeza de un lado a otro, dividido entre la alegría feroz que se agolpó en su pecho al verla de nuevo y la certeza de que aquello era una locura.
—Espero que no, pero la que terminará metida en un lío, si no sales de aquí, serás tú —respondió él con una voz que le costó reconocer como suya—. Estaba a punto de salir a tomar el aire. Ven conmigo y, si alguien pregunta en el camino, podemos hacerte pasar por una visitante que se ha perdido.
—Eso no será necesario. Que no te extrañe que, para cuando termine el día, alguien te pregunte cómo te ha ido en el reencuentro con tu hermana.
—Ella se encogió de hombros, sonrió con ganas, y sus ojos brillaron aún más al encontrarse con la mirada confusa de Alec—.
Vamos, llévame a dar ese paseo para que te lo explique.
***
Rowan miró a Alec de reojo, sintiéndose un tanto extraña al contemplar a ese hombre que andaba a su lado y al que le costaba reconocer del todo.
Si bien se veía igual en esencia —como mucho, unos centímetros más alto y algo más corpulento—, detectó varios detalles en su rostro que despertaron en una ella una timidez desconocida.
Alec se había convertido en un hombre y no sabía del todo bien cómo actuar en su compañía. Cuando había abandonado Gairloch, lo había hecho como un joven que apenas lograba ocultar lo poco que le gustaba marcharse y el miedo que inspiraba en él la idea de no calzar en la vida de la ciudad.
Entonces, sin embargo, lucía totalmente acoplado a ese ambiente.
La seguridad en su mirada y la forma en que veía de un lado a otro cuando alguien lo saludaba al pasar hablaban de una firme certeza de encontrarse donde pertenecía, y eso la llevó a pensar si no sería ella la que se encontraba totalmente fuera de lugar.
Pero entonces él se detuvo, señaló una banca de piedra y, cuando se dejó caer a su lado con un suspiro y le dirigió una media sonrisa, Rowan sintió que el nudo que se le había formado en el estómago se soltaba un poco.
Porque reconoció esa sonrisa, era la misma que había destinado siempre para ella, y eso le hizo sentir que tal vez no había cambiado tanto como temía.
—Debes de estar sorprendido de verme —empezó ella ante su silencio.
—Ahora que lo pienso, lo cierto es que no tanto, aunque nunca imaginé que te presentarías aquí —respondió él para su desconcierto—. Supuse que, tal vez, nos cruzaríamos por allí, pero...
El ceño de Rowan reemplazó a la tímida sonrisa que había mantenido hasta entonces.
—¿Sabías que estaba en Edimburgo?
—Lo comentó un amigo ayer. No esperarías que la llegada de lady Rowan MacLeod, la hija de los condes de Gairloch, pasara desapercibida. Aunque no es la clase de cosas que se oyen por el mundo en el que yo me muevo, claro. Es solo que tengo un amigo muy curioso.