Uplink #2
En el aparcamiento había dos autobuses de viajes organizados y algunos coches.
Rachel vio a pequeños grupos de gente en la entrada al centro de visitas.
Algunas personas se hacían selfis con sus móviles, o fotografiaban el edificio y todo lo que cayera frente a su lente.
Parecía que faltaba bien poco para la hora de cerrar.
El Sol desaparecía en ese momento tras las cumbres arboladas.
El gigantesco esqueleto metálico blanco del telescopio se recortaba a contraluz.
Rachel podía verlo a través de un hueco verde despejado entre los árboles.
Seguramente los habían talado para que los turistas pudieran ver cómodamente la atracción principal desde la cafetería del centro de visitas.
Era una obra impresionante, que daba incluso hasta algo de miedo.
Al contrario que el Chandra, el GBT estaba aquí abajo, en la Tierra.
¡Podía verse, tocarse, oírse y olerse! En resumen, era totalmente lo contrario del telescopio de rayos X de Rachel, que giraba alrededor de la Tierra en una órbita elíptica.
El Laboratorio Jansky estaba justo al lado del centro de visitas y era una construcción típica de los años cincuenta.
Rachel pudo ver entonces a una persona en el camino.
Era una mujer delgada que caminada a pasos rápidos e inseguros hacia ellos.
Elliot aceleró la marcha, como si quisiera alcanzarla antes de que cayera al suelo.
—¡Octavia! —gritó en un tono de forzada amabilidad.
—¡Bah, déjate de tonterías! —respondió la mujer con voz afónica—. Esto que me haces es pura extorsión. ¡Podría acabar en la cárcel por esto!
La mujer se detuvo y miró a Rachel y a Shawn con cara de pocos amigos.
Tendría algunos años menos que Rachel, aunque parecía haber tenido una vida bastante más turbulenta que la suya.
A pesar de estar oscureciendo, Rachel pudo ver grandes arrugas alrededor de su boca y su frente.
El cabello anudado en una tensa coleta tampoco ayudaba mucho a corregir eso.
—¿Y estos quiénes son? —preguntó con aspereza.
—Es la gente de la que te hablé —explicó Elliot—. Os presento a Octavia Johnson, operadora del GBT.
Estaba nervioso. Sus dedos toqueteaban el bolsillo del pecho de su chaqueta hasta sacar un paquete de cigarrillos. La mirada de Octavia seguía clavada en ellos.
—Ah, sí—dijo Elliot—. Son la doctora Rachel Adams, directora del observatorio Chandra y el doctor … hmmm ...
—Shawn Whitfield, astrofísico en Bloomington, Indiana —lo salvó Shawn.
Octavia miró a Rachel y frunció la nariz.
—Creo que ya había visto esa cara una vez.
¡Seguro que sí! Rachel publicaba artículos con regularidad y con cada nuevo descubrimiento del Chandra publicaban también su foto de prensa.
La situación parecía superar a Elliot, por lo que Rachel tomó la iniciativa.
—Señora Johnson, le agradezco muchísimo que nos ayude en este asunto. En caso de que esto llegara a los tribunales, asumiré la total responsabilidad.
—¡Bah! —dijo Octavia—. No es usted quien manejará ese trasto. Pero no me queda otra alternativa, ¿no es así?
Rachel decidió no ahondar más en ese tema.
Que Octavia le debiera favores a Elliot era información suficiente.
Hasta qué punto exactamente y qué es lo que había pasado entre esos dos, era algo que prefería no saber.
Aquí se trataba solo de que esa operadora les ayudara a establecer comunicación con la nave.
—Siempre hay alternativas —dijo Rachel—. En serio, si no quiere hacer esto, puede dar media vuelta.
Los oscuros ojos de Octavia perforaron la autoconfianza de Rachel. Por un instante pareció a punto de aceptar la oferta de Rachel, pero reaccionó con rapidez.
—Mi telescopio, mis reglas. ¡Acompáñenme!
De camino al edificio, Octavia explicó que ya había realizado la mayoría de los pasos previos. Mencionó repetidamente cómo había enviado fuera durante horas al personal del centro y lo había distraído para que nadie se enterara de lo que hacía.
Estuvo dos horas al teléfono con Elliot mientras este conducía en dirección al Green Bank y pudieron acabar las modificaciones principales a tiempo, justo antes de entrar en la zona de prohibición de radio.
Pues el telescopio de Green Bank no estaba conectado al Deep Space Network, como bien había observado Susan.
Pero tras una conversación telefónica nocturna con Elliot, Rachel sabía que el GBT podría servir como estación DSN con pequeños ajustes.
Y eso que nadie lo había probado o se había atrevido jamás a hacerlo.
Susan también tenía razón en ello: un enlace ascendente no permitido, desde cualquier puerto del DSN, se consideraba delito.
Octavia Johnson sacó a Rachel de su ensimismamiento.
—No se imagina lo complicado que ha sido instalar un SSPA de banda S.
—¿Por qué? —preguntó Rachel—. Los Solid State Power Amplifiers son dispositivos bastante pequeños. ¿O me equivoco?
Elliot sonrió.
—Sí, pero ella habla de un aparato portátil. Esos tienen una potencia de quinientos vatios y pesan una monstruosidad.
—Y antes de que me lo pregunte —añadió Octavia con mirada más que seria—, sí, tenemos de eso aquí. Disponemos de nuestro propio laboratorio.
Rachel no preguntó. El nombre de Laboratorio Jansky tampoco era porque sí. Y con más de cien empleados, el Green Bank no era un tallercito de trastienda, aunque al principio se operara e investigara desde viejas granjas. Y necesitaban un amplificador de banda S si querían controlar la nave.
La sala de control del GBT estaba en la primera planta del laboratorio Jansky.
Donde durante el día reinaba el ajetreo de innumerables científicos, ahora, en el crepúsculo del atardecer, se respiraba la lúgubre falta de vida de un complejo de oficinas y laboratorios.
Olía a moqueta pisada y café. Al final del pasillo pasó una sola persona de un lado al otro.
Desapareció con rapidez en uno de los despachos.
—El personal de seguridad está ocupado cerrando ahora el centro de visitas —dijo Octavia en voz baja—. Son dos personas. Estarán allí hasta las siete y media antes de hacer la ronda por aquí. Lo mejor será que no os vean entonces por aquí los de seguridad.
—¿Y qué hay de tus colegas? —preguntó Elliot.
No era una pregunta injustificada. El GBT no se controlaba solo. Incluso en el turno de noche había de dos a cuatro personas, según el tipo de observaciones que se realizaran.
—Lance recupera hoy sus horas extra, ¡el suertudo ese!
—¡Menuda suerte tenemos! —comentó Shawn.
Octavia le lanzó una mirada elocuente.
—Y los otros dos no se nos cruzarán en el camino. Al menos no sin avisarnos antes. Uno comprueba los paquetes de datos y el otro se ocupa hoy de un procesamiento digital de señales.
Al menos eso había que reconocérselo a Octavia Johnson: parecía tener un plan y un cierto talento organizativo para este tipo de cosas. La deuda con Elliot debía ser considerable. Pero por otro lado, su trabajo seguramente la exigiría también un alto nivel de organización.
Por suerte, la sala de control contaba con calefacción.
Era bastante menos espectacular que el OCC en Burlington, pero bastante más técnico que el del PARI.
No había ni una sola ventana y desde los puestos de trabajo solo se veían grandes superficies con paneles de instrumentos.
Rachel oyó el ronroneo de los ventiladores y el pitido de los emisores de señales.
Unas dos docenas de monitores con diagramas, mapas climatológicos y mensajes de estado mantenían la sala bajo una luz fría.
—Buscaos un lugar donde queráis sentaros —dijo Octavia sin ganas—.
Doctora Adams, he introducido en el ordenador los datos que me envió.
Desplazamiento e índice doppler están calculados para la velocidad relativa indicada.
Que no le sorprenda que con un kilómetro por segundo solo tengamos unos pocos kilohercios de desplazamiento en la banda S.
Ahora mismo está en marcha la comprobación de parches y seguridad.
—¿Quieres decir que el mando manual ya está funcionando? —preguntó Elliot.
—Sip —respondió Octavia—. También he comprobado que no nos metamos sin querer en una sesión actual del DSN.
En el monitor de Octavia apareció una pantalla para inicio de sesión. La operadora introdujo su ID y su contraseña e introdujo algunos parámetros en el software que apareció en pantalla.
—Antes de que me lo preguntéis: no, no he iniciado sesión con mis datos personales. Utilizo un viejo acceso de mantenimiento. Ahora autorizaré la potencia de emisión. Tardará un cuarto de hora, más o menos. Si alguien necesita hacer pis, este sería un buen momento.
Nadie tenía que hacer nada y Rachel sabía que Octavia solo había hecho un chiste malo.
Seguramente estaba menos tranquila de lo que quería aparentar.
Los dedos de la operadora temblaban y tenía el labio superior perlado de sudor.
Rachel tuvo mala conciencia al darse cuenta de la cantidad de gente que estaba implicando en este asunto.
Al cabo de unos minutos, Octavia hizo el gesto conforme la instalación estaba lista.
—Okey —dijo Rachel—. Empecemos.
—¿Quieres decir que vas a controlar la nave a través de los canales de banda S? —preguntó Shawn—. ¿Puedes con eso activar los motores? Quiero decir, hacer que la nave frene su viaje hacia la Tierra.
Tanto Rachel como Octavia sacudieron la cabeza.
—No funciona así —dijo Rachel—. Ya que partimos del hecho de que es una nave tripulada, debemos proceder de otra forma.
Primero enviaremos un mensaje de voz, no codificado.
Si es realmente una nave vieja, no dominará nuestras codificaciones actuales.
Aunque ya no haya nadie vivo a bordo, deberíamos proceder según el protocolo.
Es decir, que haremos confirmación de telemetría y, solo si nadie responde, algo que damos por hecho, intentaremos acceder al mando.
Octavia Johnson le pasó a Rachel un micrófono antiguado de plástico verde oscuro.
—El escenario es todo suyo, doctora Adams.