Recuerdos #2
—No es que haya aparecido así como así, solo que nadie la había descubierto antes —dijo Rachel—.
Me pregunto qué tipo de misión debió ser.
El término de Urania indica a algo así como radioactividad, ¿no?
¡Dioses! —Rachel rio desesperada—. Si Susan me oyera daría saltos mortales.
Ella creía al principio que podría tratarse de un asteroide radiactivo.
—O de un motor de energía nuclear.
Rachel cerró momentáneamente los ojos. Ahora era Shawn el que empezaba con eso de nuevo. Rachel decidió seguir con esa línea de pensamientos.
—Vale, demos por hecho que la nave posee un propulsor nuclear.
Eso al menos explicaría los pequeños picos en los datos de medición de Chandra.
Shawn, creo que no hace falta que te diga lo absolutamente improbable que es esa hipótesis.
Una nave así no ha existido nunca en la historia de los viajes espaciales tripulados.
—No que hayamos sabido.
La puerta se abrió de golpe y entraron los ruidos de personal del instituto caminando por los pasillos. En el quicio estaba James Harlowe, que cavaba su desagradable mirada en Rachel.
—Tengo que hablar con usted, doctora Adams. En privado.
Shawn levantó las manos como si lo hubiera detenido la policía.
Entonces se levantó, cogió su cartera y salió de la biblioteca sin decir ni mu.
Harlowe le lanzó una mirada malhumorada mientras se alejaba.
Tan pronto Shawn salió, Harlowe entró cerrando la puerta de un portazo.
Los ruidos del exterior callaron de golpe y Rachel se encontró sola con el jefe de la OSAP.
El hombre se acercó a paso lento y con las manos cruzadas a la espalda. Rachel se giró en la silla hacia él. Era más que evidente que había problemas, aunque no sabía qué era lo que Harlowe la iba a echar en cara.
—Ha llegado a mi conocimiento que está realizando investigaciones relacionadas con mi asunto confidencial.
Maldita sea, ¿cómo se había enterado? ¿Quién se había ido de la lengua?
—¿Perdone? —preguntó Rachel, como si no supera de qué se trataba.
Harlowe se detuvo junto a una de las estanterías. Con un movimiento muy pensado sacó un libro. «El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad», de Carl Sagan.
¡Muy adecuado!
Pero Harlowe no tenía interés alguno en la lectura, sino que solo parecía tener que sostener algo entre las manos. ¿Se sentiría indefenso sin un juguete en las manos?
—Espero que haya disfrutado de su excursión —dijo con la astucia de una serpiente—. Carolina del Norte está muy bonita en otoño. Suelo viajar mucho por mi trabajo, ¿sabe? Pero en el PARI no había llegado a estar nunca. Cuénteme, ¿qué tal por ahí?
¡Ese cerdo asqueroso lo había descubierto de alguna forma!
Susan seguro que no había dicho nada; no con su aversión contra Harlowe.
Rachel notó como se le aceleraban las pulsaciones y se le humedecían las palmas de las manos.
Dios, cuánto odiaba los conflictos. ¿Por qué no podía la gente simplemente ser amable unos con otros?
¿Por qué tenía Harlowe que convertir su proyecto en una operación secreta?
No replicó nada. Era una de las tácticas de Rachel para que los conflictos se suavizaran por sí solos. Contó hasta tres y Harlowe hizo lo que la mayoría de la gente hace cuando Rachel no dice nada: siguió hablando.
—Debo repetirle de nuevo que este es un proyecto estrictamente confidencial en el que está en juego la seguridad nacional.
Debo evitar cualquier implicación del exterior, y entre ellas está usted, doctora Adams. Ya se lo expliqué al principio.
Que ahora resulte que incumple las órdenes tiene sus consecuencias.
He logrado que sea temporalmente suspendida de sus funciones.
—¡No puede hacer eso! —explotó Rachel.
—No me deja alternativa, doctora Adams.
Rachel estaba que echaba humo. Era una emoción poco habitual, que por suerte rara vez la invadía.
Y menos mal, porque Rachel detestaba esa sensación.
En esos momentos, se sentía totalmente indefensa y su cuerpo reaccionaba de forma inadecuada.
Temblaba de nerviosismo, con frío y calor luchando por dominar la invasión de su cuerpo.
Y su mente, que normalmente funcionaba como una máquina bien engrasada, se desbocaba.
Debía tener cuidado de no soltarle a Harlowe a la cara todo tipo de argumentos impropios y poco precisos.
Pero antes de que Rachel encontrara una respuesta adecuada, Harlowe intervino de nuevo.
—Mire, doctora Adams, no soy su enemigo. Estamos ambos en el mismo lado. Allí arriba vuela un objeto no identificado y mi función es descubrir qué es y si es peligroso para la humanidad en la Tierra.
Rachel se obligó a calmar la respiración. Entrelazó las manos sobre el regazo para parecer que tenía el control de su cuerpo.
—Y en el marco de mi labor es necesario analizar primero el objeto desconocido con su incierto potencial de peligro bajo exclusión de la opinión pública.
Esto puede entenderlo, ¿no es así, doctora Adams?
—Rachel no dijo nada más y Harlowe siguió con su perorata—.
Bajo estas circunstancias, que usted realice averiguaciones en secreto y por su cuenta es una violación de mi labor.
¿Debería decirle a Harlowe lo que sabía de la nave?
¿Qué ganaría con eso? Ese hombre no se rebajaría jamás a hacerle una oferta de colaboración.
No, los hombres como Harlowe solucionaban esas cosas a su manera.
Y eso significaba anular cualquier resistencia, aunque estuvieran del mismo lado, como decía.
Harlowe giró el libro y leyó el título. Puso cara de asco como si hubiera mordido un limón. Devolvió el libro a la estantería con la misma rapidez con la que lo había cogido. Luego se frotó las manos y se preparó para la coletilla final.
—Por ello espero que pueda entender que no me ha quedado otra opción que eximirla temporalmente de sus funciones.
No es nada contra usted, doctora Adams. Es solo en interés de la seguridad nacional e internacional.
Todo este procedimiento no es más que una formalidad y cosa de pocas horas.
Recibirá un correo electrónico con instrucciones a seguir a partir de ahora. Buenas tardes.
Harlowe dio media vuelta y salió de la habitación.
Rachel encontró a Shawn fuera, que buscaba su mirada, pero pronto se dio cuenta de que en ese momento quería estar sola.
Así que eso era todo. Rachel se sentía una persona repudiada.
No solo tenía las manos atadas, sino que ya no podía ni entrar en el instituto.
Al menos hasta que Harlowe decidiera otra cosa o cambiara de opinión.