El puente de Rowan
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Prólogo
Tierras Altas de Escocia
Una roca. Todo empezó con una roca.
—¡Auch!
Los ojos de Rowan destellaron de furia una vez que consiguió recuperarse del impacto que le dio de lleno en un lado de la cabeza.
Había bajado a toda velocidad la colina que separaba su hogar del lago, con la ilusión de ver las primeras luces de la mañana de Navidad sobre su superficie helada; pero apenas acababa de poner un pie sobre el puente bajo el cual discurría la masa de agua cuando el impacto la hizo detenerse de golpe.
«No se trata de una roca muy grande», comprobó al mirar hacia abajo y encontrarla a sus pies; pero, aun así, le había hecho ver las estrellas.
—¿Dónde estás? ¡Muéstrate, cobarde!
Si su madre pudiera oírla, o verla, con sus manos en alto como una especie de bárbaro, y hablando como un corsario que desafía al enemigo, sufriría un vahído, pero la madre de Rowan no estaba allí y ella se hallaba demasiado enfadada como para fingir que era la niña distinguida que se esforzaba por criar.
El culpable apareció solo unos minutos después.
Salió de detrás de un roble retorcido con las raíces cubiertas por los brezos que abundaban por la zona.
Era alto y enjuto, y andaba con cierto recelo, como si se diera cuenta de que acababa de cometer un gran error.
Pero, al mirarlo a la cara, Rowan notó que, a pesar de eso, también era valiente, porque tenía los labios apretados y la barbilla muy firme.
Ese chico, al que le calculó unos trece años, tres más que ella, no iba dispuesto a suplicar perdón.
Mientras avanzaba por el puente para llegar a su altura, notó también que debía de provenir del pueblo.
Tal vez fuera el hijo de algún campesino, porque llevaba unas botas deslustradas, unos pantalones de un tono café que habían visto mejores días, y una chaqueta que, se adivinaba, debía de haber heredado de alguien un par de tallas más grande.
Pero nada de eso opacó en absoluto el orgullo que relucía en sus ojos o el gesto soberbio con el que la enfrentó una vez que se encontró ante a ella.
Un chico con agallas, lo habría llamado el padre de Rowan con cierto desprecio. Pero ella no era su padre, así que lo que le inspiró, en lugar de desprecio, fue admiración.
—Me has pegado en la cara —lo acusó ella sin andarse con rodeos—. Tu... tu piedra me dio aquí.
Rowan alternó un dedo trémulo de la piedra a sus pies, a su sien dolorida.
No solo su dedo temblaba, notó no sin cierta vergüenza, sino que también su voz se oyó insegura; como si, en el lapso de tiempo entre que había descubierto al chico y este se reunió con ella, su enfado se hubiera disuelto, reemplazado por el susto.
Él, que pareció darse cuenta de eso, varió el gesto arrogante y frunció el ceño al tiempo que se deshacía de la gorra remendada que cubría su cabeza para metérsela al bolsillo de la chaqueta.
Rowan ahogó una exclamación al ver el cuero cabelludo rapado y velado por un fino mapa de cicatrices; apenas asomaba una pelusa oscura que acentuaba los fuertes rasgos.
—Perdona, no ha sido mi intención. Estaba jugando con unos chicos que me habían estado lanzando unas rocas y yo empecé también, pero ellos salieron corriendo y apunté mal... Debí tirar para el otro lado.
A diferencia del refinado acento de Rowan, que sus padres y sus maestras se habían esmerado por pulir desde que había aprendido a hablar, el del muchacho era muy marcado: tan escocés como un barril de buen whisky y áspero al oído, pero con una cadencia que a ella la deslumbró.
—¿Y dónde están ellos? —preguntó Rowan.
El dolor había remitido bastante, pero, aun así, ella no podía dejar de frotarse la sien, y la mirada del chico se posó en su piel enrojecida antes de responder.
—Salieron pitando para el pueblo cuando te oyeron gritar. Les diste un susto de muerte.
—Si no grité tan fuerte —se defendió ella—. ¿Y por qué no saliste corriendo tú también?
Él se encogió de hombros.
—Quería ver si te había hecho daño.
—Y me lo hiciste.
—No es para tanto. Ni siquiera te caíste.
Rowan llevó las manos a las caderas y lo miró con la que esperaba fuese la misma expresión de censura que ponía la señora McDonald, la sirvienta que trabajaba para su familia desde antes de que hubiera nacido, cada vez que ella cometía una trastada.
—Tuve suerte —espetó—. Podrías, también, haberme dado en un ojo.
Él tuvo la decencia de parecer avergonzado y cabeceó, contrito.
—Sí, bueno, tienes razón en eso. Lo siento mucho.
Su arrepentimiento aplacó, una vez más, la ira de Rowan, que suspiró y, tras encogerse de hombros, se arrebujó mejor en su abrigo de piel de marta, uno de los varios obsequios que había descubierto esa mañana, aguardando por ella, en cuanto había abierto los ojos.
Aquello le recordó que había salido antes de ver a su familia y que, con seguridad, su madre ya habría empezado a buscarla. Llevó la mirada a la silueta del castillo tras ella e hizo un mohín.
—No importa —dijo—. Tampoco ha sido para tanto, no te preocupes. Pero tienes que andarte con más cuidado, podrías darle a alguien más pequeño. Tenemos varios perros allí arriba.
—Está bien. De cualquier forma, no me gusta ir tirando piedras, pero era a lo que estaban jugando esos chicos y quería...
—¿Que te aceptaran?
La madre de Rowan decía que era una niña muy perceptiva para su edad, y ella se sentía orgullosa de eso; un orgullo que se acentuó al ver cómo las mejillas del chico enrojecían un poco.
Había dado en el clavo.
—Me acabo de mudar al pueblo, no conozco a nadie aquí —se defendió él con voz hosca—. Solo intentaba hacer amigos.
—Bueno, pues podrías buscarte otros que no te metan en líos.
—No hay muchos chicos de mi edad en el pueblo.
—Ya, pero aquí estoy yo.
Él le dio un rápido repaso, desde sus elegantes botines de piel hasta su cabeza descubierta, donde destellaba un broche de nácar que sujetaba su espeso cabello castaño, pasando por el grueso abrigo.
—Tú no eres un chico —declaró.
Rowan contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. Hasta hacía unos meses, era un gesto habitual en ella; pero, entre su madre y su última maestra, la señorita Quinn, habían conseguido corregirla porque, según ellas, la hacía parecer una mocosa arrogante.
—Eso ya lo sé —respondió ella armándose de paciencia—. Pero puedo jugar igual que cualquiera y no soy tan tonta como esos amigos tuyos; nunca haría nada que pusiera a alguien en peligro.
—Pero eres...
—Ya te dije que sé que no soy un chico.
—No hablo de eso. Es que vienes de allá.
El muchacho señalaba el castillo tras ella y Rowan comprendió, entonces, a qué se refería.
A diferencia de esos amigos de los que le había hablado, era evidente que el chico no tenía un pelo de tonto y debió de haberse dado cuenta, de inmediato, de que provenía de allí; lo que solo podía significar que, en el plano social, al menos, estaba muy por encima de él.
Pero a Rowan nunca le habían importado mucho esos detalles, y había algo en ese muchacho que la atraía de una forma extraña. Algo le decía que, si daba sus reparos por válidos y se separaba de él, se arrepentiría durante toda su vida.
Así que, tras esbozar un gesto para restar importancia a aquello, extendió una mano, como le había visto hacer muchas veces a su padre, y lo miró con un gesto solemne.
—Eso da igual —aseguró—. Soy Rowan.
Lo vio dudar. Echó un vistazo tras su hombro en dirección al pueblo y, luego, tras el de ella; después, posó su atención sobre el puente que pisaban y, cuando creyó que no iba a decir nada, levantó la mirada con un gesto decidido y asintió.
—Yo soy Alec —se presentó mientras estrechaba su mano con un ímpetu que la sacudió de pies a cabeza—. Bueno, ¿a qué quieres jugar?
Y todo empezó así: en un puente.
Con una roca.