Contratiempo
Contratiempo
Rachel se sentía infinitamente infeliz. Y eso que el Sol brillaba hermoso en el cielo y no había ni una sola nube que debilitara su luz.
No había dormido mucho, nunca lo hacía, a pesar de que siempre se lo proponía.
Los pensamientos no paraban de dar vueltas en su cabeza con una intensidad que hacía imposible ignorarlos.
Solo lograba conciliar el sueño cuando tenía las cosas pensadas cinco veces y no quedaba nada que exigiera a gritos su atención.
Llevaba despierta desde las seis y media, torturada por el recuerdo de la conversación con Harlowe del día anterior; como un recuerdo de infancia extremadamente penoso que surgía repentinamente a la conciencia desde lo más profundo de su mente.
¿Debía avergonzarse de su comportamiento?
¿De estar a favor de investigar, descubrir y revelar con transparencia?
Tras una jarra entera de té negro llegó finalmente a la conclusión de que no valía la pena romperse los sesos con eso.
Harlowe había tomado una decisión, había dado ejemplo a los demás y con Rachel había sacado de su ecuación a la persona más importante del observatorio Chandra.
Temporalmente, eso sí, pero sin duda lo suficiente como para que nadie más se interpusiera en los planes de la OSAP.
Ya eran casi las once. Rachel estaba en su cocina, frustrada, inclinada sobre la encimera central, pescando las migas de galletas de chocolate que quedaban en el fondo de una bolsa prácticamente vacía.
Estaba cabreada consigo misma. Debería haberse enfrentado a Harlowe.
Directamente en aquella conversación. Igual entonces habría tenido una remota posibilidad de que ese arrogante engendro hubiera echado marcha atrás en su decisión.
Pero había sido como solía ser en esos momentos.
A Rachel se le podían ocurrir cientos de maneras de oponerse a Harlowe, pero siempre demasiado tarde.
Nunca lograba hacerlo en el momento, cara a cara.
Su cabeza de cerraba y se quedaba allí como un conejito delante de una serpiente.
¡Y eso que era la directora de un observatorio espacial!
A Rachel le remordía la sensación de no haber hecho todo lo necesario, y eso la fastidiaba mucho. Tanto, que soltó una maldición en el insoportable silencio de su casa.
Decidió no pensar más en Harlowe. A fin de cuentas, ya no podía hacer retroactiva esa decisión. Lo mejor sería descubrir si su padre tuvo algo que ver con ese misterioso asunto oculto bajo el nombre de «Urania-1».
Estaba ya bastante segura de que lo que habían captado por radio en el PARI era la voz de su padre.
Nada más levantarse, Rachel sacó de la caja el viejo proyector con los antiguos rollos de película que guardaba en el desván.
Mientras en la pantalla del proyector bailaban las temblorosas imágenes de una época supuestamente mejor, Rachel reproducía una y otra vez la grabación de la nave desconocida.
Aunque la calidad del sonido no fuera precisamente perfecta, la voz era claramente la de Richard Kendall.
¿Y si no murió en un amerizaje de emergencia, sino que había sido enviado al espacio en una misión absolutamente secreta?
A Rachel le parecía una idea absurda. Era mujer de ciencia; que el destino de su padre fuera uno muy distinto al que había creído saber durante toda su vida se acercaba mucho a una monstruosidad.
Consideró que no era posible que fuera la verdad.
Todo el asunto parecía una historia de fantasía. ¡Ya solo faltaban hombrecillos verdes!
Sonó el móvil. Rachel se sacudió las migas de los dedos y se dirigió al salón. Su teléfono estaba en el suelo, sobre la alfombra marrón claro, rodeado de cintas de película Super-8. Lo levantó, se quitó con rapidez las migas de la boca, como si el que la llamaba la pudiera ver.
—Hola, soy Shawn —sonó por el auricular en un tono muy neutro.
—¿Ha pasado algo? Pareces algo deprimido.
—Solo quería decirte que vuelvo a Bloomington este jueves. Ya no queda nada para mí aquí, en el CfA, ahora que la OSAP ha puesto mi proyecto bajo llave. Y ni siquiera podré darles a las chichas de Salem una explicación de su fenómeno.
—Claro que puedes hacerlo —dijo Rachel.
—No, no puedo —insistió Shawn—. Al contrario que tú, yo necesito mi trabajo.
Rachel no dijo nada. Sintió el golpe en sus entrañas. Tras un momentáneo silencio, Shawn continuó hablando.
—Lo siento, eso ha sido injusto. Pero no quiero hacer nada que pueda poner en peligro mi puesto en la universidad.
—Lo entiendo y lo respeto, Shawn —dijo Rachel.
—Por otro lado, he vivido gran cantidad de locuras contigo, por lo que te estoy muy agradecido.
—Me gusta que hayas disfrutado. Puedo avisarte en cuanto Harlowe se largue y vuelva a estar a bordo. Entonces, igual pueden hacerse públicas algunas partes de ese proyecto, creo yo.
—¡Eso sería megaguais! —se alegró Shawn.
—Pero puede que tarde un tiempo. No voy a pronosticar nada al respecto, como podrás entender.
—Sí, lo pillo.
—Que tengas mucha suerte, Shawn. Ha sido un honor trabajar con alguien como tú. Te deseo mucho éxito en Bloomington. Saluda a las chicas del curso de astronomía de mi parte.
—¡Lo haré!
Shawn colgó y Rachel volvió a quedarse sola.
Le había sentado bien oír su voz. Aunque no habían pasado más de dos semanas juntos, le había cogido cariño al astrofísico.
Y eso tampoco era muy normal. Rachel solía necesitar mucho tiempo antes de sentirse a gusto con alguien.
Pero entre ella y Shawn pareció haber una cierta conexión.
Rachel supuso que se debía a su personalidad tan abierta y honesta; y al hecho de que parecían pensar igual en todo lo referente a temas cuestionables.
Rachel pasó las horas siguientes dudando a ratos de sí misma y soltando improperios. Tardó mucho en liberarse de esa espiral sin perspectivas. Agarró el teléfono y marcó el número privado de Farrah.
—Por favor, Rachel —susurró Farrah al descolgar—, estoy en el OCC. ¡No puedo hablar!
—¡Pues sal un minuto afuera! —le exigió Rachel.
Del auricular salía todo tipo de ruidos y al cabo de medio minuto volvió a oír la voz de Farrah, esta vez más alta y clara.
—¡Es muy peligroso esto que estás haciendo! —le soltó.
Rachel no se mostró impresionada.
—¿Estás lo suficientemente lejos de Harlowe?
—Sí, pero ¿qué demonios quieres ahora? ¡Estás fuera, y si Harlowe se entera de que hemos hablado, tendré problemas!
—Necesito que me mantengas al día —concretó Rachel.
—¡Bah! —se limitó a soltarle Farrah.
—¡Por favor, es importante!
—¿Para quién? ¿Para ti?
—Tengo que descubrir qué objeto hay ahí arriba en el espacio. Y qué pretende hacer Harlowe al respecto. Tenemos un mensaje del objeto, captado por radio, y la voz que sale en él es la de mi padre.
Farrah pareció quedarse sin palabras, pues se mantuvo primero en silencio. ¿Pensaría que Rachel se había vuelto loca?
—Tu … ¿padre? —murmuró al cabo de un momento.
—Sé que suena a locura.
—Eso como mínimo. Por no decir que se te ha ido la olla del todo.
—Pero tienes que creerme, Farrah, es así. Todo esto apesta a proyecto secreto de la era posterior a la de Apollo. Mi padre formaba parte del programa de astronautas y ...
—¡Lo sé! —gritó Farrah de los nervios—. Pero ¿cómo puede ser? Tu padre murió. Hay incluso una lápida con su nombre.
—Por eso necesito que me informes —dijo Rachel—. Quiero saber si mi padre participó en una misión secreta y, en ese caso, qué pasó con él. Igual puedes enterarte de algo a través de Harlowe.
—No puedo. —La voz de Farrah temblaba.
—¡Por favor! No se trata de un asunto personal, sino de que allí arriba puede que haya cadáveres de astronautas desde hace cincuenta años.
Farrah resopló en el micrófono. A Rachel le llegó solo un crujido nervioso.
—¡Maldita sea! —Farrah sonaba como si lo hubiera siseado entre dientes—.
Ya hemos podido determinar el rumbo con bastante precisión.
El objeto se mueve directamente hacia la Tierra.
Partimos del hecho de que se trata de una nave y ya no de un satélite.
A la velocidad actual llegará aquí en unos veinte días.
—¿Ha dicho Harlowe lo que pretende hacer?
Farrah parecía estar pensando y Rachel podía imaginarse cómo su colega estaba en los pasillos del OCC con una mano apretándose el vientre y mirando nerviosa a su alrededor, vigilando que nadie la viera hablando.
—Hay varios escenarios posibles —dijo Farrah—. Pero Harlowe parte del hecho de que la nave chocará sin duda con la Tierra.
Rachel se puso a pensar.
—Entonces intentará establecer conexión con ella para acceder a los mandos.
—Algo muy difícil si el objeto es realmente tan antiguo como parece ser.
—Eso creo yo también —dijo Rachel—. Pero si consiguiera controlar de algún modo la nave, ¿qué haría entonces?
—No lo sé. Aunque no para de hablar de prevención de riesgos.
—Entonces lo hará caer de forma controlada.
—Eso creo yo también.
—¿Veinte días, dices? —preguntó Rachel.
—Diecinueve días, siete horas y un par de jodidos minutos.
Rachel sintió escalofríos. Si Harlowe lograba controlar los mandos de la nave y la hundía en el cementerio de naves espaciales del Pacífico Sur, nadie se enteraría jamás de que algo había estado en el espacio durante decenios.
Nadie se enteraría jamás de la misión secreta de la NASA, de los astronautas que dieron su vida por ella y por su país, sacrificados en esa más que ridícula carrera espacial contra la Unión Soviética. Si pasaba eso, Harlowe habría ganado.
Rachel tomó una rápida decisión.
—Debo impedir que Harlowe barra todo este asunto bajo la alfombra.
Farrah se rio desesperada.
—¿Que quieres hacer qué?
—No debe conseguir eso.