El Proyecto Urania Recuerdos
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Recuerdos

Recuerdos

—¿Estas totalmente segura de que no te equivocas? —preguntó Shawn.

La pregunta le resultaba especialmente desagradable, como pudo ver Rachel en sus ojos abiertos como platos.

La pausa de almuerzo en el GSAS había acabado.

Rachel y Shawn habían buscado un rincón en la cafetería mientras un par de plantas por encima de ellos, en el estudio dos, Chris estaría hablando maravillas de su mesa de mezclas analógica y muchos de los alumnos audiófilos lo mirarían con ojos brillantes.

—Podría ser, Shawn —dijo Rachel—. Pero créeme, conozco la voz de mi padre.

El comedor había quedado totalmente despejado.

Excepto Rachel y Shawn solo quedaban algunos docentes y un par de hombres y mujeres de la cocina, que parecían disfrutar ahora de la calma después de la tormenta.

Rachel miró el plato que tenía frente a ella, donde reposaba una fajita vegetariana.

Pero el duro nudo en su estómago había impedido que le diera más de un par de mordiscos.

Shawn, por el contrario, parecía haber disfrutado de un apetito atroz.

Tras zamparse su porción en pocos minutos, se dirigió con su peculiar y desgarbado paso hacia el mostrador, de donde regresó con una porción de Chop Suey.

Por el rabillo del ojo vio Rachel cómo alguien entraba en la cafetería con paso enérgico. Era Susan, y en su mirada yacía una mezcla de curiosidad y enfado.

Aún no había llegado a la mesa cuando ya gritaba por el comedor.

—Si Míster ‘mi-traje-ha-costado-más-que-vuestra-carrera’ se entera de lo que habéis hecho, tendremos problemas, ¡podéis estar seguros!

Las personas a su alrededor giraron la cabeza para mirarla.

—Pues en ese caso podrías empezar por bajar la voz, Susan.

Agarró el respaldo de una silla vacía en modo diva dramática y la giró una vuelta entera en su propio eje.

Al mismo tiempo, Susan se dejó caer donde hacía un momento estaba el asiento.

Sólo un instante antes de caer con el culo al suelo, el asiento se colocó en su sitio y Susan quedó sentada.

Rachel estaba impresionada y pensó que Susan podría ganarse la vida en el circo con ese número.

—¡A ver, tesoro mío! —despotricó—. ¿Por qué demonios me sacas del instituto durante el horario de trabajo?

—Porque aquí podemos hablar con más tranquilidad —explicó Rachel.

Se obligó a reprimir el nerviosismo que le bullía por dentro. Ahora sería mejor limitarse a los hechos, no fuera a quedarse también ahora sin su mejor colega.

—Chris ha podido limpiar la llamada de radio.

Susan sonreía ensimismada.

—¡Sí, en esas cosas es el auténtico rey!

—Dentro del objeto hay personas —continuó Rachel—. Si son de los años setenta u ochenta, probablemente estén más que muertos. Pero parece tratarse de una misión tripulada y muy secreta bajo el nombre de Urania-1.

Susan inclinó la cabeza hacia un lado.

—Suena a película de James Bond.

—Y probablemente esté su padre a bordo —soltó Shawn haciendo estallar la bomba.

—¿Qué? ¿Es verdad eso, cielo?

Rachel ya no sabía qué era verdad y qué no. Miró hacia la fajita en el plato. Los trozos de pimiento rojo, la cebolla y el maíz, todo parecía delicioso, pero Rachel era incapaz de comer nada más.

—El del mensaje tiene su voz —dijo sin mirar a Susan.

—Pero tú me dijiste que tu padre había muerto en un ejercicio de la NASA.

—Sí, en un amerizaje de emergencia. Pero ¿y si fue todo inventado? ¿Y si realmente iba a marcharse en una misión tripulada altamente secreta?

Shawn se metió una porción de verduras asadas en la boca.

—James Bond. —murmuró.

—Lo mismo digo, tesoro —se sumó Susan.

Rachel comenzó a cabrearse.

—A ver, he oído lo que he oído y sé lo que he oído.

Y puedo distinguir la voz de mi padre entre un millón de otras voces.

¿Sabéis cuántas veces he visto los viejos vídeos de la época?

Me sé cada palabra de memoria. ¡Todo lo que decía mi padre, cada «Ponte un poquito más a la derecha» sería capaz ahora de repetir con total precisión!

Pero no se trata de eso. No solo de eso.

—¿De qué se trata entonces?

—De que ahí arriba hay gente, Susan. Aunque hubieran muerto, lo cual es mucho más que probable, creo que habría que traerlos de regreso a la Tierra.

Susan pareció ponerse a pensar. Y de repente se le oscureció la mirada.

—¿Y crees que Harlowe no tiene interés alguno en hacer eso?

—Exacto. Tal y como suena, considera esa nave un peligro.

—Querrá hacerla caer de forma controlada —aventuró Shawn—. ¡Claro, tiene sentido! Viene hacia la Tierra, sea por la razón que sea. Harlowe querrá asumir el mando mediante un enlace ascendente y procurar que nadie se entere de ese proyecto tan secreto.

—Y como lleva ya tanto tiempo ahí por el espacio, ya nadie se acuerda ni le presta atención —añadió Susan.

Rachel alternó la mirada entre Shawn y Susan.

—No sé lo que pensaréis vosotros, pero yo considero moralmente muy reprochable dejar que esas personas caigan así en el olvido, a bordo de esa nave. Esté o no mi padre a bordo. A fin de cuentas, murieron por su país.

—¿Y si se lo mencionamos a Harlowe? —preguntó Shawn.

—Harlowe sabe de sobras lo que hay ahí arriba —dijo Rachel—. Más bien deberíamos descubrir de qué va todo eso de la Urania-1. Entonces podríamos obligarle a que hiciera públicos los nombres de los astronautas, para que reciban el reconocimiento que se merecen.

La mirada de Susan se oscureció de nuevo.

—¿Quieres realmente descubrir si tu padre iba a bordo? Eso podría destrozarte, Rachel.

—Lo sé —dijo Rachel en voz baja—. Pero mi misión es investigar y desvelar. La de Harlowe es encubrir y ejercer poder. Utiliza mi observatorio para ocultar el destino de pioneros del viaje espacial. Y no pienso tolerarlo.

Era una gran ventaja que todas las publicaciones que había tenido la biblioteca John G. Wolbach estuvieran ya digitalizadas. Rachel y Shawn pasaron toda la tarde ante pantallas de ordenador en el antiguo laboratorio, analizando libros sobre programas espaciales entre 1969 y 1989.

No la sorprendió que no encontraran absolutamente nada bajo el nombre de Urania. Pero Rachel estaba segura de que estaban investigando la época correcta. La frecuencia de radio en la banda S y las aleaciones metálicas utilizadas eran indicios más que seguros.

Rachel se apartó del monitor para reclinarse hacia atrás.

Se frotó los cansados ojos y se sintió como si estuviera a punto de caer dormida.

Los nervios causados por la voz de su padre ya se estaban calmando, dando paso ahora al agotamiento.

Shawn, por su parte, seguía abriéndose camino por el archivo a base de clics de forma febril, sin parpadear ni una sola vez.

Rachel se llevó la botella a los labios.

Mientras el agua fresca bajaba por su garganta, pensaba en todo lo que sabía de su padre.

Richard Melvin Kendall era su nombre completo.

Y era curioso que Rachel no llevara si su apellido ni el de su madre, McLean.

Tras casarse con Sebastian se había quedado con su apellido.

La madre de Rachel, Shania, había tenido una caja de madera con recuerdos de Richard.

A intervalos regulares, Rachel sufría ataques de curiosidad y miraba dentro de la caja.

En sus años de niña, las viejas fotos eran lo que más interesante le resultaba.

Fotos de pequeño tamaño, color sepia, con personas jóvenes vestidas con ropajes antiguos.

Las fotos posteriores, de los años setenta, ya eran en color.

Poseían ese tono nostálgicamente cálido, con los bordes de los objetos y las personas siempre algo desenfocados.

De adolescente, Rachel abría la caja varias veces al mes.

Recordaba perfectamente cómo soñaba siempre con encontrar cosas nuevas, no vistas antes.

Así giraba cada objeto dos y tres veces en sus manos, buscando recuerdos que había tenido en sus sueños, pero que le resultaba imposible poner en palabras.

A pesar de su intensa búsqueda, Rachel no logró descubrir nada nuevo.

Todo lo que sabía era que se parecía más a su padre que a su madre.

Los ojos y el cabello oscuros y la piel blanca casi como la tiza.

Siempre que su madre le decía que se parecía a su padre, su voz estaba cargada de un cierto dolor opresivo.

A medida que Rachel fue haciéndose mayor, más reconocía esa profunda y eterna tristeza en cómo lo decía.

Seguro que su madre se había enfadado a menudo con Richard, por su decisión de poner la carrera profesional por encima de la familia.

Shania no tuvo pelos en la lengua al soltar improperios sobre Richard, lo que hizo que en Rachel fuera aumentando el deseo de conocer mejor a su padre.

Pero todo lo que llegó a saber de él estaba en aquella caja de madera y en un pequeño artículo de periódico sobre el trágico accidente.

Rachel había creído esa historia toda su vida. Y cuando se marchó de casa, ya había alcanzado la certeza de que nunca lograría saber más de su padre, desaparecido desde hacía tanto tiempo. Hasta hoy ...

—¡Eh! —oyó Rachel—. ¿Todo bien?

Era Shawn. Se había desprendido de su pantalla y parpadeaba para humedecerse los ojos.

—Sí, claro —dijo Rachel—. Solo estoy … por un lado decepcionada por no encontrar nada. Pero por otro lado también insegura.

—¿Por la voz de tu padre?

—En aquella época estaba en el programa de astronautas para las misiones de lanzadera espacial que estaban planificadas.

¡Todo esto parece tan absurdo! ¿Sabes qué?

Es un hecho que PARI haya captado ese mensaje por radio.

Tú lo has oído, Chris lo ha oído … Y ahora pienso que …

¿y si esa voz solo se parece muchísimo a la de mi padre?

—Puedo entenderlo. Lo que más me extraña a mí es cómo esa nave aparece ahora, tras tantos años. ¿No te parece algo super raro?