Seis años
Seis años
Pero el sistema no estaba nunca de humor: desactivaría cualquier componente inadecuadamente mantenido. Los componentes vitales no los desactivada del todo, pero los pasaba a capacidad reducida o con constante pitidos de alarma.
Juan se dedicó ayer al mantenimiento de vida.
Hoy le tocaba repasar toda una serie de sistemas menores.
Era suficiente con que George ayudara al ingeniero.
Alguien debía llevar consigo las múltiples listas de comprobación que había que repasar con cada inspección.
Luego ya se mirarían el motor. El sistema lo había pasado a funcionamiento de emergencia.
Eso significaba que solo se conectaban los motores si el sistema detectaba por ejemplo un asteroide en peligro de colisión o si el comandante declaraba una emergencia.
A la larga era una situación inaceptable.
Además, con la salida al exterior necesaria para ello, también detectarían el nivel real de los tanques de masa de reacción.
Ahora tenía Richard tiempo para ocuparse del sistema de radio. Le sorprendía que el mensaje no se hubiera enviado aún. Se puso con el USR, que seguía conectado a la antena, e intentó enviar de nuevo un mensaje por radio.
—Aquí Urania-1. Respondan, por favor.
—Aquí Urania-1. Respondan, por favor.
No esperaba recibir respuesta. Pero el subsistema de radio de la Urania-1 lo grabaría si llegaba.
Cambió a la frecuencia siguiente y repitió el mensaje. Así lo hizo con todo el espectro de frecuencias al que tenían acceso, hasta los 2400 megahercios y algo por encima.
En el paso siguiente, recorrió las frecuencias en orden inverso. Primero escuchó un momento todas las frecuencias. Luego cambió la amplificación al máximo. La voz llegaría con tanta fuerza que no se entendería nada, pero no quería perderse nada.
Y ahí encontró algo, justo en los 2400 megahercios.
Era un ronroneo grave, o al menos es lo que podía oír.
¿Una señal de alguna máquina? ¿Un radiofaro, quizás?
Se metió él mismo dentro del panel de instrumentos en el que Juan había conectado la USR con la instalación de antena.
Con un desviador estableció contacto adicional con el ordenador principal, lo que tuvo como consecuencia que el ordenador ahora podía analizar los ruidos entrantes.
Richard grabó un par de minutos de ese ruido y cambió al terminal.
El ordenador había guardado la señal en un archivo que sacó entonces de su espacio personal.
Ya no necesitaba apenas el espejo de afeitarse.
Miró las curvas de la potencia de señal y aquí la cosa resultó más interesante: si hacía zoom en la curva, no era del todo lisa, sino con escalones.
Al parecer, el remitente estaba enviando una codificación digital.
Richard encontró doscientos cincuenta y seis valores distintos.
Copió una parte de estos, aunque no supo verles sentido alguno.
La amplitud de señal bajaba a cero a intervalos regulares.
Eso significaba seguramente el final de un paquete.
Esos procedimientos estaban siendo objeto de ensayos en universidades y centros de investigación cuando despegaron, pero no lo eran, aún, en la NASA.
Al parecer, la tecnología ya se había impuesto por todas partes.
¿Qué había encontrado Juan en el protocolo?
El receptor se quejaba de la falta de una codificación de los paquetes.
Igual es que ahora era algo estándar. Seis años eran muchísimo tiempo en el mundo de la informática.
No le extrañaba que ya no entendiera el contenido de las señales que recibía.
Así no tendrían posibilidad alguna de comunicación.
Tenía que decirle al remitente de alguna forma que necesitaba señales más sencillas.
¿Cuál sería la mejor forma de hacerlo? No era para nada especialista en esas cosas.
Pero igual podría orientarse en otros. En 1974, un par de investigadores habían enviado un mensaje al espacio desde el radiotelescopio de Arecibo.
Intentó recordar los detalles. Los científicos definieron primero el sistema terrestre de números mediante una representación binaria de las cifras.
De izquierda a derecha se leía entonces así:
0 0 0 1 1 1 1 00 00 00
0 1 1 0 0 1 1 00 00 10
1 0 1 0 1 0 1 01 11 01
Para ello, el destinatario debía sumar las potencias de dos de abajo hacia arriba.
¿Cómo siguió aquello? Richard siempre había admirado la inteligente composición del mensaje de Arecibo. Pero tenía que evitar que se confundiera su mensaje con ello. La estructura básica debía recordarlo, mientras que el resto debía ser distinto.
Los científicos intentaron entonces describir la estructura del ADN humano. Para ello definieron primero la cifra atómica de los elementos que contenía, luego establecieron fórmulas para los ácidos nucleicos y finalmente explicaron la estructura helicoidal del ADN.
No cabía en su mensaje. Pero sí la parte siguiente. Los científicos dibujaron primero a un humano con código binario. Richard reprodujo el dibujo.
011011
111111
110111
111011
111111
110000
Lo repitió dos veces más, porque a bordo de la Urania-1 eran tres personas.
La parte siguiente del mensaje mostraba el Sistema Solar.
Aquí habían sacado la Tierra colocándola algo por encima, fuera de la serie.
Richard la dejó en su sitio, pero sí que sacó a Marte fuera de la serie.
Eso dejaba hueco para interpretaciones erróneas, pues no eran un grupo de marcianos.
Pero una peculiaridad de la Urania-1 era precisamente ser la primera y única expedición de la humanidad a Marte.
Lo malo del asunto era que el potencial receptor del mensaje no tuviera noticia alguna de ello.
Aunque igual ya se había hecho público algo al respecto. Pocos secretos se guardan eternamente.
El mensaje de Arecibo acababa con una reproducción invertida de la parabólica con la que se enviaba el mensaje.
Richard imitó la estructura de la Urania-1 con un rectángulo al principio, seguido de una estructura barriguda y la sección en campana de la tobera del propulsor.
De este salía una especie de chorro. A decir verdad, podría interpretarse ese gráfico como cualquier otra cosa.
Pero quien conociera la Urania-1 la reconocería en el dibujo.
Dibujó el mensaje en una hoja de papel …
y no reconoció nada de nada. La idea entera era demasiado complicada.
Richard sacudió la cabeza. El mensaje de Arecibo estaba destinado a extraterrestres desconocidos.
En su diseño no podía presuponerse nada.
Pero ellos querían contactar con la humanidad, y a ser posible con americanos.
Esos sabrían inglés y sabrían leer. Estrujó el papel, lo tiró y sacó otra hoja.
Necesitaba hojas con cuadrícula. Debía haber algún cuaderno así por algún rincón. ¡Allí!
Seis líneas por palabra. Rellenó algunas casillas y dejó otras vacías. Así creó la primera palabra.
URANIA
El nombre de su nave debía tener algún significado para la gente en la Tierra. Seguro que el accidente había sido retransmitido de forma espectacular por los medios. ¿Habría dado el presidente en persona su pésame a la familia? Richard sintió un escalofrío por la espalda. Siguió con el texto.
ESTAMOS
AQUÍ
CONTACTEN
Pero ¿cómo? Pensó en el ruido a 2400 megahercios. ¿Y si se trataba solo de un solapamiento de innumerables canales de comunicación? Entonces, los 2400 megahercios serían en 1984 una frecuencia muy usual. Añadió la cifra.
2400
Estarían escuchando aquí.
Hasta aquí bien. Ya solo quedaba enviar la señal, aunque antes tenían que comer algo.
—¿Qué tal avanzáis? —preguntó Richard.
—Casi hemos acabado excepto por dos listas de comprobación —dijo Juan—. Es decir que luego podemos salir a ver cómo está el motor. El ordenador principal ya no se queja prácticamente de nada.
—Y el índice de fallos es de cero, todo hay que decirlo —dijo George—. Y eso que, en teoría, los sistemas han estado seis años sin mantenimiento. Incluso en el filtro del dióxido de carbono no ha hecho falta cambiar el carbón activado.
—Y el filtro del reciclado de agua estaba limpio como si se hubiera fabricado hace solo un par de días —añadió Juan—. Eso es increíble, ya que lo limpiamos cada dos días desde que despegamos. ¡El material se ponía verde en seguida! Y ahora, casi nuevo. ¡No, qué va, nuevo de trinca!
Richard se miró la piel, que estaba rosada como la de un bebé. Nueva. No como nueva, sino nueva. Eso reverberaba en su cabeza de alguna forma. Giró las manos. De joven se hizo un corte en el dedo. La cicatriz se lo recordó el resto de su vida. Y ahora ya no estaba.
Desapareció. Dedo nuevo.
—¿Y qué hay del contacto por radio? —preguntó George—. Me gustaría mucho saber qué está pasando en la Tierra.
—Seis años —dijo Juan—. ¿Quién habrá ganado la copa mundial de fútbol?
—El fútbol no interesa a nadie —dijo George—. El béisbol sí que es lo que importa.
Richard sonrió. Cuando los dos discutían sobre esas cosas, se notaba incluso un cierto halo de naturalidad.
—He desarrollado un mensaje universal —dijo—. ¿Queréis verlo?
—Sí, a ver —dijo Juan.
Richard sacó el papel de su bolsillo, donde había anotado todo y explicó a los dos la estructura técnica del mensaje.
—Eso está muy bien —dijo George—. Pero nos escuchará así más gente que si simplemente hablamos en el micrófono de la USR?
—Igual sí. Quería enviarlo por todas las frecuencias ...
—Tengo una idea —dijo Juan—. Utilizamos el motor. Con ayuda de la turbobomba podemos lanzar el mensaje de forma visual para todo el que tenga un buen ojo de infrarrojos o rayos X.
Eso sonaba interesante. La radiación de rayos X desde el espacio no cruzaba la atmósfera.
Así que dependerían de satélites de rayos X que estuvieran, claro, mirando en ese momento en su dirección.
Para la luz infrarroja, la atmósfera era al menos transparente en parte, pero la astronomía de infrarrojos no era tan popular cuando despegaron. Hmm.