El Proyecto Urania Imbrezionande
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Imbrezionande

Imbrezionande

La tortilla estaba fantástica. Richard se metió otro trozo más en la boca. Estaba hecha con huevo y leche en polvo, y con verduras hidrolizadas, claro; pero el beicon ahumado y frito no era peor que el que podía zamparse uno para desayunar en un motel barato de la Tierra.

Y eso era mil veces mejor que cualquier comida embolsada o enlatada que hubieran consumido últimamente. George y Juan parecían también estar hambrientos. Se metían la comida en la boca casi a la misma velocidad para ir en seguida a por más.

—Rico, ¿eh? —preguntó Richard. Había sido idea suya poner en marcha la cocinilla.

—Imbrezionande —dijo George con la boca llena.

—¡Bastástigo! —confirmó Juan.

Richard bebió algo de agua de la botella.

¿Por qué no había cocinado con más frecuencia antes?

Se habían abandonado mucho los tres. También se afeitaba solo cada dos semanas.

Seguramente por la perspectiva de faltar aún mucho tiempo para alcanzar un destino muy lejano.

Pero ahora, el hogar parecía al alcance de la mano.

Juan recogió la cocina tras el desayuno. Richard se dedicó a un experimento. Dibujó su actual rumbo sobre una hoja de papel. A mano. Y anotó un par de parámetros importantes. Encima del símbolo que representaba la nave escribió «Urania-1». Debajo escribió, también de su puño y letra, una frase:

Viaje a Marte y regreso en cien días.

Entonces esperó a que George y Juan tuvieran algo de tiempo. Se colocaron alrededor de la pequeña mesa en la cabina.

—Quería comentar con vosotros el rumbo.

Puso la hoja de papel frente a ellos para que la pudieran ver bien. Juan frunció el ceño y señaló la frase.

—¿De qué va eso?

George ladeó la cabeza. Parecía estar elucubrando algo. Soltó un chasquido con la lengua.

—Lo has escrito invertido, como en un espejo, ¿lo has visto? Aquí, en la ‘c’ se ve claramente.

Juan giró la cabeza noventa grados.

—No, no está boca abajo, sino en espejo —dijo George—. Debes imaginarte cada letra por separado.

—¡Ah! —Juan acercó mucho la cabeza al papel—. Vale, ya lo pillo. Muy raro.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó George—. ¡Lo has escrito a mano! No debe ser nada fácil.

Richard intentó fingir que se reía.

—Quería probar a ver si aún era capaz de hacerlo. De pequeño era una especie de código secreto con mis amiguitos. Pero lo que me importa aquí es la órbita.

Señaló la línea que unía las órbitas de la Tierra y de Marte. Una clásica transferencia Homann, acortada por el propulsor de energía termonuclear. Pero la línea se detenía en medio del espacio. No la había continuado.

—Aquí recordamos una explosión —dijo Richard—. Luego, la Urania-1 fue acelerada al parecer en dirección contraria, lo que debería habernos dejado hechos papilla por la aceleración. Sin embargo, estamos mejor que nunca. ¿Alguna idea de cómo ha pasado eso?

George se encogió de hombros.

—¿Un milagro? Tengo la sensación de que no lo descubriremos nunca.

Esperaba recibir una respuesta así del médico.

—¿Juan?

—No existen los milagros —dijo el ingeniero—.

Espera un momento. —Entrecerró los ojos—.

Consideremos, para empezar, una fuerza de tres g como aceleración de frenada.

Entonces nos habremos desplazado esta distancia de nuestro rumbo.

Más o menos aquí nos detuvimos. —Cogió el lápiz de Richard y dibujó un punto en medio del espacio—.

Entonces aceleramos de forma simétrica con tres g hasta regresar aquí.

Eso debería haber tomado unas seis semanas.

—¿Eres capaz de calcular eso de memoria? —preguntó George.

—Bueno, más o menos. Si quieres saberlo con más precisión, tendríamos que utilizar el ordenador.

—No, con eso ya es suficiente —dijo Richard—. Así que estuvimos seis semanas … ¿dormidos?

Eso coincidiría con que su piel hubiera sanado al despertarse.

—Estaba pensando en tus quemaduras —dijo George—. Seis semanas no son ni de lejos suficiente.

—Si hubiéramos frenado con un g en lugar de tres, puedes alargar el tiempo todo lo necesario —dijo Juan.

Richard asintió. Al menos, sus colegas ya no se tomaban esa extraña salvación tan a la ligera.

—Pero en el reloj del ordenador solo ha pasado un día.

—Y el tanque de masa de reacción debería estar mucho más vacío —dijo Juan.

—¿Quién nos dice que estos valores son ciertos? —preguntó Richard—. Si creemos en la física, la medición del tiempo en el ordenador se ha ido al carajo. Así que no podemos fiarnos de él. Y también podría indicarnos un nivel de masa de reacción incorrecto.

Juan asintió.

—Es lógico. Me gusta. Bueno, no me gusta nada, de hecho; lo que me gusta es que resulte lógico.

—Si supiéramos dónde nos encontramos exactamente ahora, podríamos calcular qué día es hoy en realidad —dijo Richard.

Juan levantó la mano.

—Se me ocurre una idea.

—Suéltala.

—La Urania-1 lleva a bordo un sextante espacial, que va conectado al ordenador; pero que también podríamos usarlo para calcular nuestra posición manualmente.

—¿No podemos ver lo que nos dice el ordenador? —preguntó George.

—Ya no nos fiamos de él —dijo Juan—. Dice que hoy es el veintidós de mayo.

Ojalá el ordenador no estuviera demasiado errado. Richard tenía que estar en la Tierra en Noviembre para no perderse el nacimiento de su hijo.

—¿Hasta qué punto crees, Juan, que el ordenador se equivoca? —preguntó.

El ingeniero se encogió de hombros.

—Puede ser cualquier cosa, entre días y meses. Se trata de tu hijo, ¿verdad? Pero míranos. No podemos haber pasado varias semanas inconscientes en nuestros sacos de dormir. ¿Qué opinas tú, George?

—Desde un punto de vista médico diría que máximo tres días. Luego habríamos muerto por falta de líquidos.

Richard suspiró. Aquí nada cuadraba. ¡Tampoco había nadie más a bordo que cuidara de ellos! Y toda esa cosa extraña de la inversión en espejo ...

—Vamos a probar con el sextante espacial —propuso Juan.

Cuando el ingeniero les mostró el instrumento, Richard se acordó de él.

Había pasado casi días enteros en clases particulares con eso.

Pero el profesor solo lo llamaba el STX.

Para manejarlo hacía falta el SCT. George, que era quien estaba más cerca del aparato, intentó mirar por los dos oculares al mismo tiempo.

Debió pensar que se trataba de unos prismáticos.

—Espera, que eso no funciona así —dijo Juan—. Primero tengo que desacoplarlo del ordenador.

George se apartó.

—Yo me encargo de este —dijo Richard y flotó hasta tener el ocular derecho justo frente a sus ojos. Aún estaba totalmente negro.

—He desacoplado el dispositivo —dijo Juan.

Muy bien. El campo de visión se fue abriendo como si hubieran apartado una cortina.

Richard miraba el exterior a través de una óptica simple sin factor de aumento.

Abajo había palanquitas de mando a derecha e izquierda.

Con ellas tenía que orientar el SCT, mecánicamente unido al STX, más o menos hacia una de las estrellas de referencia.

En el STX era mucho más difícil porque so campo de visión era de solo 1,8 grados.

Richard no pudo evitar buscar con él la Tierra.

¡Allí! Brillaba tanto que por un momento dejó de ver otras estrellas, incluso tras haberse apartado de tanto brillo.

Luego regresó a lo aprendido en su formación.

Richard se movió hasta la primera estrella de referencia.

Su profesor le había dado buenos consejos con qué constelaciones podía orientarse.

Nunca pensó que realmente necesitaría algún día esos conocimientos.

Pero aun así hizo todo lo posible para poder acabar el curso a la perfección. Bien, eso debería bastar.

Cambió al ocular de la izquierda que pertenecía al STX.

Este tenía sesenta aumentos. La estrella de referencia aún no estaba exactamente en el visor.

Richard se pasó un poco al corregir la posición, pero al final logró tener la estrella en el lugar correcto.

Entonces le dictó parámetros a Juan. Repitió lo mismo con las otras cinco estrellas de referencia.

Ahora solo faltaba un poco de cálculo matemático y ya podrían calcular con los parámetros las seis coordenadas espaciales exactas en las que se encontraba la Urania-1.

Mientras Juan hacía cálculos a mano, pues no querían utilizar el ordenador, Richard aprovechó el tiempo para desplazar el SCT de nuevo a la Tierra. Luego pasó al STX con sus aumentos. La Tierra ocupaba todo el campo de visión. Era hermosa. Richard no sabía lo mucho que la había estado añorando.

George apoyó la mano sobre su hombro. —¿Todo bien?

Richard se dio cuenta de que le resbalaban lágrimas por la mejilla. Se las quitó con la mano.

—Sí, fantástico. ¡Es tan bonita! —Dejó espacio a George en el ocular de la izquierda, que cerró el ojo izquierdo para mirar luego por la lente.

—Tienes toda la razón —dijo George—. Me acabo de enamorar de nuevo. Un momento. ¿Qué es eso? —frunció las cejas—. Míralo tú mismo.

Richard recuperó el lugar frente al ocular. Vio una sombra que se movía sobre la atmósfera terrestre. Tenía un poco la forma de un sacacorchos, pero con el mango en el centro. El material brillaba, aunque la parte central se mantenía oscura.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Debe estar en órbita —dijo George y volvió a mirar por el ocular—. Esa cosa debe ser gigantesca.

—¿Un proyecto secreto de los rusos? —preguntó Richard—. ¿Una especie de destructor espacial?

Evidentemente no podía saber qué otras cosas secretas se desarrollaban en su país, aparte de la Urania-1.

Pero ante los millardos gastados en la misión a Marte, era improbable que quedara dinero para crear una plataforma orbital de ese tamaño.

¿Habían cambiado de estrategia los soviéticos?

Richard se sorbió los mocos. En ese caso, habrían dejado a los Estados Unidos en la inopia, creyendo que seguían en plena carrera por llegar a Marte.

Y en realidad habían querido alcanzar el control de la órbita terrestre.