Ayuda inesperada
Ayuda inesperada
El estado de ánimo de Rachel era idéntico a las inclemencias del tiempo, cuando el otoño parecía disfrutar con el cambio de armarios y esa mañana se estaba probando ropajes de niebla húmeda y fría.
El manto que cubría Cambridge parecía casi impenetrable.
Le dolía la nuca y se sentía abatida y agotada.
También notaba esa desagradable sensación de que alguien podría llegar a enterarse de que ayer noche estuvo aquí.
Y para acabar de ponérselo difícil, se cruzó con Harlowe, que iba acompañado de uno de sus colaboradores. Los dos llevaban humeantes vasos de café y por cómo Harlowe la miró, pareció tomarla por un fantasma.
—¿Usted? Creí que ayer me había expresado de clara bien clara.
—Y lo hizo —replicó Rachel sin ganas.
—¿Y aun así tiene la desfachatez de incumplir las instrucciones de la dirección de la universidad haciendo acto de presencia?
—¿Qué es lo que quiere, Harlowe? Ya sabe que ha ganado.
—Quiero que abandone las instalaciones de inmediato.
Harlowe pronunció esas palabras con tanto volumen y decisión, que varias personas cercanas giraron las cabezas.
Al acompañante de Harlowe, un tipo de treinta y algo, en la inopia y con un peinado espeluznante, le pareció la situación muy desagradable.
Apretaba los labios y frotaba el suelo con los pies.
—Me ha liberado de mis funciones, pero no he sido despedida —dijo Rachel—. Y si estoy aquí es porque aún necesito algunas cosas. No se preocupe, que dentro de diez minutos me perderá de vista.
Harlowe parecía pensar en qué debería decir. Miró brevemente en su vaso, murmuró algo ininteligible y siguió su camino. ¡Qué tiparraco más desagradable!
La entrega de material se hacía en el sótano del edificio B.
Rachel no solía bajar allí con frecuencia y le parecía como si accediera a otro mundo.
Ahí abajo, el tiempo parecía haberse detenido.
Se le metió en la nariz un olor similar al del sótano de su vieja escuela.
¿Serían los viejos expedientes que se guardaban aquí?
¿O los bastidores metálicos, mates y grasientos, de pantallas y carritos?
¿O quizás las repisas ya tan desgastadas de esas estanterías que parecían de la Edad Media?
Daba igual; aquí abajo reinaba un notorio y agradable silencio.
Los grandes paneles PDF iluminaban todos los rincones de ese pasillo sin ventanas.
Hasta hacía pocos años aún colgaban fluorescentes del techo, con sus parpadeos e intermitencias, que apenas llegaban a iluminar el pasadizo con cierta decencia.
Allí donde había aparcados armarios, fotocopiadoras y carritos de taller, se habían asentado sombras tan negras como el espacio interestelar.
Beatrice estaba a cargo de la entrega de material.
A pesar de cumplir una función muy poco interesante, esa mujer de piel oscura y cabello gris, corto y rizado, parecía estar siempre motivada al máximo.
Se alegró de ver a Rachel y preguntó qué era lo que deseaba.
Para poder trabajar en casa con documentación y con la futura planificación, necesitaba una estación de acoplamiento.
Al cabo de dos minutos tenía Rachel ya el aparato en sus manos y había firmado el recibo de retirada.
Cuando salía de la zona de entrega de material oyó una voz conocida soltando improperios.
—¡Me cago en todos mis muertos!
Rachel se detuvo, pero no pudo ver a nadie en el pasillo. La voz parecía salir de detrás de un viejo armario metálico, unos metros más allá de la escalera. Rachel llegó en pocos pasos.
—¡Herbert! ¿Qué haces aquí?
El viejo empleado del instituto estaba en una pose bastante incómoda junto a un carrito con ruedas.
Tenía una pierna doblada con el pie apoyado en el estante inferior del carro.
Sobre el muslo se balanceaba una caja con algo que parecía chatarra electrónica.
Esa cosa formada por una carcasa de chapa abollada y cables sueltos por ambos lados no parecía servir ya de nada.
Rachel creyó que ese pesado trasto que amenazaba con caerse fuera de la cesta podría ser un anticuado espectrógrafo.
—¡A quien se le haya ocurrido meter eso aquí habría que darle un buen tirón de orejas! —protestó Herbert—. ¡Hay instrucciones sobre cómo hay que tratar el material prestado!
Sin decir nada, Rachel se puso el dispositivo de acoplamiento bajo el brazo y echó una mano a Herbert. Uniendo fuerzas pudieron subir finalmente el aparato al carro. El viejo agradeció efusivamente la ayuda, aunque bajo sus pobladas cejas surgió una mirada de desconfianza.
—¿Y tú qué buscas aquí abajo?
Rachel le enseñó el dispositivo que había tomado prestado.
—Harlowe me ha dado una excedencia forzosa.
—Oh —fue lo único que se le ocurrió decir a Herbert.
Rachel alzó la comisura de sus labios como si todo eso no la importara lo más mínimo.
Herbert movió la caja para que coincidiera exactamente con las líneas de la rejilla del carro y metió luego los cables dentro.
Parecía tratar a ese viejo aparato casi con amor.
Era probable que Herbert incluso hubiera estado presente cuando el instituto lo compró en su día.
Pensando en ello, se le ocurrió a Rachel una idea.
—Oye, Herbert. ¿Estás familiarizado con los desarrollos de viajes espaciales alrededor de la era Apollo?
Herbert la miró como si estuviera contratándole para una hora de cuentacuentos.
—¿Con qué exactamente?
—Propulsión nuclear.
—Hmmm, de hecho sí que hubo un par de proyectos por aquél entonces. Así, de primeras, recuerdo el motor NERVA y el proyecto Orion.
—Igual que yo —dijo Rachel—. ¿No hubo más proyectos que esos?
—Pues no que yo recuerde. El tema ese de los propulsores termonucleares era, y sigue siendo, un asunto de excesivo riesgo.
Así que, a pesar de los muchos esfuerzos empleados, no se llegó nunca a crear un motor nuclear moderno para eso.
Hace un par de años se anunció a bombo y platillo que pretendían tener un prototipo funcional para 2027.
—Sí, me acuerdo de eso.
—Pues eso. —Herbert daba golpecitos con los puños sobre el carrito—. Espero haberte ayudado.
—Okey, gracias.
Rachel se giró y se dirigía hacia las escaleras cuando Herbert le dijo algo más desde atrás.
—Igual sí que había un proyecto más.
Rachel se quedó quieta. Miró un largo instante los escalones frente a ella y luego dio media vuelta. Herbert se apoyaba con una mano sobre el carro mientras apretaba la otra contra la cadera. Miraba pensativo al techo.
—Es que ahora que lo preguntas, me acuerdo de que hace una eternidad tuvimos aquí un proyecto relacionado con tecnología de propulsión nuclear.
Rachel aguzó el oído.
—Interesante. ¿Y no eran ni Orion ni NERVA?
Herbert sonrió.
—Tampoco es que tenga la misma edad que NERVA u Orión.
—¿Seguro? —insistió Rachel—. No me refiero a tu edad, claro, sino a que ...
—Estoy muy seguro, Rachel. Fue a finales de los setenta.
Acababa de empezar en el instituto y me asignaron como asistente de un contratista militar.
El hombre ese era del Ministerio de Defensa y tenía como encargo valorar el potencial de riesgo de la radiación radiactiva en viajes espaciales tripulados.
—¿Aquí, en el instituto? —se asombró Rachel—. Si aquí no tenemos nada que ver con viajes espaciales tripulados.
—Aun así, aquí estaban.
Herbert soltó el carrito y se colocó con las piernas abiertas frente a Rachel. Se apartó unos mechones de pelo blanco de la cara con un rápido gesto.
—Déjame pensar. Creo que se trataba de un encargo que había recibido Lockheed a través de la DARPA. A saber de qué iba la cosa. Cuando llegué, el tema ya estaba prácticamente finalizado. Me destinaron a labores puramente administrativas.
—Eso suena bastante raro —dijo Rachel—. ¿Por qué llevaba la DARPA un proyecto sobre carga radiactiva aquí? Vale: llevamos haciendo astronomía de rayos X desde principios de los setenta, pero siempre han sido solo puras mediciones.
—Puedo recordar muy vagamente una situación particular —dijo Herbert—. Debió ser por el año 1978. Hubo un par de días de lo más tensos y estresantes. El contratante llegó con datos de HEAO-1 al instituto pidiendo que buscáramos posibles puntos débiles en el proyecto Lockheed.
—¿Y eso por qué? El Instituto no tenía el control del HEAO-1.
—Exacto, pero tenían planificado el inicio del HEAO-2, el observatorio Einstein, para finales de año. El instituto debía hacerse cargo de su gestión. Es decir, que toda la infraestructura para medición y análisis de datos ya estaba presente. Bueno, en su mayor parte ...
—Eso significaría —pensó Rachel en voz alta—, que Lockheed y DARPA buscaban radiación radiactiva en el espacio.
—Es posible —dijo Herbert mirando a través de Rachel perdido en sus pensamientos.
¿Podría ser eso lo que estaba buscando Rachel?
¿Por qué enviaría la empresa aeroespacial Lockheed un grupo de proyecto centrado en «radiación radiactiva» a un observatorio?
Pues solo si hubiera algo que les perteneciera, que emitiera radiactividad y estuviera volando por el espacio.
No, esa suposición era demasiado vaga. Sobre todo cuando no eran más que lejanos recuerdos de un asistente entrado ya en años.
—Herbert, ¿sabes si existe algún expediente al que pueda acceder sobre ese proyecto?
—No lo sé. La gente era entonces la mar de amable —comentó Herbert—. No esos arrogantes tipos de la generación X que deambulan hoy por aquí. ¡Ese Harlowe es una pura catástrofe!
—¿No formas parte tú mismo de ese grupo? —preguntó Rachel en broma.
—Mírame. ¿Tengo un trabajo excesivamente bien pagado? ¿Conduzco uno de esos malditos SUV?
—Puedo responder directamente a ambas preguntas.
—¡Yo me crie en la era punk, Rachel! —dijo Herbert—. No tengo absolutamente nada que ver con esa repugnante calaña de la élite del dinero.
—Lo que tú digas.
—Pero una cosa sí que te diré. En aquella época, cuando iban todos tan estresados, conocí al asistente del contratante. Leonard.
—¿Leonard?
—Sí, Leonard. ¡Y no, no era comunista!
—Desde luego no, si trabajaba para Lockheed.
—Era de la DARPA. Al menos Leonard es un buen tipo.
—¿Sigue vivo? —preguntó Rachel sorprendida.
—Oh, sí; nos llamamos por teléfono un par de veces al año.
Quería visitarlo hace poco, … pero es que Ohio no está precisamente a la vuelta de la esquina.
Lo que quería decirte es que Leonard igual sí podría tener acceso a viejos expedientes.
No vive lejos de la base aérea de Wright-Patterson, donde había trabajado.
Allí se guardan esos expedientes. Bueno, eso es, al menos, lo que me contó Leonard.
El cerebro de Rachel iba a marchas forzadas.
Algo había ahí que igual podría ayudarla.
Nada realmente en concreto, pero menos da una piedra, ¿no?
Rachel debía aferrarse ahora a cualquier brizna que asomara.
Sobre todo si pretendía descubrir el secreto de esa llamada por radio desde el espacio.
¿Podría ser que ese Leonard fuera la clave para solucionar el acertijo? Rachel fue a por todas.
—¿Puedo pedirte algo?
Herbert se cruzó de brazos y miró a Rachel con la vista inclinada. Así parecía más un conserje que no un empleado científico.
—Cuando oigo esa pregunta, siempre hay alguien que quiere que transporte a saber qué de un lado para otro.
—Esta vez no —prometió Rachel—. Necesito tu ayuda para fastidiar a Harlowe a gusto.
Herbert soltó una carcajada tan fuerte y honesta que Rachel incluso se asustó por un instante.
—¡Pues claro, me apunto! —se alegró el viejo—. Pero una cosa debe quedar clara, ¡nada ilegal!
Rachel miró a su alrededor. No había nadie más aparte de ellos aquí abajo. Beatrice, al final del pasillo, igual habría oído la carcajada, pero nada más. Rachel se acercó a Herbert para susurrarle al oído.
—Necesito saber de qué iba ese proyecto de Lockheed en aquella época.
—Pero … eso no es tan fácil, Rachel —replicó Herbert muy serio—. No quiero hacer nada ilegal.
—Estoy sobre la pista de algo, Herbert. Creo que Harlowe está aquí porque hemos descubierto un antiguo proyecto secreto en el espacio.
Probablemente una nave espacial con propulsión experimental.
Si existen documentos sobre proyectos de viajes espaciales con propulsión nuclear quiero verlos.
Necesito pruebas. Pues si es cierto lo que supongo, Harlowe pretende hacer caer esa nave.
Y a bordo creo que hay una tripulación, cuyo destino nunca deba hacerse público, porque Harlowe pretende ocultarlo.
La alegría inicial de Herbert se convirtió en una expresión de decepción. Tenía con Rachel la misma mirada que ella echaría a aquellos que defendían que la Tierra era plana.
—No me tomes por loca. Tengo pruebas muy claras de que ese objeto existe. Se acerca a la Tierra y se pondrá en órbita dentro de dieciocho días.
—¿Y quieres demostrar que existe? —preguntó Herbert.
—Sé que existe. Tengo grabado un mensaje por radio desde esa nave. Quiero que Harlowe lo haga todo público.
—Entiendo. —Herbert se puso a pensar un rato—. Puede que no sea la forma más legal de acceder a la información que necesitas, pero está bien, llamaré a Leonard.
—¡Eso sería de lo más guais! —Rachel se sorprendió a sí misma. Había utilizado inconscientemente el vocabulario de Shawn—. Quiero decir, gracias. Muchas gracias por hacer eso.
—No vendas la piel del oso antes de cazarlo. No prometo nada. Y un viejo saco de huesos como Leonard tampoco tiene acceso a cualquier sitio.