La oferta
La oferta
Al revés. ¿Cómo era eso posible? Richard se sentía totalmente correcto. ¿Cómo podía un error tan minúsculo suponer consecuencias tan graves?
—No te lo reprocho —dijo Juan—. La nube lo lamenta muchísimo.
—¿Y no te ha dicho nada más? —George llevaba todo el día bastante irritado. Parecía estar molesto por ser el único al que la nube no le había dicho nada aún.
—Dijo ...
Richard se sorprendió. Juan no había contado nada más, ni siquiera en privado entre ellos dos.
—¿Dijo qué? —insistió George.
—Una oferta, sí. Nos hace una oferta.
—¿De qué tipo?
—Lo mismo que ya hizo una vez; dice que podría repetirlo. Pero colocando entonces todo correctamente.
—Lo mismo —dijo George, y Richard entendió de inmediato lo que quería expresar con eso. No, lo mismo desde luego que no. No quería volver a verse disuelto en todos sus átomos. Algún día se enfrentaría de nuevo a la muerte, pero eso sería al cabo de unos cuantos años.
Igual podrían negociar entonces de nuevo. Sonrió.
Algo zumbaba en el mando. Juan se puso de inmediato en pie y voló hasta el techo. —¡Es una señal de radio! —gritó.
Richard se acercó también a la consola. El indicador de frecuencia estaba en 2400. Juan puso la mano sobre el selector de frecuencias.
—¡Que a nadie se le ocurra cambiar la frecuencia! —gritó Richard.
—No, tampoco iba a ...
—Urania-1. Respondan, por favor. Al habla Rachel Adams. Emito desde una estación en suelo americano ...
¿Su hija? ¿Qué pasaba con su hija? Pero la conexión no continuó.
—¡Es una chica! —Richard giraba el selector de frecuencias. Solo ruido blanco en todos los canales.
—¿Habéis oído eso? Estamos a 29 de octubre de 2032 —dijo George—. ¡Dos mil treinta y nueve! ¡Estamos en el puto futuro! ¡Coches voladores! ¡Mochilas cohete! ¡Robots domésticos que hablan contigo!
—Un futuro genial en el que querrán matarnos —dijo Juan.
—¿Es que creéis a esa mujer desconocida? —George parecía muy consternado—. No parece hablar en nombre de la NASA.
—Es una chica —dijo Richard. La voz de la mujer en la transmisión le resultaba conocida. Shania, pero eso era imposible. 2032. Shania ya no estaría viva. La mujer dijo llamarse Rachel Adams.
—¿Chica? Tu hija debe tener ahora cincuenta años —dijo Juan.
Tenía razón. Su hija era biológicamente mayor que él.
Habían saltado algo más de cincuenta años en el futuro.
Se tuvo que abrir camino en la vida sin él durante la primera mitad de su vida, y él tenía la culpa de ello.
Pero aun así, ahí estaba esa sensación de tener que protegerla.
¿No era eso casi indecente? ¿Tenía el más mínimo derecho de presentarse ante ella?
Se había largado, había abandonado a su madre.
No tenía ni de lejos derecho alguno a ser padre.
—Deberíamos atenernos al consejo de Adams —dijo—. La Tierra no nos quiere. Nadie nos está esperando ahí abajo, pues representamos un grave peligro.
—¡Pero coches voladores! —dijo George.
—¡Oye, que es el 2032! Cincuenta años tras nuestro despegue.
Seguro que ya han acabado con todas las enfermedades.
Te has quedado en el paro —replicó Juan—.
¿O crees acaso que enviarán a un octogenario otra vez al espacio sin tener ni idea de la tecnología actual? Nos meterán en una instalación cerrada.
—Siempre he querido conducir un coche volador. Es algo que llevo pensando desde que era niño.
—No posees ningún implante cerebral. Estoy seguro de que necesitarías uno.
—Pues que me lo implanten.
Richard suspiró. Le habría gustado participar en esa charla insulsa, pero no eran realistas. No podían poner el pie en la Tierra, pues igual acababan con la humanidad entera. La nube les había dejado muy clara su advertencia.
—Oye, ¿crees que ya habrán llegado a Marte?
—¿En 2032? ¡Claro, seguro! —dijo Juan—. Calculo que a más tardar en los noventa.
—Pero tiene el mismo aspecto de siempre —Richard lo había observado desde el telescopio durante la noche. No había signo alguno de terraformación.
—¿Es que pretendes ...? —preguntó George.
—Para eso despegamos, ¿no? Y si ya están allí, seguro que les iría de perlas un par de manos adicionales para construir la colonia. Quiero decir que no hemos crecido con robots y otras cosas similares como la juventud actual. Nosotros sí podemos currar de lo lindo.
George se partió de risa. Luego calló.
—Maldita sea, me quedo sin coches voladores.
—Seguro que con la menor gravedad de Marte, los coches vuelan mucho mejor —dijo Juan.
Sus colegas. Sus amigos. Los psicólogos de la NASA hicieron en su día un buen trabajo con la selección. Su hija no lo necesita para nada.