El Proyecto Urania Radiografía
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Radiografía

Radiografía

La mirada de Richard recayó sobre la radiografía. El cartón estaba solo medio arrancado. Encima había una «G». Era la radiografía de George que roncaba en su saco. Debió haberla abierto ayer. Ya que estaba por ahí tirada, seguramente no tendría nada que objetar a que le echara un vistazo.

Giró el sobre para que no se viera nada.

No era asunto suyo ni tampoco cambiaría nada.

Algo hizo ruido a sus espaldas. Juan ya estaba despierto.

Richard flotó hacia él. Había conectado el aparato de rayos X.

Estaba metiendo el primer cartucho. Flotaba de forma que pudiera radiografiarse las piernas y pulsó el disparador.

—Oye … —Richard no sabía qué decir.

—Calla. Soy ingeniero y debo saber cómo he sido construido.

Eso iba mucho con Juan. Si algo lo preocupaba, se distraía con mucha actividad. Con George era distinto. Pero ninguno de los dos hizo ayer más preguntas. Lo que había pasado era tan increíble que ya no bastaba la fantasía para plantear preguntas. Richard también había dejado de hacérselas.

El aparato de rayos X comenzó a traquetear. Seguro que el ruido despertaría a George.

—Me iría bien tu ayuda —dijo Richard.

—¿Sí?

—Me gustaría poder enviar el mensaje que confeccioné ayer.

Juan se encogió de hombros.

—Creo que nos ignoran intencionadamente. Lo hemos intentado en todas las frecuencias.

—Yo creo que estamos pasando algo por alto.

—¿Todavía? ¿Crees que esa nube no te lo ha contado ya todo? ¿Se ha dejado algo en el tintero?

—No, no lo creo.

—¿Entonces qué crees que se nos escapa?

Buena pregunta.

—Un último intento, Juan. De forma totalmente distinta. Igual esta vez no pueden pasarlo por alto.

—Como quieras. ¿Qué necesitas de mí?

Richard puso en las manos de Juan la hoja con los códigos.

—De izquierda a derecha y de arriba abajo. Me vas cantando los bits y yo activo la turbobomba.

—Eso será pan comido.

Se introdujo de nuevo en la esclusa. La bomba no podía accionarse desde el ordenador central de esa forma, pues no estaba previsto que se pretendiera hacer tartamudear al motor.

Así que tenían que salir al exterior. Richard sintió un escalofrío por la espalda al recordar la explosión que lo destrozó hacía bien poco.

—Fíjate, han desaparecido las manchas —dijo Juan.

Richard miró a su alrededor. Las manchas en paredes y suelo habían desaparecido del todo.

—¿Estás listo?

—Listo —dijo Juan.

Richard desbloqueó la compuerta exterior y agarró el asa para abrirla. Entonces lo vio: el marco exterior de la compuerta tenía una corona de color amarillo anaranjado.

—¡Anda, mira esto! —Señaló hacia la extraña estructura.

—Deben saber que por ahí se sale al exterior —dijo Juan.

—Pero no hay nada que lo indique. La esclusa es totalmente hermética.

—Simplemente lo saben —comentó Juan—. ¿No nos contaste que habían recompuesto del todo la Urania-1?

Richard asintió. Esa debía ser la explicación. Pero ¿cómo podían mantener estos restos contacto con la nube? ¡Había tanto aún por descubrir! Casi hasta le daba pena estar ya tan cerca de la Tierra.

—Vamos; tenemos trabajo que hacer —dijo Juan.

Richard asintió.

—Si quieres, puedes quedarte en la esclusa. El encendido y apagado de la bomba conlleva un cierto riesgo. No deberíamos exponernos los dos.

—Pues déjame entonces que lo haga yo ...

—Lo siento, soy el comandante. —Richard empujó la compuerta hacia un lado, se dio un empujón y flotó sujetado por su cabo de seguridad hacia el exterior.

Esta vez encontró en seguida la cubierta de la turbobomba. No quedaba ni rastro de la nube. Una pena.

—Podemos empezar —dijo por radio.

—¿A qué velocidad quieres hacerlo?

—¿Cinco segundos por impulso? No, mejor hagamos diez, así no habrá tantas sacudidas en la nave.

—A tus órdenes.

Juan inició la primera serie. Con cada uno, Richard abría la turbobomba durante diez segundos.

La Urania-1 daba entonces un pequeño saltito.

Y con cada cero, apagaba la bomba. La velocidad se mantenía constante.

Saltito, no saltito, no saltito, saltito.

Uno, cero, cero, uno. Lo que no habían tenido en cuenta era el hecho de que con cada uno, la Urania-1 aceleraba.

Con el mensaje entero, la velocidad se habría incrementado mucho.

Pero eso no los llevaba necesariamente más rápido a la Tierra, pues tendrían que frenar esa velocidad para poder entrar en órbita.

Órbita.

Regreso.

Aún no podía imaginárselo del todo. ¿Cómo lo recibiría su hija pequeña?

Igual había ya otro hombre al que llamaría papá.

Se le encogió el estómago. Seis años. Y ni siquiera podía recriminarle nada a la nube, ya que lo había salvado.

Que se hubiera comprometido con este viaje también había sido su propio e imperante deseo.

¿Cómo se podía ser tan estúpido? Y tampoco es que hubiera ganado mucho en sabiduría, pues incluso ahora seguía sintiendo las ganas de llegar a Marte.

Aunque seguramente los rusos ya hubieran llegado allí a estas alturas.

—Ya está, Richard. Puedes regresar.

Las últimas señales las convirtió casi de forma automatizada. Había estado mirando en dirección a la Tierra, en lugar de hacia la compuerta, y así fue cómo no se dio cuenta de la nube que se estaba formando alrededor de la entrada a la esclusa.

—¡Mierda, Rick, ha regresado! —exclamó Juan.

—No te preocupes, no te hará nada. Seguramente se ha pasado para recoger el material que se había depositado alrededor de la compuerta.

—Sus hijos —dijo Juan—. Ahora ya lo sé.

—¿Qué … qué estás haciendo?

Richard regresaba rápido a la compuerta. Algo había en la nube. ¡Juan!

—¿Qué ...?

—Richard, George, esa cosa está hablando conmigo. —La voz de Juan sonaba muy tranquila, como desde la lejanía. Richard se paró en seco.

—¿Qué te dice?

—Pide perdón. Por la confusión que ha creado en nosotros.

—Eso no es motivo alguno.

—Y por el error que ha cometido.

—¿Error? —¿Qué quería decir la nube con ello?

—Nos ha fabricado al revés. Nuestras proteínas giran en sentido contrario.

No sé exactamente qué quiere decir con ello, pero no podemos volver a la Tierra así.

Sería demasiado peligroso para la vida en la Tierra.

Las bacterias que viven en nuestros cuerpos podrían pasar por alto todas las respuestas inmunológicas en la Tierra.

Igual podríamos incluso acabar con la humanidad entera.

—Los componentes del ADN y los azúcares son dextrógiros, mientras que los aminoácidos son levógiros —dijo George—. Segundo semestre de biología. Los nuestros parecen estar justo al revés, como en un espejo. Esto podría … maldita sea, la nube tiene razón.

Richard tragó. Estaban ya tan cerca. Y aun así … Igual era su destino. Algo quería que pusiera el pie en Marte. Le estaba dando una segunda oportunidad.

—¿Juan? —El ingeniero lleva un rato sin decir nada. Ojalá ...

—Nada, todo bien. Ya estoy de nuevo en la esclusa. Eso ha sido … ¡increíble!

Richard tiró de su cuerda de seguridad para meterse en la esclusa. La nube se había marchado. Y eso era una pena, porque le quedaban muchísimas preguntas en el tintero.