Capítulo 3
—N o puedo creer que realmente estemos aquí.
La voz de Rowan inundó el pequeño espacio del carruaje y arrancó un suspiro de la buena de Morag, que se veía un poco verde luego del largo viaje que las había llevado hasta las afueras de Edimburgo.
La vieja doncella se mareaba con facilidad y había pasado casi todo el camino desde Gairloch, que había incluido varios cambios de caballo y breves reposos en posadas de distinto tipo, quejándose por lo que consideraba una especie de castigo.
Ni siquiera el hecho de que el padre de Rowan, el conde, hubiera organizado todo de modo que viajaran con la mayor comodidad posible había logrado consolarla un poco.
El cochero y el lacayo que se ocupaba de resguardarlas habían comentado, cuando creían que Rowan no los oía, que no recordaban haber oído a nadie quejarse tanto.
—No sé en qué pensaba tu padre al obligarte a venir hasta aquí sola —rumió la mujer.
—No estoy sola, Morag; se supone que eres mi acompañante. ¿Qué otra cosa podía hacer mi padre? Él y mamá llevan meses en Edimburgo; no esperarías que fuesen hasta Gairloch solo para irme a buscar. Estamos perfectamente bien tú y yo juntas.
Morag se pasó una mano por el rostro sudoroso.
—Tú estarás muy bien, de eso no me queda duda... Si te has salido con la tuya.
Rowan no ocultó la amplia sonrisa que le provocó oír eso porque, en el fondo, no había dejado de felicitarse por ello desde que habían abandonado Gairloch.
Lo había logrado. Luego de mucho insistir, había convencido a sus padres de que deseaba visitar la ciudad; incluso había sido lo bastante maquiavélica para apuntalar las ideas de su madre con respecto a que era momento de conocer otros lugares del mundo más refinados.
Había sido tan hipócrita, incluso, que había fingido que estaba harta de Gairloch, lo que era una gran mentira porque amaba la región con toda su alma.
En Edimburgo, sin embargo, estaría un poco más cerca de Alec.
Habían pasado casi tres años desde que se habían separado aquella gélida mañana en el puente y, aunque se escribían con regularidad, no habían vuelto a verse.
Por un tiempo, Rowan había albergado la esperanza de que Alec regresaría al pueblo por unos días cada año, pero él le explicaba que no solo no podía costear un viaje de esa naturaleza por su cuenta, sino que sus clases y los trabajos que había tomado para mantenerse se lo impedían.
Al principio, ella se había enfadado con él por lo que consideraba un montón de excusas, pero, con el paso del tiempo, lo había comprendido mejor.
El hecho de que Rowan no hubiera sabido nunca lo que era sufrir una privación, la necesidad de sobrevivir día a día con el fruto de su esfuerzo...
Era algo que veía muy ajeno a ella, pero eso no significaba que no lo entendiera.
Y, le gustara o no, esa era la realidad de Alec. Cuando lo había asumido del todo, había comprendido que entonces estaba en sus manos organizar los detalles para ir a su encuentro. «Tal y como lo he hecho», se recordó con una sonrisa satisfecha.
—Yo que tú no parecería tan pagada de mí misma. —Morag interrumpió sus pensamientos con un resoplido—. Seguro sabes que tu madre estará aún más pendiente de ti aquí que en Gairloch, ¿no?
La joven hizo una mueca.
—Desde luego que lo sé, pero ya me ocuparé de eso luego. Ahora, ¿no podemos disfrutar de la vista?
La doncella se asomó a la ventana del carruaje, corrió la pesada cortina, y miró hacia afuera con expresión de haber comido algo muy desagradable.
—La vista —repitió mordiendo las palabras—. ¿Cuál vista?
Rowan se asomó también, y su delicada nariz se frunció en un mohín. Morag tenía razón: no había una gran vista allí.
Eran las últimas horas de la tarde, soplaba un viento gélido que levantaba la escasa vegetación que flanqueaba el camino por el que avanzaban, y lo cierto era que apenas se veía la silueta de la ciudad a lo lejos.
—Bueno, no estamos llegando a la mejor hora para apreciarlo como merece —dijo y se apartó de la ventana para arrebujarse en el asiento con un suspiro—. Seguro que mañana se verá mejor. Procura dormir un poco, llegaremos pronto.
La criada masculló algunas palabras en gaélico, un idioma que Rowan entendía solo a medias, pero habría jurado que reconoció un par de maldiciones que alguien como ella no debería saber, lo que le arrancó una sonrisa y la llevó a suponer que lo poco que les quedaba de viaje estaría tan lleno de quejas como había sido hasta ese momento.
***
La casa de los condes de Gairloch se ubicaba en la zona conocida como New Town, donde se alzaban imponentes construcciones de estilo georgiano, y la de su familia era una de las más modernas y lujosas.
La madre de Rowan salió a recibirla tan pronto como el carruaje se apeó junto a la entrada. Iban tras ella dos criados y el mayordomo, que hizo algunos gestos a los jóvenes a su cargo para que se ocuparan del equipaje luego de dirigirle una reverencia en señal de bienvenida.
A Rowan la impresionó toda esa formalidad porque las cosas eran mucho más relajadas en Gairloch.
Tenían sirvientes en el castillo, claro, pero los conocía de toda la vida y, muy en el fondo, siempre se habían conducido con ella con cierta familiaridad, algo que supuso no encontraría allí.
Hacía diez años al menos desde la última vez que había puesto un pie en Edimburgo, así que imaginó que tendría que acostumbrarse a esos cambios.
—¿Cómo estuvo el viaje? No tuviste ningún problema, ¿cierto? Le dije a tu padre que bien podría haber enviado a unos cuantos criados para que las acompañaran la última parte del camino.
Rowan recibió el tibio abrazo de su madre con una sonrisa y dejó que la tomara del brazo para guiarla al interior de la casa.
Los techos altos y las hermosas molduras de las paredes le arrancaron un suspiro de complacencia; apenas recordaba lo bella que era la casa.
Su padre, que era quien pasaba más tiempo en Edimburgo debido a sus negocios, se había esmerado por ir añadiendo tantas comodidades como era posible.
—Fue un viaje tranquilo, no tuvimos ningún problema —aseguró ella una vez que dejó sus guantes y su sombrero en manos del mayordomo que las había seguido—. Pero Jimmy y Andrew deben de estar agotados, al igual que Morag.
—Supongo que tienes razón. Ross... —La condesa se dirigió al mayordomo—. Vea que atiendan a los acompañantes de lady Rowan.
—Sí, milady.
—No le diga a Morag que he dicho que está cansada —intervino Rowan con una pequeña sonrisa—. Se enfadará conmigo.
El sirviente asintió y se dirigió a la salida para, supuso, hacer los arreglos.
—He elegido a una muchacha para que se ocupe de ti aquí, en la ciudad, querida —informó su madre mientras se internaban en un salón.
Rowan dio una mirada alrededor, recordando los escasos momentos que había vivido allí. Un gran piano dominaba la estancia, el mismo en el que había recibido lecciones y que tocaba su madre durante las veladas que organizaba con frecuencia cuando sus hijos eran pequeños.
—No hace falta, mamá, para eso tengo a Morag —indicó ella y se dejó caer sobre un cómodo sillón—. Si intentara reemplazarla con alguien, nunca me lo perdonaría.
—Tú misma lo has dicho: está cansada.
—También yo lo estoy, hemos hecho un largo viaje. Por favor, ni siquiera lo menciones. No sabría qué hacer con ella.
La condesa apretó los labios. Conservaba gran parte de la belleza que la había convertido en una de las damas más admiradas en su juventud.
Como hija de un adinerado conde inglés, habría podido casarse con quien quisiera, pero, tan pronto como había conocido al padre de Rowan, un majestuoso terrateniente escocés con grandes contactos en el imperio, había caído rendida ante él y nunca se había cuestionado dejar la comodidad de Londres para forjar una familia con él.
—Está bien, no voy a contradecirte ahora, que apenas has llegado —aceptó a regañadientes—. Pero pondré a Nell a disposición de Morag para que la ayude y haga las cosas más sencillas.
—Creo que ella agradecerá eso, aunque no se lo oirás decir en voz alta —bromeó su hija con una sonrisa de agradecimiento—. ¿Dónde están papá y Charles?
—Tu padre tenía una reunión con lord Kinross, y tu hermano... Creo que mencionó algo de una carrera.
—¿De caballos?
—Sí, eso me pareció entender. Sabes cómo es tu hermano, le gusta estar ocupado.
—Rowan contuvo una mueca. Aunque quería profundamente a su hermano mayor, estaba convencida de que ese supuesto afán de mantenerse ocupado, del que se vanagloriaba su madre, era más bien producto de su facilidad para aburrirse y no comprometerse a conciencia con nada—.
Ambos se reunirán con nosotras esta noche —continuó la condesa haciendo un elegante gesto con los hombros—.
He organizado una cena de bienvenida para ti.
—¿Hoy?
La dama ignoró el lamento de su hija, aunque le dirigió una mirada de advertencia.
—Sí, hoy —asintió—. Vendrán los Kinross, los Sinclair y algunos otros amigos. He invitado, también, a sir Archibald Stewart. No lo conoces, pero te hemos hablado mucho de él.
—Lo recuerdo. ¿No es socio de papá en ese proyecto de ferrocarriles?
—Así es. Seguro que, con lo mucho que te gustan esas cosas, encontrarás muy interesante su conversación. Arreglaré que te sientes a su lado durante la cena para que le hagas todas las preguntas que quieras.
Rowan frunció el ceño. Había algo extraño allí que hizo que su mente empezara a funcionar a toda velocidad.
A su madre no le gustaba que ella formulara demasiadas preguntas; aún más, siempre que podía, le recordaba que una joven dama debía ser más discreta y no mostrar tanto interés por todo, como acostumbraba ella.
Una sospecha inquietante se abrió paso en su pecho, pero no quiso profundizar en ello entonces; su madre no respondería con la verdad si le preguntaba, y no quería empezar una discusión cuando acababa de llegar. De modo que, tragándose la duda, esbozó una lenta sonrisa y asintió.
—Estoy segura de que has organizado una velada muy interesante —dijo segura de que era eso lo que su madre preferiría oír—. Entonces creo que lo mejor será que haga como Morag y descanse un poco. No quiero quedarme dormida en medio de la cena.
—Por supuesto, ve a recostarte. Ordenaré que te despierten un par de horas antes para que tengas tiempo de arreglarte. Y, por favor, usa uno de los vestidos que he dejado para ti en tu vestidor.
Rowan apretó los labios una vez más, fingió que la idea le encantaba y, tras agradecer a su madre por las molestias que se había tomado al comprarle todo un nuevo guardarropa, abandonó el salón para dirigirse a su dormitorio.
Mientras subía la hermosa escalinata de mármol, acarició lentamente la balaustrada y se dijo: «Cualquier cosa con la que deba enfrentarme ahora no es nada comparada con la alegría que me provoca estar, al fin, aquí».
Lo único que debía preocuparla era encontrar la forma de reunirse con Alec. Eso, siempre y cuando pudiera dar con él.