El puente de Rowan Capítulo 1 #4
13%

Capítulo 1 #4

Levantó la mirada con una media sonrisa al oírla acercarse y no hizo un movimiento hasta que se encontró junto a él. Entonces se puso de lado para protegerla del embate del viento, y Rowan pudo percibir el calor que emanaba, así como su leve aroma a agua y jabón.

—¿Listo? ¿Sales ya?

Su voz se oyó un poco agitada por lo rápido que hizo el último tramo del camino.

—Tengo que tomar un carruaje con el reverendo en diez minutos, creo —indicó él.

—¿Está todo arreglado?

—Sí, nos esperan dentro de unos días si logramos sobrevivir al viaje.

Rowan olvidó por un momento las reconvenciones de su madre y puso los ojos en blanco.

—No seas tonto, desde luego que van a sobrevivir al viaje —masculló—. Y más te vale escribirme tan pronto como hayas llegado.

Pese a que intentó hablar con ligereza, lo cierto era que también le preocupaba que llegaran de una pieza.

El reverendo, considerado como siempre, había organizado todo de modo que hicieran el viaje en carruaje, aunque tendrían que cambiar los caballos con frecuencia durante el camino; pero era muy consciente de los peligros de las accidentadas carreteras que había desde allí hasta Edimburgo, en especial en esa época del año.

—Lo haré —prometió él.

—Y no solo entonces. Dijiste que escribirías cada semana.

—Ya lo sé.

—Y nada de notas breves. No seas perezoso, y cuéntame bien todo lo que veas allí y cómo te va en las clases.

La sonrisa de Alec se ensanchó.

—Tal vez no me acepten y regrese el próximo mes.

—Ambos sabemos que eso no es cierto. Te aceptarán —habló Rowan con confianza antes de añadir con un suspiro—: Me gustaría tanto poder ir contigo.

—¿Y convertirte en la mejor estudiante de la universidad?

Ella parpadeó y esbozó una mueca. No sería honesto de su parte no reconocer que había pensado más de una vez que le gustaría asistir a la universidad, lo mismo que él, aunque sabía que era una utopía siquiera considerarlo.

—Lo sería, ¿cierto? —comentó ufana—. Tienes suerte de que no sea posible.

—Eso no es del todo cierto. Te recuerdo que admitieron a algunas mujeres hace poco.

Rowan sonrió al pensar en aquella noticia que había llegado hasta allí gracias a los diarios. Siete mujeres habían sido admitidas en la universidad de Edimburgo luego de una larga lucha. Pero sus circunstancias eran distintas, porque sus padres jamás le permitirían que siquiera lo intentara.

—Quizá algún día —dijo con cierta tristeza—. Mientras tanto, puedes aprovechar tu ventaja convirtiéndote en el mejor estudiante. Así volverás antes.

Alec guardó silencio y la expresión divertida que había mantenido hasta entonces se esfumó hasta adquirir una seriedad poco habitual en él.

—Te echaré de menos —susurró.

Rowan alzó la mirada de golpe, consciente de lo mucho que debía de haberle costado hacer esa confesión.

No porque no lo sintiera, sabía que era así, pero Alec no acostumbraba poner en palabras sus sentimientos y no porque lo avergonzaran, sino porque, lo mismo que ella, era reacio a reconocer la profundidad del vínculo que los unía.

—Yo también —respondió ella, que se apoyó sobre la balaustrada del puente para mirarlo a los ojos—. Mucho.

—Pero volveremos a vernos. De una u otra forma, aquí o en cualquier otro lugar. nos veremos de nuevo.

Alec habló con una fiereza que Rowan no recordaba haberle oído.

Sus ojos, fijos sobre su rostro, emitían una determinación que le provocó un escalofrío y, sin saber cómo o por qué, se vio tomando su mano entre las suyas.

Sus dedos, ásperos y helados, contrastaron con los suyos, delicados y tibios pese a que había olvidado ponerse los guantes antes de salir.

Ese descuido la alegró porque pudo sentir su piel en directo contacto con la suya, y la emoción entonces fue tan violenta que estuvo a punto de echarse a temblar.

—Lo haremos —prometió ella en voz muy bajita—. Donde sea, como sea. Te esperaré aquí o iré en tu busca, te lo juro.

Aquella era la promesa más sincera que Rowan había hecho nunca y, también, una suerte de confesión. De no haberse encontrado tan emocionada, le habría causado gracia que fuese ella la primera que se atreviera a decirlo, aunque estaba segura de que Alec pensaba lo mismo.

Uno iría en busca del otro siempre. La idea de permanecer mucho tiempo separados era inconcebible.

Alec sonrió y, asintiendo, sujetó sus manos con fuerza. Usó la que tenía libre para acariciar su mejilla con la suavidad de una pluma, lo que erizó su piel.

«¿Ahora me tocas? ¿Ahora, que estás a punto de irte?», pensó Rowan. Le habría gustado reprenderlo, pero en su lugar apoyó el rostro sobre la palma de su mano y se abandonó a esas sensaciones que para ella eran nuevas.

Un chillido proveniente del bosque seguido del batir de unas alas los obligó a separarse, pero no dejaron de mirarse ni un instante.

—Espero tu primera carta pronto —musitó Rowan y dio un paso hacia atrás con el corazón encogido por la emoción.

—Serás la primera persona a la que escriba.

—Más te vale.

Alec sonrió y, luego de una última caricia, el roce de sus dedos sobre el dorso de su mano, cabeceó y dio media vuelta para dirigirse al poblado.

No giró a mirarla ni una sola vez, y Rowan agradeció que así fuera porque estaba segura de que no habría podido soportarlo. Habría corrido hacia él para rogarle que no se marchara, en lugar de permanecer allí, de pie, como una estatua de sal golpeada por el viento.

Pasó casi una hora antes de que sus temblores la obligaran a moverse.

Acarició la barandilla del puente; la piedra áspera y erosionada por el paso del tiempo la proveyó de cierto consuelo.

Aquel lugar tenía un significado importante para ella porque había traído a Alec a su vida y, en ese momento, también había sido el testigo de su despedida.

«Pero no será por mucho tiempo», se juró y echó a andar hacia el castillo.

Se lo habían prometido: se verían pronto de nuevo, de una u otra forma. Y sabía, muy en el fondo de su corazón, que, si había dos personas en el mundo más determinadas a cumplir con ese juramento, eran ellos.