El Proyecto Urania Imbrezionande #2
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Imbrezionande #2

Pero todo eso no eran más que especulaciones que no explicaban por qué nadie les respondía. Si los soviéticos se habían hecho con la órbita terrestre, la comunicación con Control de Misión a través de satélites relé resultaría también difícil.

—¡Ya lo tengo! —dijo Juan.

Se inclinaron de nuevo los tres sobre la hoja de papel con el rumbo de la Urania-1.

Juan tocaba un punto que estaba más cerca de la Tierra de lo que Richard había pensado.

—Así que estamos aquí. Podéis ver que, desde la explosión, o fuera lo que fuese, hemos recorrido un tramo impresionante.

Richard asintió. ¿Qué significaba eso para el tiempo transcurrido?

—Realmente es difícil hacer pronósticos, porque no sabemos cuánto tiempo ni con qué potencia ha acelerado el propulsor. Pero yo apostaría más por meses que por semanas.

—¿No puedes precisar más? —preguntó Richard.

Juan sonrió.

—Piensas en tu hijo, ¿verdad? Pero se me ocurre una idea. ¿Puedes medir las posiciones de Marte y de la Tierra con el STX? Disponemos de todos los datos orbitales para la Tierra y Marte.

Richard se puso de golpe en pie y se golpeó la cabeza contra un saliente del techo.

¡Ay! Esa era una excelente idea. La posición de la Tierra la tenía igualmente guardada.

Solo necesitaba corregir un poco el STX y Juan podría calcular las coordenadas.

No fue fácil encontrar a Marte. Pero lo consiguió con ayuda del SCT de baja resolución.

En los sesenta aumentos del STX, el puntito rojo se convirtió en un pequeño disco que situó justo en el centro del visor.

Ya pudo leer los parámetros decisivos para pasárselos a Juan.

Estaba nervioso cuando regresó a la mesa, pero mantuvo la calma para no distraer a Juan, que seguía escribiendo números en una hoja de papel. Richard era bueno en matemáticas, pero siempre había odiado la mecánica orbital. Así que se alegró de que se ocupara Juan de ello.

Al final se puso en pie. —Este sería el resultado —dijo y anotó una fecha.

—¿Qué? Eso es imposible —dijo George.

Algo se cerró la garganta dejándole sin aire. Richard tuvo que obligarse a respirar. Se concentró en los símbolos que Juan había anotado y los invirtió en la cabeza.

«26.07.1984», ponía allí.

Respira. Richard colgaba bajo el ojo de buey mirando hacia el universo que lo ignoraba del todo.

Respira. Tenía que obligarse conscientemente a coger aire, como si su tronco encefálico se hubiera olvidado de cómo funciona este reflejo.

Respira. Poco a poco pudo ir reduciendo la adrenalina.

Se dio un empujón y flotó hasta sus colegas, que lo abrazaron con fuerza.

¿Cómo no podían estar afectados por todo esto? ¡Habían pasado seis años en el espacio sin darse cuenta!

—¿No hay error posible? —preguntó.

Juan sacudió la cabeza.

—Esa especial posición de la Tierra y Marte respecto al polo norte celeste es relativamente extraña. La última vez fue en 1972 y no se repetirá hasta 1997. Es decir, después de 1984.

Richard asintió. Era evidente: estaban en el año 1984.

Eso explicaba la extraña plataforma en órbita terrestre.

Seguía tratándose seguramente de un proyecto soviético, pero ya no sorprendía tanto.

Tampoco explicaba, eso sí, el hecho de que hubieran sobrevivido tanto tiempo.

¡Ni siquiera tenían comida suficiente a bordo!

—¡Estás seguro de la fecha? —preguntó Richard.

—No, nuestras mediciones son demasiado imprecisas para eso. Pero deberíamos estar a mediados de julio o comienzos de agosto. Yo corregiría la fecha también en el ordenador.

—Hazlo. Gracias, Juan. Todo esto es realmente difícil de digerir.

—Lo siento —dijo Juan—. Pero piensa que podrás ver a tu hijo. Tendrá seis años cuando lleguemos, pero lo verás.

Había intentado no pensar demasiado en ello, pero ahora volvía a ponerse en primer plano y le inundó los ojos de lágrimas.

Pero no se lo reprochó a Juan. Lo hacía de buena fe.

Solo que no entendía lo que eso significaba para Richard.

Si regresaba seis años después, se encontraría con una familia intacta.

Su hijo se habría acostumbrado a su nuevo padre.

Sería un extraño para él. Lo mejor sería que ni siquiera se presentar ante Shania.

—¿Juan? ¿Puedo pedirte algo?

—Lo que quieras, comandante.

Supongo que el ordenador principal sigue intentando enviar mi mensaje a Shania. ¿Podrías borrarlo, por favor?

—Claro. —Juan flotó hasta el ordenador. Se encendió la pantalla verde. En ella aparecieron caracteres en espejo. Juan tecleó un poco y retiró los dedos del teclado.

—Hmm. Parece que el mensaje sí que se envió —dijo entonces.

—¿Qué quieres decir?

En el nivel de paquetes del protocolo de envíos veo que alguien aceptó finalmente los datos. Hubo un mensaje de advertencia con cada paquete individual, pero al final sí que se envió todo.

—¿Qué mensaje de advertencia?

—Codificación ausente y falta de autorización. Dice que deberíamos actualizarnos a Remote OS 32.1.

—¿Remote OS 32.1?

—Nunca lo había oído. Parece haber sido desarrollado tras nuestra partida.

—Pero eso no suena a ruso.

Juan soltó una carcajada.

—¿Crees que los rusos han ocupado toda la Tierra?

—Si pueden construir eso que hemos visto en órbita, sería algo posible.

—Pues deberíamos mejorar un poco nuestro dominio del ruso, antes de aterrizar. Si no, tu pequeño Iván o tu pequeña Ekaterina no te entenderá.

—Jaja. —Juan sabía realmente cómo animarle un poco. Igual fuera también mejor tomarse la situación con algo más de humor. Todo esto era demasiado abominable como para poder sacar conclusiones serias.