Seis años #4
Al principio solo fue una especie de remolino.
Las partículas se mantenían demasiado tiempo en un lugar determinado, donde dañaban la pared celular de los seres extraños.
El efecto empeoró a medida que la corriente de partículas aumentaba.
La nube ya sospechaba entonces lo que pasaría y paró de nutriste a gusto con energía de ese caudal caliente.
Asimiló en su lugar toda la información que era capaz de captar.
Eran innumerables detalles que depositó en su propio cuerpo con operaciones cuánticas.
Al momento siguiente, la visitante se cascó como un huevo, justo frente a los sentidos de la nube, que observó y registró el suceso en todo su espectro.
Esa cosa extraña dio a luz un ser que no había visto jamás antes.
Brillaba rojo desde su interior. Sus cuatro extremidades pataleaban.
Pero parecía ser un parto prematuro. Ese ser no era capaz aún de sobrevivir en ese entorno.
Se enfrió muy rápido y no estaba en situación de marcar claramente sus límites.
Así que perdió materia y energía en el vacío.
La nube tuvo que intervenir. El extraño objeto murió en su envoltorio, en una zona que contenía una altísima concentración de partículas.
Que dejara su hijo así, tan inacabado como estaba, a la nube tenía que ser un regalo.
No le quedó elección; tenía que aceptar ese regalo, aunque no sabía qué podría hacer con él.
Más tarde se arrepentiría con frecuencia de haber tomado esa decisión, aunque siempre tuvo claro que no tenía otra alternativa. Tenía que salvar a ese delicado ser, aunque supiera que se convertiría en la labor más complicada de su existencia dentro de este sistema solar aún joven.
El primer intento salió totalmente mal. La estructura del recién nacido cambiaba con tanta rapidez, que la nube no llegaba a tiempo con sus intervenciones.
Necesitaba una temperatura muy determinada y encontrarse en un espacio que estuviera lleno de una determinada mezcla de gases en concentración fija.
Descubrir esa combinación le costó ya tres reinicios, en los que tuvo que reconstruir casi la totalidad del tejido del embrión.
Lo único estable era el complejo energético en un extremo en forma redonda.
Pero con eso solo había descubierto las condiciones marco más básicas.
El neonato necesitaba más: determinadas formas de materia basadas en hidrocarburos, alimentadas de una forma determinada y luego eliminadas.
Y no podía estar solo. Si quedaba expuesto al puro cosmos, se ponía a gritar y paraba su desarrollo, por lo que la nube tenía que reiniciarlo.
El ser necesitaba compañía de otros muy determinados y parecidos a él.
Por suerte, la nube había guardado la configuración completa de los extraños.
Construir con ello otros dos seres de cuatro extremidades no era difícil, pero sí costoso en tiempo, porque el neonato era muy exigente.
Sus compañeros de juego debían cumplir exactamente los datos que la nube había registrado; si no, surgirían luego conflictos.
Llegó un día en que la nube ya estaba cansada de tanto ensayo y error.
Se propuso restablecer la configuración inicial.
Tardó un par de órbitas alrededor del sol local, y fracasó.
Pues aparecieron de nuevo los remolinos y la nube tuvo que cancelar el proyecto antes de que volviera a explotar.
Tenía que aprender a entender cómo funcionaba esa configuración especial de la materia, y cómo podría hacerla más estable.
Paso a paso fue encontrando los fallos de esa disposición.
Algunas paredes celulares eran demasiado finas, otras demasiado gruesas.
A lo largo de la evolución, esos seres habrían alcanzado seguramente la forma perfecta, pero necesitaría muchas órbitas para ello.
Así que la nube puso manos a la obra. Modificó la sustancia hereditaria para lograr un mejor resultado.
Aunque estuviera a punto de repetirse la explosión, realizó nuevos cambios hasta que el resultado acabó siendo estable.
No necesitaba cambiar mucho en el bebé de los extraños.
Solo renovó una parte de las células de las que estaba compuesto, de forma que aún podría funcionar a la perfección muchas órbitas más.
Ya podía fabricar a sus obligados y socialmente necesarios acompañantes en mayor cantidad.
También tendrían que cumplir determinados requisitos para ser compatibles con el otro ser.
Ya no quedaba nada de sus células originales.
Pero la nube descubrió que los comportamientos preprogramados que encontró en su memoria se adecuaban ya muy bien sin grandes cambios al niño de los extraños.
Y un día llegó el momento de dejar ir al niño.
Se lo debía a los extraños que se lo habían entregado.
Lo había salvado, acunado y cuidado para que pudiera vivir su propia vida.
Así que descubrió de dónde había venido la extraña nave y puso en marcha una reconstrucción mejorada.
Ojalá se encontrara allí con otras formas de vida con las que se entendiera.
El universo se expresaba de forma tan rica y variada, que no tenía ni idea de cuál sería su aspecto.
Solo sentía un poco de curiosidad, por lo que había seguido hasta aquí al niño que había cuidado.
De repente se hizo la luz.
—¿Qué te pasa, Richard? —preguntó George.
—Tendrías que ir dejándome entrar —dijo Juan desde el exterior—. Se me está acabando el ...
—¿Tanto tiempo he estado ...? —No sabía qué había pasado, así que no pudo acabar la pregunta.
—Has estado media hora sin das noticias —dijo George—. Intenté entrar en la esclusa, pero la compuerta me ignoró.
Richard asintió.
—Creo que acabo de descubrir algo sobre nosotros. —Pero aun así podría tratarse de un sueño de lo más loco. Tenía primero que comprobar algo.
—¿El qué? —preguntó Juan.
—Espera un minuto, por favor. Ya me he quitado el traje, así que ahora tengo primero que salir de la esclusa.
—Primero tientas nuestra curiosidad y luego...
¡bah! —George tenía razón. Pero no quería contarles ninguna burrada a sus compañeros.
Por un lado no le creerían ni una palabra si no podría probarlo.
Y cuando le creyeran, cambiaría sus vidas mucho más de lo que pudieran imaginar.
Pulsó el botón que abría la compuerta. Su mirada recayó en la parte posterior de la esclusa, donde flotaban un par de gotas marrones.
¿Eran esos los pobres restos de la nube?
Ojalá no. Sacudió la cabeza y salió de la esclusa.
—Dina ya qué coño está pasando. —Juan llevaba ya rato dándole la vara con eso. Ese talante no era nada usual en el ingeniero.
Richard hizo un gesto con la mano quitándole importancia.
—Primero los hechos.
Había sacado el microscopio del almacén.
Era un instrumento sencillo, pensado para analizar las muestras de cultivos, así que no era para fines médicos.
Pero iría muy bien para su plan. En el portaobjetos colocó una muestra obtenida de las adherencias en la esclusa.
Ya no creía que esa sustancia pudiera dañar a Juan o a George.
Seguro que la nube lo habría tenido en cuenta.
¿Cuánto tiempo habría dedicado a ello? En sus pensamientos hablaba de varias vueltas alrededor del Sol; seis años parecían bastante lógicos, Pero nadie podría decírselo con precisión.
Richard encendió el microscopio y colocó el portaobjetos en el soporte.
Miró entonces a través del ocular y encontró una superficie marrón.
Ajustó el enfoque, pero solo encontró estructuras cuando duplicó los aumentos.
Ahora podía ver brillar minúsculos cristales que parecían granitos de sal en un caldo marrón, pero sin disolverse.
No parecía nada peligroso, pero esperaba encontrar estructuras más como celdas de panal. Al parecer, los restos de la nube se habían desnaturalizado como la albúmina y ya no tenían nada que ver con el original. Apagó el microscopio y lo apartó.
—¿Me dejas ver a mí? —preguntó Juan.
Casi había olvidado a sus colegas.
—Oh, sí claro. Pero no hay nada espectacular que ver. —Richard flotó al extremo opuesto de la cabina. Con la imagen del microscopio difícilmente podría convencer a Juan y a George de nada. ¿Y si iba totalmente equivocado y solo estaba sufriendo un exceso de fantasía? No. Los reflejos eran un hecho.
—Tienes razón —dijo Juan—. Nada espectacular. Apuesto por diamantes.
—¿En serio?
—Sí. Podríamos probarlo aplicándole una llama. Pero ya sé qué aspecto tienen los microdiamantes.
Diamantes brillantes en salsa marrón. ¡Menuda combinación le había dejado allí la nube! Como si quiera expresamente impedir que alguien pudiera descubrir sus secretos. Pero tampoco era eso. Ella misma le contó la historia. Solo que no de una forma que pudieran oír también Juan y George.
—Luego haremos la prueba, Juan. ¿Puedes echarme una mano ahora?
El aparato de rayos X estaba fijado a una sección alargada del almacén. Ya que pesaba bastante, lo habían fijado con unos cincuenta tornillos; tenía que mantenerse en su sitio incluso en caso de una frenada de emergencia a ocho g. Aflojaron juntos todas las conexiones.
—Para atornillarlo de nuevo en su sitio que te ayude George, ¿vale? —dijo Juan.
Richard asintió. Lo más probable es que ninguno de los dos quisiera ayudarle luego.
Ya lo verían. Estaba tenso pensando en cómo reaccionarían.
No, tenso no; le asustaba la idea. Eran sus amigos y no quería que dejaran de serlo.
Tenía la extraña sensación de que aún tendrían que compartir muchas cosas y mucho tiempo juntos.
—Listo —dijo Juan y pilló los tornillos que iban flotando por la cabina para meterlos en una bolsa. Luego se la entregó a Richard.