Capítulo 5
R owan supo que aquel sería un día especial tan pronto como Morag abrió las ventanas de su habitación y empezó a trastear por allí, en tanto ella se desperezaba en la cama.
Hacía una mañana nebulosa, lo comprobó al dar una mirada rápida hacia la luz gris que se colaba por el cristal, pero a ella le pareció totalmente radiante.
Luego de asearse, dejó que la criada la ayudara a vestirse con uno de los trajes que su madre había comprado para ella.
Eligió el más simple, lo cual no fue sencillo porque todos le parecieron demasiado elaborados; aunque, como señaló Morag, era de esperar considerando que entonces se hallaban en Edimburgo y no en Gairloch.
Por fortuna, Rowan y la condesa tenían gustos similares, así que no pudo menos que apreciar la delicada seda de un tono azul que hacía juego con sus ojos.
Mientras Morag le ceñía el corsé y le ajustaba cada pieza con un cuidado milimétrico, se recordó que no había nada de malo en disfrutar de un vestido bonito, siempre y cuando este no le impidiera lograr lo que tenía pensado.
Bajó a desayunar algo ligero, pero tuvo que hacerlo sola porque, según le explicó el atildado mayordomo, su madre aún se encontraba durmiendo, su padre había salido muy temprano, y no sabía qué había sido de su hermano.
La noche anterior había podido verlos a ambos durante la cena y, aunque el conde se había mostrado afectuoso y complacido de que se encontrara allí, su hermano le había parecido muy disperso.
Le había hecho un par de comentarios burlones con respecto a si sabría comportarse en la distinguida sociedad de Edimburgo luego de haber pasado tanto tiempo enterrada en las Tierras Altas, pero su madre lo había reprendido con un gesto y, poco después, se había retirado a su habitación aduciendo un dolor de cabeza.
A Rowan aún le costaba comprender la dinámica familiar que tenían allí, algo distinta de la de Gairloch.
Mientras que en el castillo sentía a sus padres mucho más presentes, en la ciudad ambos parecían muy ocupados con sus propios asuntos.
Su padre había mencionado cuán involucrado estaba en la política y en el sinnúmero de reuniones que tenía pautadas con otros terratenientes que también se hallaban allí; en tanto que su madre no había dejado de parlotear acerca de bailes, de compras y de personas que planeaba presentarle.
De encontrarse en Gairloch, Rowan habría sentido cierto pesar, pero lo cierto era que aquello le convenía mientras se hallara en Edimburgo porque sus padres apenas tendrían tiempo para vigilarla, y así podría hacer lo que tenía en mente sin despertar sospechas.
***
—Sigo pensando que esto es una temeridad; tu madre me despedirá en cuanto se entere.
Rowan ignoró los rezongos de Morag y se apeó del carruaje que las había llevado hasta la universidad.
No había sido fácil, pero había logrado convencer a su madre de que deseaba dar un paseo por la ciudad mientras ella recibía la visita de algunas amistades.
Lady Gairloch se había obstinado en que era la ocasión perfecta para que su hija las conociera, pero Rowan se había excusado diciendo que aún se sentía agotada por el viaje y que sería tan mala compañía que sus amigas se llevarían una mala impresión.
Prefería tomar algo de aire, acostumbrarse un poco al clima, más cálido que el de las montañas, y después estaría encantada de socializar tanto como la condesa lo estimara conveniente.
Su promesa había parecido convencerla; de modo que, luego de haberse asegurado de que iría con Morag y el cochero, le había permitido salir, siempre y cuando prometiera estar de regreso para la hora del té, cuando se reunirían con su padre.
Entonces, le había advertido, harían un repaso de todas las actividades que tenía planeadas para las siguientes semanas.
—Mi madre no se enterará. Y, si lo hiciera, no se enfadará contigo, sino conmigo.
La criada hizo un mohín, y estudió a los grupos de gente que iban y venían por la calzada de piedra. Miró a todos y cada uno de ellos con desconfianza, y se cruzó de brazos.
—No me gusta nada esto —espetó.
—No veo por qué. ¿No te parece todo fascinante?
Era así como lo veía Rowan; aquel ajetreo le llenó el corazón de emoción. Todo el mundo parecía ir apurado, como si tuvieran algo importantísimo que hacer y, por unos segundos, se permitió entretejer historias acerca de los motivos.
Serían estudiantes, supuso, y algunos, también maestros. Llegaban tarde a sus clases, tenían algún examen que decidiría su futuro o estaban a puertas de participar en alguna charla magistral, de esas tan famosas que se mencionaban en los diarios.
—Esto no tiene nada que ver contigo —insistió Morag sin comprender su fascinación—. Y ponte el sombrero, por el amor de Dios. No puedes andar por aquí con la cara descubierta.
Rowan contuvo un resoplido y se acomodó aquel tocado que le parecía demasiado ostentoso, incluso para Edimburgo.
La sirvienta le había ajustado la espesa mata de cabello castaño en un rodete apretado, en lo alto de la coronilla, así que tuvo que hacer malabares con un alfiler para que se quedara bien sujeto.
—Ya está. ¿Satisfecha?
La miró con el ceño fruncido.
—No hasta que te hayas puesto, también, los guantes y uses la sombrilla que te compró tu madre. Y, mejor, me sentiría mucho más feliz si nos fuéramos de aquí.
—No vamos a ir a ningún sitio, no hasta que haya... No importa. De cualquier forma, para tu tranquilidad, ya que parece disgustarte tanto este lugar, tú esperarás en el carruaje hasta que regrese.
—¿Piensas entrar sola?
Rowan ignoró el tono escandalizado de la criada y se encogió de hombros.
—Claro que sí, tengo que ser discreta.
—¡Y ahora lo dices! Tu madre...
—Ya te lo he dicho: mamá no lo sabrá y, aun cuando lo hiciera, tengo una excelente excusa si me pregunta por qué vine aquí.
—¿Y cuál sería esa excusa?
La joven elevó la barbilla.
—He venido a ver a mi hermano —dijo muy tranquila.
Morag se llevó una mano a la cara.
—¿Esa es tu excusa? —refunfuñó—. Si viven en la misma casa.
—Sí, pero siento curiosidad por el lugar donde estudia, lo cual no es una mentira. Así que decidí aprovechar que estaba con el carruaje, y que no tengo nada más que hacer, para pasar un momento, ver la universidad, y saludarlo.
—Por lo que he oído en las cocinas, no parece que tu hermano pase mucho tiempo estudiando.
Rowan torció el gesto.
—Bueno, eso yo no tengo cómo saberlo, ¿no? —replicó con acidez—. Y ya deja de distraerme; tenemos que estar de regreso antes de las tres, o mi madre no dejaré que salga sola nunca más. Espera aquí con el cochero, volveré pronto.
—Pero...
No le dio tiempo de decir más y se internó entre los jardines que delimitaban aquellos edificios que, una vez que pudo contemplarlos más de cerca, la dejaron con la boca abierta.
«Parece que estas piedras podrían hablar y echarme un maleficio», imaginó un poco abrumada por los años de historia que, sin duda, albergaban.
Si la gente parecía ir de prisa visto desde fuera, una vez dentro, comprobó que era aún peor.
Todos caminaban muy rápido y apenas le prestaron atención como no fuera para dedicarle breves miradas de curiosidad.
No le dio mucha importancia al asunto porque temió que, de hacerlo, perdería el valor que tanto le había costado reunir para cometer esa locura, pero no había encontrado otra alternativa para ver a Alec.
Aunque tenía su dirección gracias a las esporádicas cartas que le había escrito, las mismas que casi se habían detenido en el último año como no fuera para saludarla en Navidad y en su cumpleaños, no se había visto capaz de buscarlo en la pensión en la que se hospedaba; habría sido correr un riesgo demasiado grande.
Así que optó por la que le parecía la opción más razonable y la que podría sería fácil de explicar si sus padres se enteraban.
Después de todo, su hermano también iba a la universidad y Rowan era una joven curiosa; a nadie en casa le extrañaría demasiado que hubiera decidido ir hasta allí para conocer el lugar y ver a Charles en el que se suponía debía de ser su elemento.
Resuelta, se internó entre los pasillos con el gesto serio y la falsa actitud de quien sabe lo que hace, cuando lo cierto era que no tenía idea de a dónde ir. Temerosa de perderse y de que aquella salida fuese un absoluto fracaso, preguntó por la oficina de Admisión a un joven con el que se cruzó.
Luego de mirarla de arriba abajo con extrañeza, el muchacho, que no podía ser mucho mayor que ella, le señaló un pasillo y le dio unas cuantas instrucciones vagas que, por suerte, Rowan captó al vuelo y, solo unos minutos después, se encontró ante una enorme puerta entreabierta que franqueó con una confianza que en verdad no sentía.
Había un hombre de mediana edad, tras un escritorio, que alzó la mirada en cuanto la vio aparecer.
—Buenos días —se apresuró a decir Rowan antes de que este pudiera decir algo—. Tal vez pueda ayudarme. Estoy buscando a mi hermano.
Tal vez fue la sorpresa que provocó su presencia o lo refinado de su aspecto y acento, pero el hombre se dirigió a ella con mucha más amabilidad de la que había esperado.
—¿Su hermano? —repitió—. ¿Es uno de nuestros estudiantes?
—Sí, y es muy importante que hable con él. Sé que no debería haber venido, pero solo me tomará unos minutos.
—Ya veo. ¿Cuál es su nombre?
—Alec McRae.
La mentira surgió con una naturalidad apabullante, y Rowan no pudo menos que felicitarse a la par que pensaba que, como siguiera así, tendría un lugar por ella aguardando en el infierno.
***
Alec había tenido días mucho mejores, estaba seguro de eso.