El Proyecto Urania Seis años #3
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Seis años #3

Richard estiró la mano. Pero la nube no se apartó de él.

Al contrario. Rodeó su mano, la investigó.

Richard notó cómo algo tiraba de ella. Cedió a esa suave fuerza.

Era como un niño curioso que quería jugar con él y que no había visto jamás a un ser humano antes.

Sus dedos se doblaron en todas las direcciones, pero nunca más allá de lo que permitían las articulaciones.

La mano giró y se dobló. Ahora le tocaba al antebrazo.

La nube probó todos los movimientos posibles como si fuera un nuevo juguete.

¿Por qué se interesaba por él y no por Juan, que había estado mucho más cerca? ¿Acaso despreciaba lo que se le ofrecía? ¿Quería experimentar su instinto de caza? Pero Richard tampoco había salido huyendo. ¿Sería por eso que lo trataba con tanta suavidad?

Ya había alcanzado el torso. La nube presionaba ligeramente alrededor del HUT, tiró con cuidado de las mangueras y tocó botones y cierres, sin abrirlos.

Entonces, con un tirón que hizo que Richard se elevara un par de centímetros, se metió un dedo de nube dentro del traje.

Unos dedos congelados se movían por el chándal interior y la ropa refrigerante hasta alcanzar su piel.

Pero no era solo una sensación. El traje notificó una pérdida de presión, seguramente por algún lugar no estanco.

En el casco parpadeaba una luz roja y sonó una alarma muy molesta.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó George por radio.

—¡Voy para allá! —Juan salió de nuevo de la esclusa y se acercó, pero Richard le hizo señales para que se detuviera.

—No te acerques, Juan. Solo quiere algo de mí.

—¡Pero la alarma … Tienes que volver a la esclusa! ¡Tu traje!

Juan tenía razón. Aunque los dedos helados seguían tanteándole, Richard se levantó.

Se fijó el seguro más adelante y caminó un par de pasos para cambiar luego el cabo en otro enganche.

La nube no parecía tener nada en contra de ello.

¡Si al menos pudiera convencer al traje de que apagara esa alarma insoportable!

Se concentró en los pasos que iba dando para desplazarse.

La nube lo acompañaba. Juan se quedó fuera, al alcance.

Cuando llegaban cerca de la esclusa siguió en dirección a la proa. Al parecer, Juan quería dejarle libre la esclusa a Richard. Bien pensado. Si la nube lo seguía al interior, entraría en contacto con ella dentro de la esclusa. Richard avanzaba y ya tenía la compuerta delante de él.

Hizo una breve pausa. ¿Cómo reaccionaría la nube si se metía en la esclusa?

¿Permitiría que se le escapara la presa?

¿Era Richard algo así como una presa? ¿Es que era todo esto real?

Que se estaba quedando sin aire era algo que sí notaba como muy real.

La rotura del traje parecía también ser real.

El mantenimiento de vida había maximizado el caudal de aire de la bombona en su espalda, pero el gas salía por debajo del HUT como una nube de vapor blanco.

Donde el vapor contactaba con la nube se producían descargas eléctricas.

Múltiples pequeños relámpagos brillaban en la oscuridad.

Tenía que inspirar y expulsar el aire, tenía que meterse dentro y seguir respirando.

Richard se aseguró en la esclusa, quitó el cabo de seguridad exterior y se metió en el agujero. Entonces cerró la esclusa.

La luz parpadeó automáticamente, pero se apagó de inmediato.

—¿Juan? ¿Richard? Tenemos un corte total de energía —les notificó George—. Solo funcionan la radio y el mantenimiento de vida.

Eso no era un corte total, pero Richard no quiso decir nada al respecto.

—Richard está en la esclusa. Pero quédate donde estás, George. La nube está con él.

¿Estaba aquí? Juan debió ser testigo de que había entrado con él en la esclusa.

Richard no la veía, pues todo estaba oscuro.

El dedo dentro de su traje se había retirado; al menos ya no lo notaba.

Tocó las paredes para orientarse. En una de las paredes encontró el botón que bloqueaba la compuerta interior.

Seguramente funcionaría solo con corriente, pero al lado había una palanca que hacía la misma función, solo que de forma mecánica.

Sin embargo esperaría un poco antes de hacerlo. Richard no quería poner a George en peligro.

Poco a poco se fue haciendo la luz. ¿Eran sus ojos, que se adaptaban, o es que la nube estaba emitiendo luz?

Debía ser eso último, pues la luz se tiñó de un tono marrón anaranjado.

La esclusa recuperó su forma. Richard sintió una punzada de claustrofobia.

Había espacio suficiente para él, pero ¿qué pasaba con la nube?

Notaba una cierta presión en las piezas de su traje espacial, como si algo estuviera apretándole.

La presión cesó. Richard comprobó el barómetro. La presión interior y exterior se habían igualado a 0,8 bar. Podía quitarse el traje. En algún momento tendría que haber aquí dentro sitio para Juan, que aún esperaba ahí afuera, así que no podía perder más tiempo.

Se quitó el traje EVA en la luz anaranjada de la nube. Se sentía observado, como cuando vas al médico y te dice que te quites la ropa. Pero la nube se mantenía de forma neutral. No extendió ningún dedo ni intentó comunicarse con él.

Y eso era una pena. Le habría gustado poder preguntarle qué tenía él que le interesara tanto. Aunque hacía rato que ya lo sabía. Lo había investigado todo. Juan y George seguían siendo sus amigos y colegas. Darían sus vidas por él.

Pero ellos mismos ya no eran los de antes.

Alguien los había enviado a través de un espejo.

Sea de forma intencionada o sin querer; difícil de decir.

Pero ya no importaba. Procedían del mismo lugar del universo que la nube, por lo que solo se interesaba por él.

Pues él era el original, aunque con un par de mejoras.

Igual la nube no tuvo capacidad para fabricarlos a todos en su estado original. La Urania-1 había explotado ante sus ojos y luego parecía que la nube había hecho retroactivo ese accidente no intencionado. ¿Quería ayudarles, o era mera curiosidad? Difícil de decir; y es que en el fondo daba igual.

Richard tenía frío. El traje EVA flotaba junto a él en la esclusa. Llevaba puesto solo el chándal interior. El aire del mantenimiento de vida soplaba muy frío.

—¿Y ahora qué? —preguntó. El aliento que exhalaba interaccionaba claramente con las partículas de la nube.

Alargó el brazo derecho. En la nube pudieron verse las corrientes de aire así provocadas.

Una fuerte brisa pareció soplar entonces a través de las partículas anaranjadas.

Tomaron posición y generaron unos patrones regulares.

Era como si estuviera alguien pasando un peine por la nube.

Los patrones cambiaron. Richard comenzó a imaginar qué es lo que pretendía hacer, cuando se formaron las primeras estructuras hexagonales.

Las celdas de panal crecieron y formaron una pared frente a él, pero también a su alrededor, envolviéndole totalmente.

Richard giró y se vio rodeado de brillantes celdas de panal.

Ahora cambiaron sus cualidades ópticas y se fueron acercando.

Ya no podía ver la cámara de la esclusa tal y como era.

Richard estaba dentro de una burbuja, miraba a su alrededor a través de cientos de segmentos, como si fuera un insecto.

En el instante siguiente comenzó a elevarse.

¡Esa cosa lo había sacado al espacio! Comenzó a respirar entrecortadamente hasta que se dio cuenta de que todo era una ilusión.

El espacio era blando. Tocó a su alrededor y notó burbujas suaves que cedían a su presión.

¿O era todo esto real? ¿Estaba la nube protegiéndole del vacío?

Notaba la cálida luz del Sol en su espalda.

Allí a lo lejos estaba la Tierra, y más lejos aún Marte.

Apareció una nave espacial ante sus ojos.

Un cilindro delante, un paso, el protector de radiación y el motor con su campana; era claramente la Urania-1.

Pero algo no estaba bien. La nave estaba rodeada de una maraña de preocupaciones que surgían de dentro hacia afuera.

La Urania-1 las exsudaba como una sobredosis de alcohol.

Miedos, temores, ira, enfado, rabia …, una mezcla muy desagradable.

Richard tenía claro que no era la nave la causante, sino su tripulación.

Pero la nube, hacia la que inconscientemente volaba la Urania-1, no lo sabía.

Se retiró, huyó, abandonó su lugar usual entre las estrellas, donde gran parte de las fuerzas se equilibraban en este Sistema Solar, hasta que la nave cambió de manera dramática.

Parecía querer comunicarse con ella. Salieron de su interior partículas excitadas, llenas de energía.

¿Era eso un regalo? La energía era muy valiosa en el vacío, sobre todo con esa concentración.

Se acercó y el objeto extraño se dio también prisa.

La nube lo examinó desde la distancia. Su irradiación desvelaba que estaba compuesta por una amalgama de metales.

La nube jamás había visto estructuras dimensionales como esa.

No podían haber sido creadas por casualidad.

¡Era impresionante cómo todo encajaba! Las partículas debieron encontrarse y unirse igual que aquellas de las que estaba hecha ella misma.

Pero habían elegido una configuración totalmente distinta, delimitándose mucho más contra el vacío.

¿Podría aprender la nube algo de este curioso objeto?

Con su primer encuentro parecían haberse cumplido todas las expectativas.

Esa extraña cosa se calentó, lo que la nube consideró como signo de alegría.

Pero su radiación no tenía sentido. La nube supuso al principio que estarían hablando dos lenguas totalmente distintas, pero no tardó mucho en darse cuenta de que ese raro objeto estaba mortalmente enfermo.

En su interior crecía el germen del desequilibrio, precisamente allí donde se emitían las partículas ricas en energía que la nube absorbía con ansia.