El puente de Rowan Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Rowan entendió de inmediato y sintió cómo su interior se dividía dolorosamente.

El reverendo llevaba años insistiendo en que Alec debería ir a la ciudad para completar esa educación que él ya no se creía capaz de continuar, al menos no como consideraba que el joven merecía.

Rowan lo había oído comentarlo a su padre durante una de las esporádicas cenas en el castillo a las que era invitado; había dicho que le parecía una lástima que toda su inteligencia y ansias de conocimiento no fuesen debidamente explotadas.

El padre de Rowan, que por lo general no prestaba mucha atención a los asuntos del pueblo, había sugerido que, si el religioso estaba tan seguro de que el muchacho aquel merecía su ayuda, no tendría problema en enviar una carta de recomendación a sus conocidos en la universidad de Edimburgo a fin de que lo aceptaran, lo que había puesto al reverendo en una nube.

El problema era que a Alec aquello no le había hecho mucha gracia cuando se había enterado.

Rowan había hablado con él al respecto poco después, y el muchacho se había despachado en rezongos acerca de que no tenía ningún interés en abandonar Gairloch, que era feliz ocupándose de sus escasas tierras y que, de haber sabido que Sutherland se tomaría la libertad de hablar de él a sus espaldas, se lo habría prohibido.

Dicho así, por parte de un chico que apenas acababa de cumplir los dieciocho, con tan humildes perspectivas y tan poco a su nombre, podría haber parecido arrogante y hasta ridículo, pero Rowan sabía que no había nada de eso en Alec.

Aunque joven, tenía la madurez de hombres mucho mayores y, más que arrogancia, lo de él era orgullo y, quería pensar, la misma reticencia que habría mostrado ella de encontrarse en su lugar, porque nada la aterraba más que verse obligada a abandonar Gairloch y a las personas que tanto le importaban, si bien nunca se había atrevido a mencionarlo con tanta franqueza.

«¿No quieres irte porque entonces ya no me verías y sabes que eso te rompería el corazón de la misma forma en que me lo haría a mí?

», se cuestionó. No, no podía preguntarle eso, por mucho que lo deseara.

Los sentimientos entre ellos, aunque profundos, eran inciertos; había tanto que los separaba que dudaba tener, algún día, el valor para enfrentarlo.

Lo que dividía su corazón en ese momento era que, a pesar de que nada le provocaba más dolor que la posibilidad de no ver a Alec, sabía, con absoluta certeza, que él merecía mucho más de lo que Gairloch podía darle, algo con lo que estaba de acuerdo con el reverendo.

Alec era demasiado inteligente, demasiado... todo para resignarse a pasar sus días sembrando unas tierras que apenas le darían para subsistir. Debía, al menos, tomar esa oportunidad que se le ofrecía.

—Ya sabes lo que pienso al respecto —dijo ella tras tomar una honda bocanada de aire.

Él, finalmente, dejó de fingir que encontraba fascinante el brezo congelado a sus pies y le devolvió la mirada.

—Quieres que me vaya.

—Quiero que hagas lo que es mejor para ti.

Ella intentó hablar con una serenidad que estaba muy lejos de sentir.

—Claro, porque lady Rowan sabe muy bien qué es eso.

Ella hizo una mueca de disgusto, pero sabía que él lo decía solo para molestarla.

Alec jamás se dirigía a ella por su título, no en serio.

Para él, no era la hija del conde de Gairloch, el actual señor de los MacLeod, que habían regido desde su castillo sobre el pueblo durante generaciones.

Para él era solo Rowan, de la misma forma en que para ella era tan solo Alec.

El significado de aquello, que parecía tan sencillo, pero que en el fondo era tan profundo y confuso para ambos, era otro cantar.

—Lo que lady Rowan sabe —respondió ella con la misma chanza con la que había hablado él— es que eres un cabezota y que, si no sigues los consejos del reverendo, te arrepentirás durante toda tu vida.

—No creo...

—¿No te has puesto a pensar en todo lo que podrías hacer por el pueblo si vas a estudiar y regresas después?

Nadie dice que tengas que quedarte en Edimburgo; solo tienes que ir un par de años, aprender todo lo que puedas y, luego, volver para aplicarlo aquí —indicó ella con un tono persuasivo—.

Seguro que todos agradecen que los ayudes ahora levantando piedras y regalando tus patatas, pero podrías hacer mucho más.

—Te recuerdo que también cultivo avena, y espero una buena cosecha.

Rowan sonrió con ternura, pero enserió el semblante de golpe; no quería quedarse mirándolo como una boba, sino dejar bien sentada su opinión.

Su madre siempre la reprendía por eso, lo que llamaba una necesidad de mostrar sus ideas, algo poco apreciado para una jovencita, pero sabía que Alec respetaba eso de ella.

—Ya, pero las patatas y la avena estarán aquí cuando regreses.

Seguro que cualquiera de tus amigos estará encantado de trabajar tus campos en tu ausencia una vez que regreses —sugirió—.

Este tipo de oportunidades solo se presentan una vez en la vida, Alec, y no querría verte arrepentido luego solo porque te dejaste llevar por tu corazón y no por tu cabeza.

Él sostuvo su mirada y sus ojos brillaron con tanto ímpetu que, de haberse encontrado de pie, Rowan estaba convencida de que se habría caído de la impresión.

—¿Eso es lo que piensas que hago? ¿Que me quedo por hacerle caso a mi corazón? —inquirió con un tono bajo.

Ella tragó espeso y se humedeció los labios; su corazón latía muy rápido.

—¿No es así? —preguntó a su vez.

Se miraron durante lo que pareció mucho tiempo, hasta que él suspiró y apartó los ojos con un gesto renuente al tiempo que se ponía de pie; tomó el jarro casi lleno de sus manos para llevárselo a los labios y beber su contenido de golpe.

Dio la impresión de que iba a responder a su pregunta, pero en su lugar dijo:

—Tengo que volver. Ya hemos descansado demasiado, y parece que va a empezar a llover en cualquier momento. Deberías de volver al castillo.

Rowan también se puso de pie y sacudió los bajos de su falda, aunque sabía que no haría mucha diferencia: llegaría al castillo cubierta de polvo y Morag la reñiría con ganas.

—Está bien —asintió—, pero ¿pensarás en lo que te he dicho?

Alec esbozó una sonrisa torcida que solo consiguió acentuar su atractivo.

—¿No lo hago siempre?

***

En efecto, Alec cumplió su palabra y dedicó mucho tiempo a pensar en su charla con Rowan.

O eso pareció indicar el hecho de que, solo un par de semanas después, cuando la casa para sus amigos estuvo terminada y pudieron iniciarse a conciencia los preparativos para la boda, anunció con bastante renuencia que había decidido aceptar la propuesta del reverendo Sutherland, al que había dado permiso para enviar una solicitud a la universidad en su nombre.

No fue una sorpresa para el religioso y tampoco para Rowan cuando, solo un mes después, recibió una respuesta de las autoridades de la universidad que indicaba que, visto lo que el hombre tenía para decir de su pupilo, y con la carta de recomendación del conde de Gairloch, estaban dispuestos a recibir al muchacho y hacerle una prueba.

La fecha de partida se fijó al día siguiente de la boda de sus amigos, lo que daría tiempo a Alec para reunir sus escasas pertenencias, organizar sus asuntos, y salir hacia Edimburgo.

La posibilidad de que no fuese admitido en la universidad no pasó por la mente de Rowan; sabía que, si Alec se esforzaba —y estaba convencida de que así lo haría porque, cuando tomaba una decisión, ponía todo de su parte para alcanzar sus objetivos—, le darían la bienvenida con entusiasmo.

Pero habría mentido si no reconocía, siquiera ante sí misma, que la idea de verlo partir le desgarraba el corazón.

Aun así, procuró que nada en su semblante la delatara cuando se reunió con él muy temprano por la mañana, el día de su partida, en el puente en que se habían conocido.

La bruma se alzaba por el camino cuando Rowan abandonó el castillo a escondidas, huyendo incluso de Morag, que no la despertaría hasta una hora después.

Ni siquiera las aves habían empezado a cantar, y apenas se cruzó con la ayudante de la cocinera, que arrastraba los pies por el castillo mientras encendía las chimeneas y que a lo mucho le dirigió una mirada somnolienta cuando la vio salir por la puerta principal a esas horas.

La gente de Gairloch estaba tan familiarizada con la extraña hija del conde que no le prestaban demasiada atención, por poco que la entendieran.

Rowan sintió que entraba en calor una vez que se puso en camino.

Anduvo tan rápido como le dieron los pies, tropezó un par de veces con sus propias faldas y bien arrebujada en el chal que había tomado al vuelo antes de salir.

No quería hacer esperar mucho a Alec y, menos aún, correr el riesgo de descubrir que él había tenido que marcharse aún más temprano de lo que había calculado y que eso les impidiera verse una última vez.

Su padre, en un rapto autoritario poco habitual, le había prohibido asistir a la boda de Kirsty y Ewan; suponía que, alentado por su madre, que desde hacía unos meses había empezado a comentar que Rowan pasaba demasiado tiempo entre las gentes del pueblo y que ya era hora de que se comportara de acuerdo a su posición.

Rowan le había rogado a su padre que le permitiera siquiera asistir a la ceremonia, pero no había sido posible, así que había tenido que contentarse con enviar un regalo para los novios y una nota para Alec en la que se disculpaba por no poder asistir, pero le pedía que se encontrara con ella esa mañana para verlo antes de que se marchara a la ciudad.

Lo encontró en medio del puente, apoyado contra el muro de piedra y tan bien abrigado como ella.

Por primera vez desde que podía recordarlo, iba ataviado con un traje que, sin duda, había visto mejores días, pero que en él relucía como el de un príncipe.

Un grueso abrigo de lana se ajustaba a sus anchos hombros, y cubría su oscuro cabello con una boina.