El puente de Rowan Capítulo 1
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Capítulo 1

Tierras Altas de Escocia

Seis años después

—¡Madre santa, muchacha! ¡Quédate quieta!

—Rowan apretó los puños a los lados y, con un gesto de resignación, hizo lo que la buena de Morag McDonald le pedía porque, como se recordó de mala gana, no había nadie que le tuviera más paciencia que ella, y lo mínimo que podía hacer era tenérsela también—.

No he visto chiquilla más inquieta en toda mi vida —rumió la mujer—.

Tienes dieciséis años ya. Tienes que empezar a portarte como esperan tus padres, o te van a enviar a una de esas escuelas que tanto miedo te dan.

—No le tengo miedo a ninguna escuela.

—Sí, sé que lo tienes. Si no, ¿por qué le llorabas la otra noche a tu padre, cuando amenazó con mandarte a una?

Por desgracia, eso era cierto, así que Rowan no lo discutió, aunque le habría gustado decir que si había llorado fue solo porque sabía que a su padre se le daba muy mal tolerar sus lágrimas, y así era más fácil salirse con la suya.

Dieciséis años.

Los había cumplido la semana anterior y, por algún motivo, eso había conmovido a su madre lo suficiente no solo para que la mirara, desde entonces, con ojos brillosos, sino para que declarara, convencida, que era hora de que dejara atrás a la niña que había sido y empezara a comportarse como la joven mujer que aspiraba a ser.

Aquello a Rowan no le había dicho mucho, pero, como siempre era más fácil contentar a su madre que discutir con ella, había intentado cumplir con sus deseos. Y para recordárselo tenía a Morag, por supuesto.

—No digas tonterías. —Refutó las últimas palabras de la criada con un mohín—. ¿Ya terminaste? Quiero salir a tomar un poco de aire.

—Querrás decir que quieres ir a corretear por el pueblo con el muchacho ese.

Rowan no respondió; en su lugar, dio un paso atrás cuando Morag al fin pareció satisfecha con su peinado y se estudió en el espejo de cuerpo entero que tenía en un extremo de su habitación.

Su espeso cabello castaño, que se había oscurecido a lo largo de los años, destellaba en lo alto de la cabeza, sujeto en unas rígidas trenzas que Morag había conseguido ajustar con unos gruesos alfileres de plata.

El vestido, de un bonito tono lavanda, su favorito, se ceñía a su grácil figura y casi le hacía olvidar lo poco que le gustaba el polizón que llevaba debajo.

Entre este y el corsé, era un milagro que consiguiera respirar, pero se trataba de una de esas cuestiones en las que su madre nunca transigía.

Quería que su hija vistiera allí como lo habría hecho en el salón más refinado de Edimburgo; el que Rowan lo odiara era irrelevante.

—Yo no correteo, Morag. —Con una sonrisa, la muchacha recibió la sombrilla y guantes que la criada le tendía—. Te recuerdo que soy una dama.

La mujer la miró de arriba abajo y, mientras se afanaba por ponerle el sombrero, chasqueó la lengua.

Nadie la conocía como ella y nadie, salvo sus padres, se atrevería a reprenderla tan abiertamente; algo que a Rowan le causaba gracia, en especial porque, en los últimos años, Morag había ido haciéndose cada vez más pequeña, de modo que apenas le llegaba a la barbilla.

—Una dama, claro que sí —masculló ella, y sus ojos brillaron en su rostro ajado por la vejez—. Harías bien en tenerlo siempre presente.

Rowan contuvo el impulso de sacarle la lengua y ahogó una risa mientras se apresuraba a dejar la habitación.

Bajó entre saltos por la escalera que daba a las cocinas, evitando a conciencia las dependencias de sus padres, porque a esa hora era posible que su madre estuviera a punto de levantarse y no quería cruzarse con ella.

Los sirvientes en las cocinas observaron su llegada sin el menor asombro, ya que esas irrupciones eran muy habituales, y unas de las chicas que ayudaba a la cocinera le tendió un pañuelo bien atado que Rowan recibió con una sonrisa.

Hacía un frío cortante en las inmediaciones de Gairloch, el habitual en esa temporada del año, pero no le molestó.

Por el contrario, exhaló un resoplido de gusto cuando le golpeó en las mejillas y se arrebujó mejor en el abrigo para perderse, luego, por el estrecho camino que conducía al puente y, después, hacia el pueblo.

Sus pies golpearon la finísima capa de escarcha que cubría el terreno, y agradeció las precauciones de Morag, que siempre insistía en que se pusiera los guantes antes de salir.

Llegó al pueblo cuando el pálido sol se hallaba en lo alto, bañando las casas de piedra y arrancando destellos de las minúsculas ventanas.

Era una aldea pequeña y con pocos habitantes; había que ser muy duro para sobrellevar la vida allí, con el clima extremo y las difíciles condiciones para la ganadería y la agricultura.

Al ser un enclave costero, con lagos bien surtidos de peces, la mayor parte de los pobladores habían optado por dedicarse a la pesca, al menos durante la temporada más fría, en que crecía tan poco en la tierra y el escaso ganado debía protegerse aún más que a sus propios hijos.

Se topó con algunos conocidos que la saludaron con sendos asentimientos antes de volver a lo suyo.

Cuando había empezado a ir al pueblo por su cuenta, años atrás, su presencia había despertado muchas suspicacias.

No era habitual que los habitantes del castillo bajaran y se entremezclaran entre ellos; pero, con el paso del tiempo, se habían acostumbrado a ella y la veían con una ambivalente mezcolanza de indulgencia y familiaridad que Rowan apreciaba porque la hacía sentir parte del lugar.

Lejos del centro, luego de dejar atrás una fuente de piedra que llevaba en pie un par de cientos de años y que escenificaba el encuentro entre dos guerreros vestidos con los trajes tradicionales de la zona, tomó una estrecha bifurcación hasta llegar a un conjunto de casas a medio construir y allí, en medio del grupo que se afanaba por cargar piedras del tamaño de su cabeza, lo vio.

Alec había cambiado mucho desde que se había conocido y, al mismo tiempo, se decía ella con frecuencia, era como si siguiera siendo aquel muchacho que le había dado inicio a su amistad con una roca.

Con el paso de los años, su rostro había dejado atrás los últimos rastros de la infancia hasta adquirir del todo esa rotundidad que parecía ser parte de él.

Mejillas bien definidas, una barbilla apenas hendida por un hoyuelo que se acentuaba cuando estaba perdido en sus pensamientos, la mirada firme y unos movimientos cargados de intensidad.

Esa misma firmeza se traslucía en su postura, más controlada que elegante, aunque a Rowan le gustaba bromear diciendo que, si quisiera, podría ser tan distinguido como cualquier señor, algo que a él lo horrorizaba.

Entonces, al ver la firmeza con la que iba tomando una roca para tenderla a sus compañeros en la columna humana que habían formado para movilizar las piedras hacia la casa a medio construir, no pudo menos que reconocer que a ella también la espantaba la idea de que su amigo fuera distinto de como era.

Para ella, Alec era perfecto.

—Muévete de allí, ¿no ves...? —La imprecación llegó a sus oídos justo a tiempo para moverse antes de que una joven que iba cargada hasta arriba con una bandeja de peltre se la llevara por delante.

Se hizo a un lado, ahogando un resoplido, y observó, con el entrecejo fruncido, cómo la chica se afanaba por recuperar el equilibrio antes de dirigirle una mirada de mal disimulado hastío—.

Perdón, lady Rowan, no sabía que era usted —se disculpó a regañadientes.

Rowan suspiró y observó a la muchacha durante un par de segundos antes de responder.

El cabello, de un rubio casi traslúcido, le caía tras la espalda y su rostro, aunque un poco maltratado por la intemperie, era bonito y muy lozano, con grandes ojos azules que, de sonreír, habrían resultado deslumbrantes.

—No pasa nada, Flora, no debí ponerme en medio del camino —dijo Rowan forzando un gesto amable—. ¿Quieres que te ayude con la bandeja?

—No hace falta, yo puedo. No vaya a maltratarse las manos.

No fue fácil, pero Rowan logró ocultar lo poco que le agradó eso último. Estaba a punto de insistir, diciendo que sus manos eran tan capaces como las suyas para hacer lo que hiciera falta, cuando percibió, más que vio, a Alec acercándose a ellas.

Al mirar sobre su hombro, sus ojos se encontraron con los suyos, y la calidez con la que le sonrió tuvo el efecto de una caricia sobre su piel.

No la tocó, nunca lo hacía, y pronto la alegría que pareció producirle su presencia se ocultó bajo un manto de seriedad, como si se arrepintiera de haber dejado traslucir sus emociones.

—¿Qué hacen aquí? Les va a caer una de esas rocas. —Alec miró de una a otra con una mueca—. ¿Eso que traes es cerveza, Fiona?

La sonrisa que Rowan había echado de menos en la chica, cuando se dirigió a ella, apareció con tanto ímpetu que estuvo a punto de pegar un brinco por la impresión.

Aunque luego se dijo, no sin cierta amargura, que no debía de sorprenderla.

Fiona siempre se veía exultante cuando Alec se dirigía a ella.

—Sí, pensé que tendrían sed; hace horas que no se toman un descanso. Mamá la acaba de servir —indicó sin dejar de sonreír.

—Gracias, tú y tu madre son muy amables. Me alegra que hayas venido, porque nos servirá de excusa para descansar un rato. Deja que te ayude con eso.

Sin aguardar respuesta, Alec tomó la bandeja de manos de la chica sin el más mínimo esfuerzo, y esta se apresuró a seguirlo en tanto él se dirigía a sus compañeros para ofrecer la bebida.

Todos ellos parecían encantados mientras dejaban sus labores y se aglomeraban en la entrada de la casa para hacerse con los jarros de latón llenos hasta el borde.

Aunque Alec no se había dirigido directamente a ella en ningún momento, Rowan no lo tomó a mal. Por el contrario, se quedó de pie, algo apartada, y se llevó una mano a la frente para hacer visera y observar el panorama a su alrededor.