Capítulo 1 #2
Pese a las inclemencias del clima, su sangre cantó al sentir el frío metiéndose bajo su piel y el débil calor proveniente del sol, que le quemó las mejillas porque se había deshecho del sombrero durante la caminata desde el castillo.
Morag la reprendería por eso, y también su madre cuando notara que su piel, de un blanco impoluto y de la que se encontraba tan orgullosa, empezaba a mostrar los efectos del descuido. Pero en ese momento no le importó.
Alec volvió a reunirse con ella solo unos minutos después y traía con él un par de jarros; le tendió uno y le hizo un gesto para que caminara a su lado mientras se dirigía a una cuesta por la que ascendieron, uno junto al otro, sin decir una palabra.
No estaban muy apartados del resto del grupo, pero, aun así, una vez que se encontraron arriba, de cara a la montaña que circundaba parte del pueblo, Rowan sintió como si fuesen los únicos habitantes del universo.
Con un suspiro de gusto, se dejó caer sobre una roca enorme y lisa que formaba un asiento natural, y Alec hizo otro tanto.
—Hablaba en serio allá abajo. Tienes que andarte con cuidado cuando vengas por aquí, sabes que estamos construyendo y podría haber un accidente —habló él luego de beber casi la mitad de su jarro.
Rowan lo miró de reojo y dio un sorbito a su bebida, lo que le arrancó un mohín de desagrado. Nunca le había gustado la cerveza, pero era la bebida habitual por allí, y no quería parecer ingrata luego de que él se molestara en llevar una para ella.
—Estoy bastante familiarizada con el daño que puede hacer una roca. Muchas gracias.
La joven se llevó una mano a la sien derecha, donde, casi imperceptible, relucía una finísima cicatriz, lo que a Alec pareció molestarle, porque hizo una mueca.
—Nunca vas a dejar de recordármelo, ¿no? —preguntó con esa voz que empezaba a adquirir del todo un matiz grave y ligeramente ronco, muy lejana de aquella juvenil de la que Rowan se había burlado hasta hacía un par de años—. Si fue un golpecito de nada y ha pasado una eternidad de eso.
—Seis años en diciembre —se apresuró a aclarar ella con gesto engreído.
—¿Lo tienes anotado?
—Sí, aquí —dijo ella tocándose un lado de la cabeza.
Luego, se echó a reír y lo miró con sus preciosos ojos de una tonalidad gris que recordaba al de una tormenta a punto de estallar.
—¿Cómo va eso? —preguntó Rowan, señalando las casas a medio terminar tras ella— ¿Terminarán a tiempo?
Alec asintió y se echó hacia atrás un espeso mechón de cabello oscuro.
«Es otra cosa distinta en él», pensó Rowan observando las ondas que cubrían su cabeza sin mayor orden.
Cuando lo había conocido, llevaba el cabello rapado, pero se lo había dejado crecer y entonces tenía una mata que haría enrojecer de envidia a cualquiera.
—Eso creo, a menos que empiece a llover con ganas y nos retrase el trabajo —respondió él—. Pero, si seguimos a este ritmo, pondremos el techo en un par de semanas.
—Kirsty y Ewan estarán muy agradecidos.
Alec sonrió, sin duda, pensando en la pareja para la que construían la casa.
Kirsty era prima de Flora, y Ewan, uno de los mejores amigos de Alec.
Aunque eran muy jóvenes aún, llevaban enamorados casi desde la infancia, así que nadie se había sorprendido mucho en el pueblo cuando habían anunciado que habían llegado a un arreglo con sus respectivas familias y pensaban casarse.
Como era habitual en esas circunstancias, la comunidad se había unido para ayudarlos. Lo más importante era definir el lugar donde vivirían y, como hacía años que tenían esa área a medio construir, Alec se había puesto a la cabeza para organizar todo y habilitar una de las casitas para ellos.
La boda se realizaría dentro de un par de meses, lo que, según él, les daría tiempo suficiente; al mirar sobre su hombro la construcción en ciernes, Rowan tuvo que reconocer que estaba en lo cierto.
Era un lugar pequeño y humilde, pero tenía un buen trozo de tierra para un jardín que, sin duda, haría las delicias de Kirsty y no magullaría el orgullo de Ewan, uno de los motivos por los que se había mostrado un poco renuente a iniciar esa vida con el amor de su infancia.
—Ellos también se están esforzando mucho. Anoche pillé a Ewan trabajando solo hasta las tantas pese a que ya había estado desde el amanecer —le contó Alec luego de dejar el jarro a sus pies.
Rowan esbozó una suave sonrisa.
—Quiere que todo sea lo mejor posible para Kirsty —supuso ella.
—Sí, claro, pero ya le he asegurado que llegaremos a tiempo; no tiene que romperse la espalda en el proceso.
—Es un hombre enamorado.
Alec hizo un mohín y sus ojos, tan verdes como el campo en primavera, refulgieron por la risa contenida.
—Qué romántica eres —se burló.
—No se trata de eso —se defendió ella—, es solo la verdad. ¿Vas a negar que Ewan está muy enamorado de Kirsty?
—Claro que no. Besa el suelo que pisa, pero...
—Lo único que quiere él es que ella sea feliz. Llámalo sensiblero si gustas, pero a mí me parece conmovedor.
—Eso es porque eres una romántica —insistió él—. Pero no he dicho que tenga nada de malo.
Rowan apoyó las manos sobre el regazo y se encogió de hombros. Ella no tenía cómo saberlo, pero sus ojos adquirieron una expresión soñadora, y Alec siguió el movimiento de los mechones de cabello que se le habían escapado del peinado y acariciaban sus mejillas.
—Van a ser muy felices —murmuró ella con cierto fervor—. Tienen que serlo.
Alec esbozó una mueca y llevó la mirada al horizonte.
—¿Porque se quieren? —masculló él, aunque no pareció que fuese realmente una pregunta—. ¿Será suficiente?
Ella giró para mirarlo.
—Debería serlo —aseguró—. Sé que es así.
Él no dijo nada y mantuvo una expresión inmutable que apenas se alteró cuando ella le tendió, poco después, el pañuelo que le habían dado en la cocina al dejar el castillo.
Al desenvolverlo, encontró unas cuantas galletas especiadas que eran sus favoritas y que Rowan siempre pedía que le reservaran y entregaran con discreción cuando iba de salida.
—Gracias. —Alec devoró una en un suspiro y le tendió el paño para que Rowan tomara otra—. No creo que haya mejores que estas de aquí a Edimburgo.
—Eso espero, o la señora Campbell se sentiría ofendidísima.
Se refería a la cocinera, que llevaba el servicio de su familia desde mucho antes de que Rowan hubiera nacido y que comendaba la cocina con mano de hierro, aunque se derretía por ella y era capaz de hornear una andanada tras otra de galletas solo por verla contenta.
—Bueno, pues dile que estoy seguro de que así es. O mejor no se lo digas, ya sabes que le caigo mal —comentó él.
—Eso es porque nunca te perdonará que le volcaras los cubos de leche por estar jugando con los perros.
—Tenía trece años entonces, era tonto y me enredé con los pies... En fin, mejor ni me nombres en su presencia; dudo que deje de odiarme alguna vez.
Rowan rio y se abstuvo de comentar que era imposible que alguien pudiera odiarlo; era demasiado agradable para eso, y quería creer que Alec lo sabía.
Era absurdo no verlo. Sus amigos morirían por él, tenía a todas las mujeres solteras del pueblo suspirando a su paso, y el resto de la gente lo trataba como si fuese su hijo predilecto.
Destilaba encanto y atractivo, algo que hacía de forma inconsciente y, precisamente por ello, era más atrayente.
—En fin, puedo dar fe de que, aunque aún eres un poco tonto, hace mucho que no te veo enredarte con tus propios pies —bromeó ella—. Supongo que el reverendo Sutherland estará muy satisfecho viendo lo bien que te han hecho sus lecciones.
Alec ahogó un suspiro y, tras devorar la última galleta, sacudió el pañuelo, lo alisó sobre la rodilla con movimientos cuidados y se lo tendió con un asentimiento.
—Lo cierto es que, en este momento, no está precisamente feliz conmigo.
Rowan frunció el entrecejo sin disimular su desconcierto.
El reverendo William Sutherland era el ministro de Gairloch y una de las personas más importantes en la vida de Alec.
Cuando él había llegado años atrás, lo había hecho con su madre viuda, que no había tardado mucho en tomar un nuevo esposo, el señor Munro, un granjero bastante mayor que los había acogido a ella y a su hijo con bastante bondad.
Pero, solo un año después, tanto la madre de Alec como su padrastro habían fallecido trágicamente cuando unas fiebres habían asolado la región.
Alec, dolido y desamparado, había sido acogido por el reverendo Sutherland, que para entonces ya había visto en él condiciones que lo habían llevado a poner un ahínco particular en su formación.
Como el reverendo no tenía más que dos hijas ya casadas, él, que era viudo, había convertido a Alec en el centro de su mundo luego de la iglesia.
Rowan dudaba seriamente de que hubiera una sola persona en todo Gairloch que tuviera los conocimientos de Alec.
El muchacho conversaba en francés tan bien como ella, e incluso podía leer y hablar el latín con una soltura que la dejaba patidifusa.
Tenía un afán de aprender y una facilidad para retener todo lo que le enseñaban que no recordaba haber visto nunca en nadie más; ni siquiera en su padre, a quien consideraba un hombre brillante, o en su hermano, que era más bien perezoso y algo lento de entendederas pese a los varios tutores que su familia había contratado.
Pese a la cercanía entre el muchacho y el religioso, sin embargo, él nunca había aceptado mudarse a su hogar, una casa en las afueras del poblado que era, sin duda, mucho mejor que las de sus feligreses.
Alec se había quedado en la modesta casa que le había dejado su padrastro y donde trabajaba la tierra para asegurarse el sustento, lo que no le impedía dedicar tanto tiempo como podía a sus estudios y a asistir al reverendo cuando este se lo pedía.
Por eso le extrañó que él dijera aquello de que Sutherland estaba enfadado.
—Es una tontería —se apresuró a explicar él cuando notó la confusión en su rostro—. Ha insistido otra vez en que debo ir a Edimburgo.