Extracto Nación de Marte
El sol flotaba sobre el horizonte en el cielo rosado.
Lance lo miraba con ojos entrecerrados. Parecía mucho más pequeño desde aquí que desde la Tierra, pero su luz aún podía cegarle si se quedaba mirando fijamente.
Tras varios minutos sexagesimales alrededor del sol, el cielo se tornó azul.
La piloto Sharon, cuyos estudios también incluían nociones de meteorología, le había hablado de esto pero no la había creído.
Tenía que pedirle disculpas, aunque los demás ya sabían que él era de los que necesitaban ver las cosas con sus propios ojos.
—¿Todo bien? —se escuchó la voz de Mike por la radio del casco.
—Sí, Comandante. Es muy romántico.
—Tienes cosas que hacer.
«Gracias, Mike», pensó. «Como si no lo supiera».
Lance se lo tomó con calma de todos modos.
Iba a dar su primer paso en el nuevo planeta que sería su hogar durante los próximos seis meses.
Hasta ahora, todo lo que había hecho era viajar por la superficie de Marte desde el lugar de aterrizaje de la Endeavour hasta sus aposentos dentro de la cabina presurizada del Rover, a la cual se llegaba a través de un tubo presurizado.
Volvió a mirar al lejano sol con ojos entrecerrados. Desde allí parecía blanco, no amarillo como en la Tierra, lo que explicaría por qué se sentía menos cálido. Por supuesto, eso no era culpa del color sino de la distancia.
—Necesitamos optimizar el proceso de desembarco —dijo—. Si nos lleva seis horas cada vez, nunca terminaremos el trabajo.
—No te preocupes —contestó Mike—. Incluso tras la puesta del sol seguirá habiendo luz durante un rato. El polvo en la atmósfera seguirá reflejando la luz solar incluso tras que el sol se oculte tras el horizonte.
—No me digas —se le escapó antes de que Lance pudiera evitarlo.
Los comentarios de sabelotodo del comandante siempre fastidiaban a Lance.
Habían recibido información más que suficiente sobre cómo era un día en Marte durante su entrenamiento intensivo.
Sin embargo, nunca valía la pena enfadarse.
Tenía suerte de que Mike siempre fuera insensible a estos temas.
Y había instantes en los que nadie excepto Mike tenía una respuesta a mano para cualquier cosa.
No fue una sorpresa descubrir que el hombre había conseguido su título universitario de Física a los diecinueve años.
Lance apoyó sus manos contra el techo de su alojamiento y empujó hacia abajo.
El noventa por ciento de la base estaba enterrado bajo la superficie marciana para proteger a sus residentes de la radiación.
El techo estaba compuesto de los ahora innecesarios escudos térmicos que una vez pertenecieron a los robots exploradores, quienes habían construido la base antes de la llegada de los humanos.
Una gruesa capa de tierra marciana se extendía sobre el metal.
Lance terminó de forzar su torso a través de la escotilla.
Sacó las piernas, se arrodilló en el techo, y finalmente se levantó.
Respiraba con dificultad. Tras tantos meses de ingravidez, toda actividad parecía asombrosamente difícil.
¿Qué sentido tenía pedalear como un loco en la bicicleta estática todo el tiempo?
—Vale, estoy fuera —dijo Lance.
—Todo parece estar bien —contestó Mike—. Al menos por lo que puedo ver en la pantalla. ¡Pero mira tu ritmo cardíaco! De verdad que estás en baja forma, ¿eh?
—Cuidado, muchacho, o te demostraré mi estado de forma echándote un pulso más tarde.
Hablando con diplomacia, el físico de Mike era decepcionante.
Fue todo un milagro que consiguiera superar el proceso de entrenamiento.
Con toda probabilidad, su intelecto compensó todo lo demás, pero no tenía la menor oportunidad de vencer en un pulso con Lance.
Lance dio un paso cauteloso desde la escotilla hacia la puesta de sol.
Esperaba escuchar un sonido hueco al avanzar, pero el aire era probablemente demasiado fino y la sensibilidad del micrófono externo demasiado baja.
—Sabes que se supone que tienes que esperar, ¿verdad? —preguntó Mike.
Por supuesto que lo sabía. El compartimento estanco era tan estrecho que solo podía albergar a una persona con traje espacial cada vez.
Una vez fuera, se suponía que siempre debían moverse en parejas, por lo que Sarah, su compañera para este paseo, saldría por la escotilla en un minuto o dos.
Pero no hacía daño a nadie echando un vistazo, ¿verdad?
Se acercó al borde del tejado. Desde allí solo había unos veinte centímetros hasta la superficie de Marte.
¿Debería hacerlo? Aún tenía que sentir que estaba de verdad en el planeta.
¿Qué pasaría? El suelo parecía seco y estable.
La zona que rodeaba la base había sido reforzada durante el proceso de construcción.
Lance miró hacia atrás, al compartimento estanco, pero aún no podía ver a Sarah.
Despacio, alargó la pierna derecha, se arrastró hacia delante, y la usó para bajar hacia el suelo.
Con cuidado apoyó el pie, empezando por el talón, y soltó una carcajada.
La situación apenas tenía gracia, por lo que el arrebato tuvo que ser una reacción exagerada del subconsciente.
¡Era la primera persona en poner un pie en Marte!
Aunque no tenía ganas de celebrarlo, no podía parar de reír.
Lance apoyó su peso sobre su pierna derecha antes de bajar la izquierda al suelo. Se quedó allí de pie y volvió a reír.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Mike—. Supongo que, a pesar de nuestro acuerdo, no has esperado a Sarah. Tenemos suerte de ser los únicos aquí. ¿Qué les parecería a los peces gordos si supieran que desobedeciste una orden directa de tu comandante en cuanto al proceso de salida?
—Pero no es lo que he hecho, Mike, lo prometo —contestó.
—La Tierra pregunta cómo va todo con el traje —dijo Mike.
Llegados a ese momento, las primeras imágenes habían sido transmitidas a la Tierra.
Eso significaba que habían pasado veinte minutos, suponiendo que la Tierra hubiera respondido de inmediato.
Lance miró los brillantes números de su muñeca.
Exacto. Sin embargo, eso también significaba que una doceava parte de su turno máximo de cuatro horas ya había pasado.
Sarah llegaría en cualquier momento. Se suponía que la doctora de la misión le ayudaría a limpiar el polvo de la parte superior de la base para que todo se viera en perfecto estado para la transmisión de televisión.
Centro de Control de Misión nunca dejaba nada al azar.
La misión internacional había costado demasiado como para dejarla a merced de la crítica.
Lance bajó la mirada. El traje se le ceñía bien al cuerpo y le quedaba muy bien, aunque lo dijera él mismo.
Pero eso no era definitivamente lo que el Centro de Control de Misión quería oír.
Aunque... tal vez. En comparación con los modelos más antiguos, que se inflaban alrededor de los cuerpos de los astronautas, los nuevos trajes eran significativamente más fotogénicos.
La única parte que aún estaba presurizada era el interior del casco, mientras que el material elástico del traje envolvía muy bien el cuerpo.
Había notado lo ágil que se sentía cuando salió de la escotilla.
Durante el entrenamiento en la Tierra había llegado a conocer y odiar los viejos y rígidos trajes espaciales.
—Me gusta mucho. ¡Felicidades a los creadores! —dijo.
Luego tocó los números brillantes de su brazo, activando así la pantalla de proyección dentro de su casco.
La Tierra pronto se vería bombardeada con datos, cuya extensión hacía que se sintiera mareado.
Especificaciones de localización y dirección, temperatura, presión, dirección del viento, la composición de la piedra sobre la que se erguía.
Demasiadas cosas sucedían dentro de los confines de un casco espacial.
Volvió a darle un toquecito a su brazo, y los dígitos y flechas desaparecieron poco a poco.
En realidad no necesitaba saber nada más aparte del punto cardinal hacia el que miraba en ese momento.
—El flujo de datos en mi pantalla es un poco exagerado —dijo.
—Oh, el traje está rastreando tu posición. No te preocupes —contestó Mike.
—¿Lance?
Se giró al oír la voz de Sarah. Su cabeza iba saliendo del agujero redondo del techo. No podía ver su rostro por el reflejo del sol poniente en su visor.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
—No, gracias —le aseguró ella.
Hablaba inglés con un leve acento. Sarah procedía de Suiza.
Nadie a bordo había logrado pronunciar correctamente su apellido aún.
Jaeggli sonaba un poco como Jacqueline, pero cuando lo decía Sarah sonaba completamente diferente.
A Lance le gustaba burlarse de ella porque no se parecía en nada a los estereotipos sobre su país.
Tras todo, la gente siempre imaginaba que los suecos eran altos y rubios, pero ella era baja y morena.
Ella le seguía recordando con calma que era de Suiza, no de Suecia, y que sabía que era difícil que un estadounidense conociera la diferencia.
Como precaución, volvió a subir al tejado. Todavía no sabían si Sarah se adaptaría bien al poco familiar tirón gravitacional.
—¿Estáis preparados? —preguntó Mike desde el interior.
—Eso parece —dijo Lance.
—Muy bien. Ya sabéis dónde están las herramientas.