El Proyecto Urania Uplink #4
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Uplink #4

—Urania-1, Rachel Adams al habla. —La voz le temblaba—. Hoy es el 29 de octubre de 2032. Contacten con la NASA. La OSAP planea hacer caer su nave de forma controlada para destruirla. Convénzanles para que lo impidan.

Octavia levantó su mano temblorosa, lista para hacerla caer como una guillotina y finalizar así la conversación. Pero Rachel aún no había acabado.

—¡Rachel, no nos queda tiempo! —gritó Elliot.

Eso ya lo sabía. Ya se podía oír a lo lejos el ruido de puertas cerrándose en la sala de control.

¡El servicio de seguridad!

Rachel tenía que decírselo. Era quizás su única oportunidad. Una oportunidad que jamás creyó posible.

—Capitán Richard Kendall —dijo con voz afónica—, tengo un mensaje de su familia. Su hija ...

Octavia dejó caer la mano. La grabación finalizó.

Rachel estaba a punto de llorar.

—Maldita sea, ¿por qué ha hecho eso?

—¡Deben desaparecer de aquí! —gritó Octavia—. ¡Ahora! No les queda ni un minuto de tiempo. Escóndanse en el cuarto de las escobas. Tercera puerta a la derecha.

Elliot se llevó las manos a su melena gris.

—¿Y luego qué?

—Rezáis porque no os descubran —le respondió Octavia muy seca.

—¿Y qué harás tú?

—Eso déjamelo a mí.

Rachel miró durante un segundo los monitores que parpadeaban en rojo, soltó el micrófono que cayó con un ruido seco al suelo de linóleo y salió corriendo tras Shawn y Elliot, que ya habían salido de la habitación.

Shawn mantenía abierta la puerta del cuarto de limpieza.

Al final del pasillo, donde estaba la escalera, se veían ya las luces de dos linternas muy nerviosas.

Tras ellas se percibían pisadas aceleradas. ¡Estarían allí en pocos segundos!

Rachel se metió con rapidez en ese estrecho cubículo que apestaba a productos de limpieza.

El lugar era más estrecho de lo que ya temía.

Tuvo que apretarse de nuevo contra el cuerpo de Elliot.

Shawn cerró la puerta y apretó aún más a Rachel contra Elliot.

Dos personas pasaron de largo el cuartucho y poco después se oyó la voz rasposa de Octavia.

—No tengo ni idea, chicos —dijo—. Todo parece apuntar a una respuesta incorrecta del telescopio. No creo que sea nada de lo que preocuparse. Mañana lo aclararé con la dirección.

En el cubículo de limpieza reinaba una total oscuridad y Rachel tenía que procurar que nada cayera al suelo.

Por otro lado, estaban tan apretujados, que ni la escoba, los productos o el aspirador podrían alcanzar el suelo.

Se esforzó por oír lo que pasaba fuera. Uno de los seguratas decía algo que Rachel no pudo entender.

Octavia sí que hablaba con claridad y en tono alto, como si quisiera que la pudieran oír.

—Sí, en serio, solo una tontería —decía—. Pero os puedo explicar brevemente el problema. Entrad y cerrad la puerta, así no nos molestará nadie.

Les llegó el ruido de una puerta cerrándose cerca. Transcurrieron algunos segundos sin que pasara nada. Rachel clavó inquieta el codo en los riñones de Shawn. El astrofísico entendió en seguida lo que quería, pues abrió lentamente la puerta.

—Nadie a la vista —dijo—. Octavia los tiene consigo en la sala de control.

—No creo que aguanten allí más de tres minutos —dijo Elliot—. Los conozco.

—¡Pues salgamos! —susurró Shawn.

Salieron uno tras otro al pasillo y Elliot, el último, procuró que nada de los estantes en el cubículo cayera ruidosamente al suelo.

Justo antes de llegar a la escalera, Rachel se aseguró de que nadie los veía.

Alcanzaron rápidos la planta baja y salieron.

Caminaron por la Observatory Road en la oscuridad hasta alcanzar la carretera.

Desde allí solo tenían unos minutos para llegar a sus coches.

Dentro de Rachel se había desencadenado una auténtica tormenta de sentimientos. No podía explicarse, por mucho que lo intentara, cómo era posible que hubiera hablado con su padre. ¡Incluso había transmitido su nombre! ¿Qué probabilidades había de que ocurriera eso?

—¡Estamos de mierda hasta más allá del cuello! —se quejaba Shawn.

Elliot se había quedado ya sin aliento.

—Normalmente .... diría que … podrías expresarte con otras palabras … pero sí, … ¡Tienes razón!

—Rachel, ¿tienes claro ya que Harlowe descubrirá desde dónde has enviado el mensaje?

—¡Eso no lo sabes! —respondió Rachel enfadada.

Sabía perfectamente que el director de la OSAP podría detectar cualquier conexión.

Se paró de repente. El viento otoñal soplaba frío por su cara.

A lo lejos se elevaba el gran radiotelescopio de entre las sombras, iluminado por cientos de luces, que lo hacían parecer un objeto gigantesco en la oscuridad del universo.

Shawn tenía razón. Y si Rachel era honesta consigo misma, debería haber incluido antes las consecuencias de sus actos en sus planes. Ahora estaba allí, en medio de ningún lugar. y había hecho algo que con total seguridad le costaría su trabajo.

—¿Qué pasa, Rachel? —preguntó Shawn—. ¿En qué estás pensando?

Dio un paso precavido en dirección al telescopio. ¿Valió la pena? Se vio atrapada por una terrible pesadumbre y una gran oscuridad.

—No puedo volver a Harvard —dijo entonces, con voz tan baja que los otros apenas pudieron oírla.