Capítulo 4
L os días de Alec iniciaban casi siempre igual: se levantaba apenas empezaba a amanecer y, somnoliento debido a sus escasas horas de sueño, recurría al agua helada de la jofaina para terminar de despertarse.
Luego, reunía lo que iba a necesitar y pasaba por la cocina de la pensión, en la que se hospedaba para desayunar lo que la señora Baxter, su casera, había preparado para el desayuno: por lo general, gachas, pan negro y algo de té ralo.
Junto con Alec, había otros tres huéspedes en el lugar, así que charlaba un rato con ellos antes de dirigirse a la universidad.
Había tenido suerte al hallar ese alojamiento porque se encontraba no muy lejos de su centro de estudios, un callejón en Newington. No era una zona muy agradable o segura, pero se había acostumbrado con rapidez e incluso contaba con algunos amigos por allí.
Llegó a la universidad con suficiente tiempo para cumplir con el ritual que había empezado cuando el reverendo Sutherland lo había acompañado la primera vez.
Lo mismo que entonces, se detuvo un momento ante los edificios de piedra oscura que se apretaban como guardianes silenciosos alrededor del Old College.
El estilo georgiano denotaba una dignidad severa, hostil, pero Alec sabía que no era realmente así.
No había nada beligerante en ese lugar, al menos no la mayor parte del tiempo.
Para él, que se había mostrado tan reticente al principio con respecto a la idea de estudiar allí, se había convertido en una especie de hogar.
No imaginaba un día en que no paseara por sus claustros, oyendo el eco de pasos apresurados y las charlas encendidas.
«Incluso el aire es especial», reconoció mientras se adentraba entre sus muros; olía a carbón, humedad y, si se esmeraba, también podía percibir el aroma a tinta.
Aquella ideas románticas e idealistas lo llevaron a pensar en Rowan y en cuánto se burlaría ella de oírlo.
Su recuerdo, como siempre, le atenazó el corazón y lo obligó a detenerse ante el aula en que se impartía su primera clase del día.
Era una constante para él pensar en Rowan y sentir cómo todo ese delicado equilibrio, la cuidadosa rutina que había construido durante los últimos tres años, se tambaleaba en un vaivén peligroso.
¿Cuántas veces había considerado dejarlo todo para ir en su busca? Ni siquiera tenía en mente decir una palabra que pudiera ponerla en un compromiso que él no pudiera afianzar. Solo quería verla, oír su voz una vez más y contemplar su precioso rostro mientras reía.
Pero entonces, como había tenido que hacer en ese momento, se recordó que aquello era una locura, que no le supondría ningún bien ni a ella ni a él. Ver a Rowan, oírla... Nada de eso tenía sentido por mucho que lo deseara.
Edimburgo no solo lo había ayudado a instruirse y a convertirse en un hombre, sino que también le había enseñado que había diferencias insoslayables que, ingenuamente, no había sido capaz de ver del todo mientras vivía en Gairloch.
Allí era muy consciente del lugar que él y Rowan ocupaban en el mundo, y al fin había aprendido a aceptar que no había nada que hacer para cambiarlo.
Con esa certeza, por doloroso que fuera, enderezó los hombros y abrió la puerta del aula para entrar.
Tal vez no pudiera hacer nada con lo que sentía por la joven que le había robado el corazón cuando era poco más que un niño, pero sí podía continuar con el camino que se había trazado cuando había llegado a esa ciudad. Un camino que sí estaba a su alcance.
***
—¿Será posible, señor McRae, que esté dispuesto a aferrarse a un concepto tan simplista?
Alec mantuvo el gesto imperturbable y alzó la mirada de sus notas para posarla sobre el señor Flint, su profesor de Filosofía Moral, una de sus materias favoritas cuando no se arrepentía de haberse apuntado en ella pese a saber que quien la impartía era un esnob insoportable.
El aula, sobria y con bancos de madera alineados con precisión casi militar, estaba ocupada solo por otros diez estudiantes.
La pizarra tras la cátedra tras la cual se encontraba el señor Flint estaba repleta de apuntes con tiza que este había ido anotando, durante el transcurso de la clase, con su letra apretada y elegante.
—¿No piensa responder, señor McRae?
Ante la insistencia del viejo maestro, con su levita oscura y melena canosa, que a Alec lo llevaban a pensar en un evangelista salido de un pasaje de la Biblia, no le quedó más alternativa que hablar. Y lo hizo con otra pregunta, claro.
—Por supuesto, señor —dijo alzando la voz grave, que resonó en el espacio de techos altos—. Nos pidió un ejemplo de cómo inferimos la causa a partir de un efecto, y yo señalé a la educación porque, después de todo, ¿no es esta misma una causa invisible de toda mejora humana?
Se oyó el chasquido de una lengua y una leve risita, que Alec reconoció como de su compañero de banco, Robby McCallum, que era también un buen amigo, pero que no sabía cuándo debía mantenerse serio.
—Eso no está en discusión, señor McRae —respondió el profesor sin que su rostro ajado sufriera la más mínima alteración—. Pero tiene que reconocer que es un pensamiento simplista.
—Lo es, señor. Nunca he pretendido afirmar lo contrario.
—Y aun así lo sostiene, en lugar de sugerir una teoría más elaborada.
—Porque es algo en lo que creo, sin la menor duda, y no encuentro sentido en tejer una teoría compleja para llegar a esa conclusión.
Prefiero dedicar mis esfuerzos a encontrar la forma de ejecutar esa simple teoría, como la llama, educando a quienes lo necesitan, por ejemplo.
—Alec se permitió un leve asentimiento antes de continuar—: Tal y como lo hace usted.
Otra risita llegó a sus oídos y apenas pudo contener el impulso de pegar un puntapié a Robby bajo el banco.
En su lugar, sostuvo la mirada del señor Flint, que lo veía desde su altura con el semblante impertérrito.
Aunque Alec pudo reconocer, en el brillo de sus ojos, que se encontraba dividido entre continuar con el debate, solo por el gusto de demostrar que no era más que un paleto caído de las montañas al que no le daba la cabeza para elaborar un concepto más complejo, o darle la razón a regañadientes.
Por suerte para él, y también para Alec, las campanadas señalaron el fin de la clase, y pudo abandonar el aula luego de reunir sus cosas. Era posible que Flint volviera al asunto luego, de eso no le quedaba duda; pero, mientras tanto, Alec se sintió aliviado de poder tomarse un respiro.
Era más de mediodía y tenía un hambre voraz.
Seguido por Robby, que no dejó de parlotear con respecto a la clase y al comportamiento del maestro durante todo el camino, se dirigió a una taberna fuera del campus a la que acostumbraban asistir los alumnos que no tenían grandes ingresos o una familia en la ciudad que los proveyera de una comida caliente.
Sentado a una mesa que cojeaba un poco, pidieron un estofado, algo de cerveza ligera y, en tanto una mesera agotada los atendía, Robby aprovechó para retomar la charla.
Tenía cinco años más que Alec, pero había tardado un poco en entrar a la universidad debido a unas fiebres que lo habían aquejado en la adolescencia y lo habían dejado un tanto débil.
Era delgado, alto y se movía con una manifiesta torpeza, pero también tenía una mente ágil y un sentido del humor muy agudo.
Su espeso cabello rojizo, que según él había heredado de su madre, enmarcaba unas facciones agradables.
Era hijo de un notario bien reconocido en Perth, así que no tenía mayores problemas para sostenerse. Sin embargo, él y Alec habían congeniado tan pronto como se habían conocido, así que iban de arriba para arriba y abajo cuando coincidían.
—Donal dijo que has leído mi artículo para el próximo número de la revista. No me habré puesto muy pomposo, ¿no?
Alec sonrió.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Te lo ha dicho Isobel?
Robby y la hermana de Donal discutían con frecuencia, aunque ambos eran igual de combativos y obstinados. Era posible que fuesen esas características en común las que provocaban sus peleas.
Había sido Alec quien había acercado a Robby a la imprenta de los McFarlane.
Cuando este supo que su compañero de estudios trabajaba allí y que era buen amigo de los dueños, no se había cortado para pedirle que lo presentara.
Siempre había sentido pasión por escribir, por lo que, una vez que había sorteado la desconfianza de los hermanos, había empezado a colaborar en su revista.
—Te aseguro que no la entiendo —mencionó Robby con un mohín de disgusto—. Está tan a favor como yo de abolir las restricciones para el voto, pero aun así dijo que le parecía que mi artículo al respecto tenía un tono...
—¿Pomposo?
—¡Eso mismo!
Alec se apartó un mechón de la frente y sacudió la cabeza de un lado a otro.
—¿No tendrá eso que ver con el hecho de que no hiciste ninguna mención al voto femenino en ese artículo? —sugirió.
Su amigo frunció el ceño.
—Bueno, es cierto que no lo mencioné, pero es que preferí enfocarme en un hecho concreto —se defendió este.
—No lo dudo, pero tal vez pudiste darle un enfoque más...
, no sé, general; habría sido lo más justo.
Si lo que pretendías era plasmar la idea de que todo escocés debe tener derecho a elegir a sus representantes, eso debería de incluir a las mujeres, ¿no?
Son tan hijas de esta tierra como tú o yo, y no deberían ser excluidas.
La mesera, que llegó justo en ese momento con su comida, dejó los platos sobre la mesa, una botella polvorienta y dos jarros. Le sonrió a Alec y le guiñó un ojo antes de marcharse, lo que arrancó a Robby un bufido.
—Eso explica tu popularidad con las mujeres —masculló su amigo.
Alec no le hizo caso. Enterró la cuchara en el guiso y comió con ganas mientras Robby cambiaba de tema porque, estaba seguro, sabía que Isobel había tenido razón al enfadarse con él y no dudaba de que lo corregiría en un próximo artículo.
Poco después, cuando rebañaban los platos con los restos del pan, el sonido de unas risas escandalosas llegó hasta ellos, proveniente de la callejuela junto a la que se hallaba la taberna.
Alec apenas prestó atención al ruido, pero su amigo medio que se incorporó para mirar por la ventana con curiosidad y, cuando se sentó de vuelta, sacudió la cabeza de un lado a otro y puso los ojos en blanco.
—MacLeod y sus amigotes —dijo sin más.
Eso sí que llamó la atención de Alec, que dejó de mirar su plato y posó los ojos en Robby.
—¿Qué estaban haciendo?
—No estoy seguro, pero nada bueno, seguro. Habrían estado molestando a alguien, o se robaron la peluca de algún profesor... Ya sabes cómo son.
Sí, Alec lo sabía, y le habría gustado que no le importara.
Así como había estudiantes como él y Robby, que se esforzaban por aprovechar todo lo que la universidad ofrecía, estaban los otros —a su parecer, una minoría—, que parecían estar allí solo con el fin de pasar el tiempo, hacer trastadas y generar tantos problemas como pudieran.
De por sí, el asunto lo tenía sin cuidado; creía que cada quien era libre de hacer con su tiempo y su vida lo que mejor le pareciera. Él tenía mejores asuntos por los que preocuparse, pero la mención a McLeod removió algo muy dentro de él porque era el hermano de Rowan.
—He oído que su familia está en Edimburgo —continuó Robby tras volver la atención a su plato.
—Sí, algo oí. Los condes llegaron hace un par de semanas.
Alec lo sabía porque el reverendo Sutherland se lo había comentado en una carta.
No era nada fuera de lo normal; los condes acostumbraban quedarse allí unas cuantas semanas cada año.
Lord Gairloch se ocupaba de sus múltiples negocios, y su esposa saqueaba las tiendas de Edimburgo para luego volver al castillo.
De no haberlo sabido por el reverendo, se habría enterado de cualquier forma, igual que Robby. Los condes estaban muy bien considerados en la ciudad y, aunque tanto Alec como su amigo se movían muy lejos de su círculo, su presencia nunca pasaba desapercibida, aun cuando solo fuera de oídas.
—Supongo que McLeod tendrá que portarse un poco mejor en tanto estén aquí. Dicen que su padre lo ha amenazado con enviarlo a Londres para que se una a la Armada como no mejore sus calificaciones.
—Tal vez le haría un favor.
—Eso creo también, pero seguro que no lo hará durante esta visita. Lady Gairloch está organizando un montón de reuniones y no le convendrá que su marido destierre a su hijo mayor justo ahora.
Alec hizo una mueca.
—¿Y eso dónde lo has oído? —preguntó divertido.
—Me lo dijo mi sastre, cuando ayer fui a encargarle un nuevo traje —respondió su amigo—. Sabes que está casado con una costurera de Charlotte Square.
—No, no lo sabía.
—Bueno, pues así es. Y su mujer le dijo que la condesa había ido al taller en que trabaja para ordenar decenas de vestidos porque tiene varios eventos sociales pactados para estos meses.
—Seguro que a la dueña del taller la habrá alegrado mucho oírla —comentó Alec con cierto cinismo.
Su amigo se encogió de hombros.
—No lo dudo. Parece que los condes están dispuestos a tirar la casa por la ventana ahora, que ha llegado su hija. Imagino que esperan que se convierta en la sensación de la temporada.
La cuchara de Alec golpeó con fuerza contra el plato cuando la dejó caer debido a la impresión.
—¿Su hija? —repitió con una voz que no sonó como la suya.
Robby, que no pareció darse cuenta de su turbación, siguió rebañando el plato muy concentrado.
—Sí, la hermana de McLeod. No tengo idea de cuál es su nombre, pero supe que llegó hace unos días, poco después que sus padres. Espero que sea más agradable que su hermano. Aunque lo cierto es que no tiene nada que ver con nosotros, ¿no?
Alec no respondió, no habría podido hacerlo siquiera de haberlo querido. Sentía como si tuviera la cabeza llena de algodones y apenas pudiera conectar dos ideas sin empezar a farfullar como un niño.
¿Rowan estaba en Edimburgo? ¿Cómo era eso posible? Y, sobre todo, ¿por qué?