El proyecto Urania #3
—¿Entonces esperarás a que la OSAP controle la nave y te chamusque con la reentrada en la atmósfera?
Silencio durante un minuto. ¿Habría molestado a su padre con esa reacción tan infantil ante su decisión? Tras unos instantes crujieron de nuevo los altavoces y la voz de Richard llenó la habitación.
—La Urania-1 tiene combustible suficiente para llevar a cabo su misión inicial. Con un par de ajustes podremos cambiar nuestro rumbo y volar finalmente a Marte.
—No puedes hacer eso.
—Debo hacerlo.
—¡No! No tienes que hacerlo.
Estuvo a punto de añadir que hiciera el favor no de creerse tan listo. Que era su padre y que ya era hora de que moviera el culo de regreso a casa. Pero lo dejó así.
—Rachel —llegó la voz de su padre, en un tono conciliador—.
Es un nombre precioso. Escucha, no puedo volver a la Tierra.
Ya no soy yo. Y la Tierra ya no es la que conocía.
No hay nada aparte de ti que me interese en la Tierra.
Aparte del hecho de ver si realmente hay coches voladores. O teléfonos con imagen.
—Teléfonos con imagen sí que hay. —Rachel se sorbió los mocos y le temblaban los labios.
—No puedo aterrizar. Sea por el motivo que sea, esa nube me ha reconstruido por un motivo que desconocemos.
¿Soy un ser humano? No tengo ni idea. Pero en este estado soy probablemente un peligro para la Tierra.
Sea como sea, esa OSAP no me dejaría aterrizar.
La única posibilidad que me ofrece algo más de vida es viajar rumbo a Marte.
Una lágrima descendió por la mejilla de Rachel. Su padre estaba a un millón de kilómetros de distancia, pero estaba más cerca que nunca antes en los últimos cincuenta años. Tenía tantas ganas de conocerlo. ¡Tenía tantas preguntas que hacerle!
—Así están las cosas —dijo Richard.
Rachel tembló ante esa breve frase final. Sabía que era el principio del final. Y esta vez sería un final definitivo, sin tumbas ni lápidas fingidas y sin bulos periodísticos.
—Ha sido hermoso conocerte, Rachel, aunque haya sido un encuentro tan breve. Te estaré eternamente agradecido por ello.
—Cuídate mucho, papá —se forzó Rachel a decir.
—Lo haré. Cuídate tú también.
El altavoz crujió y dejó paso a un silencio infinito. Se acabó. Rachel apartó el micrófono, se inclinó sobre la mesa y escondió la cara entre sus brazos. Sintió una intensa oleada de duelo, alegría y rabia a la vez, como nunca antes.
Inesperadamente, el altavoz emitió un tono. Rachel alzó la mirada y se limpió las lágrimas de los ojos. Sonó un carraspeo y luego, como de la nada, se oyó de nuevo la voz de Richard.
—Querría quitarme de encima una cosa más —dijo con tono dudoso—.
Siempre quise tener un hijo. En mi imaginación me siento al anochecer en una habitación infantil con papel pintado de colores junto a una cama y le canto una nana.
Igual no sea adecuado decirlo ahora, ya que jamás habrá ocasión para algo así; pero tendré que improvisar algo al respecto.
Las últimas palabras sonaban como si Richard estuviera intentando controlarse mucho. Darse cuenta de las posibilidades perdidas, de los sueños incumplidos, de la vida que pasó de largo, parecían sacudirlo mucho.
¿Cómo debía sentirse? ¿Cómo se siente uno cuando se da cuenta de que el ansia de autorealización tiene un alto precio?
Richard había perdido de un instante al otro todo lo que quería y lo que intentaba retener.
Eran esas cosas que le recuerdan a uno que es un ser humano.
Ser querido, aunque las cosas no siempre fueran fáciles.
Y ahora ya no era más que un recuerdo. Un espíritu en el mejor de los sentidos.
Rachel se asustó, pues reconoció en sí ciertos paralelismos con la vida de su padre.
Entonces, Richard comenzó inesperadamente a cantar.
Sonaba extraño y terriblemente desafinado.
Tampoco era una nana lo que intentaba cantar con su ronca voz, sino «Country Road».
Lo más probable es que no conociera ninguna nana.
Pero igualmente hizo que a Rachel se le inundaran los ojos de lágrimas.
Fue lo más bonito que jamás había oído. Richard se detuvo tras el estribillo.
—Siempre que mires hacia las estrellas, allí estaré, por algún rincón. Suena algo patético, pero ¿qué más puedo decir? ¡Siéntete abrazada! Cambio … y corto.
El altavoz crujió de nuevo y luego quedó apagado. Rachel estaba segura de que esa había sido su última despedida.
Miró agotada a su alrededor. Shawn había estado esperando fuera. Eso era bueno, pues todo esto ya había sido suficientemente agotador para sus nervios. Por el rabillo del ojo percibió un tenue parpadeo en el despacho oscurecido. Se movió hacia allí con la silla para ver de qué se trataba.
Era el aparato grabador. Rachel casi había olvidado que había estado todo el tiempo grabando la conversación.
Cuando recuperó el valor, Rachel salió al exterior. Shawn estaba con una taza de café en la mano apoyado contra la pared del observatorio y pareció entenderlo todo en seguida. Bajó rápido al suelo el pie que apoyaba contra la pared.
—¿Qué te ha dicho? ¿Se detendrán?
Rachel notó cómo le regresaban las lágrimas, por lo que solo pudo mover la cabeza de un lado al otro como respuesta. Se recompuso, se tragó el nudo que notaba en la garganta y soltó un profundo suspiro.
—¿Quieres decir que siguen queriendo aterrizar aquí? —insistió Shawn.
—No —dijo Rachel controlándose al máximo—. Dan media vuelta. Van a Marte.
—¿Cómo dices? No lo dirás en serio.
—Sí, me temo que sí. ¿Qué van a hacer aquí? No habrían sido más que una atracción de feria. Una curiosidad. Como un tigre en el zoo al que admirar y compadecer al mismo tiempo.
—Hmm —dijo Shawn y tomó un trago de café—. Podrías tener razón en ello.
El viento arrastraba algunas hojas por el suelo del patio de entrada. Rachel se colocó junto a Shawn y buscó apoyarse con la espalda contra la pared del observatorio. Más allá de las peladas ramas brillaba el cielo azul oscuro del medio Oeste.
Sí, Rachel había perdido a su padre antes de haberlo conocido del todo. Siendo honesta consigo misma, nada había cambiado respecto a su situación anterior. Pero haber hablado personalmente con él era mucho más de lo que jamás hubiera pensado posible.
Shawn la miró con sus grandes ojos oscuros. El vasito en sus manos estaba ya casi vacío y ya solo un trozo de cartón abollado.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó.
—Pues … —pensó Rachel en voz alta— ¿Qué se hace cuando se está frente a una montaña de escombros? Seguramente pueda olvidarme ya de mi trabajo y es probable que acabe en prisión. Además, probablemente haya perdido también a mi única amiga de verdad, Susan.
—Ahora sí que estás siendo muy negativa, si me permites decirlo.
—¿Eso crees?
Rachel no necesitaba mirar a Shawn para saber que intentaba levantarle un poco el ánimo.
—Intenta verlo de forma más positiva —dijo—.
Piensa mejor en todo lo que tenemos. Están, por ejemplo, los viejos registros de los años setenta, tenemos los datos actuales del Chandra, la llamada del Urania y ahora la conversación con el comandante Kendall.
Es una impresionante colección de datos sobre el proyecto Urania que demuestra que el programa existió y que el gobierno no hizo nada para rescatar a la tripulación.
Rachel dudó.
—¿Crees que debería hacer público todo esto?
—¿Qué tienes que perder?
Shawn parecía creer, en su inquebrantable optimismo, que todo acabaría bien. Pero Rachel no estaba ni de lejos tan esperanzada. Si entregaba esas pruebas secretas a los medios, lo harían todo público. Y si había algo que odiaba de raíz, era la notoriedad.
Por otro lado, Rachel fastidiaría a gusto con esa acción a Harlowe. Apostaría cualquier cosa a que tendría que pasar informe a algún pez gordo del gobierno.
—Vale, me apunto —dijo Rachel decidida.
—¿Q … qué? —balbuceó Shawn.
—Ahora no me vengas con que no me acabas de empujar en esa dirección. Ya no puedes rajarte.
—No me rajo. Solo creí que necesitarías algo más de tiempo hasta que la decisión germinara en tu interior.
—Me he decidido —dijo Rachel y miró hacia el hermoso cielo otoñal—. Atrevámonos. Por el bien común.
Solo una semana más tarde, los principales canales de televisión y medios de Internet informaban sobre el antiguo programa espacial de los años setenta.
Sobre el hecho de la repentina reaparición, tras cinco decenios, de una nave perdida llamada Urania-1 con tres astronautas a bordo.
Sobre todos los años que el gobierno había mantenido el proyecto bajo llave.
Que la nave flotaba por ahí sin rumbo alguno por el espacio y actualmente emprendía rumbo a Marte.
Se supuso que la información desvelada procedía de una fuente desconocida de los círculos de viajes espaciales.
Las imágenes del telescopio de rayos X Chandra demostraron la existencia de ese objeto.
La información se reforzó con los viejos datos de 1978 y una grabación de audio de una llamada automática, cuya autenticidad fue confirmada por ingenieros de sonido.
En noviembre, Rachel abandonó por voluntad propia su cargo como directora del observatorio Chandra.
Entre Susan y ella reinó un triste silencio durante medio año antes de que se calmaran un poco las aguas entre ellas.
Ese mismo mes, Elliot se presentó ante Rachel con una oferta inusual.
Su colega Christina había presentado su dimisión de forma sorprendente y en el PARI buscaban con urgencia a un técnico en radioastronomía.
Ya en la primera llamada le declaró Rachel que un trabajo de ese tipo no sería nunca su primera elección, pero que tampoco estaría tan mal. Eso sí, con dos condiciones. Elliot debería dejar de fumar y debería demostrar que el Wendigo no existía en las montañas alrededor del PARI.