Arqueología informática
Arqueología informática
Llovía. No como le habría gustado a Rachel, como aguacero fuerte y breve. No. Era una lluvia constante de gotitas minúsculas que se colaban por todas partes. Había salido solo para sacar el correo del buzón, y había bastado para dejarla empapada de cabeza a pies.
Los niños de la casa de enfrente estaban preparándose ya para Halloween.
Acababan de regresar de la escuela y empezaban a colgar sus calabazas recortadas a lo largo del porche.
El fin de semana anterior, el padre ya había convertido el jardín delantero en una mezcla de cementerio y campo de batalla de zombis.
Entre las raídas lápidas de Elvis y Marty McFly había montado esqueletos de plástico.
Y ese lluvioso día color gris oscuro le daba a ese escenario una dimensión apocalíptica de lo más profesional.
Rachel se sacudió nada más entrar en casa.
No había recibido correo, excepto tres sobres con cupones descuento.
Se quitó los zapatos, tiró el correo a la basura y se dirigió a la cocina donde le esperaba su té.
Aún no se había sentado a la mesa para ponerse música otoñalmente deprimente que alguien llamó al timbre.
De camino a la puerta se adecentó el cabello, solo para darse cuenta de que lo llevaba empapado.
Daba igual, fuera quien fuera que quisiera entrar, estaría peor que ella.
Y cuánta razón tenía cuando abrió la puerta.
Allí estaba Herbert, con expresión alicaída y tan empapado como si le hubieran vertido el lago Michigan entero por encima.
Llevaba un bolso grande y de aspecto pesado colgando del hombro.
Pero Herbert no venía solo. Junto a él, y para gran sorpresa de Rachel, se encontraba Shawn. Sonreía con timidez, aunque estaba igual de chorreando que Herbert.
—¡Menuda sorpresa! ¡Entrad, por favor! —dijo Rachel.
Los dos hombres no esperaron ni un segundo más y se apretaron en el recibidor. Ahora vio Rachel que había dos coches aparcados frente a su casa. Cerró la puerta y colgó sus chaquetas del perchero.
—¿Puedo ofreceros un café? ¿O un té? —preguntó.
—¡Café! —dijeron Herbert y Shawn al unísono.
Rachel fue a la cocina y puso agua a calentar para la prensa francesa. La utilizaba solo cuando tenía visita. Sacó entonces dos tazas del armario e invitó a Shawn y a Herbert a pasar al salón.
—¿A qué debo este gran honor, Shawn? —preguntó.
—Bueno, por un lado quería despedirme de ti otra vez en persona —llegó su voz desde el salón—. Estoy ya a punto de salir para Bloomington.
—Ha sido pura casualidad que hayamos coincidido —dijo Herbert.
El agua en el hervidor comenzó a borbotear. Rachel notó cómo ella misma también sentía un cierto borboteo interior. Vertió rápido el café molido en la jarra y asomó la cabeza hacia el salón. Herbert la miraba como con desconfianza.
—¿Sabes algo de Leonard? —preguntó.
—Sí; y más que eso —fue la breve respuesta.
Herbert dejó la bolsa sobre la alfombra y sacó un grueso sobre. Lo abrió con gesto despreocupado y sacó un viejo cuaderno y varias placas cuadradas negras.
—Qué discos de vinilo más extraños —comentó Shawn.
—¡Qué vinilo ni qué puñetas! Esto son disquetes de 8 pulgadas —dijo Herbert.
—¡La rehostia! —exclamó Shawn—. ¿Qué pensáis hacer con estas antiguallas?
El agua hervía en el cazo. Rachel la vertió sobre café y se dirigió con la jarra y dos tazas al salón.
—Seguramente hayamos encontrado una forma de desvelar el secreto de Harlowe —dijo Rachel—. Ahora deberíamos atarte y amordazarte para que no te vayas de la lengua. Pero me da la sensación de que estás de nuestro lado.
Le guiñó un ojo a Shawn. No se iría de la lengua.
En primer lugar porque no era ese tipo de persona, y en segundo lugar porque Rachel estaba segura de que él también ansiaba saber de qué iba todo ese secreto.
El nerviosismo no era tampoco lo único que corría por dentro de Rachel.
También había una cierta alegría por avanzar, tras haber pasado varios días sin poder mover ficha alguna.
—¿Has traído algo que permita leer esos discos? —preguntó.
Herbert metió la mano en la bolsa y sacó una caja negra.
—Ajá, un lector externo de disquetes.
—Casi. Es un lector forense de disquetes. Leonard dijo que seguramente nos haría falta un trasto así.
—¿Porque los datos son muy antiguos?
Herbert metió la mano en bolso y sacó un mazo de cables y un portátil, con los que se dirigió al escritorio de Rachel junto a la chimenea. Allí extendió todos sus cachivaches y los conectó entre sí.
—No, Leonard dijo que la mayoría de los disquetes de proyectos secretos fueron desmagnetizados en algún momento.
Shawn presionó el émbolo de la jarra hacia abajo y sirvió el café mientras escuchaba muy atento.
—Entonces difícilmente podremos acceder a los datos, ¿no es así? —preguntó Rachel.
—Yo creo que sí —dijo Herbert—. Los floppys tienen cobertura magnética y la DARPA utilizó en su época simples imanes convencionales para hacerlos ilegibles; no un desmagnetizador industrial. De esa manera no se reorienta todo el campo magnético, sino solo una parte de este.
—¿Y cuánto debe haber quedado destruido para poder aún reconstruir la información? —preguntó Rachel.
—Un veinte por ciento, más o menos.
Poco después, Herbert había encendido ya su ordenador y el primer disquete giraba dentro de la unidad. Era tal y como Leonard había predicho. El disco estaba dañado, seguramente por desmagnetización manual. El aparato comenzó la reconstrucción, leyendo bit a bit.
Mientras tanto, Rachel había cogido el cuaderno de notas y lo estaba ojeando. No estaba claro a quién había pertenecido. En la tapa había constado un nombre, pero lo habían borrado tan a fondo que el cartón estaba incluso rasgado.
Del interior cayó una hoja suelta y doblada que Rachel levantó del suelo y desplegó, para encontrarse con un esquema dibujado a mano.
Era una burda representación esquemática del Sistema Solar con todos los planetas.
Incluso Plutón estaba allí. De la Tierra salían dos flechas arqueadas hacia Marte y Saturno. Y eso era todo.
El contenido del cuaderno solo presentaba más y más acertijos.
Había esperado poder encontrar algún indicio sobre técnicas de propulsión nuclear.
En su lugar se encontró con múltiples anotaciones que le resultaron de lo más sospechosas.
Formas de funcionamiento de satélites de rayos X.
Datos básicos sobre sus maniobras. Los nombres Ariel-5, Uhuru y HEAO-1 llamaron su atención, así como muchas otras páginas con un texto de estructura bastante formal, probablemente parte de un trabajo científico.
—Tengo algo —dijo Herbert de repente.
Shawn levantó sorprendido la mirada. Se había puesto cómodo en el sofá con los pies sobre la mesilla del centro.
Rachel cerró el cuaderno y miró la pantalla del portátil, que mostraba un extraño texto.
UNKWN1_OBS.LOG
CLASSIFIED //
DOD CONTRACT W-7845N
—¿Eso es todo?
—No, es el nombre de la carpeta —explicó Herbert—. El lector ha podido reconstruir una parte. Al parecer había dentro varios paquetes de datos, pero el software solo ha podido reparar tres de ellos lo suficiente como para abrirlos.
A Rachel se le aceleró el pulso. El corazón latía con la misma fuerza que el día en que Sebastian le propuso matrimonio, hacía ya una eternidad.
Herbert cambió de ventana e hizo clic en una carpeta llamada «Recovery».
Rachel aguantaba instintivamente la respiración cuando Herbert comenzó a desplazarse por la carpeta.
Hizo clic en el primer archivo y en pantalla apareció una red de cifras.
—¡Alaa! —dijo Rachel—. Parecen datos de observaciones. Igual de antiguos satélites de rayos X. Al menos se habla de eso en ese cuadernillo. Y aquí, al principio de todo, hay un año. 1978.
—¿Son eso fotos? —preguntó Shawn.
—No —replicó Rachel—; los antiguos satélites de rayos X no tenían procedimientos para generar imágenes, sino que iban equipados con detectores que medían los fotones.
Estos valores se completaban con datos de coordenadas, fecha, hora, etcétera.
Los valores de ubicación en el firmamento se mostraban luego en una matriz de puntos, donde cada punto se mostraba según el brillo detectado.
—Megaguais. Como una matriz de puntos en la Gameboy —aventuró Shawn.
—Sí, aunque con la diferencia de que no solo se mostraban cuatro niveles distintos de color, sino muchos más.
—¿Y qué hacemos con eso ahora?
Rachel estaba pensando.
—Hmm, si pudiera leer números hexadecimales, no tendríamos que hacer nada. Pero ¿así? Igual podemos conseguir algo útil con un script en Python.
Herbert hizo sitio para Rachel. Buscó entre los programas un emulador de terminal, lo encontró y lo abrió.
—Hace una eternidad que no uso algo así —confesó—. Creía que tú, Herbert, serías un auténtico as en estos temas.
—Me las apaño, pero prefiero sentarme delante de una PlayStation.
—Como yo —dijo Shawn—. ¿A qué juegas últimamente?
—¡Chicos, por favor! —dijo Rachel—. Debo concentrarme.
Rachel introdujo en la línea de comando la orden de que el script en Python visualizara los datos en bruto.
Al pulsar la tecla Enter comenzaron a pasar una tras otra líneas de códigos por la pantalla.
Apareció un ejército ordenado de cifras que al poco tiempo se convirtió en una trama de puntos grises de distinta intensidad.
Aunque Rachel estaba viendo lo que esperaba ver, se sorprendió de lo bien que funcionaba ese sistema. Y el hecho de estar viendo ahora datos confidenciales hizo que se le acelerara el pulso.
Ante ella se generó una especie de imagen pixelada y burda. Quien no fuera del ramo solo vería una superficie oscura con distintos puntos y manchitas claras. Para Rachel, lo que estaba apareciendo en pantalla era un auténtico milagro.
—¡Dios mío! —se asombró—. Realmente son fotos de un satélite de rayos X. ¿Veis eso? El centro es relativamente nítido, con los bordes desenfocados, típico de esas antiguas mediciones.