El puente de Rowan Capítulo 2
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Capítulo 2

Tres años después

La bolsa de Alec golpeó con fuerza contra el suelo cuando la dejó caer a sus pies con un suspiro. Estaba exhausto y hambriento, pero también aliviado luego de entrar al pequeño recinto que albergaba la imprenta en la que trabajaba.

Después de pasar un buen rato en la calle, mientras el viento helado le golpeaba la cara y sus tripas rugían, el calor del local casi lo hizo llorar de gusto.

—¿Eres tú, Alec? Acomódate por allí, pero no toques nada todavía.

Alec hizo una mueca al oír el tono nervioso en la voz de su amigo, Donal McFarlane, uno de los hombres más inteligentes que conocía, pero también de los más aprehensivos.

Sin responder, se despojó del abrigo, los guantes y el viejo sombrero que, se recordó, debería intentar reemplazar pronto, y tomó su bolsa del suelo para dejarla sobre un banquito cuyas patas oscilaban en el aire.

No había un solo lugar libre, lo que explicó el pedido de Donal para que no tocara nada, pero lo ignoró y movió una torre de papeles sobre otra para ocupar una silla maltrecha que en ese momento le pareció tan cómoda como el sillón de un rey.

No es que hubiera estado sentado en uno alguna vez, claro.

Miró alrededor a la gran prensa en un rincón, y las mesas de montaje sobre las que unas cajas de tipo albergaban las matrices con letras para imprimir los trabajos.

—¿Qué acabo de decirte? Vendrán a medio día por todo, y no quiero que los clientes encuentren tus sucios dedos en los papeles. Levántate de ahí.

Una vez más, entonces de una manera aún más descarada, Alec ignoró las palabras de su amigo y jefe, y tomó uno de los papeles de la alta hilera para leerlo.

—¿Va a haber otra manifestación? —preguntó, leyendo con el ceño fruncido.

Donal, un hombretón alto y esmirriado de cabello pajizo salpicado de canas, asintió mientras daba una mirada a los panfletos para asegurarse de que estaban tal y como los había dejado.

—El sábado —asintió.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado ahora?

—Nada nuevo. Un grupo quiere convencer al Gobierno de que ya es hora de que impongan más presión al parlamento.

—¿Los oirán?

—¡Quién sabe! Tal vez. Supongo que nos enteraremos pronto. —Donal se llevó las manos a las caderas y las movió de un lado a otro; Alec habría jurado que oyó un crujido—. ¿Qué tal tu día?

Alec sonrió.

—Pesado —respondió—, pero provechoso.

—Seguro que a tu amigo, el reverendo, le gustará oír eso. Con lo que se esforzó para que entraras a la universidad, debe estar encantado de saber que no te dejan ni un minuto libre, aunque sabes que podrías tomártelo con más calma. Otros que trabajan mientras estudian lo hacen, y nadie los juzga.

—Sabes que quiero graduarme lo antes posible.

—Sí, pero ¿qué más da unos meses más o menos? Nadie te obliga a que te des tanta prisa. Ven, acompáñame a la trastienda. Quiero que veas unos apuntes que he hecho para el próximo número de la revista.

Alec lo siguió con pasos briosos; el breve descanso le había servido para reunir fuerzas, aunque aún continuaba hambriento.

Lo alegró entrar a la trastienda, ese espacio solo un poco más pequeño que el taller, en el que había varios bancos de trabajo, estantes con volúmenes ya impresos, y una gran mesa sobre la que halló una cesta con pan y trozos de jamón.

Tomó un pedazo de pan y algo de jamón, que estaba rancio, y se dejó caer sobre una silla, en tanto Donal le acercaba unos cuantos papeles que estudió bajo la luz de un quinqué.

—¿Qué te parece? —preguntó su amigo con un tono anhelante.

—Apenas he empezado a leer.

—Pues lee más rápido.

Alec contuvo las ganas de decirle que dudaba de que conociera a alguien que leyera más rápido que él. Su amigo era ansioso por naturaleza y un tanto inseguro a veces, de modo que entendía su actitud.

Los McFarlane habían heredado la imprenta de su padre, un antiguo minero que siempre había sentido pasión por las letras y que, cuando había tenido que abandonar el trabajo por una lesión que había estado a punto de matarlo, había puesto todo lo que tenía en el negocio.

Su hijo, Donal, que había heredado la pasión de su padre, se había hecho cargo cuando este había muerto, y había implementado algunas mejoras que habían hecho prosperar el negocio.

Imprimían de todo un poco: libros de enseñanza, títulos religiosos, panfletos...

Donal no se negaba a nada, pero su gran pasión, lo que lo hacía levantarse cada mañana, era el sueño de sacar adelante la revista en la que llevaba años trabajando y que había empezado a publicar el año anterior con un éxito moderado.

—Lo veo bien, tan interesante como siempre. ¿Has alargado la editorial? —preguntó Alec una vez que terminó de leer.

Su amigo ocupó un banquito ante él y se pasó una mano nervuda por la cara.

—Sí, y también añadí un ensayo de Robby sobre la ley que han presentado en el Parlamento para ampliar el voto masculino.

—Ya. Bien podrían sumar algo referente al femenino, pero dudo de que a Robby le agrade la idea. Deberías pedirle a Isobel que le dé algunas clases al respecto.

Donal ahogó un bufido. La mención a su hermana siempre lo ponía en guardia.

Lo mismo que él, Isobel McFarlane, solo unos años menor que su hermano, tenía un papel importante en la imprenta.

Como la mujer inteligente y bien educada que era, llevaba las cuentas, supervisaba a los operarios y, además, le gustaba escribir tanto como a Donal.

Así que, a veces, firmaba algún artículo de la revista; esto lo rubricaba con un seudónimo porque, como maestra en una escuela de Edimburgo, no estaría bien visto que lo hiciera con su nombre real.

Una de sus pasiones era recordar a quien hiciera la más mínima mención al respecto. Así como había movimientos sociales para ampliar el alcance del voto masculino, que aún tenía ciertos límites, el femenino estaba prohibido por completo, y ya era hora de que también se luchara por lograrlo.

—Te aseguro que mi hermana tendrá algo que decir al respecto en cuanto vea el borrador. Sospecho que ella y Robby tendrán alguna pelea por eso, y que el pobre tendrá que reescribir su ensayo antes de que pase a imprenta —aseguró Donal con una mueca—. Pero, dejando eso de lado, ¿qué te parece?

Alec devoró el último trozo de pan y se encogió de hombros.

—Ya te lo dije, está muy bien —repitió—. ¿Cuándo sale?

—La semana próxima. Aún podemos añadir algo tuyo.

—No podré llegar a tiempo, tengo que presentar varios trabajos en la universidad el lunes. Pero cuenta conmigo para el siguiente número.

Donal asintió.

—Creo...

—No voy a estudiar menos de lo que ya lo hago, Donal. Ni te molestes en mencionarlo. —Alec cortó a su amigo antes de que pudiera terminar de elaborar la frase—. Tengo una beca que mantener.

—Ya casi has terminado, y seguro que podrías mantener la beca sin esforzarte tanto.

Alec no le hizo demasiado caso, era algo que oía con frecuencia cuando estaba allí.

Donal apreciaba el valor de la educación como el que más, pero también estaba convencido de que su amigo podría lograr muchas otras cosas importantes, como las llamaba él, si no se quemara las pestañas de la forma en que lo hacía asistiendo a tantas clases como era humanamente posible.

Cuando Alec se había presentado en la imprenta hacía casi dos años, buscando trabajo porque apenas lograba subsistir con la escasa asignación de la que lo proveía la beca, el hombre había pensado que sería solo un estudiante pobre más que no duraría ni un mes.

Pero se había visto maravillado cuando había descubierto que Alec no solo era un trabajador incansable, sino también un hombre de una inteligencia extraordinaria que había colaborado con grandes ideas para el negocio y que, con el paso del tiempo, se había convertido, también, en uno de sus mejores amigos.

—Ya veré yo cómo llevo mis asuntos, ¿te parece? —bromeó Alec con un tono de chanza—. Ahora dime qué necesitas que haga, procuraré terminarlo antes de las doce. Puedes irte si quieres, yo me encargo de cerrar.

Debido a lo ajetreados que eran normalmente los días de Alec, entre la universidad y algunos trabajos de tutoría que le reportaban unos muy bien recibidos ingresos extra, solo podía trabajar en la imprenta al caer la noche, así que era habitual que se quedara hasta las tantas cumpliendo con sus labores y que fuera él quien se ocupara de cerrar el negocio cuando Donal se iba a casa.

—Creo que me quedaré esta noche, quiero dejar lista la revista para ponerla en la imprenta mañana temprano —dijo su amigo, ahogando un bostezo—.

Tú puedes ocuparte de encuadernar esos libros que encargó el señor Sinclair, y también necesito que entregues los panfletos que están allí afuera; se supone que vendrán por ellos a eso de las nueve.

Alec asintió y, tras ponerse de pie, dio una palmada al hombro de su amigo y se puso con el trabajo.