El Proyecto Urania El proyecto Urania #2
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El proyecto Urania #2

Pero si tenía que ser así, que así fuera.

Shawn llevó a Rachel en coche a la universidad.

Allí tenía cita con un puñado de personas del ámbito de la electrotecnia.

Ese sábado estaban allí igualmente por una presentación que iba a tener lugar.

Tras saludarle, Shawn y esa gente intercambiaron a saber qué comentarios sobre juegos de ordenador.

Al cabo de diez minutos, Rachel comenzó a perder la paciencia.

Los conocidos de Shawn eran amables y por suerte no preguntaron qué era lo que Rachel y él planeaban hacer.

Asintieron al ver la lista de materiales, sin parpadear siquiera.

Un jovencito llamado Jamie los acompañó al sótano, donde recogieron, entre otras cosas, muchos tubos de PVC, metros plegables, un dongle SDR para emisiones de alta frecuencia y un SSPA portátil como el de Green Bank.

Los planos de Elliot eran sorprendentemente fáciles de aplicar, como pudo constatar Rachel.

El tubo de PVC servía como mástil para la antena.

Debían cortarse a longitudes determinadas.

Rachel no supo al principio por qué, pero luego lo entendió.

Los elementos servían para dirigir la antena.

Con los cantos metálicos en el extremo de los metros plegables se transmitiría la señal. ¡Elliot era un genio!

Al cabo de dos horas, Rachel estaba en el tejado del observatorio Kirkwood, un edificio antiguo en el campus universitario y lugar de trabajo de Shawn, montando el trípode para fijar encima la antena.

Para orientarla hacia la nave con precisión, Elliot había confeccionado una lista con las posiciones exactas a intervalos de media hora.

Establecieron la comunicación una hora antes de que se pusiera el Sol. El corazón de Rachel iba tan rápido como el día en que defendió su tesis doctoral; y no solo por hacer algo ilegal con esa emisión de radio.

Mientras tanto, Shawn había bajado las persianas de su despacho en el observatorio y había preparado una mesa de mezclas con micrófono y altavoces. Ambos estaban sentados frente a la instalación. Rachel pulsó el botón para emitir.

—Urania-1. Respondan, por favor. Al habla Rachel Adams.

Todo aquél que pudiera estuchar esa transmisión notaría lo nerviosa que estaba.

Reinó el silencio. Durante un buen rato.

Contaron los segundos ... seis, siete, ocho.

Era el tiempo que tardaría la señal de radio de la Tierra a la nave y luego de regreso.

Al cabo de medio minuto sin respuesta, Rachel le hizo un gesto a Shawn.

—Entendido —dijo este—. Adapto la orientación paso a paso. Sigue probando hasta que te responda alguien.

Rachel sonrió ante esas instrucciones. Como si fuera lo más natural del mundo llamar por radio a alguien en el espacio que debería llevar años ya muerto.

Shawn salió y al cabo de unos minutos sonó el teléfono. Rachel lo descolgó.

Era Shawn.

—Vale, pruébalo ahora.

—Urania-1. Respondan, por favor. Al habla Rachel Adams.

Esta vez tampoco tuvieron respuesta. Repitieron el proceso doce veces más.

Rachel ya no creía que aquello sirviera para algo cuando tras el decimotercer intento llegó una señal con grandes interferencias al cabo de veinte segundos.

Activó de inmediato la función de grabación del viejo reproductor de minidisc, conectado a la mesa de mezclas.

—Aquí Urania-1. Podemos oíros claro y alto.

Rachel soltó por dentro un grito de victoria. ¡Funcionaba! Bueno, eso de «claro y alto» era algo que para ambas partes seguramente fuera distinto y más cercano a la calidad de sonido similar a la de una radio de camping con mala recepción.

Ahora le tocaba a Rachel.

—Urania-1. Envío desde una emisora no oficial. Por favor, desactiven el control a distancia de su mando de vuelo; si no, intentarán asumir el control de la nave para hacerles caer de forma controlada.

El mensaje voló a la velocidad casi de la luz por el vacío y Rachel aguantó la respiración.

En ese momento entró Shawn, que cerró la puerta detrás de si.

Su mirada revelaba que quería saber si todo funcionaba.

Rachel formó un círculo con índice y pulgar y Shawn parecía como si fuera a decir «megaguais». La radio crujió.

—Aquí Richard Kendall, comandante de la Urania-1.

Silencio. Todos parecían contener la respiración.

—Hemos recibido su advertencia. Muchas gracias por ello, aunque desconocemos los motivos. El control a distancia de la nave ha sido desactivado.

La voz se cortó. Shawn levantó un pulgar. La conexión seguía activa.

—¿Puede identificarse ... de alguna forma? Entenderá que yo … —Rachel no quería hacer esa pregunta, pero no le quedaba otra. ¿Respondería tras el tiempo de retardo de la señal?

—La Urania-1 estaba de camino a Marte por encargo de la DARPA. Pretendíamos aterrizar en el planeta rojo. Urania era la hija de Apollo. Americanos como primeros humanos en la luna y en Marte, ese era el objetivo. Pero solo querían darlo a conocer al público una vez conseguido.

Rachel asintió. Eso coincidía con lo que ya sabía.

—Pero hubo un incidente. Falló una turbobomba y al repararla se produjo la explosión de la nave entera.

—Pero hay algo que no entiendo —dijo Rachel—. ¿Cómo es que siguen con vida?

Se mordía las uñas como de pequeña, porque la respuesta parecía tomarse mucho tiempo.

—Nosotros tampoco lo entendemos del todo.

Nos hemos encontrado con un fenómeno que llamamos, a modo descriptivo, la nube.

Igual se trata de una forma de vida extraterrestre.

Nos ha recompuesto la nave y a nosotros mismos y nos ha dejado cerca de la Tierra.

No sabemos cuánto ha tardado en hacerlo.

Seguramente tenga un concepto del tiempo distinto.

Eso era realmente fascinante. Ahora entendía por qué Harlowe tenía tanto miedo. Las cosas que los seres humanos no entienden, causan pavor. Las cosas que los seres humanos no controlan, causan pavor. Pero quería saber algo más. Tenía que preguntarlo.

Rachel se armó de todo el valor que pudo. Cerró los ojos y respiró hondamente. Pero cuando abrió de nuevo los ojos, no se sintió preparada para hablar. Algo la molestaba aún.

—¿Shawn? —dijo en voz baja—. ¿Puedes salir un momento? No es nada contra ti, solo que ...

—Entiendo —dijo el astrofísico.

Una vez fuera de la habitación, Rachel se sentó bien recta ante el micrófono y activó el botón para hablar.

—Richard, debo comunicarle una cosa. Cuando despegó usted al espacio, su mujer Shania estaba embarazada … —Rachel sintió un escalofrío al decir eso. ¿Debía revelárselo?— Un par de meses después trajo al mundo una hija.

Tembló y calló. Pasaron segundos, como si fluyera miel a través de un reloj de arena.

—¿Rachel Adams? —dijo Richard con voz notoriamente afectada—. Soy consciente de ese hecho, ¿por qué me lo cuenta?

Rachel apretó los labios y reprimió las lágrimas. Pulsó casi en contra de su voluntad el botón del micrófono.

—Su hija … tu hija … soy yo.

Soltó el botón de golpe y sollozó. Al mismo tiempo cerró los puños con fuerza.

¡Joder, Rachel, recomponte!

Se limpió las lágrimas con la manga de la blusa. Luego se la enderezó un poco como si su padre la pudiera ver.

Tras una pausa que pareció una eternidad, llegó la respuesta.

—Mi hija … ¿es usted?, quiero decir, ¿eres tú? ¡Espero que no sea una broma de mal gusto!

—¡No! ¡Por Dios, no! Puedo demostrarlo. He visto las viejas películas Super-8, todas. La excursión a Long Island en 1976, Acción de Gracias del 77, donde hiciste que mamá casi cayera en un riachuelo, por lo que te llamó a menudo gilipollas ...

—Oh, Dios mío, lo recuerdo —respondió—. Pareces decir la verdad. Todo esto es muy surrealista.

—Lo es, sin duda ——dijo Rachel a su padre—. Sobre todo porque seguramente sea ahora mayor que tú.

Tras muchos segundos oyó Rachel la risa del comandante.

—Bueno, al menos te tomas el asunto con humor. Me gusta. ¿Qué hay de Shania?

Rachel tragó. Un remolido de emociones se le disparó trayendo recuerdos del entierro de su madre desde lo más hondo de su alma. Y cuando al cabo de un minuto entero no hubo respondido a la pregunta de Richard, fue este quien contestó.

—Entiendo … habría sido también un milagro que tras tantos años ...

—Creyó que habías muerto —dijo Rachel con voz entrecortada—. Todo el mundo creyó que habíais muerto. Hay tumbas ...

—¿Y por qué no? Es algo de lo más raro. No tanto que haya estado como cincuenta años lejos, sino más bien como si mirara al futuro a través de una ventana.

—Procuraré que puedas regresar a la Tierra —prometió Rachel.

—No —replicó Richard.

—¿Qué quieres decir con ese no? No puedes quedarte el resto de tu vida en el espacio.

Pasaron segundos antes de la respuesta.

—Lo sé, y es algo muy difícil de entender.

Toda esta circunstancia que ha hecho que mis amigos y yo sobreviviéramos …

Pero la cuestión es esta. Ya no somos lo que éramos.

Esa nube nos ha transformado en algo nuevo.

Mirándolo bien, probablemente no sea yo nada más que el recuerdo materializado de mi conciencia.

Y además, también, una composición en espejo ...

—Volverás a la Tierra —le interrumpió Rachel casi a gritos.

—No —respondió Richard decidido—. En el momento en que me metí en el cohete, sabía que seguramente no regresaría nunca. No quería ser nada más que el primer hombre en Marte.

—Entonces es verdad lo que mamá contaba de ti. Que tu trabajo era más importante que tu familia.

—¡Por Dios, Rachel! Aún puedo oír a tu madre cómo se quejaba y protestaba por ello.

En eso era … insuperable. Y no, mi trabajo no lo supone todo para mí.

—Su voz sonó de repente triste y vulnerable—.

Hace solo un par de días, para mí, que sé que tengo una hija.

¿Y ahora qué? Ahora hablo con mi hija ya mayor y ni siquiera sé lo que tengo que creer.

Por mucho que quisiera hacerlo, no puedo volver a la Tierra.

No tengo ni idea de qué soy. Al menos ya no un ser humano de verdad.

La nube nos advirtió. Sería demasiado peligroso.