Uplink
Uplink
Tan pronto Rachel tomó su decisión, los sucesos se precipitaron. Herbert se había desentendido del asunto y se había marchado a casa. Pero Shawn se había quedado. Elaboró un plan con Rachel que ya tenía dimensiones de locura.
Justo cuando discutían los detalles, sonó el teléfono.
Era Susan, que se empeñó en que Rachel saliera de inmediato afuera.
Ya era de noche y el penetrante aguacero sobre Medford se había convertido en una asquerosa llovizna.
Rachel se puso la chaqueta y salió de casa.
No vio a Susan por ningún lado. A medio camino de la calle llegó un coche que frenó frente al buzón, haciendo chirriar los neumáticos.
Ni un segundo después de detenerse saltó Susan al exterior y lanzó a Rachel una mirada venenosa.
—¡No me lo puedo creer, Rachel! Y soy yo quien tiene que decírtelo: ¡Déjalo ya!
—¿No quieres entrar?
—¡No, solo he venido hasta aquí para decirte que estás yendo demasiado lejos en este asunto! Asumir el control de una nave posiblemente secreta es ilegal. Acabarás por ello en una prisión federal, tenlo por seguro.
—¿Te lo ha contado Farrah?
—No te importa una mierda. —Susan golpeó su abrigo con los puños—. En serio, ya es suficientemente arriesgado que Harlowe planifique un enlace ascendente. Puedo pasarte un par de informes sobre estudios y casos probados en los que algo así acabó fatal.
Rachel se cruzó de brazos. Las finas gotitas aterrizaban frías sobre su cara.
—Soy plenamente consciente del riesgo —dijo—. Y que pongo en riesgo mi trabajo en el instituto. Pero si puedo hacer que la gente a bordo sea visible y su misión salga a la luz, para mí vale la pena.
—¡Eso es absurdo! —chilló Susan—. Reconócelo: ¡Lo haces por tu padre!
Rachel quedó desconcertada.
—¿Ah sí? ¿Crees que estoy haciendo todo esto solo porque creo que mi padre está a bordo? Quizás sí. Pero además de ello también tengo una cosa que se llama brújula moral.
—¿Y si todo esto no son más que imaginaciones tuyas?
—preguntó Susan—. ¿No estarás exagerando todo esto demasiado?
Igual crees que tu padre está ahí arriba porque nunca llegaste a procesar su muerte.
Lo siento mucho, pero esta vez no puedo ni quiero ayudarte en esto.
Todo este asunto atenta contra tantas leyes …
Y además, no eres mejor que Harlowe si realizas tu propio enlace ascendente.
¡Si ni siquiera tienes la posibilidad de conseguir algo así! .
—Green Bank —dijo Rachel de inmediato.
Si Susan tuviera café en la boca, seguramente lo habría escupido de inmediato. Rio espantada a la vez que se le desfiguraba la cara.
—Ya sabes que para un enlace ascendente ilegal necesitas una emisora conectada al Deep Space Network, ¿verdad?
—Claro, Susan. Pero también coincidirás conmigo en que en este caso lo mejor es utilizar una emisora no conectada al DSN y modificarla.
Las dos mujeres se quedaron mirándose en silencio unos segundos. Rachel temblaba; pero no de frío, sino por la certeza de que aquella persona, que hasta ahora la había apoyado en todas sus actividades en el instituto, ya no estaba de su lado.
¿Tanto se habían alejado una de la otra en los últimos días? ¿O era Rachel, la que por esa supuesta nave y supuesta voz de su padre estaba actuando de forma irracional? No, no quería reconocer eso. No debía creerlo, pues en ese caso habría ganado Harlowe.
Susan se apartó de la mirada de Rachel. Era evidente que lamentaba todo este asunto.
Al mismo tiempo, su postura corporal revelaba lo decepcionada que estaba ante el propósito de Rachel.
Rachel tenía que aceptar haber emprendido un camino que debería recorrer sola.
Al menos sin Susan. Y ese era un duro golpe para ella.
Durante todos esos años, esa pelirroja tan segura de sí misma había sido un ancla para Rachel; alguien que había estado junto a ella sin límites y que la había ayudado siempre. Era un golpe muy duro que ya no pudiera contar con ella. Pero así era la vida.
—Green Bank … No me lo puedo creer —dijo Susan en voz baja y sin mirarla—. Claro que harás lo que tienes que hacer. Ha estado bien trabajar contigo.
—Ahora no digas eso. Me entristece mucho.
—¿Sí?
Susan miró a Rachel a la cara. ¿Eran lágrimas lo que bajaba por sus mejillas? Con esa poca luz era difícil saberlo. Bien podría ser la misma lluvia.
—Sí —recalcó Rachel con voz firme—. No voy a dejarme amedrentar por Harlowe. Y encontraré la posibilidad de controlar esa nave. Y luego seguiré trabajando en el instituto.
—Eso no te lo crees ni tú. ¿Sabes lo ridículamente grande que es el telescopio Green Bank? No puedes orientar ese monstruo así como así hacia tu nave y esperar poder asumir su control. ¿Cómo piensas lograrlo?
—No tengo ni idea, pero te aseguro que se me ocurrirá algo.
29 de octubre de 2032 – 18:15 h. Arbovale, Virginia occidental.
Solo pocos minutos después de que el Sol desapareciera tras las montañas, Rachel aparcó su Ford Taunus en el aparcamiento del servicio municipal de grúa.
Ojalá nadie se diera cuenta. Esa zona estaba poco poblada y alrededor de esas instalaciones había solo prados húmedos.
Sobre la hierba segada a conciencia se había formado ya una neblina verpertina.
Shawn bostezó y se estiró cuando Rachel apagó el motor del coche.
Estaba contenta de que su viejo Ford hubiera logrado recorrer los casi novecientos kilómetros desde Medford hasta aquí sin morirse en medio del otoñal paisaje desértico de los Apalaches. Parecía que la reparación había valido la pena.
—¿Es realmente necesario aparcar aquí? —preguntó Shawn—. ¿Por qué no en el centro de visitas?
—Más vale ir por la vía segura —dijo Rachel—. Además, podrás recorrer los pocos cientos de metros desde aquí hasta el centro de control a pie sin que te mueras; seguro que hasta te sienta bien. Sobre todo tras doce horas de viaje en coche.
Un segundo coche entró en el aparcamiento. Antes de detenerse del todo apagó los faros. Rachel reconoció a la persona sentada tras el volante.
—Ajá, hemos sido igual de rápidos —se alegró.
Shawn llevó al mano al cierre de la puerta, pero Rachel lo retuvo.
—Tu móvil —dijo—. ¿Lo has apagado?
—Ostras, jolines —dijo Shawn—. Suerte que me lo recuerdas. Olvidé que estamos en la zona de silencio nacional de radio.
Rachel sonrió. Un olvido así solo pueden tenerlo científicos de pura cepa.
Y eso que Shawn contó hasta cuatro camiones patrulla durante el viaje.
Esos vehículos transformados escaneaban la existencia de instalaciones de radio ilegalmente creadas en la zona.
La National Radio Quiet Zone, es decir la zona de silencio nacional de radio, era un área de treinta y cuatro mil metros cuadrados en medio de los idílicos bosques montañosos de Virginia occidental.
Aquí, el uso de emisoras de radio estaba muy limitado para que las instalaciones de emisión de alta frecuencia tuvieran un entorno lo más limpio y sin interferencias posible.
Shawn apagó su móvil y se bajó del coche.
Cuando Rachel lo siguió, lo primero que notó fue el frío.
Hacía solo mes y medio que podía uno pasearse por aquí en camiseta de manga corta.
¿Y ahora qué? ¡En solo un par de meses sería Navidad!
Con esa idea en la cabeza se encontró con la mirada huraña de Elliot.
Se había plantado frente a su coche como un sheriff de pueblo, con las manos en las caderas y la cabeza inclinada hacia atrás.
—¿Por qué demonios me estoy haciendo esto? —preguntó el hombre—. Recorro seiscientos kilómetros desde el PARI hasta aquí arriba para ayudarte a establecer un enlace ascendente.
—Lo haces porque no tienes un radiotelescopio capaz de hacerlo. Y lo haces porque conoces las instalaciones mejor que cualquier otra persona de mi círculo de amistades.
—¡Oh, vaya, cuento entre tus amigos! ¡Pues ya me siento mucho más halagado! Pero, no, espera, ¡me has chantajeado!
—No empieces otra vez con eso, Elliot —dijo Rachel de los nervios.
—¿Queréis que me aparte un poco? —preguntó Shawn inseguro.
—¡No! —gritaron Rachel y Elliot a la vez.
Ambos se miraron irritados. Por Dios, igual debería Rachel haber dejado correr todo este asunto.
—Lamento que tras todos estos años sigas dolido conmigo —dijo Rachel—. ¡Pero ese no es mi problema! Además, te estoy muy agradecida por hacer esto posible y haber pedido ayuda a tu vieja colega del Green Bank.
Elliot miró al suelo con cara de pocos amigos y dio una patada a una piedra que rodó por el polvo.
—No se puede decir que se lo haya pedido, precisamente … —murmuró.
—¿La has chantajeado? —preguntó Rachel divertida.
—¡Muy graciosa! Octavia me debe aún algún favor y desde hace ya mucho tiempo. No ha sido demasiado difícil convencerla para que nos ayude.
—Octavia ...
—No es lo que piensas —se defendió Elliot.
—¡Por favor! Somos gente adulta. Haz lo que no puedas evitar hacer.
El edificio del Observatorio Green Bank estaba kilómetro y medio más allá, a lo largo de la carretera.
Tras el largo viaje en coche sentaba bien poder caminar un trecho, aunque el frío húmedo se metiera por la nuca y el vaho al respirar bailara frente a la nariz.
Rachel, Shawn y Elliot salieron de la carretera y se metieron en la Observatory Road, donde dejaron el moderno edificio del centro de visitas a su izquierda.
Su objetivo era el así llamado Laboratorio Jansky, bautizado así en honor al físico y radioingeniero Karl Jansky.
Allí estaba la sala de control de todos los radiotelescopios de la instalación, incluido el monstruoso telescopio Robert-C-Byrd-Green-Bank, abreviado a GBT. Con un diámetro de espejo de cien metros y diez de altura, era el radiotelescopio móvil más grande del mundo.