El Proyecto Urania Seis años #5
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Seis años #5

El aparato de rayos X era una construcción metálica con una sección en forma de U.

En el arco delantero se introducía la película de rayos X.

Iba dentro de un cartucho especial en el que la imagen se revelaba sin necesidad de un laboratorio químico.

La técnica había sido desarrollada y miniaturizada expresamente para la Urania-1.

En el grueso arco trasero de la U se alojaba el generador de rayos X: un tubo de electrones que, con gran esfuerzo, se había diseñado lo más plano posible.

Aun así se abombaba hacia un lado y acababa en un grueso cable de corriente que tenían que conectar a la alimentación de la Urania-1.

Richard buscó un enchufe.

—Allí, a la derecha del ordenador principal —dijo Juan.

El enchufe servía. Richard encendió el aparato, que comenzó a emitir un fuerte zumbido. Podían tomase imágenes de unos cincuenta por cincuenta centímetros. Insertó un cartucho, metió el pecho en el interior de la U y buscó a tientas el disparador. Juan le ayudó. El aparato traqueteó y se calló.

—Ahora tú —dijo Richard.

—¿Realmente es necesario?

—Sí. —Sacó el cartucho utilizado, lo rotuló con una «R» e introdujo uno nuevo.

—Pero solo si George también ...

—¡Oye, qué tiene todo eso que ver conmigo? —preguntó George.

—También vamos a radiografiarte —dijo Richard—. Es una orden de vuestro comandante.

George suspiró, pero no le llevó la contraria. Juan se quitó la chaqueta y se metió en camiseta dentro del aparato. Richard lo activó para él antes de volver a cambiar el cartucho.

George ya flotaba sobre ellos.

—Acabemos rápido con esto. Me tienes en ascuas con a saber qué pretendes con todo esto.

Richard se encogió de hombros y activó la máquina por tercera vez.

No tenía ni idea de lo que esperaba lograr.

¿Alguna diferencia? La nube lo había observado como criatura nacida de la nave en explosión.

A George y Juan los compuso luego para él, como ositos de peluche para meter en la cuna del bebé.

Para que no estuviera solo. Claro que sus compañeros no eran de peluche.

Pero a diferencia de él, habían sido compuestos artificialmente desde la primera célula, según los datos recopilados por la nube justo antes de la explosión.

Sacó el cartucho del aparato y escribió una «G» encima.

La segunda aún no estaba rotulada ya que la primera tenía una «R», por lo que ya era innecesario.

Para iniciar el proceso de revelado había que doblar una esquina.

Eso activaba una reacción química que liberaba el líquido revelador.

Se rociaba a presión sobre la película para transformar el haluro en plata en plata visible.

Richard contaba los segundos. Transcurridos noventa segundos había que doblar la esquina opuesta para liberar el fijador.

Ese líquido eliminaba el haluro de plata sobrante y estabilizaba la película.

Un pequeño cartucho de aire comprimido presionaba las sustancias químicas utilizadas a un canalillo bajo la imagen captada.

Transcurridos otros noventa segundos, Richard cerró el canalillo presionando con fuerza hacia arriba con la uña para luego extraerlo a través de un canto perforado.

Al final quedaba la imagen, aún tapada por un cartón.

Richard quitó primero el cartón con la «R». Le mostró a George la imagen sin verla él mismo.

—Tú eres el médico —dijo.

George asintió. Echó un vistazo a la radiografía y siguió asintiendo.

—¡Felicidades! No hay sombras que no tuvieran que estar allí, así que ... estás más sano que una manzana.

Richard no se sorprendió. Ese había sido solo el primer acto de su representación. Quitó el cartón de la segunda radiografía sin letra rotulada y se la pasó a George. Juan no parecía mostrar interés alguno.

En la frente del médico apareció en seguida una arruga profunda. Juan se acercó e intentó echar un vistazo a la radiografía.

Cuando lo consiguió, hizo una mueca.

—¿Por qué pones esa cara, George? Yo no veo nada aquí.

—Yo tampoco —murmuró George.

—Pero eres médico, es tu trabajo.

—Cierto. Pero eso de ahí no es un corazón. Es un cuadrado, ¿ves eso? Nada biológico. Alguien te ha implantado un órgano artificial. Pero esa tecnología no existe en la Tierra.

Juan ladeó la cabeza.

—¿Qué quieres decir con eso? Nunca me han hecho una operación así de bestia. —Se llevó la mano al corazón—. ¡Y late de lo más normal!

—Igual es como lo notas. Fíjate en los pulmones. Parecen peines gigantes.

Juan acercó la cara más a la imagen.

—¿Un peine? Me estás tom.... —Se cubrió la boca con la mano—. ¿Qué coño es eso, maldita sea? ¡Quiero ver la radiografía de George, ya mismo!

George sacudió la cabeza.

—No es necesario. Yo lo tengo todo normal.

—Richard, enséñame su radiografía. Eres el comandante, tú puedes decidirlo.

—Tengo derecho a la privacidad de mis datos —dijo—. Quiero que esa radiografía sea destruida. Dámela, Richard.

Esa reacción le sorprendió. Como comandante tendía derecho a saber todo lo que resultara ser relevante de su tripulación.

Qué órganos tenía dentro de su pecho sería solo relevante si interfiriera en su rendimiento.

Pero la nube había hecho una gran labor.

No había nada que objetar al rendimiento de sus dos compañeros.

Richard le entregó a George la radiografía.

Era su derecho no saber lo que había en ella.

Juan se dio un empujón desde el techo, la agarró y huyó con la radiografía.

George fue tras él, pero la compuerta de la esclusa seguía abierta.

Juan logró meterse y cerrarla detrás de sí.

George la sacudió, pero sin éxito. En su lugar salió volando hacia el ordenador principal. ¿Qué pretendía hacer?

Richard lo supo de Juan.

—¡Enciende la luz, maldita sea! —oyó decir a Juan desde el interior de la esclusa.

—¡No! —gritó George—. ¡Es mi derecho! ¡La imagen es mía! ¡Abre la compuerta y dámela!

—¡Ni hablar!

George se encogió de hombros Regresó a la compuerta y la sacudió, pero seguía cerrada. George tenía las de ganar en esta situación. Juan tendría sed en algún momento y no le quedaría otra que salir.

—Ejem, ¿puedo decir algo? —preguntó Richard. Le remordía mucho la conciencia. Esos dos deberían estar muy enfadados con él. Los había obligado a hacerse radiografías. Si Juan hubiera sabido lo que sabía Richard, seguramente no habría accedido a radiografiarse.

George puso mala cara, pero nadie pareció tener nada en contra.

—Bien. La culpa es mía. Debería haberos contado algo de mis sospechas antes. Pero fui egoísta. Necesitaba saber qué pasa conmigo, pero no pensé en si vosotros también querríais saberlo.

—¿Lo sabemos ahora? —preguntó Juan—. Tengo la sensación de que ya no sé nada. ¿Soy una máquina? ¿Estoy siquiera vivo?

—Sois Juan y George, mis colegas y amigos.

—Pues igual esos dos murieron hace mucho y no somos más que robots que se construyeron para que te entretengas.

Juan había pillado la situación de forma intuitiva.

Eso de la escritura en espejo y el corazón en el lado incorrecto, que estuvieran repentinamente en perfecto estado físico y que los tanques estuvieran llenos a tope también debían haberle disparado ciertas alarmas.

Solo que no había dicho nada. Igual que George.

—Lo siento mucho —dijo Richard—. Si sales, os cuento con tranquilidad lo que ha llegado a mi conocimiento. Por favor, Juan.

Al otro lado de la compuerta chirrió un pestillo.

La radiografía de George estaba sobre la mesa sin abrir. Se habían fijado con cinturones a las sillas y habían abierto la botella de alcohol prevista para momentos muy especiales.

—Por nosotros —dijo George, y se llevó el extremo de succión a los labios.

—Por nosotros —dijo Juan.

—Por nuestro regreso. —Eso le pareció a Richard aún más importante que el aspecto que podrían tener por dentro.

George tomó un primer sorbo y lo escupió de inmediato.

—¡Esto es jodidamente fuerte!

Richard agarró la botella. E8 por ciento de alcohol. Naturalmente treinta y ocho. El ocho era simétrico, pero el tres estaba en reflejo. Bebió del ron con cuidado. Sabia a alcohol puro.

—Seguramente también una optimización —dijo—. Alcohol puro le debió parecer más lógico que no mezclado con agua.

—¿A quién? —preguntó Juan.

—A la nube. La viste por primera vez durante la EVA. Entonces, en la esclusa, me … susurró lo que nos había pasado.

—¿Ya la habías visto antes? —preguntó George.

—Sí, justo antes de la explosión de la Urania-1.

—Entonces es que explotamos.

—Sí, explotamos todo lo que uno puede llegar a explotar. No me extrañaría que lo hubieran llegado a ver desde la Tierra.

—¿Es por eso por lo que ya no quieren saber nada de nosotros? —Juan se inclinó hacia delante—. ¿Porque creen que ya no existimos?

—A ver, paso a paso. Dejadme que os lo cuente todo. Luego podéis preguntarme lo que queráis.