Seis años #2
—Es una posibilidad —dijo Richard.
—¿Cómo te lo imaginas? —preguntó George.
—Encendemos y apagamos la potencia del reactor y de la turbobomba juntos. Alta potencia es un uno, baja potencia un cero. El mensaje de Arecibo es binario.
Ese uso del motor los sacudiría mucho.
—¿Estás seguro de que el reactor y la turbobomba lo soportarán? —preguntó George.
—Seguro que sí. Precisamente ahora, que todo está como nuevo. Palabra de ingeniero.
—Aún no hemos comprobado el motor —dijo George.
—Cierto. Pero vamos a hacerlo ahora, ¿no es así, Richard?
—Para ya, Richard —dijo George.
Richard dejó que la máquina frenara. Sentía frío. En los ejercicios respiratorios previos a la última EVA había sudado, y no había aguantado mucho más de cuarenta minutos. Y eso que solo parecían haber pasado dos días.
Pero en realidad debía haber pasado seis años. ¿Cómo era eso posible? Había estado mirando fotos comparándolas con su imagen en el espejo y no pudo detectar huella alguna de los últimos seis años. Es como si hubieran viajado seis años al futuro.
—¿Vienes? —Juan llevaba ya puesto el traje EVA.
George le ayudaba a cerrar los últimos elementos.
Richard se metió con rapidez en la parte inferior.
Sopló en el casco, esperando que el cristal se empañara, pero parecía que incluso el casco había sido optimizado.
Richard frotó un poco de saliva por el cristal, pero el líquido resbaló sin dejar huella.
—¿Me ayudas con la parte superior, George?
—El médico flotó hacia él. Quizás fuera solo una sensación, pero los ganchos encajaban en sus ojales con mucha más facilidad que la última vez; las cremalleras se deslizaban como bien engrasadas y los botones se cerraban con la resistencia perfecta.
Richard decidió no pensar más en ello, sino simplemente alegrarse.
Con un equipamiento en perfecto estado, las EVA resultaban mucho más divertidas.
George hizo girar a Richard ciento ochenta grados.
—¡Listo!
—Voy delante —dijo Juan.
—No, espera, déjame a mí, por favor.
—Tú eres el comandante.
Juan no sonaba decepcionado. No podía desear un compañero de viaje mejor, aunque no estuviera seguro de quién exactamente tenía delante.
Richard flotó hacia la proa. La primera compuerta de la esclusa seguía muy fría.
Se había acumulado humedad en ella y estaba congelada.
Richard golpeó con un martillo que llevaba en la bolsa de herramientas.
El material se soltó y salió flotando. Se fundiría pronto con el aire caliente de la cabina.
Una vez eliminado el hielo de la compuerta, la abrió.
Esperaba encontrar más escarcha en el interior, pero no había, a pesar del enorme frío que hacía dentro.
Richard lo notó a través del traje EVA. La esclusa le pareció más fría incluso que el vacío exterior, aunque la sensación se debía sin duda a que dentro de la esclusa había aire.
Ya que no había dióxido de carbono depositado en las paredes, la temperatura sería algo superior a los sesenta bajo cero.
La luz del foco de Richard iluminó partículas marrones flotando, que recordaban a polvo. Pero no aguantaban mucho en el aire. El calor que entraba procedente de la cabina las fundía para convertirlas en gotitas que acababan en las paredes y en sus trajes EVA.
—Cierra la puerta detrás de ti, George —dijo.
¿Por qué no había reaccionado más rápido?
Esa cosa podría resultar peligrosa para George, que no lleva a traje espacial.
Ahora ya era demasiado tarde. Seguro que un par de partículas habían entrado en la cabina.
Richard tomó una muestra y se la guardó en la bolsa de herramientas.
—¿Has visto eso? —preguntó.
Juan asintió.
—Me recuerda a óxido.
—¿Óxido líquido? ¿Qué se va a oxidar aquí dentro?
Richard pasó las manos enguantadas por las paredes de la esclusa.
Estaban tan limpias como nuevas. Cerró los ojos y recuperó los últimos recuerdos antes de la explosión.
Flotaban células de color naranja por la cabina, casi como celdillas de panal de abeja, pero tenías ciertas cualidades ópticas.
Le pareció estar mirando a través del ojo segmentado de un insecto.
Sí, exacto, había batido las alas y levantado el vuelo.
O no; eso de las alas no había formado parte de la visión.
Era solo imaginación. Debía ir con cuidado.
Los recuerdos se falsifican con facilidad cuando se les permite hacerlo y se los mezcla con pensamientos nuevos.
—Vamos, salgamos ya al exterior.
Richard se arrodilló primero tras la salida y tocó el material del casco exterior.
—Es totalmente liso —dijo en el micrófono.
—Aquí todo es nuevo de trinca —respondió Juan, cuya voz parecía estar justo a su lado. Incluso la radio del casco parecía funcionar mucho mejor que la última EVA realizada.
Siguió a Juan hacia la popa. Alcanzaron la zona con el apantallado de radiación.
Richard se detuvo. Notó calor en las manos y en la cara; pero no era más que la imaginación, aunque lo sintiera casi real.
Tonterías. Cuando aquí había radiación no había notado calor alguno.
Cuando la piel se calienta es que ya es demasiado tarde.
—No temas, Richard; el reactor está apagado. Aunque quisiéramos no podríamos encenderlo.
—Te olvidas del programa de emergencia.
—Pero es improbable que precisamente ahora … Además, yo iré primero esta vez.
Richard entró en la zona y trepó por encima del apantallado. Allí habían descubierto la rotura de casco sobre la turbobomba; pero ahora no se veía nada de eso.
Juan se arrodilló y abrió la tapa. —Ven y ayúdame con la lista de comprobación.
Richard le cogió la lista plastificada que le pasaba Juan. Mierda. Las letras estaban todas escritas en espejo. Tuvo que concentrarse mucho.
Temperatura entrada línea de … ¿bomba?
Juan giró la cabeza hacia él.
Menos 163.
Check.
Uff, primer punto de la lista, marcado.
Indicador temperatura carcasa sensor TPA 1 A en las paredes hay un par de manchas marrones nuevas.
La masa que habían encontrado. Richard se llevó la mano a la muestra que tenía en la bolsa de herramientas. Seguro que ya se habría vuelto a congelar.
—Cuidado, que ahora se te está acercando a ti.
Sí, ya se había dado cuenta. Se obligó a respirar profunda y lentamente.
La nube lo rodearía igual que a Juan. ¿Por qué debería interesarse precisamente por él?
Lo más probable es que esa cosa no tuviera ningún interés en nada.
Se trataría de algún fenómeno físico desconocido, raro como los relámpagos esféricos.
Una forma de materia aún no descubierta.
Nadie había estado tan lejos de la Tierra como ellos en la Urania-1.