Contratiempo #2
—Ahora sí que has perdido totalmente la chaveta.
Meter las manos en la labor de una agencia federal para ayudar a un par de astronautas a que reciban honores póstumos con medio siglo de retraso es peligroso, innecesario y muy probablemente un acto delictivo.
Vale, puede que tu padre estuviera implicado en ese proyecto, pero no debe impedirte tomar decisiones algo más racionales.
—¿Entonces crees que no hacer nada es racional?
Farrah hizo una pausa. Rachel sabía muy bien el peligro que corría si se inmiscuía en ese asunto. De hecho, ya había recibido un finiquito al respecto. Cualquier actuación adicional supondría consecuencias muy graves para ella y su carrera profesional. Lo más aconsejable sería no hacerse ilusiones.
—No sabemos de dónde viene la nave —continuó Farrah—. Ha aparecido de repente y puede haber estado antes a saber dónde. Además, Harlowe no ha dicho nada de pretender hundirla en el Pacífico. Y creo que con buenos motivos. ¿Has pensado en la posible contaminación que produciría?
—Lo he pensado. Pero eso no significa que se barra el proyecto bajo la alfombra, ¿o es que me equivoco?
—¡Rachel! Para ya con eso —le exigió Farrah—. No vas a ganar esta batalla. Harlowe es un superprofesional en su campo. Y por mucho que esté de acuerdo con lo que dices, también creo que Harlowe te silenciará de por vida a la más mínima que intentes rebelarte.
Rachel contempló la desordenada montaña de películas en el suelo de su sala.
—Eres una buena jefa, Rachel —dijo Farrah—. Y como amiga tuya voy a darte un buen consejo. No te metas. Escóndete en tu madriguera y espera a que haya pasado la tormenta.
La noche sobre Cambridge era fría y brillante.
Raquel pensó que cualquier astrónomo aficionado se sentaría en su terracita bajo ese cielo para admirar el estrellado panorama de la eternidad.
Era una noche hermosa. Al menos cuando se sentaba uno cómodamente en el sofá de casa, o detrás de un telescopio.
Sin embargo, esa noche estaba Rachel envuelta en su gruesa chaqueta gris, al abrigo de la oscuridad, oyendo una y otra vez lo que una enfadada Susan Reilly le reprochaba sin parar.
—¡La única razón por la que te ayudo en este estúpido asunto es porque soy tu amiga!
—Farrah decía algo similar. Es bonito poder contar con tantas amigas a mi alrededor.
Susan agitó las manos junto a su cara.
—Me estás volviendo loca, cielo. Mejor no te cuento que para verte he cancelado una dulce velada con Chris.
No, mejor que no le contara lo que realmente había cancelado, aunque Rachel bien se lo podía imaginar. Miró una última vez su alrededor, por si alguien las estaba espiando.
—Pues gracias por hacerlo. Será rápido, ya verás. Ya me habría gustado solucionar este asunto desde casa, pero no tengo acceso al archivo desde allí.
Susan se cruzó de brazos y soltó un notorio suspiro.
Entonces, sin aviso previo, comenzó a caminar a grandes pasos.
Rachel había pasado a recoger a su amiga y habían llegado en coche juntas al Instituto, donde aparcaron en una calle lateral.
Tras la conversación con Farrah, a Rachel se le había ocurrido la idea de acceder a viejos expedientes de la DARPA desde su oficina.
Allí igual podría encontrar información o datos sobre Urania-1.
Susan cruzó el aparcamiento vacío, pero fuertemente iluminado con focos LED. Sacó del bolsillo un papelito y lo leyó.
—¿Una chuleta? —le preguntó Rachel con cuidado.
—Algo así. Insististe en que teníamos que pasar por algún sitio que no estuviera controlado por cámaras. ¿Sabes el trabajo que me ha costado? Me siento como si estuviera a punto de robar un banco.
—Te invitaré a comer —prometió Rachel—. Como agradecimiento.
—¡Pues va a ser una gran cantidad de comida, cariño!
Susan caminó con paso recio hacia el edificio D.
Rachel no vio ninguna cámara por el exterior de la iluminada fachada.
Pero en lugar de subir por la escalera de la entrada principal, Susan siguió recto hacia la entrada al sótano por debajo de la escalera.
Oyó un tintineo y Rachel pudo ver cómo Susan abría la puerta con una llave.
Dentro reinaba un silencio aún mayor que fuera.
Susan le dijo que aquí abajo no había seguridad alguna.
Se abrieron así camino con las luces de sus móviles hasta el hueco de la escalera interior.
Allí apagaron las luces y subieron los peldaños.
Ya que dentro del edificio solo se controlaban por vídeo las zonas de entrada, Susan y Rachel accedieron sin problemas al edificio B.
Cuando se cerró la puerta tras ellas, Rachel respiró aliviada.
Aquí, en el despacho de Rachel, estaban relativamente seguras, aunque tuvieran que evitar encender la luz o hacer ningún tipo de ruido.
Por algún lugar de las instalaciones deambulaban vigilantes por la noche; había que evitar tanto las cámaras como toparse de narices con ellos.
Mientras Rachel encendía su ordenador, Susan bajó las persianas para que no saliera ninguna luz al exterior. Rachel seleccionó el archivo DARPA e inició sesión con sus datos de acceso.
—¡Se darán cuenta! —dijo Susan, cuando se sentó junto a Rachel.
—¿Y qué? No está prohibido husmear en expedientes de acceso abierto.
—¿Y crees que Harlowe va a dejar datos relevantes por ahí, al acceso de cualquiera?
—Por algún lugar tengo que iniciar la búsqueda, Susan.
Se abrió lentamente la pantalla del programa y mostró una estructura de carpetas ordenadas por años.
El archivo de la Defense Advanced Research Projects Agency era responsabilidad del ministerio de defensa estadounidense para la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías.
Rachel misma había consultado cosas aquí alguna vez y nunca se había comprometido en serio con ninguno de los proyectos.
Hizo clic en el campo de búsqueda e introdujo «Urania». No la sorprendió que no apareciera ni un solo resultado. Susan soltó un resoplido, al puro estilo de un «¿Lo ves? ¡Te lo dije!»
Pero Rachel no se rendía fácilmente. Introdujo «propulsor nuclear». Aparecieron una docena de resultados con referencias a dos carpetas de proyectos.
—NERVA y Proyecto Orion —dijo Rachel más para sí misma—. ¡Claro! ¿Cómo es que no llegué antes a esa conclusión?
—¿A qué? —preguntó Susan—. ¿A que deberías haber buscado antes en Internet información sobre propulsores nucleares para cohetes?
—No. Pero sí a que había proyectos antiguos para el desarrollo de motores con accionamiento termonuclear.
Rachel hico clic en la carpeta llamada NERVA. Junto a múltiples dibujos y planos del motor experimental, había algunos documentos, sobre todo escaneados.
—El desarrollo del motor NERVA tuvo lugar entre 1955 y 1972; en aquella época aún bajo los auspicios del Laboratorio Científico Los Álamos.
Pero no fueron más allá de ensayos en el suelo.
Y el gobierno de Nixon canceló el presupuesto por falta de interés en los viajes espaciales tras haber puesto al hombre en la Luna.
—¿Y habías olvidado eso? —preguntó Susan, incrédula.
—Sí, maldita sea. Había leído algo de eso a saber cuándo, pero ¿crees que iba a relacionarlo en seguida con un objeto desconocido en el espacio?
Rachel cerró esa carpeta y abrió la del Proyecto Orión.
—Pero de este sí que es primera noticia —dijo.
Rachel fue pasando por los archivos e hizo clic en «Project_Overview». Leyó con rapidez el texto mecanografiado y pudo ver en seguida que tampoco encontraría nada en ese resumen del proyecto.
—... un proyecto mencionaba la posibilidad de propulsar una nave espacial con un motor nuclear de impulsos mediante una serie de explosiones de bombas atómicas. Esas explosiones tendrían lugar a distancias de pocos metros de la popa de la nave.
—Eso suena mucho a majadería —comentó Susan.
—Y no nos sirve de nada.
—Lo que te decía.
Rachel se dejó caer en el respaldo y cruzó las manos tras la cabeza.
—Esperaba toparme con un par de expedientes desclasificados que nos resultaran útiles. Igual tienes razón y Harlowe sabe de sobras lo que hay allí arriba. Habrá cerrado de nuevo todos los documentos, si es que alguna vez llegaron a ser accesibles.
—Pues ya lo ves, cielito. Y no podrás enviar así como así una petición al Ministerio de Defensa para que te permitan echar un vistazo, porque crees que tu padre estuvo a bordo.
Rachel probó otras palabras de búsqueda más a través de esas voluminosas carpetas ordenadas por años.
Era inútil. Aquello era literalmente buscar una aguja en un pajar.
Al cabo de media hora, Rachel apagó el ordenador, ya desesperada.
Salió de su oficina junto con Susam e iniciaron el regreso.
Fuera, en el aparcamiento, Susan le apoyó una mano sobre el hombro.
Rachel suspiró.
—Lo sé. Sigo tan ignorante como antes. Solo que hemos hecho algo de lo que Harlowe podría enterarse.
Su amiga no comentó nada a sus palabras, pero Rachel podía leerle igualmente los pensamientos. Susan quería ayudarla; si no, no habría dejado a Chris de lado por ella esa noche. Pero ¿esto?
Rachel no había conseguido nada que la ayudara a avanzar en ese tema.
—Siento mucho haberte metido en esto, Susan. Voy a dejar de hacer tonterías. Prometido.